BARBA CANA, ALMA TEMPRANA
¡Me has engañado todo este tiempo! Rompo nuestro contacto. Muy decepcionado con las mujeres. ¿Cómo has podido fingir y mentir tanto? Yo quería casarme contigo y lo has echado todo a perder. No se puede empezar una vida en común con mentiras y desconfianza. Adiós. No me escribas más. No contestaré. Tu ex caballero.
Así, sin paños calientes, recibí una carta de un británico. Llevaba casi un año carteándome con Connor. Todo pintaba a encuentro en su feudo: Sheffield, nada menos. Pero, claro… Nada fue como esperaba.
En fin.
Por aquel entonces, tenía cuarenta y nueve bien cumplidos. El divorcio con mi ex marido llevaba siglos firmado. Hijos y nietos ya tenía, y sí, quería sentirme mujer, qué le vamos a hacer. Los años no pasan en vano y los niños con sus cosas y su agenda. No podía quedarme sentada, rememorando aquellos grandes días, que de una así acaba una tejendo calcetines por metros y bordando sábanas a punto de cruz. Mis amigas, todas casadas y pegadas a la casa. Miré bien todas las oportunidades de amor en el trabajo, ni uno pasaba el filtro.
Así que, siguiendo el consejo de mi compañera Paloma, decidí probar suerte en una web de citas. Total, por probar…
Rellené el cuestionario eterno, me vendí como una joya en subasta y subí mi mejor foto. Esperé un milagro. Ni me lancé sobre los solteros suplicando nada, dignidad ante todo, que en Madrid una no se rebaja así como así.
Un par de semanas después, recibí un único correo. Con el corazón en un puño me lancé a devorar el mensaje desde mi pisito en Chamberí.
Un inglés, 59 años, empresario, divorciado, con dos hijos mayores. En la foto, muy repeinado, casi modelo, posando ante una casa de esas que aquí costarían un millón de euros. Se presenta, me propone conocernos y bueno, por qué no, hasta pasar por el juzgado y firmar el papeles… Ay, la felicidad estaba a tiro de un email. Contuve mis ganas de gritar ¡sí, me caso contigo, pongo la paella y me planto en tu casa ya!, y me permití hacerme la interesante.
Dije que tenía muchos pretendientes, que la vida era un no parar, y que entendiera, Connor, que la competencia era feroz.
Él, caballero, me responde con todo el tacto del mundo. Entiende perfectamente: una mujer como yo, quién no iba a enamorarse… Con esos piropos una en Madrid flota sobre el asfalto.
Empezamos así una correspondencia de lo más sincera. Qué conexión, ¡por favor! ¿Por qué habremos nacido tan lejos? Connor me llamaba su Rosa misteriosa, yo a él mi Caballero. Ya vivía en mi cabeza en su casoplón inglés, largas charlas mañaneras con el café en bata de satén y la vida perfecta…
A más cartas, más confianza, más cercanía. Ya había anunciado a mis hijos que pronto me iría, les dejaba el piso, adiós trabajo. Mi hijo y mi hija me intentaron bajar de las nubes:
Mamá, no te reconocemos. Que si la pensión, que si te vas a casar ahora… ¡Por favor! ¿Quién te va a querer? A tu inglés en nada le sale la artrosis, el colesterol, irá al baño siete veces por noche… ¿De verdad quieres ser su enfermera? Y luego, gruñendo como abuelo cascarrabias. No corras, mamá, no te dejes engañar por ingleses.
Pero yo, ni caso. Quiero ser señora, punto. Cambié armario, corte de pelo, modales… y esperando el visado, me llegó la bomba de Connor:
No eres mi Rosa misteriosa, sino una vulgar mentirosa. No me escribas, no pienso contestar.
Vamos, que no daba crédito. ¿Cuándo, en qué, había yo mentido? Me pasé días dándole vueltas. Aun así, le escribí una vez más. Esperé medio año. Ni respuesta ni señales.
Hasta que, ya resignada, pensando en no dejar el piso en herencia ni nada, recibo el mensaje de vuelta:
Rosa misteriosa, perdóname. He estado meses ingresado en el hospital, a punto de decir adiós a este mundo. No quería preocuparte. Le pedí a mi hijo Oliver que siguiera escribiéndote. Le pedí que fuera amable. Pero él dice que tú fuiste la que cortó el contacto. ¿Por qué?
Ya estoy bien y quiero recibirte en mi casa… como esposa.
Leí su correo quince veces hasta llorar. ¿Qué responder? Quedó claro: Oliver no quería madrasta y fue él quien me colgó el cartel de embustera. ¿Y si me planto allí y el tal Oliver me envenena el desayuno o le llena a su padre la cabeza de chismorreos? Connor, claro, haría más caso al hijo. ¡Menuda novela! Ellos sabrán.
…Aquí, los nietos empiezan el cole en septiembre. Hay que ayudarles con la lectura, la mate, y aún tengo que irme a la casa del pueblo, plantar tomates, segar un poco, regar las flores… Que tu tierra, aunque sea poca, sabe cuidarte mejor que cualquiera.
Me voy a tomar un respiro de tanto romance virtual. ¡Vaya si te chupan la energía! Y la vida, mientras, avanza sin perdón.
¡Buenos días, vecina! ¡Ni pensaba ya verte por aquí! ¿Muchos líos o te has casado ya, eh? el vecino del chalet no me dejaba ni pasar, mirándome la mar de gracioso.
¡Hola, Nicolás! Pues fíjate que hasta te he echado de menos. Y tú, ¿seguro que no te has buscado novia? ¿Me echas una mano con la leña hoy? Te invito a un té esta tarde. Tengo una montaña de cosas pendientes, ¡para no creértelo!
Pero bueno, Antonia, ¿cómo iba yo a casarme si mi novia no ha aparecido en todo un año? me soltó el pícaro de Nico.
¿Eso qué quiere decir? aunque lo pillé rápido, la coquetería es deporte nacional.
Cásate conmigo, Antonia. Ya hemos perdido suficiente el tiempo… ¡Nos conocemos de toda la vida! Como dice el refrán, árbol viejo, si cruje, es que aún respira.
Pues nada, mi prometido tiene la barba cana, pero el alma más viva que nunca.
…Nicolás y yo llevamos siete años casados y, oye, tan contentos.







