Te cuento una cosa que me pasó en verano, volviendo tarde a casa después del entrenamiento. Pasaba por una calle de Madrid cuando veo a un abuelillo, muy mayor, caído en medio de la acera y sin poder levantarse. La gente pasaba de largo, esquivándole porque pensaban que iba borracho. El hombre susurraba algo para sí y extendía las manos, pidiendo ayuda.
Desde pequeñita, mi madre, Lucía, siempre me enseñó que hay que ayudar a quien lo necesite, así que no lo dudé y me acerqué. Le pregunté: ¿Le echo una mano?. Pero él no era capaz de responderme bien, solo murmuraba y alargaba los brazos hacia mí.
En eso, una mujer que pasaba por ahí se me acercó y me soltó: Niña, déjalo, que está borracho. Además, está todo sucio. A saber qué pilla uno. Pero al fijarme mejor, vi que el abuelo tenía las manos llenas de sangre. Ahí sí que me llevé un susto de verdad. Le pregunté si necesitaba que llamara a alguien, pero nada, solo balbuceos y levantó del suelo una bolsa medio rota. Dentro tenía cristales de botellas de cerveza rotas. Fue entonces cuando entendí por qué sangraba: se le habían cortado las manos recogiendo los cristales.
Saqué unas toallitas húmedas y empecé a limpiarle las manos para poder ayudarle a incorporarse, porque te confieso que no quería mancharme la ropa con sangre. Cuando acabé, le ayudé a ponerse de pie. Le pregunté por su dirección pero no contestaba, solo farfullaba y hacía gestos señalando la dirección con la mano. Así, me fue guiando hasta un portal de pisos en el mismo barrio. Me indicó los números en el telefonillo. Yo entendí que era el número de su piso y llamé.
Una voz de mujer, bastante preocupada, respondió. El abuelo hizo ese sonido suyo otra vez. Al minuto bajaron corriendo una señora y un hombre. Primero se abalanzaron sobre el abuelillo para comprobar que estaba bien y después, el hombre me dio mil gracias y se lo llevó dentro. La mujer insistía en darme algo para agradecerme. Yo le dije que no hacía falta, pero ella me pidió que esperara un momento y subió volando al portal. Bajó en seguida con una enorme cesta de frambuesas. Son de nuestro huerto, me dijo muy orgullosa. Le dije que no hacía falta, pero insistió una y otra vez. Por favor, acepta. Casi nos volvemos locos al volver de la casa del pueblo y ver que el abuelo no estaba.
Y entonces me contó la historia. Resulta que al abuelo, que se llamaba Don Eusebio, durante la guerra los alemanes lo capturaron. Era un hombre importante y para evitar confesar nada, se cortó la lengua. Como allí no había ni médicos ni nada decente, tuvo una infección y acabaron amputándole media lengua. Desde entonces apenas puede hablar, solo murmura. Y últimamente, por culpa de los chavales que por las noches se reúnen en el parque infantil a beber y dejar las botellas rotas, el abuelo se empeñaba en limpiar el lugar. Va recogiendo los cristales para que los niños no se corten, porque una vez la hija de la señora, Carmen, se hizo un corte serio en el pie.
Me contó que le habían escondido hasta las llaves para que no saliera, porque está muy mayor y no se sostiene bien, pero da igual, él siempre encuentra la manera de salir a limpiar. Una vez incluso se cayó y estuvo cinco horas tirado hasta que alguien lo ayudó. Justo esa tarde, ella y su marido estaban a punto de salir a buscarlo cuando llamé al portero automático.
Me quedé sin palabras de la emoción. Ella me metió la cesta de frambuesas en las manos y yo solo pude inclinarme en gesto de agradecimiento, porque de verdad, no supe qué decir. Caminando a casa, a mitad de camino, se me saltaron las lágrimas. ¿Por qué somos así en este país? ¿Por qué solo miramos por nosotros? Ojalá si veis a alguien tirado en la calle, no penséis lo peor. Acercaos. A lo mejor, necesita vuestra ayuda. Y, sobre todo los jóvenes, que no se nos olvide que somos personas, no animales.







