¡Elige: o tu perro, o yo! ¡No soporto más el olor a perro en casa! — sentenció su marido. Ella eligió a su esposo, llevó al perro al monte… Y esa misma noche él le dijo que se iba con otra.

Life Lessons

15 de noviembre de 2021

Hoy necesito vaciar mi pecho en estas páginas. Odio reconocerlo, pero fue el día en que arruiné todo.

Me llamo Lucía, y amaba a mi marido Alejandro con locura. Llevábamos cinco años casados, sin hijos todavía, pero sí teníamos a Gala, mi vieja pastora alemán, compañera inseparable desde antes de conocer a Alejandro. Gala era familia, fiel como nadie, inteligente pero la edad la fue venciendo: le costaba caminar y su olor empeoraba; dejaba pelos por todas partes.

Alejandro aguantó mucho. Pero cuando una tarde Gala, al no poder esperar al paseo, dejó un charco en el pasillo sobre el nuevo parqué, explotó.

¡Se acabó! gritó, empujando a la pobre Gala hacia el charco. ¡Vivo en una perrera! ¡Pelos en la comida, peste, y ahora meas por la casa! O eliges: ella o yo, Lucía.

Me lancé sobre Gala, llorando de impotencia, abrazando su cuerpo culpable. Alejandro, por favor tiene doce años

¡Me da igual! ¡A una protectora, al campo, al veterinario! Pero para esta noche, o te quedas conmigo o con ese despojo. No pienso limpiar ni una mancha más de tu hijo pulgoso.

Tuve miedo. Tanto miedo a quedarme sola, a perderle Él pagaba la hipoteca, teníamos planes de comprar una casa en la sierra, vacaciones en Costa Brava Pensé en mi futuro y, cobarde, elegí a Alejandro.

Esa tarde metí a Gala en el coche. Me dolía verla intentar subirse, gimiendo por la artrosis, y aún así me lamió la mano, creyendo que íbamos a una excursión. Lloré todo el trayecto.

Finalmente la até en un olivar a las afueras de Toledo, a más de veinte kilómetros de casa. Le dejé su pienso y el bebedero. No me atreví a mirarla a los ojos; temía ver esa lealtad herida por mi traición.

Perdóname, Gala… perdóname… susurré, alejándome mientras ella se resignaba al quedarse sola, sólo observándome y aceptando el destino.

Regresé destrozada. Ojos hinchados, corazón deshecho. Al llegar a casa, Alejandro hacía la maleta.

¿Qué haces? musité entre lágrimas. Gala ya no está. La llevé

Él me miró con frialdad y una mueca amarga. Muy bien. Has sido rápida. Pero, aún así, me voy.

¿Qué? ¿Adónde vas? balbuceé.

Con Marta, la de contabilidad. Llevamos juntos medio año. Está embarazada.

Me desplomé. El mundo se me vino abajo.

Pero tú pusiste el ultimátum ¿Por qué?

Era una prueba, Lucía contestó sin compasión. Quería ver si tenías alguna dignidad. Has traicionado a quien te dio amor durante diez años por un tipo como yo. Me asustas. Si así desechas a un animal como ella, ¿qué harías conmigo si enfermara?

Cerró la maleta y la puerta tras de sí.

Adiós, Lucía. Por cierto: Gala era la única persona decente aquí. Lo tuyo es pura traición.

Cuando la puerta se cerró, rompí a gritar. El eco de mi mala decisión me perforaba el alma.

No lo dudé ni un segundo más: agarré las llaves y volví al olivar, aunque ya anochecía y caía un aguacero.

Pero Gala ya no estaba. Encontré el comedero volcado, el bebedero lejos y la correa mordida. Se había soltado.

Recorrí el campo chillando su nombre bajo la lluvia, tropezando entre encinas, arañándome la cara. Pegué carteles en el pueblo, avisé a las protectoras; ni comía ni dormía.

A los cuatro días, el teléfono sonó.

¿Buscas una pastora alemana? La hemos encontrado atropellada en la autovía.

La reconocí de inmediato. Mi querida Gala, que había roto la correa y luchado con sus patas enfermas para volver a una casa que ya no era la suya.

La enterré con mis propias manos y juré que nunca más permitiría que el miedo definiera mis actos.

Han pasado dos años. Sigo sola. Ya no confío ni en la gente, ni mucho menos en mí.

Alejandro se casó con Marta y tienen un bebé. Me ha olvidado, igual que quien tiende la ropa olvida la prenda que se lleva el viento. Para él, mi dolor sólo fue una prueba, la excusa perfecta para marcharse y cargarme con la culpa.

Ahora, trabajo como voluntaria en una protectora de animales. Limpio jaulas, alimento y cuido perros viejos y asustados; los acojo con la esperanza de redimirme, aunque sé que nunca lo haré del todo.

Todas las noches sueño con Gala. Me mira desde la distancia, en el olivar, sin odio ni reproche, pero sí con ese dolor infinito y mudo de los animales traicionados.

En esa mirada hay una condena: la certeza de que la traición nunca se olvida. Y que nadie merece tu lealtad si la pide a costa de traicionar a los que de verdad te aman.

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