Un hombre disfrutaba de un día libre y dormía plácidamente, pero de repente sonó el timbre de la puerta: ¿Quién viene tan temprano? Al abrir, vio a una anciana desconocida, asustada… “¿A quién busca?”, preguntó él. “¿Hijo, no reconoces a tu madre?” El hombre recordó el día en que le quitaron a su madre y cómo durante años esperó que ella viniera a buscarlo al orfanato. Ahora, tras haber superado el dolor, graduarse, abrir su propio negocio y aprender a vivir solo, se enfrenta a una madre que vuelve solo para salvar al hijo menor, que ha seguido sus mismos pasos y está a punto de ir a prisión. La mujer, tras una vida de adicciones y cárcel, busca al hijo exitoso solo para pedirle ayuda por el otro. Él, dudando de sus intenciones, le ofrece una vivienda y apoyo, pero descubre que ella lo traiciona y contrata a unos matones para matarle y quedarse con la herencia. En el juicio, la madre suplica perdón, pero el hombre, entre lágrimas, sentencia: “Ya aprendí a vivir sin madre, y seguiré haciéndolo.”

Life Lessons

El hombre disfrutaba de un día libre y soñaba tranquilo en su cama, envuelto en mantas que olían a pan recién hecho y a lluvia sobre Madrid. De pronto, un timbre resonó por toda la casa, llegando como el eco de campanas en la Plaza Mayor. ¿Quién vendría a estas horas extrañas del alba? Al abrir la puerta vio, de pie, a una anciana desconocida, ojos asustados como los de los gatos que vagan por las azoteas de Lavapiés.

¿A quién busca usted, señora? preguntó el hombre, rozando el límite entre la vigilia y el sueño.

Hijo, ¿no reconoces a tu madre?

¿Mamá? Pasa… tú… balbuceó en una lengua que parecía flotar entre las paredes.

Recordaba, como se recuerdan los olores de los domingos de la infancia, el día en que le arrebataron a su madre. Esperó infinitos años, días que fluían como el río Manzanares, confiando en que aparecería un día en el Hogar de Niños para llevarlo consigo. Eventualmente, la herida cerró. Terminó el colegio en Vallecas, estudió en la Universidad Autónoma y montó una pequeña empresa de confección en Salamanca. Si alguien preguntaba por sus padres, siempre respondía que fallecieron hace mucho. Aprendió a vivir solo, a confiar sólo en su sombra y su reflejo en las vidrieras de la Gran Vía. Era seguro de sí mismo, autónomo y pudiente; nadie sospecharía que venía del mundo de los niños olvidados.

La mujer, perdida en los vericuetos de la memoria, no recordaba ni cuándo le quitaron la custodia. De joven, la vida la llevó por bares y garitos de Chamberí, las copas ahogaban su mente. En uno de sus delirios acabó en Alcalá Meco y allí, las noches se llenaban de pensamientos sobre su hijo. No, nunca lo amó de verdad; sólo sentía pena por él, como por las palomas que sobrevuelan los tejados.

Con el nacimiento de su segundo hijo, nacido entre olores de tortilla de patatas y humo de tabaco, por fin sintió los lazos de la maternidad. Hubiera hecho cualquier cosa por ese pequeño. Del mayor se olvidó, pero por el menor luchaba como gata en la noche madrileña, lo que fuese para su felicidad.

El menor siguió un sendero parecido al de su madre: coleccionó sanciones de los tutores de la Casa de Niños, y antes de cumplir dieciséis ya llevaba en la mochila un primer juicio en Getafe. Pronto vendría otro, y después la cárcel, como en un viejo romance. Su madre, conocedora de las sombras de la prisión, buscaba desesperadamente salvarlo. Al conocer la fortuna del mayor, empezó a buscarlo entre las páginas blancas y los parques del Retiro.

Ahora, llorando en su salón, entre azulejos y cortinas bordadas con hilos rojos y dorados, trataba de acariciar al hijo que nunca quiso. Le contaba cuentos entre suspiros, le decía que rezaba cada día en la iglesia de San Ginés pidiendo a Dios que lo protegiera y que soñaba con volver a verlo. Él escuchaba, casi lo creía, pero una campana invisible le advertía que debía alejarse de ella. Pese al desasosiego, le alquiló un piso en Tetuán, le dio unos cientos de euros y le aseguró que siempre podría contar con su ayuda. Mientras tanto, decidió observarla a escondidas y averiguar si su regreso era sincero o tramaba algo más.

Cuando se acercaba la Navidad, el hombre regresó al Hogar de Niños de su infancia. Solía llevar juguetes y cajas de turrón. La directora, Mercedes, se acercó al verlo.

Tu madre andaba preguntando por tu dirección.

Sí. Gracias por ayudarle.

Ten cuidado, quiere salvar a tu hermano pequeño. Sólo busca dinero. No confíes en ella, nunca te amó.

¿Tengo un hermano?

Claro, pregúntaselo tú mismo.

Sintió un nudo en la garganta que apretaba como el frío de la sierra. Apenas podía respirar, todo le parecía parte de una fábula cruel entre el sueño y la realidad. Pero venció su miedo y buscó a la madre para descubrir la verdad. Ella, sorprendida por la intensidad de su mirada, dudaba en confesarle la existencia del hermano menor; temía que se negara a ayudarlo.

Al cabo de unos días, el hombre fue atacado por unos individuos crueles, pateado en los polvorientos portales de Lavapiés. Cuando fueron capturados, confesaron ante la policía nacional de Madrid que la madre de aquel hombre los había pagado para matarlo. Quería quedarse con la herencia y así regalarle una vida de placeres y jamón ibérico al hijo menor.

En la sala de vistas, la madre lloraba y pedía perdón, rogando clemencia bajo el techo de vitrales azules. Pero él, entre lágrimas y escalofríos como de invierno en Cuenca, ya había llegado a su conclusión:

He sobrevivido sin madre y seguiré haciéndolo… ¡Ahora más que nunca! susurró, mientras su voz se perdía como la sombra de una mariposa en la tarde madrileña.

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