Mira, te voy a contar una historia que todavía me pone la piel de gallina cada vez que la recuerdo. Yo crecí en una familia un poquito rota: mi padre nunca estuvo presente. Así que la que sacó adelante todo en casa fue mi madre, con la ayuda enorme de mi abuela. Desde que era bien pequeñito, allá en la guardería, yo ya sentía ese hueco del padre que nunca tuve. Pero en primaria, la cosa se volvía más dura
Me moría de envidia viendo a mis amigos salir por el Retiro agarrados de la mano de sus padres, todos altos, fuertes jugaban al fútbol, les llevaban en bici, en coche Lo peor era al ver a esos padres abrazando a sus hijos, cogiéndolos en brazos o riendo juntos. Yo pensaba, ¡Eso sí que es felicidad!.
A mi padre, bueno, solo lo conocía de una foto vieja en la que él sonreía, pero no para mí. Mi madre me contaba que era marinero y que vivía por el norte, en Galicia, tan lejos que no podía venir. Siempre decía que trabajaba mucho y, eso sí, nunca faltaban los regalos en mis cumpleaños.
Pero en tercero de primaria, de rebote, me enteré de la verdad. Escuché a mi madre decirle a la abuela que ya no tenía ganas de mentirme, ni de seguir regalando cosas en nombre de ese padre que en realidad nos había dejado tirados. Y que, aunque tenía dinero, jamás me llamaba ni por mi santo ni por Nochebuena. Ella decía que para mí esos días eran especiales porque, por lo menos, sentía el cariño de un padre a través de sus regalos.
Antes de mi siguiente cumpleaños, les solté que ya no quería más regalos de ese padre fantasma. Solo hacedme mi tarta favorita y listo, les dije. Yo era fan total de la tarta de Santiago que hacía mi abuela.
Te puedes imaginar, vivíamos muy justos con lo que ganaban mi madre y mi abuela. Así que, cuando entré en la universidad, me busqué un curro de reponedor en El Corte Inglés y porteando maletas en Atocha. Un día, mi vecino Javi me ofreció que le sustituyera como Papá Noel en las visitas a casas y guarderías antes de Nochevieja. Yo pasé de los coles, eso me parecía demasiado complicado con tanto teatro y muñecos. Pero sí acepté los pedidos de familias, para ir vestido de Papá Noel en Nochevieja, solo en los pisos.
Javi me dejó un cuaderno con poesías y acertijos y la lista de direcciones. Lo pillé rápido esto no era como aprobar cálculo en la uni, ¿eh? Aunque el miedo al ridículo me pesaba. Pero fíjate que la primera vez salió fenomenal; los niños fliparon y yo, cansado pero orgulloso, al llegar a casa conté los billetes Casi me pongo a bailar, porque en una semana gané más que en seis meses moviendo cajas. Así me enganché a ser Papá Noel año tras año, y los veranos los pasaba en cuadrillas de construcción estudiantil.
Mientras estudiaba, mi vida amorosa era un desastre Sin tiempo, ya sabes, solo alguna relación breve. Pensaba: Cuando acabe la carrera, consiga buen trabajo y piso, ya pensaré en el tema de la familia.
Cuando por fin terminé la carrera y trabajaba de ingeniero en una empresa de Madrid, busqué comprarme un coche de segunda mano. En casa ya había algo de dinero, pero no suficiente. Así que otra vez me puse el traje de Papá Noel para sacar un dinerillo extra.
Mi madre sacó de lo más hondo del armario el viejo disfraz, lo limpió, le cosió lentejuelas y me acomodó la barba blanca de algodón. Me pinté unas cejas tupidas y, mirando al espejo, pensé que ni mis amigos me reconocerían.
Mi madre, con esa sabiduría de abuelas: Ya tendrías que estar animando a tus propios hijos, no a los de otros. Yo me reí: Todo a su tiempo, mamá. Deséame suerte. Le di un beso y me fui dispuesto a currar.
Una semana antes de Nochevieja, puse un anuncio en el ABC y me llamaron quince familias. Pasé por varios pisos y, tachando direcciones en la lista, leí la siguiente: Calle Hortaleza, 18, 3ºC. Me bajo del metro y, aunque la calle estaba medio oscura cerca de la Plaza de Chueca, encontré rápido el portal.
Me abrió la puerta un niño de cinco o seis años. Solté mi saludo habitual: Desde los bosques helados vengo a verte Pero el niño me cortó: No hemos llamado a ningún Papá Noel. Eso da igual, yo vengo a ver a los niños buenos, le respondí, improvisando un poco. ¿Está tu madre o tu padre en casa?. No, mi madre está con la abuela Carmen poniéndole una inyección, volverá pronto.
¿Y tú cómo te llamas?. Alonso, me dijo. Y aquí flipé. Anda, igual que yo, pensé, pero mejor no dije nada, que no se note.
¿Dónde está la decoración del árbol?. En mi cuarto. Me lleva de la mano y veo que el piso era de lo más modesto. En una mesa pequeña había una ramita de pino metida en un bote con pelotitas y una guirnalda. Al lado, dos fotos en marcos iguales: un hombre y una mujer.
Me acerqué Y ahí casi se me cae la barba al suelo. ¡La foto del hombre era yo, de joven, con mi chupa de la uni! Y la de la mujer era Lucía González, una chica con la que tuve un romance en una cuadrilla de verano. En la foto se la veía cambiada, triste, pero igual de guapa que cuando éramos estudiantes.
Le pregunté, tartamudeando: ¿Quién es ella?. Mi madre.
¿Lucía?. ¡Sí! Muy bien, ¿cómo lo sabes? ¿De verdad eres Papá Noel?. Y va y señala mi foto: Ese es mi padre, él es marinero y vive en una isla muy lejana. Mi madre dice que se fue hace mucho y que nunca lo he visto, pero siempre me manda regalos en mi cumple y en Nochevieja. Este año seguro que me deja algo bajo la almohada, Papá Noel siempre los esconde allí.
Te juro que me quedé paralizado, recordando lo de mi padre marinero. ¿Será que todas las madres llaman marineros a los padres que desaparecen? De golpe sentí un dolor brutal. Recordé aquel verano con Lucía Al despedirnos, nos dimos los números pero, al volver a Madrid, nunca la llamé, y encima a los pocos días me birlaron el móvil. Muchas veces la tuve en la cabeza, pero los estudios y la vida hicieron que me olvidara
Y resulta que ella seguía aquí, en la ciudad, cuidando sola a nuestro hijo y poniendo mi foto junto a la suya. Cuando iba a contarle a Alonso que yo era su padre, se abrió la puerta y entró Lucía, nerviosa y cansada: Perdona, hijo, tardé porque a la abuela Carmen la han llevado de urgencias al hospital.
Me vio, y casi se cae del susto: ¡Pero si nosotros no hemos llamado a ningún Papá Noel!. Se le trabó la voz y le saltaron las lágrimas. Me quité gorro, barba y cejas falsas. ¿Alonso?, se quedó sin habla y se sentó como si le hubieran cortado las piernas. Se soltó a llorar, tan fuerte que el peque casi se asusta.
Lucía se recompuso enseguida al ver a su hijo, y yo le conté que venía de Galicia de marinero reconvertido en Papá Noel para darles la sorpresa. Alonso estaba tan feliz, nos recitó poesías, cantó, y no nos soltaba la mano ni por un segundo, temiendo que me fuera otra vez.
El regalo ni lo mencionó, sabía que Papá Noel se ocupa de dejarlo bajo la almohada. Cuando Alonso se quedó dormido, Lucía y yo hablamos hasta que amaneció, como si no hubieran pasado los años. Por la mañana, fui al Corte Inglés a comprar otro regalo y entonces me enteré de que me equivoqué de edificio: entré al 18C cuando era el 18, sin la C. Por la noche, con los nervios, no vi la letrita ¡Pero qué bendita equivocación!
Ahora estoy con Lucía y Alonso, y somos una verdadera familia. Mi madre y mi abuela están que no caben de alegría, tienen nieto y bisnieto: Alonso Alonso. ¿Ves? A veces la suerte nos da la vuelta a la vida de la forma más increíbleDesde ese año, cada finales de diciembre, Alonso coloca sobre la ramita de pino, junto a las fotos antiguas, una nueva donde salimos los tres, con gorros rojos y sonrisas enormes. Ya no hace falta esconder regalos bajo la almohada: celebramos juntos, el uno para el otro, con abrazos, canciones y la tarta de Santiago que prepara la abuela, rodeados de risas y el calor que siempre soñé de pequeño.
Dicen que a veces los errores te llevan justo al lugar donde deberías estar. Yo me equivoqué de puerta, sí, pero encontré por fin la respuesta al hueco de mi infancia: nunca fue un regalo lo que hacía falta, sino la oportunidad de estar presente. Y ahora, cuando me preguntan cómo fue mi mejor Navidad, sonrío y pienso en ese pasillo oscuro, el niño que me abrió la puerta y la voz temblorosa de Lucía, y sé que por fin llegué a casa.







