¡Tendríais que haberme hecho la reforma y no iros de vacaciones!
Mi suegra está molesta porque nos fuimos de vacaciones en vez de pagarle la reforma de su piso. Su casa está en perfecto estado, bonita y todo arreglado; ese cambio es simplemente un antojo suyo. Siempre nos ve como sus patrocinadores aunque perfectamente podría pagárselo ella.
Mi esposa y yo somos muy ahorradores. Estamos aún pagando la hipoteca y tenemos dos hijos adolescentes en el instituto. Durante todos nuestros años de matrimonio, este verano ha sido el primero en que nos hemos ido de viaje.
Antes lo máximo que podíamos permitirnos eran días en la sierra o en la casita familiar cerca del embalse. Nuestros hijos apenas conocían más allá, así que decidimos contratar un viaje a Italia. Tuvimos que apretarnos el cinturón, pero mereció la pena.
Nada más casarnos, mi suegra dejó claro que no se haría cargo de sus nietos. Lo entendimos y nunca le pedimos ayuda. Así que siempre que necesitábamos dejar a los niños, era en casa de mis padres, ya que mi mujer y yo trabajamos. No se lo reproché; criar a dos hijos ya es un mérito, y mi suegra tiene derecho a disfrutar su jubilación como quiera.
Va a clases de natación, se apunta a excursiones y exposiciones, y en general lleva una vida muy activa. El único problema siempre ha sido el económico: cada capricho suyo debe ser sufragado por sus hijos, aunque eso suponga apretarnos el cinturón en casa. No le interesa si tenemos que pagar la hipoteca o si los niños necesitan algo; lo primero, según ella, es ayudar a mamá.
Y por si fuera poco, todos los fines de semana le encargaba a mi mujer tareas: ayudar, arreglar esto o lo otro. Pero este año ha cruzado una línea: quería reformar el piso. Todos queremos cosas, pero no siempre se pueden conseguir, ¿verdad? Además, hace solo cinco años le hicimos la reforma y todo sigue como nuevo.
Mi suegra no tenía ni idea de que nos íbamos de viaje a Italia. Sinceramente, no pensamos ni en contárselo: cerramos la casa y nos marchamos.
Durante nuestra ausencia pasó por nuestro piso. Al ver que no estábamos, llamó a mi mujer y ella le confesó que estábamos de viaje. Colgó y, al volver nosotros, nos esperaba una tormenta.
Podíais haberme avisado. Y a todo esto, ¿de dónde habéis sacado dinero? Tendríais que haberme arreglado el piso y no iros de vacaciones.
Mi mujer suele callar y jamás se enfrenta a su madre, pero esta vez le paró los pies: le dejó claro que nuestro dinero es solo nuestro.
Desde entonces, mi suegra no mantiene contacto con nosotros. Ni siquiera llama a sus nietos. Eso sí, otros familiares nos llaman para decirnos lo egoístas que somos. Pero ni mi mujer ni yo sentimos culpa alguna. Mis padres nos apoyan. Hay que aprovechar la vida cuando aún se puede viajar, y más cuando la petición de la suegra no era una urgencia, sino un simple capricho.







