Todo ocurre para bien Inés Victoria es madre de Blasa, a quien ha moldeado a su imagen y semejanza. Blasa, obediente en todo, tenía por modelo a su madre, que se consideraba una mujer fuerte y de éxito, por eso exigía que su hija siguiera sus pasos sin desviarse ni un ápice. —Blasa —decía Inés Victoria con severidad—, si quieres alcanzar en la vida lo mismo que yo, debes seguir el camino que yo marco; ni un solo paso fuera de ese sendero. ¿Lo has entendido bien? —Sí, mamá —respondía la hija. Blasa amaba a su madre y procuraba siempre complacerla, pues no quería decepcionarla. Su madre soñaba con que fuese la hija perfecta, la señorita impecable. Pero cuanto más se esforzaba la niña por complacerla, más le costaba mantener ese nivel. Como cualquier criatura, Blasa hacía travesuras, manchaba la ropa, rompía cosas sin querer, se caía, pero en el colegio era excelente. Sabía que, si sacaba un cinco, para su madre sería una tragedia. —¡Blasa, qué vergüenza! ¿Cómo puedes sacar un aprobado raspado? ¿Es que no nos respetas a tu padre y a mí? Corrige eso de inmediato, no nos dejes en ridículo. —De acuerdo, mamá —decía sumisa, aunque intentaba explicar—: Mamá, solo ha sido una vez, fue sin querer… —Da igual, hija… Debes ser la mejor en todo. Blasa lo pasaba mal, pero enseguida corregía la nota. Acabó el colegio con matrícula de honor, como era de esperar. Inés Victoria estaba satisfecha cuando su hija entró en la universidad sin dificultad. —Muy bien, hija, estoy orgullosa de ti —le reconoció, por fin—. No te duermas y sigue así. Inés Victoria tenía una empresa de construcción, un sector nada fácil para una mujer, pero lo gestionaba con tal firmeza que muchos hombres de negocios se asombraban de su temple. Tenía claro que, tras la carrera, su hija estaría a su lado en la empresa. A Blasa, en el fondo, le habría gustado liberarse de aquella tutela y hasta pensó en estudiar en otra ciudad, pero fue solo un sueño. —Hija, tienes que estar bajo mi supervisión, no me hables de irte fuera. Aquí tenemos buena universidad —zanjo la madre. Por supuesto, Blasa no supo contrariarla. En tercero de carrera se enamoró de verdad, aunque antes había tenido alguna cita a escondidas. A Goyo le conquistó con su sonrisa y sus ojos azules; era de su misma promoción —él no llevaba tan bien los estudios y detestaba los trabajos escritos. Un día, en un pasillo, le pidió ayuda para uno de ellos: —Blasa, échame una mano con el trabajo, que voy de cabeza… —Vale, te ayudo —aceptó ella encantada. Desde entonces, Blasa le fue haciendo los trabajos, y a cambio recibía cariño y amor. Salían, iban al cine y a tomar algo. Inés Victoria lo notó y fue directa al tema. —Hija, ¿te has enamorado? —¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Blasa. —Lo llevas escrito en la cara… Me lo tendrás que presentar; quiero saber quién es y de qué va. Invitaron a Goyo a casa; los padres le trataron bien, incluso Inés Victoria fue cordial. Pero cuando él se marchó, la madre soltó: —¿Eso es amor, Blasa? Ese chico solo se aprovecha de ti. Ni destaca por inteligente ni sabe mantener una conversación. ¿Qué le ves? —No es cierto, mamá —se atrevió por fin a replicar la hija—. Goyo tiene metas, lee mucho, le gusta la historia. Solo que tú le has intimidado con tu inteligencia, no todos son así, además, es joven. —No es el hombre adecuado para ti —concluyó la madre. Blasa sacó carácter: —Mamá, te guste o no, voy a seguir con Goyo. Inés Victoria se quedó boquiabierta y movió la mano con fastidio. —Algún día verás que ese Goyo tuyo es alguien anodino. Blasa se salió con la suya y, después de terminar la carrera, se casó con Goyo, convencida de que su madre se equivocaba. La vida demostró que muchas veces los “del montón” llegan más lejos que los empollones. Así fue con Goyo, que pronto consiguió un trabajo prestigioso, mientras Blasa seguía bajo la ala materna. El piso de Goyo lo habían comprado sus padres, así que, casados, Blasa se sintió libre de su madre, aunque poco duró la alegría: acabó trabajando para ella. Un día, Goyo llegó a casa: —Blasi, me han hecho jefe de departamento, primero a prueba, pero daré la talla. Y así fue: en tres meses, puesto fijo. A Goyo no le gustaba que Blasa, con su expediente brillante, siguiera dependiendo de su madre. —Blasa, ahí no vas a crecer nunca, tienes que soltarte, si no, te pasará la vida supeditada a ella. Además, tu madre es muy dura y tú no tienes carácter. A Blasa le dolían esas palabras, pero sabía que su marido tenía razón. Con el tiempo, Goyo dejó de reprocharle nada y se fue volviendo frío y distante, lo cual a Blasa no le molestaba: al menos no discutían y él seguía ahí. Pasó un año, y un día Goyo le confesó: —He conocido a otra mujer, la amo. Te dejo. Ella es real, a diferencia de ti… Blasa estalló: gritó, rompió un plato y tiró el móvil de su marido contra la pared, rasgó un par de camisas y, después, se serenó. Goyo la miró sin decir nada, y al final comentó: —Vaya, sí que tienes genio. Lástima que lo haya descubierto tarde. —Te odio —dijo Blasa. Hizo la maleta, buscó un piso y se marchó. No le comentó nada a Inés Victoria. Durante más de un mes pudo ocultar su situación; pero su madre, por intuición, enseguida lo notó. —¿Qué te pasa, Blasa? ¿Te ha dejado tu marido? —No, simplemente ya no tengo marido. —¡Lo sabía! ¿Desde cuándo? —Desde abril. —¿Y te lo callabas? Blasa suspiró y aguantó estoicamente la tormenta de reproches hacia Goyo y hacia ella misma. —Te lo advertí. Por lo menos no le servías de criada y, por suerte, no hubo hijos. Aprende la lección y escucha mis consejos. ¿Lo has entendido? —Mamá, todo ocurre para bien —le contestó Blasa, se levantó y añadió—. Además, dejo de trabajar contigo, ya basta… Y salió del despacho, dejando a Inés Victoria perpleja. Blasa decidió alejarse, sabiendo que en casa de su madre no tendría respiro. Mientras volvía pensativa en tranvía, al bajar, se torció el pie y cayó en una zanja. —Para colmo… —pensó, adolorida. —¿Le ocurre algo? —le preguntó un joven que pasaba por allí y, sin pensárselo, le ayudó a incorporarse. —Me duele mucho —se quejó al apoyarse. —Agarre mi cuello —dijo el joven. La llevó en brazos hasta su coche—. Vamos al hospital, por si acaso. —Soy Eugenio, ¿y tú? —Blasa. En urgencias descartaron fractura, solo un esguince; la vendaron y le dieron instrucciones. Eugenio la esperó y la llevó a casa. —Déjame tu número, por si necesitas algo —le pidió. Blasa se lo dictó. Al día siguiente, Eugenio llamó: —¿Qué necesitas? Imagino que tu pie sigue mal. —Zumo, fruta… y me he quedado sin pan. Pronto Eugenio llamó al timbre con bolsas llenas. —¡Madre mía, cuántas cosas! —¡Vamos a celebrar nuestro encuentro! Tranquila, te ayudo a todo, y si quieres, nos tuteamos ya. Blasa rió divertida. Le resultaba fácil y agradable estar con Eugenio. Eugenio fue quien más se movió, puso la mesa, calentó carne en el microondas, sirvió el zumo… y advirtió que no bebía nunca alcohol. La velada fue estupenda. A los cuatro meses, Blasa y Eugenio se casaron; al año tuvieron a su hija, Asunción. Cuando le preguntaban a Blasa dónde había encontrado a un marido tan estupendo, ella bromeaba: —Me recogió en la calle… Si no lo creéis, preguntadle a él… Gracias por leer esta historia, por suscribirte y por tu apoyo. ¡Mucha suerte en la vida!

Life Lessons

Todo sucede para bien

Isabel María era la madre de Jimena, y desde niña quiso moldearla a su imagen y semejanza. Jimena siempre obedecía sin rechistar. Su madre se consideraba una mujer fuerte y exitosa, así que constantemente exigía a su hija que siguiera al pie de la letra sus consejos.

Jimena decía Isabel María con tono severo, si quieres conseguir los mismos resultados que yo en la vida, debes seguir el camino que te marco, ni un paso fuera. Espero que lo entiendas y te quede claro para toda tu vida.

Sí, mamá respondía la hija.

Jimena quería mucho a su madre. Por eso hacía todo lo posible por complacerla y no quería decepcionarla. Su madre soñaba verla hecha una señorita impecable. Sin embargo, mientras más mayor se hacía Jimena, menos lograba ese ideal.

Porque una niña es, ante todo, una niña: Jimena manchaba la ropa, rompía cosas, se caía y hacía travesuras. Eso sí, en el colegio era una alumna excelente, ya que sabía que un notable bajo sería una tragedia para su madre.

Jimena, qué vergüenza. ¿Cómo se te ocurre sacar un bien? ¿Es que no nos respetas a tu padre y a mí? Por favor, arregla esto cuanto antes.

Vale, mamácontestaba obediente, aunque intentaba justificarse. Mamá, solo ha sido un bien, ha sido sin querer

No importa, hija… Tienes que destacar y ser la mejor.

Jimena lo pasaba mal, pero siempre se apresuraba a mejorar sus notas. Acabó el colegio con matrícula de honor, como era de esperar. Isabel María estaba orgullosa cuando su hija entró sin problemas en la Universidad Complutense de Madrid.

Bien hecho, hija, me siento orgullosa de ti le confesó una tarde. Estoy segura de que vas a seguir por este camino.

Isabel María tenía una empresa de reformas y construcción, un sector dominado por hombres; sin embargo, ella dirigía con tanta firmeza que muchos empresarios no daban crédito a su liderazgo. Isabel María nunca dudó que, tras la universidad, su hija trabajaría a su lado.

Jimena, en el fondo, soñaba con independizarse de su madre, respirar en libertad, incluso pensó en estudiar fuera, en Barcelona o Granada, pero fue en vano.

Tienes que estar bajo mi supervisión sentenció Isabel María. ¿A qué viene eso de otra ciudad? Tienes una buena universidad aquí, en Madrid. Te quedas y punto.

A Jimena no le quedaba más remedio que aceptar. Ya en tercero de carrera, Jimena se enamoró de verdad. Antes había tenido citas a escondidas, nada serio.

Sergio era rubio, de ojos claros y sonrisa impecable; él ganó el corazón de Jimena. Estudiaban en grupos paralelos del mismo curso. Jimena sacaba sobresalientes, él tenía más dificultades, sobre todo con los trabajos de fin de materia. Un día, la paró en un pasillo de la facultad:

Jimena, ¿me ayudas con el trabajo? No llego a tiempo

Te ayudo encantada contestó ilusionada.

Desde entonces, Jimena le hacía los trabajos, y él le pagaba con cariño y atenciones. Salían, paseaban por El Retiro, iban al cine, a tomar tapas en Malasaña.

Isabel María sospechó que pasaba algo y lo preguntó sin rodeos.

Hija, ¿te has enamorado?

¿Cómo lo sabes?, se sorprendió ella.

Se te nota en la cara Tráelo a casa. Tengo que conocer a ese chico.

Jimena invitó a Sergio a cenar. Los padres lo recibieron bien, incluso Isabel María no dijo nada desagradable. Cuando él se marchó, su madre sentenció:

¿Esto es amor, Jimena? Ese chico solo te está utilizando. No es muy listo, ni siquiera resulta interesante ¿Qué le ves?

Mamá, no es cierto por primera vez se atrevió a llevarle la contraria. Sergio es muy trabajador, le encanta la historia No todos tienen que ser unos genios, además, es joven.

Ese chico no es para ti insistía Isabel María.

Jimena decidió plantarse.

Mamá, digas lo que digas, me gusta Sergio, le quiero y voy a seguir con él.

La madre la miró sorprendida y movió la mano con enfado.

Ya verás, algún día te darás cuenta, Sergio es un don nadie.

Jimena hizo su voluntad y, al terminar la carrera, se casó con Sergio. Se alegró de que su madre hubiera estado equivocada respecto a él.

La vida demostró que los estudiantes mediocres a veces llegan más lejos que los brillantes. Así fue con Sergio: encontró trabajo en una empresa de prestigio, mientras que Jimena acabó trabajando, como siempre, bajo el ala de su madre.

Sergio ya tenía su propio piso, regalo de sus padres durante la universidad; por eso, tras la boda, Jimena se sintió feliz por fin, lejos de la influencia materna. Pero fue un espejismo; pronto volvió a caer bajo control de su madre al incorporarse en la empresa familiar.

Un día, Sergio llegó a casa y le dijo:

Menuda noticia, Jimena. Me han ascendido a jefe de departamento, eso sí, con periodo de prueba, pero haré todo para ganarme el puesto.

Y así fue: en tres meses le confirmaron el cargo. A Sergio le disgustaba que su mujer, con un expediente brillante, siguiera trabajando para su madre.

Jimena, bajo el ala de tu madre nunca harás nada por ti misma. Ya es hora de independizarte. ¿Vas a estar siempre bajo su sombra? Ella te oprime, y entre nosotros, es una arpía y tú una blanda.

Le dolían esas palabras, pero en el fondo sabía que tenía razón. Con el tiempo, Sergio dejó de reprocharle su falta de carácter, aunque Jimena no se sentía mejor. Él se volvió más frío y distante, pero a ella le aliviaba en parte: al menos no discutía, y seguía a su lado.

Pasó casi un año más y un día, Sergio llegó y susurró:

He conocido a otra mujer, la quiero. Me voy. Ella sí es auténtica…

Por primera vez, Jimena explotó. Gritó, insultó, rompió un plato, lanzó el móvil del marido contra la pared y destrozó unas camisas, luego se calmó.

Sergio lo presenció todo en silencio y, al final, solo dijo:

Vaya, sí que tienes carácter. Lástima haberlo descubierto tan tarde y se marchó.

Te odio, te odio repetía Jimena. Luego hizo la maleta, se fue a un piso de alquiler y se marchó.

No dijo nada a su madre, ya sabía cómo reaccionaría. Logró mantenerlo en secreto un mes, quizá más, hasta que Isabel María, con ojo de águila, notó algo raro.

Jimena, ¿qué te pasa? Tienes la mirada apagada, vas como alma en pena. ¿Ha pasado algo con tu marido?

¿Por qué lo dices? No tengo problemas con él porque ya no hay marido.

Dios mío Ya sabía yo que ese chico te acabaría dejando. ¿Y cuándo ha pasado esto?

En abril

¿Y no has dicho nada?

Jimena suspiró. Interrumpir a su madre era imposible y se limitó a escuchar su interminable catálogo de reproches.

Te avisé, por lo menos no serás su criada. Qué suerte que no tuvierais hijos. Aprende la lección y haz caso de mis consejos, ¿queda claro?

Mamá, todo lo que pasa es para bien contestó de repente, y añadió mientras se levantaba. Por cierto, dejo el trabajo, ya no aguanto más y salió del despacho dejando a Isabel María perpleja.

Jimena decidió alejarse de su madre lo máximo posible, consciente de que, de quedarse, no tendría paz un solo día.

Iba caminando despacio, sin rumbo fijo, hasta que subió a un tranvía, se bajó en su barrio y, al primer paso, se torció el tobillo con una zanja.

Justo lo que me faltaba pensó al sentir el dolor.

¿Estás bien?corrió a ayudarla un joven que pasaba por allí, ya que el tranvía se había ido. Él la ayudó a levantarse y ella notó un dolor intenso al apoyar el pie.

¿Te duele? le preguntó él con amabilidad.

Mucho respondió ella, tratando de sonreír.

A ver, apóyate en mi cuelloy, antes de que protestara, la cogió en brazos y la llevó hasta su coche. Te llevo al hospital, no vaya a ser una fractura

Soy Eugenio, ¿cómo te llamas tú?

Jimena.

En el hospital comprobaron que no era fractura, solo un esguince. Le pusieron un vendaje y le dieron indicaciones para casa. Eugenio la esperó todo el tiempo y luego la llevó a su piso.

Déjame tu númerole dijo educadamente, por si necesitas ayuda.

Jimena se lo dio. Al día siguiente, Eugenio la llamó.

¿Qué te llevo al super? Seguro que tu tobillo sigue mal.

Bueno podría ser zumo y fruta, y, la verdad, no tengo pan.

Al rato sonó el timbre, y allí estaba Eugenio con dos bolsas llenas.

Pero, ¡madre mía!, ¿por qué has traído tanto?

Vamos a celebrar nuestro encuentro, si no te importa. Además, no te preocupes, yo me encargo de todoy propuso tutearse entre risas.

Jimena aceptó; estar con Eugenio era fácil y agradable.

Eugenio preparó la cena, calentó brochetas en el microondas, sirvió el zumo. Anunció que no bebía alcohol. La velada fue perfecta.

Cuatro meses después, Jimena y Eugenio se casaron. Un año después nació su hija, Covadonga. Cuando le preguntaban cómo encontró a un marido tan estupendo, se reía:

Me recogió en la calle ¿No me creéis? Preguntadle a él

Gracias por haber leído mi historia y por vuestro apoyo. ¡Os deseo toda la suerte del mundo!

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