30 de diciembre
Hoy ha ocurrido algo que me ha dejado helado. Estaba en la cocina, terminando de preparar la comida, cuando Lucía, mi mujer, se quedó quieta con el cucharón en la mano. Miraba la olla distraída, con el gesto congelado. Yo, mientras, no levantaba la cabeza del mantel, repasando el dibujo de la mantelería con disimulo.
A ver, Diego, dime si lo he entendido bien. Tus padres vienen a casa para pasar aquí todas las navidades, desde el día treinta hasta el ocho. Eso ya lo discutimos. Pero ahora propones que les dejemos nuestra habitación, esa cama de matrimonio con colchón ergonómico por la que pagamos una fortuna, y que nosotros nos vayamos al salón… ¿y que durmamos en el suelo?
Sí, mujer, le contesté, alzando al fin la mirada, aunque con cierto remordimiento y un pellizco de tozudez. A ver, entiéndelo: mi padre tiene la espalda destrozada y si duerme en el sofá no se endereza en días, lo sabes bien. Y mamá no puede pegar ojo con la luz del farol de la calle dándole directo. Pues nosotros aguantamos una semana, tampoco es para tanto, ¿no?
Vi cómo Lucía apretaba los labios y dejaba, con toda la parsimonia del mundo, el cucharón sobre la encimera. En su mirada hervía una mezcla de resignación y cabreo contenido.
Pero Diego, tú sabes que yo también arrastro lo de la espalda desde el accidente. Y después de Reyes, directa al trabajo, cerrar el balance anual; y yo no puedo permitirme pasar la noche en vela. Además, el salón y la cocina son uno. Cuando tu madre empiece a trastear a las seis de la mañana vamos a despertar todos.
He pensado en todo intenté convencerla. Le he pedido a Miguel el colchón hinchable que tienen en el pueblo. Es de dos plazas, bastante alto. Lo ponemos en el suelo del salón y dice que es comodísimo, casi como una cama de verdad. Hasta tiene su punto aventurero; como cuando acampábamos en Peñíscola.
¿Aventurero? ¡A los treinta y ocho! replicó Lucía, ya sin poder evitar la media sonrisa irónica. Lo que nos faltaba, Diego: romanticismo tumbados en el suelo del salón, en pleno diciembre, y con el frío que entra por esos azulejos…
Yo traté de convencerla: que pondríamos la manta gruesa de lana debajo, que sería solo una semana, que para mis padres era importante… pero Lucía ya miraba distante, como si el mundo entero se hubiera abierto entre nosotros y un abismo separado nuestras prioridades.
Acabamos discutiendo, como era de esperar. Ella se fue al baño y yo seguí a lo mío, intentando no hacer mucho caso a la somanta de sentimientos que me caía encima.
La preparación para la llegada de mis padres fue… como si nos estuvieran a punto de evacuar por una alerta volcánica. Lucía vació la mitad del armario del dormitorio, colgó su ropa en el perchero del recibidor, escondió todos sus potingues caros con razón: a mi madre, Carmen Sánchez, le gusta trastear con todo lo ajeno y luego criticar perfumes y texturas. Yo, mientras inflaba el colchón azul eléctrico en el salón, me animaba pensando que pronto reinaría la paz familiar.
A las siete de la mañana llegaron. Mi madre, con su abrigo de visón heredado de la tía Fina, abarrotó la entrada con bolsas y exclamaciones:
¡Ay, hijo, por fin llegamos! Menudo viaje, el tren lleno de críos, la revisora una antipática y ni un café decente… Lucía, ¿estás bien? Te veo floja, ¿no andas durmiendo últimamente? Juan, ¡cuidado con la maleta, que llevo los tarros de mermelada!
Mi padre, Juan Manuel, entró sin decir nada más que un gracias parco, buscando sus zapatillas.
Lucía forzó una sonrisa y les recibió como haría la mejor anfitriona de Salamanca, aunque le bailaba el ojo. Durante el día, mi madre inspeccionó el dormitorio: limpió el cabecero con el dedo, cuestionó las cortinas (muy lúgubres, hija, pon algo con colores), el colchón (muy duro, eso no es bueno para la espalda), las almohadas (¿cómo dormís con estas cosas? No tenéis unas de pluma, como Dios manda?)… Y así.
A nosotros, para el colchón hinchable, solo nos quedó el vértigo del suelo. Dimos la noche dando saltos, con cada movimiento el otro rebotaba, la sábana se enroscaba y del suelo subía un frío castellano imposible de combatir. Mis padres, mientras, durmiendo plácidos en nuestra cama.
Cuando Lucía al fin perdió la paciencia fue la mañana del 31. Mi madre, envuelta en el batín que mi mujer le regaló, salió diciendo:
¡Qué bien hemos dormido! Un placer, aunque el colchón es duro, Juan tiene un lado molido. Lo podíais haber mirado mejor.
Lucía no contestó. Se puso a moler café en la cocina y calló.
Durante la comida, la crítica culinaria de mi madre no faltó: que si el aliño de la ensaladilla, que si los pepinillos, que si el aceite. Y Lucía estalló por fin, con voz tranquila:
Carmen, yo hago la ensaladilla como le gusta a mi familia. Si quieres, puedes hacerte la tuya con los ingredientes frescos de la nevera.
Mi madre se ofendió, mi padre se atrincheró en su periódico, y yo… intenté poner paz, sin demasiado éxito.
Pero lo peor fue en el baño. Lucía encontró su champú apartado y, lo inesperado: el tarro carísimo de crema facial abierto y casi vacío. Se presentó en el salón y preguntó:
Carmen, ¿has usado mi crema de la estantería?
¡Ah! ¿Esa? Sí, Juan tenía los talones agrietados después del viaje y vi que tú tenías un montón de potes. Total, cogí el que más brillaba y le unté bien. Una maravilla, oye, le han quedado suaves como el culito de un bebé.
¿Sabes lo que cuesta esa crema? ¡Ciento veinte euros!
Mi madre montó en cólera: ¡Pero Lucía, por Dios, en qué gastáis el dinero, y con lo que costó criar a Diego!, mientras mi padre me miraba pidiendo que callara a las mujeres.
En ese momento, Lucía desapareció un rato. Volvió vestida y con su maleta de mano.
¿A dónde vas? le pregunté.
Me voy a un hotel. Necesito descansar, Diego, y aquí no hay paz ni bastante respeto para una.
Intenté detenerla, pero no hubo manera. Reservó una suite en un hotel de lujo del centro, con su cama king size, spa y desayuno a la carta. Se marchó con la cabeza alta, ajena a las protestas de mi madre o a mi mirada de perro abandonado.
Esa Nochevieja, celebré el nuevo año en casa junto a mis padres, comiendo pizza fría porque el horno nos jugó una mala pasada y ni mi madre ni yo supimos ponerlo como Lucía. Dormí en el suelo, con el colchón pinchado porque la última noche se desinfló. Al tercer día, los platos seguían amontonados, y el salón parecía zona de guerra.
De repente entendí lo que tanto le costaba a mi mujer cada visita. Aquella aparente hospitalidad se convertía en una renuncia constante a su espacio, a sus cosas, a su propio bienestar.
El tres de enero Lucía volvió, radiante y renovada, saludó cortésmente y yo le pedí perdón de corazón. Mis padres, por fin, admitieron que dormir en el sofá tampoco era para tanto y que podrían acortar la visita la próxima vez. Mi madre aún rezongó los hombres de hoy en día, nunca salen como una espera pero el mensaje estaba claro.
Por la noche, mientras me abrazaba a Lucía en nuestra cama, le juré no volver a hacerla dormir en el suelo nunca más, y devolverle cada euro gastado en el spa.
He aprendido, y bien aprendido: la generosidad debe empezar en casa, y a veces decir basta no es egoísmo sino puro sentido común. Respetar nuestro espacio y a quien comparte la vida con nosotros es el regalo más grande que uno puede hacerse y dar a quienes queremos.







