Ojalá todas las ayudas fuesen así de “desinteresadas”: La historia de Polina, su suegra Nadiezhda, y cómo el afán de ayuda transformó su vida familiar en una batalla por la paz doméstica

Life Lessons

Ojalá a todos les ayudaran así

Marisela, hoy iré a tu casa, te echo una mano con los niños.

Marisela sostenía el móvil entre el hombro y la oreja, mientras balanceaba a un Hugo que lloraba como si el mundo se hubiese vuelto del revés.

Emilia Alonso, de verdad, gracias, pero nos apañamos soli…

Tono de llamada interminente. Su suegra ya había colgado.

En el salón algo estalló: Pablo volcaba una caja de piezas mientras Vega chillaba de júbilo, lanzándolas por todo el suelo como si fueran confeti de una procesión. Hugo, en los brazos de Marisela, berreaba igual que si no comiera desde Carnavales, aunque hacía veinte minutos había acabado el biberón…

Marisela miró de reojo a Javier, que seguía clavado en el sofá, absorto en el móvil, explorando intensamente la pantalla, demasiado concentrado en realidad.

Has llamado a tu madre.

No era pregunta. Era sentencia.

Javier encogió los hombros, sin despegar los ojos del móvil.

Pues… sí. Si te veo agotada, mamá ayuda…

Marisela pensó en decir que se las apañaba. Que no necesitaba ayuda. Que llevaba tres meses desde el nacimiento de Hugo gestionando la casa, alimentando a tres criaturas y, a veces, incluso durmiendo. Pero Hugo volvió a llorar y ella salió del salón, acunándolo, preparándose mentalmente para la llegada de Emilia Alonso.

La suegra se presentó a la hora de la comida: dos maletas colosales y ese porte de persona que ha venido a rescatar un navío en pleno naufragio.

¡Madre mía, Marisela, tienes una cara…! Emilia Alonso pasó junto a su nuera con semblante de cetrera y mirada examinadora ¡Y este desorden! Tranquila, ahora que estoy aquí, todo se va a arreglar. Todo va a ir bien.

Al caer la noche del primer día, Marisela lamentaba no haber cerrado con llave y echar la cadena.

¿Eso qué es? la suegra fulminaba la tabla de cortar donde Marisela picaba calabacín.

Pisto. A los niños les gusta.

¿Pisto? Emilia pronunció la palabra como si Marisela estuviera a punto de envenenar a sus nietos No, no, no. Javi siempre ha preferido el cocido. De ese, del mío. Quítate, ya lo hago yo.

Marisela se apartó de la cocina, empuñando el cuchillo de verduras.

A la mañana siguiente, la suegra despertó a Marisela a las siete, aunque Hugo se había dormido sólo a las cinco.

¡Marisela! ¿Cómo vistes a los niños? ¿Qué circo es este?

Pablo y Vega iban en sus monos favoritos: amarillo chillón y rojo. Marisela los compró adrede, para verlos de lejos en el parque.

Ropa normal.

¿Normal? ¿Esto te parece normal? Emilia ya traía pantalones grises y rebecas beige de una de sus maletas ¡Parecen periquitos! Además, hace fresco y así se resfrían. Traje ropa de abrigo.

Si es que están cómodos en…

Marisela la suegra se irguió, cruzó los brazos y sus ojos destilaron lágrimas He venido a ayudar, y tú me contestas, me faltas al respeto. Yo crié a Javier, sé cómo se hace. Tú… tú no me valoras. No me aprecias.

Emilia suspiró muy hondo, apoyando la mano en el pecho, dramatizando una pena infinita.

Javier asomó la cabeza desde la habitación, miró a su madre, luego a su mujer.

¿Otra vez vas a empezar? murmuró a Marisela Mi madre sólo quiere ayudar, ojalá a todos les echaran una mano así.

Marisela calló. Vistió a los mellizos con el gris y el beige. Sonrió a la suegra. Dentro de sí, se partió otro pedacito pequeño.

Al terminar la semana, el piso era ya el reino de Emilia Alonso. Muebles movidos en la habitación de los niños las cunas ahora así porque es como debe ser. Nuevo horario: se dormía y despertaba conforme al ritmo marcado por la abuela. Marisela alimentaba a Hugo entre instrucciones y reproches: que si la inclinación del biberón, que si el ángulo, que si ya te lo hago yo. Javier desaparecía cada media hora en el balcón, contemplando los tejados como si no pudiera oír el caos.

Marisela dejó de dormir. Acostada, contemplaba el techo sin poder aflojar los músculos. Cada sonido del pasillo era una alarma: la suegra comprobando si los niños dormían derecho, si las mantas estaban alineadas…

Por las mañanas, se levantaba hecha migas, con las manos temblando, y preparaba café que de nada servía.

El jueves por la noche, abrió el armario de comida infantil y se quedó petrificada. Las estanterías: vacías.

Emilia Alonso, apareció en la cocina, donde la suegra picaba repollo para otro cocido ¿dónde está la leche de Hugo?

Tiré esa porquería replicó sin girarse Toda esa química no vale para nada, lo leí. Traje una buena, natural.

Señaló al frasco en la mesa.

Era barato, esa marca que a Hugo le dio sarpullidos desde la primera toma, hacía un mes.

Hugo es alérgico a esa leche.

Tonterías Emilia la despachó con un manotazo La alergia es de tus manías. Algo hiciste mal. Ahora saldrá bien, lo verás.

Marisela miraba el frasco. Y a su suegra, cortando repollo tan tranquila. Pensó en Javier, perdido en el balcón. Algo crujió por dentro. Sin drama, pero del todo…

…Cuarenta minutos después, Marisela ya iba en taxi, Hugo apretado contra su pecho, Pablo y Vega con sus monos chillonesrescatados a escondidas de entre la ropa insulsa que trajo Emiliamiraban la ciudad por la ventanilla. Una bolsa llena con lo imprescindible reposaba en el maletero.

Al llegar a casa de su madre rompió a llorar en el recibidor.

Mamá, no puedo más. No sé vivir así…

Su madre la abrazó, la sentó en la cocina, le sirvió té y le acarició el pelo mientras Marisela sollozaba, mojando la taza con lágrimas saladas.

No pasa nada, cariño. Os quedáis aquí todo el tiempo que haga falta.

El móvil vibró a las once y sonó hasta las tres de la madrugada.

¡Marisela, pero qué haces! chillaba Javier ¡Mi madre está destrozada! Ella sólo quería ayudar, ¡y tú!

¡Yo solo quiero vivir tranquila! susurró Marisela para no despertar a los niños ¡Tiró la leche! ¡A Hugo le da alergia lo que tu madre decidió que era mejor para nuestro hijo!

¡Qué alergia ni qué alergia! ¡Siempre exageras! ¡Qué sabrás tú! ¡Mi madre es más mayor!

¡Pues que tu madre se quede a vivir contigo!

Eres una desagradecida histérica siseó Javier Sin mi madre ¡no habrías podido con esto! Vuelve ya.

No volveré mientras esa mujer esté allí.

Silencio. Al final, Javier masculló:

Como quieras y colgó.

Por la mañana, Marisela fue al registro civil y pidió el divorcio.

Tres días más tarde volvió por sus cosas, sola, dejando los niños con su madre. Emilia Alonso la recibió en el umbral.

Marisela, ¿cómo puedes hacer esto? ¡Separar a los niños de su padre! ¡A la abuela de sus nietos! ¡Qué crueldad! ¡Cuánto he hecho por vosotros! ¡Ojalá ayudara todo el mundo, como yo!

Marisela se paró en seco, mirando a su suegra. A esa mujer que le había desmontado la vida bajo la excusa de “ayudar”. Que tiró la leche correcta y compró la que cubría al niño de granos. Que movió muebles, vistió a los niños grises, la sacó de la cocina y la llevó al límite.

Sobreviviréis, no os pasará nada oyó su voz, gélida y extraña.

Emilia retrocedió, boqueando como un pez fuera del agua. Javier irrumpió, agarrando a Marisela por la muñeca.

¿Te has vuelto loca? ¿Así se habla a una madre?

Marisela se soltó con un tirón. Miró a su marido: un hombre adulto suplicando a mamá que le resolviera la vida.

No me toques.

Entró en el cuarto, recogió lo que quedaba, lo metió en una maleta y salió sin mirar atrás.

…El divorcio se formalizó dos meses después. Javier la llamó durante quince días más, luego se rindió. Emilia Alonso le mandó una biblia de mensajes sobre cómo estaba desmembrando a la familia y destrozando a su hijo. Marisela lo borró sin terminarlo.

…En casa de su madre apenas cabían, pero había sosiego. Por la noche Marisela arrullaba a Hugo en la cocina frente a la ventana oscura. De día paseaba con Pablo y Vega por el patio de vecinos, les daba pisto, les ponía monos de colores…

A los seis meses, Pablo y Vega empezaron en el cole. Marisela halló un trabajo remoto: corregía textos por las noches, cuando los niños dormían. El dinero no sobrabade lujos nadapero bastaba para todo.

Por las tardes se sentaba en el sofá, Hugo roncando en la cuna y los mellizos acurrucados a sus lados, pidiendo cuento. Marisela les leía “Los tres cerditos” con voces distintas, Vega reía y Pablo asentía muy serio. En esos momentos, Marisela recostaba la cabeza y miraba a sus hijos, sabiendo que sí, que había hecho lo correcto. Tenía por delante años duros, criar a tres sola. Era difícil, a veces solitario, daba miedo. Pero era lo correcto.

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