SIN HOGAR
A Lucía no le quedaba ningún sitio al que ir. Es decir, absolutamente ninguno… «Un par de noches puedo dormir en la estación. ¿Y luego?» De repente, le vino a la mente una idea salvadora: «¡La casita del pueblo! ¡Cómo he podido olvidarla! Aunque… llamarla casita es mucho decir, está medio derruida. Pero mejor ir allí que acabar en la estación», pensaba Lucía.
Subió al cercanías, y apoyó la frente contra la ventana fría, cerrando los ojos. Los recuerdos de los últimos meses no tardaron en abatirla. Hacía dos años que había perdido a sus padres y se quedó sola, sin ayuda de nadie. No tenía con qué pagar los estudios, así que tuvo que dejar la universidad y ponerse a trabajar en un mercadillo.
Tras tanta desgracia, por fin la suerte sonrió a Lucía y pronto conoció al amor de su vida. Andrés era un hombre atento y honesto. A los dos meses, se casaron con una celebración discreta.
Parecía que al fin todo marchaba… Pero la vida le tenía preparada otra prueba. Andrés le propuso vender el piso de los padres de Lucía en el centro de Madrid para montar un negocio propio.
El chico lo pintó todo tan bien que a Lucía no le quedaron dudas, confiaba en que, gracias a Andrés, pronto olvidaría las dificultades económicas. «Cuando estemos asentados, podremos pensar en tener un hijo. ¡Qué ganas tengo de ser madre!», soñaba la ingenua Lucía.
Pero el negocio fue un fracaso. Por culpa de las discusiones constantes sobre el dinero malgastado, el matrimonio se resintió rápidamente. Muy pronto, Andrés apareció en casa con otra mujer, y le indicó a Lucía la puerta de salida.
Al principio quiso ir a la policía, pero comprendió que no podía acusar a su marido de nada. Había sido ella misma quien vendió el piso y le confió todo el dinero a Andrés
***
Cuando llegó a la estación del pueblo, Lucía se bajó y caminó sola por el andén vacío. Era apenas primavera, la temporada de las casas rurales aún no había comenzado. En tres años, el terreno se había abandonado y el caserón estaba en un estado lamentable. «No pasa nada, limpio un poco y todo volverá a estar como antes», pensaba Lucía, aunque sabía perfectamente que jamás sería como antes.
Encontró la llave sin dificultad bajo el escalón, pero la puerta de madera cedida se resistía a abrirse. Lucía luchó con todas sus fuerzas pero, tras varios intentos fallidos, la frustración la superó y se sentó en el porche a llorar.
De pronto vio humo y oyó algo al otro lado de la valla del vecino. Alegre de saber que los vecinos estaban allí, Lucía fue corriendo.
¡Señora Encarna! ¿Está usted ahí? llamó.
En el patio vio a un hombre mayor de barba desaliñada y se quedó helada de susto. El desconocido calentaba agua en una taza vieja sobre una pequeña hoguera.
¿Usted quién es? ¿Dónde está la señora Encarna? preguntó, retrocediendo.
Tranquila, no tengo malas intenciones. Y por favor, no avise a la Guardia Civil. No hago daño a nadie. Ni siquiera entro en la casa; solo vivo aquí en el patio…
Para su sorpresa, el hombre tenía un tono de voz sereno y educado, propio de una persona instruida.
¿Es usted un sintecho? preguntó Lucía, con torpeza.
Sí, así es respondió el hombre, bajando la vista. ¿Vive aquí cerca? No se preocupe, no la molestaré.
¿Cómo se llama?
Fernando.
¿Y su segundo apellido? matizó ella.
¿Mi segundo apellido? se asombró el hombre Pues Alonso.
Lucía se fijó bien en el tal Fernando Alonso. Aunque la ropa era usada, estaba relativamente limpia. Y el mismo hombre, dentro de su humildad, parecía una persona cuidada.
No sé a quién pedir ayuda… suspiró Lucía.
¿Qué ha pasado? preguntó el hombre con interés.
La puerta está atascada… No logro abrirla.
Si quiere, puedo echarle un vistazo se ofreció Fernando.
Le agradecería mucho la ayuda respondió ella, desesperada.
Mientras Fernando se peleaba con la puerta, Lucía se sentó en una banco meditando sobre el desconocido: «¿Quién soy yo para despreciarle o juzgarle? Si al fin y al cabo, yo también estoy sin hogar. Nuestra situación no es tan diferente»
Lucía, ya está, la puerta cede Fernando Alonso sonrió y la empujó. ¿Te vas a quedar aquí esta noche?
Claro, ¿dónde si no? contestó ella, sorprendida.
¿Hay calefacción?
Debe de quedar la estufa… Reconoció Lucía, perdida, al no saber nada del tema.
Ajá. ¿Y leña? indagó el hombre.
No tengo idea se lamentó ella.
Bueno. Entre en casa, yo me arreglo y vuelvo con algo dijo el hombre, saliendo decidido.
Lucía estuvo cerca de una hora limpiando. Hacía mucho frío y la humedad se notaba hasta en los huesos. Se sentía impotente, incapaz de imaginar cómo iba a vivir allí. Al poco rato, Fernando Alonso llegó con un haz de leña. Sorprendentemente, Lucía se alegró de que, al menos, hubiera alguien cerca.
Fernando revisó la estufa y enseguida la consiguió encender. En menos de una hora se notaba el calor.
Listo. La estufa está encendida. Tienes que ir echando leña poco a poco, y por la noche, apagarla. No te preocupes, el calor aguanta hasta el día siguiente explicó el hombre.
¿Y usted dónde va? ¿A casa de algún vecino? preguntó Lucía.
Eso es. No me juzgues, viviré un poco más en su patio. No quiero regresar a la ciudad… Hay cosas que duelen al recordar el pasado.
Don Fernando, espere. Primero cenamos y tomamos un té, y luego se marcha usted dijo Lucía, decidida.
Él no protestó. Se quitó la chaqueta y se sentó junto a la estufa.
Perdone que me meta en su vida… empezó ella. Pero no parece usted un indigente, ¿por qué vive en la calle? ¿Dónde está su familia, su casa?
Fernando le contó que toda la vida había sido profesor en una universidad de Madrid. Había dedicado sus años jóvenes a la docencia y la investigación. La vejez llegó de repente y, al darse cuenta de que no tenía a nadie llegado el final, ya era tarde para cambiar el rumbo.
Un año atrás, su sobrina empezó a visitarle con frecuencia. Le insinuaba que le ayudaría con ilusión, si le dejaba el piso en herencia. Fernando, encantado con la atención, accedió.
Después de ganarse su confianza, Patricia convenció a su tío para vender el piso en el barrio céntrico, prometiéndole una casa con jardín y cenador a las afueras, supuestamente a buen precio. Patricia ya tenía una supuesta ganga localizada.
Fernando, ansioso de campo y aire limpio, ni dudó. Patricia le propuso abrir una cuenta bancaria para guardar el dinero de la venta.
«Tío Fer, tú espera fuera y yo averiguo lo necesario. Dame la bolsa, por si nos vigilan», dijo ella a la entrada del banco.
Patricia entró con la bolsa y él se quedó esperando fuera. Pasó una hora, dos, tres… pero ella no volvió a salir. Cuando entró, el banco estaba vacío y vio que había otra puerta de salida.
Fernando Alonso no podía creer que su sobrina le hubiese traicionado con tanta frialdad. Se sentó a esperar una noche entera en el banco. Al día siguiente, fue a buscarla a su piso. Abrió una mujer desconocida que le explicó que Patricia se había marchado hacía tiempo, y que vendió el piso años atrás…
Una historia poco alegre suspiró Fernando. Desde entonces vivo en la calle. No termino de creerme que ya no tengo casa
Vaya Creía que solo a mí podrían pasar cosas así Estoy en una situación parecida Lucía le confió su relato.
Es duro todo esto. Al menos yo he vivido una vida entera… Pero tú, has dejado la universidad, te has quedado sin casa… Pero no te desesperes, siempre se puede salir adelante. Eres joven, todavía te queda mucho bueno por delante intentó consolarla el hombre.
Bueno, dejemos las desgracias. ¡Vamos a cenar! sonrió Lucía.
Lucía se fijaba en cómo el hombre devoraba los macarrones con chorizo. Le dio una lástima enorme. Se notaba que estaba solo y era vulnerable.
«Qué miedo da quedarse así, solo en la calle y sentir que no importas a nadie», pensaba Lucía.
Lucía, yo podría ayudarte a volver a la universidad. Tengo allí amigos de confianza. Creo que conseguirías plaza sin pagar matrícula dijo de repente Fernando. Eso sí, con estos pintas no quiero que me vean antiguos colegas. Haré una carta al rector, te presentaré a él. Se llama Gonzalo, y es un buen amigo. Seguro te echa una mano.
¡Gracias! Sería estupendo se entusiasmó Lucía.
Gracias a ti por la cena y por escucharme. Me voy ya, que es tarde dijo, poniéndose de pie.
No debería irse. ¿Dónde va a dormir? preguntó Lucía, casi en un susurro.
No te preocupes. Tengo una chabola bien apañada en la parcela de al lado. Mañana pasaré a verte respondió él, con cariño.
No hace falta que duerma fuera. En la casa hay tres habitaciones. Puede quedarse en la que quiera. La verdad es que no me gusta nada quedarme sola, me da miedo la estufa y no entiendo nada de eso. No me dejará sola, ¿verdad?
No. No te dejaré sola respondió el hombre con gravedad.
***
Pasaron dos años… Lucía aprobó todos los exámenes y, antes de las vacaciones de verano, volvía a la casita. Al fin y al cabo, vivía de lunes a viernes en la residencia, pero los fines de semana y las vacaciones venía a la casa rural.
¡Hola! saludó con alegría, abrazando al abuelo Fer.
¡Lucía! ¡Querida mía! ¿Por qué no me avisaste? Te habría ido a buscar a la estación. Bueno, ¿qué tal fue todo? ¿Aprobaste? celebró el hombre.
¡Sí! Casi todo con sobresaliente dijo ella orgullosa. Mira, he traído una tarta. Pon la tetera, ¡que hay que celebrar!
Lucía y Fernando Alonso compartieron un rato entrañable tomando té y poniéndose al día.
He plantado viñas. Allí haré un cenador. Te va a gustar, será cómodo y agradable contaba el hombre.
¡Qué bien! Si total, el dueño aquí eres tú. Haz todo lo que quieras, yo solo vengo y voy se rió Lucía.
Fernando había vuelto a ser otro hombre. Ya no estaba sólo. Tenía casa, tenía «nieta», Lucia. Y Lucía había vuelto a la vida. Fernando Alonso se convirtió en su familia. Lucía agradecía a la vida haberle enviado a su abuelo, que le devolvió el calor de hogar y la apoyó cuando más lo necesitaba.







