Tía, no sabes la noche que pasé Eran las tres de la mañana cuando mi viejo móvil empezó a vibrar como loco en la mesilla de noche. Me desperté medio atontada, frotándome los ojos pensando quién narices puede llamarme a estas horas, cojo el teléfono y veo que es mi hijo Pablo. Se me puso el corazón a mil.
¿Hola? ¿Pablito, qué pasa? ¿Por qué llamas tan tarde? pregunté con la voz medio temblorosa.
Mamá, perdona, no quería despertarte, pero empezó Pablo, tartamudeando venía de trabajar y no sé qué hacer
¿Qué ha pasado, hijo? ¡Dímelo ya, que me vas a matar del susto!
A ver, verás Es que hay una bueno, está tumbada en mitad de la carretera. ¿Qué hago, mamá? Es la primera vez que me pasa. Estoy hecho un lío, de verdad.
Hubo un silencio tenso.
¿Pero cómo? ¿Has atropellado a alguien? ¿A una persona? Por poco se me cae el móvil de los nervios.
No, no, tranquila que creo que no es tan grave. Y no he sido yo quien la ha atropellado. Ni siquiera es una persona.
¿Que no es una persona? ¿Y entonces qué es?
Una perra Una pastor alemán. Sigue viva, pero respira fatal. ¿Qué hago, mamá? Ya sabes que aquí en Valladolid no hay ninguna clínica veterinaria abierta a estas horas. Y tú entiendes más que yo de animales.
Pablo miraba a la perra, que seguía tumbada junto a la cuneta, respirando flojito, los ojos llenos de tristeza, como si estuviera esperando el final. Por lo menos respiraba eso le animó a apretar más el teléfono contra la oreja.
*****
Te pongo en contexto, que esto no viene de la nada. Tres días antes, Pablito vino a casa de paso, como siempre, y me pilló dándole de comer a los gatos del patio. Se le quedó mirando y soltó con su tono de siempre:
Mamá, otra vez igual de verdad, ¿no tienes otra cosa que hacer que cuidar de los gatos callejeros? ¿Para qué te metes en estos líos?
Y eso que antes yo no era así, ¿eh? Pero desde que me jubilé, me dio fuerte el cariño por los pelosos, y para qué negarlo: se me fue de las manos. A estas alturas tengo ya cuatro gatos recogidos en casa en menos de un año.
Hola, hijo. Si me hubieras avisado de que venías, te habría hecho algo rico. le solté, sonriendo y mostrando mis manos llenas de pienso para gatos.
Si lo bueno ya te lo has gastado en los gatos se rió.
Nunca entendió por qué me gasto la pensión en bichos o por qué los ayudo. Se le nota que le molesta que los vecinos me llamen la madre Teresa de la casa, que murmuren, hagan gestos o incluso se rían.
Que digan lo que quieran, Pablo. Ya lo decía tu abuela, el mundo está falto de bondad, y hay que poner nuestro granito de arena. le solté, mirándole muy seria, mientras los gatos devoraban el pienso.
Pero mamá, cuatro gatos ya me parecen muchos ¿Tú no piensas parar nunca? me dice, y yo sólo pude encogerme de hombros.
Ojalá pudiera, hijo pero la casa es pequeña y tú sabes lo que da una pensión. Ayudo mientras puedo, aunque piensen que estoy loca.
Intentaba que él entendiera: a lo mejor, al verme, alguien más ayudaba algún día. Al fin y al cabo, somos responsables de los que domesticamos, como decía el principito.
Él lo intentaba, pero realmente nunca le entraba en la cabeza. Le parecía exagerado. Si fuera para personas en la calle, aún, pero animales
Todo cambió la noche aquella. Esa noche Pablo volvía tan tarde del curro porque se le había complicado todo en la empresa, y casi le viene bien para despejarse por la ciudad desierta.
Iba con el coche y, de repente, casi ni lo cuenta; logró frenar justo antes de atropellar a la perra. Se quedó paralizado unos minutos, hasta que salió a ver qué podía hacer. Por pura suerte, la perra seguía respirando. Se vio obligado a llamarme a mí porque no se le ocurría a quién más.
*****
¿Mamá, qué hago? ¿Tú no conoces a alguien? repetía una y otra vez mi hijo con la voz cada vez más nerviosa.
Ay, hijo veterinarios por la noche no hay, y llevarla a otra ciudad es arriesgado, puede no llegar Mira, tráela a casa.
¿En serio, mamá? Con los gatos y todo ¿Y si las cosas se lían?
Hijo, que mis gatos no son leones. Anda, tráela, que no hay tiempo que perder. Yo voy preparando algo para ayudarla.
Total, que al cabo de media hora, llega Pablo con la perra en brazos, subiendo los cuatro pisos sin ascensor. Se había puesto perdido, igual que el coche, pero le daba igual. Lo único que quería era que la perra sobreviviera.
La tendió sobre el sofá, donde yo ya había preparado unas sábanas viejas. Ninguna de las dos somos veterinarias, pero entre lo que había visto en la clínica cada vez que llevaba alguno de mis animales y lo que Pablo iba mirando en internet que para eso tenía un móvil moderno conseguimos parar el sangrado y que la perra mejorara algo.
Hasta los gatos colaboraron, te lo juro. Al principio bufaban, pero luego se tumbaron con ella, ronroneando hasta que se durmió como si le quitara el dolor.
¿Crees que saldrá adelante? me preguntó Pablo, con la mano temblorosa sobre el lomo de la perra.
Seguro que sí le respondí. ¡Y mira! Si esta perra ha conseguido despertarte esa ternura, por algo fue que se cruzó contigo anoche.
Mamá, no podía dejarla tirada No habría sido humano dijo, más humilde de lo que le había visto nunca.
Ves? Hace nada no lo entendías, y ahora eres tú el que se desvela por salvarla. Y estoy segura de que ya no podrás dejarla irse a la calle, ¿a que no?
Puede ser susurró, sin poder evitar una sonrisa tonta.
*****
Por la mañana, Pablo se llevó a la perra a la clínica veterinaria. Fue llegar y toda la gente de la sala de espera, al verlo entrar con la perra en brazos, se apartó sin que tuviera que decir nada. Ni la enfermera protestó.
Ese día Pablo entendió, de verdad, que no había nada de malo en querer a los animales y cuidarlos, que te hace mejor persona. Llamó a la perra Duquesa y, desde entonces, cada fin de semana viene conmigo a pasear con ella. Bueno, con ella y con los gatos, claro, que se han apuntado también.
La gente en el barrio nos mira como a bichos raros, pero ahora Pablo ya pasa de lo que digan. Y todo gracias a Duquesa, que apareció en su vida cuando menos se lo esperaba. Y, sobre todo, gracias a su madre, que le enseñó a no mirar a otro lado.
Ah, y también a esa gente de la clínica, que no dudó en ayudar. Yo creo que, esa mañana, el mundo se hizo un poco mejor. Y ahora, por mucho que digan, mi hijo sabe que hay que ayudar siempre que se pueda da igual si es gato, perro o persona.
Así que, tía, fíjate qué vuelta ha dado la vida. Esto tenía que contártelo.







