A FLOR DE PIEL…
En esta familia cada cual iba a su bola.
El papá, Alejandro, además de su mujer, mantenía una relación paralela, a veces ni siquiera con la misma mujer cada vez. La mamá, Eugenia, que ya sospechaba las andanzas del marido, tampoco era una santa. Su pasatiempo preferido era quedar a escondidas con su compañero de oficina, también casado. Los dos hijos crecían a su aire. Nadie realmente se ocupaba de criarlos. Así que lo normal era que anduvieran por ahí sin rumbo, como dos corchos a la deriva. Su madre siempre decía que para eso estaba el colegio: ¡Que se ocupen ellos de los chavales!
La única vez que todos se sentaban en la mesa de la cocina era los domingos, y solo para zamparse en silencio el cocido antes de desaparecer cada uno por su lado a cosas mucho más interesantes que la familia.
Y así seguirían viviendo en su caótico pero dulce desastre, si no hubiera sucedido lo que nadie se espera.
Cuando el hijo pequeño, Denis, tenía doce años, su padre Alejandro decidió llevárselo por primera vez al garaje como ayudante. Mientras Denis investigaba las herramientas como si fuese Indiana Jones, Alejandro desapareció un momento con sus amigos, que estaban trajinando con coches cerca. De pronto, del garaje de Alejandro salió una nube negra que ni la fábrica de Tabacalera, seguida de llamaradas. Nadie se explicaba qué pasaba. (Después se sabría que Denis, accidentalmente, dejó la lámpara de soplete encendida cerca de un bidón de gasolina). Nadie supo reaccionar; la gente se paralizó. El fuego crecía. Le echaron a Alejandro un cubo de agua encima y se lanzó al garaje. Todos contuvieron la respiración. Segundos después, Alejandro salió entre llamas cargando a su hijo, inerte. Denis tenía quemaduras por todo el cuerpo. Solo la cara se mantenía intactaseguramente se la protegió con las manos. La ropa ardió en nada.
Ya alguien había llamado al 112. Los bomberos y la ambulancia tardaron lo que a uno le parecen horas en esas situaciones. Denis llegó vivo al hospitalmilagro.
En menos de lo que canta un gallo, estaba en el quirófano. Tras varias horas de espera para perder el juicio, un médico sale, seco:
Estamos haciendo todo lo posible (y lo imposible también). Ahora mismo el niño está en coma. Tiene una entre un millón de posibilidades. La medicina oficial ya no puede hacer más. Solo un milagro Aguanten.
Alejandro y Eugenia salieron disparados a la iglesia más cercana. Justo entonces, diluviaba. Empapados, como dos perdidos sin paraguas ni alma, entraron en el templo por primera vez en sus vidas. Apenas había fieles. Vieron al párroco y se acercaron como si fueran desconocidos en ciudad pequeña.
Padre, ¡nuestro hijo se nos muere! ¿Qué hacemos?lloriqueó Eugenia.
Yo soy el padre Sergioasintió el cura, directo.Claro, para la angustia sí venís a la iglesia ¿Sois muy pecadores?
Pues, hombre… no hemos matado a nadieintentó Alejandro, bajando la mirada ante el escrutinio del padre Sergio.
¡Pero habéis matado el amor! Moribundo lo tenéis, ahí tirado entre medias. Entre marido y mujer no cabe ni un hilo pero entre vosotros se cuela hasta el metro de ancho, vaya panorama. Hacedos el favor, hijos…
Rezad, rezad fuerte a San Nicolás, salvador de niños. Pero recordad: todo ocurre si Dios quiere. No renegad de Él, que a veces solo así entiende uno las lecciones. Cuidado o perderéis el alma. Todo se salva con amor, ¡solo con amor!
De pie, chorreando de lluvia y lágrimas, Alejandro y Eugenia escuchaban al padre Sergio como dos patitos feos. Daban lástima.
El sacerdote señaló el icono de San Nicolás. Alejandro y Eugenia cayeron de rodillas, desgarrándose en susurros, rezos, promesas Fin a todas las relaciones fuera del matrimonio; a la porra todo lo demás. Revisaron su vida entera, a golpe de letra y de hilo.
A la mañana siguiente, el médico les llama: ¡Denis ha salido del coma!
Allí estaban ya los padres al pie de la cama, como dos búhos desvelados. Denis abrió los ojos, famélico, e intentó sonreír al verlos, pero la mueca era una mezcla de dolor y alivio.
Mamá, papá… no os separéis nunca, por favorsusurró el niño.
Cielo, ¿cómo dices eso? Aquí estamos, juntosle respondió Eugenia, acariciando su mano febril. Denis se estremeció y se quejó. Eugenia se apartó, asustada.
Yo lo he visto, mamá. Y mira mis hijos se llamarán como vosotrosañadió Denis, convencido.
Alejandro y Eugenia se miraron perplejos. Pensaron que el niño deliraba. ¿Hijos, tú, que casi no puedes mover un dedo? ¡Vamos a centrarnos en que salgas de esta!
Pero desde ese momento, Denis empezó a mejorar. Todos los ahorros se fueron en tratamientos, hasta vendieron la casa de campo que tenían en Segovia. Una pena que el garaje y el Seat Panda se quemasen también aquella tarde: podrían haber vendido eso, pero lo principal es que Denis había sobrevivido. Abuelos y tíos arrimaron el hombro y la cartera.
La familia, unida por la desgracia, por fin era familia.
Hasta los peores días acaban alguna vez.
Un año más tarde, Denis ingresó en un centro de rehabilitación. Ya andaba y se buscaba la vida solito. Allí conoció a una chica, Marianela, con quien enseguida hizo buenas migas. Era de su misma edad y, como Denis, también había sufrido las llamas. A Marianela solo le quedó marcado el rostro. Había pasado por varias operaciones y evitaba los espejos a toda costa.
Denis sintió un cariño especial por Marianela. Tenía algo, una luz que brotaba de ella, hecha de madurez prematura y ternura desprotegida. Te daban ganas de abrazarla para que nada malo le tocara.
Pasaban juntos todo el tiempo que las sesiones médicas les permitían. No paraban de hablary con razón: esos niños habían conocido el dolor, tomado pastillas a puñados, superado el miedo a los pinchazos y los médicos con bata blanca. Juntos, se hicieron invencibles.
Y, entre pitos y flautas, llegó el día
Denis y Marianela celebraron una boda pequeña, simple y muy maja. De ese amor nacieron, primero, una hija, Charo, y tres años después, un hijo, Eugenio.
Por fin, Alejandro y Eugenia creyeron poder respirar tranquilos. Pero la historia de Denis les había dejado exhaustos, sin fuerzas para nada más. Decidieron separarse: el dolor compartido había desgastado su relación del todo. Los dos lo necesitaban para encontrar algo de paz.
Eugenia se mudó, con el alma hecha jirones, a casa de su hermana en un pueblo cerca de Madrid. Antes quiso despedirse del padre Sergio. Solía visitarlo desde la experiencia con Denis y siempre agradecía al cura, quien la corregía:
Agradece a Dios, Eugenia.
Sergio no veía bien su marcha:
Pero si no puedes más, vete. A veces la soledad ayuda. Pero vuelve Marido y mujer son uno solo, recuérdalole decía, paternal.
Alejandro, ahora, vivía solo en aquel piso vacío de Lavapiés. Los hijos, con sus familias, hacían su vida. Ni Eugenia ni él coincidían, ni para visitar a los nietos.
El caso es que, al final, a cada uno les quedó su rinconcito tranquilo y eso, en algunos casos, casi es felicidad.







