DESTINO EN UNA CAMA DE HOSPITAL
Señora, coja usted la bolsa y cuide de su marido. Yo, la verdad, hasta miedo me da acercarme, no digamos darle la comida con cucharilla dijo la mujer, arrojando bruscamente una bolsa con víveres sobre la cama donde su esposo enfermo reposaba.
No se preocupe tanto traté de tranquilizarla con voz serena mientras me ajustaba la chaqueta blanca. Su marido se pondrá bien. Ahora lo que necesita es cuidados a conciencia. Yo ayudaré a Mateo a recuperarse no era la primera vez que tenía que consolar a la esposa de un paciente de tuberculosis.
Habían traído a Mateo en un estado complicado, pero las probabilidades de que saliera adelante eran altas. Tenía unas ganas de vivir enormes, y eso es la mitad del camino para sanar. Qué lástima que su mujer, Águeda, no creía en la medicina. Parecía más bien que estaba dispuesta a renunciar a él antes de tiempo.
Y si me adelanto en la historia, contaré que el hijo de Mateo y Águeda, muchos años después, también enfermó de tuberculosis en forma abierta. Águeda, ni corta ni perezosa, dio por perdido a su hijo, Ignacio. Sin embargo, Ignacio sanó.
Mateo, a pesar de su diagnóstico complicado, no perdía el humor, gastaba bromas, trataba de marcharse cuanto antes del hospital de Torrelaguna. Allí, en ese pueblo donde vivía con la familia, no había ningún centro especializado, así que su esposa casi nunca venía a visitarlo. Me daba mucha pena aquel hombre joven; siempre despeinado, descuidado, la ropa harapienta.
Mateo, ¿cómo vería que le trajera algunas cosas para usted? Es que le veo sin zapatillas, anda con los zapatos puestos por los pasillos. ¿Acepta un pequeño paquete de mi parte? intenté bromear.
De ti, Maristela, hasta veneno tomaría por medicina, pero de verdad que no hace falta. Déjame recuperarme y ya después hablamos Mateo me cogió la mano con ternura.
Liberé cuidadosamente mi mano y salí del cuarto.
Tenía el corazón encogido, palpitando de nervios. ¿Será que me he enamorado? No quiero romper una familia. Eso no está bien. Nada sale bien si uno construye sobre la desgracia ajena… Pero el corazón no entiende de órdenes ni prohíbe sentimientos. Ay, qué vértigo…
Cada vez entraba más en la habitación de Mateo, y nuestras charlas se alargaban durante las largas noches de guardia. Conversaciones profundas, de esas que te desnudan el alma. Pronto, ya nos tratábamos de tú.
Mateo tenía un hijo de cinco años.
Mi Ignacio se parece a su guapísima madre. ¿Sabes, Maristela? A Águeda la he querido muchísimo. Le ponía la vida a sus pies. Es una mujer apasionada, atrayente, un volcán en el lecho. Pero solo se ama a sí misma. Hay cosas que no tienen remedio. El egoísmo de una esposa es peor que el ácido. Ahora eres tú quien me cuida, una persona ajena Mateo suspiró con pesar.
Pero Águeda vive lejos, tampoco puede venir todos los días intenté defenderla.
Vamos, Maristela. Ya sabes el dicho: cuando una esposa quiere al marido, le compra un colchón mullido hasta en la cárcel. Pero para ver a sus amantes, le da igual cruzar media España. Ya sé cómo va la cosa…
Mateo se fue irritando visiblemente.
Buenas noches, Mateo. No tomes decisiones en caliente. Todo se arreglará dije apagando la luz y saliendo con sigilo.
Por supuesto que Mateo sufría. Allí, tumbado, sin fuerzas en una cama de hospital, su mujer andaba por ahí de parranda. No era cuestión de vida o muerte, pero para un hombre hundido en la cama, cualquier gota es tormenta.
Una semana después escuché un alboroto en la habitación de Mateo. Corrí.
¡Que no quiero verte más aquí! ¡Fuera, sinvergüenza! Mateo gritaba furioso a una petrificada Águeda.
Ella salió disparada como alma que lleva el diablo.
¿Qué ha pasado aquí? pregunté perplejo.
Mateo se giró hacia la pared, silencioso, temblando bajo la sábana. Le tuve que poner un tranquilizante.
Pasó un mes entero y Águeda no apareció ni una sola vez.
Mateo, ¿quieres que llame a tu mujer? pregunté bajando la voz.
Gracias, Maristela, no hace falta. Estamos en trámites de divorcio contestó tranquilo.
¿Por la enfermedad? Anda, no digas tonterías, si ya mejoras…
¿Te acuerdas de aquella vez que la eché de aquí? Vino solo para decirme que ya tenía otro. Que si podía vivir ese hombre en nuestra casa, que total, mi salud era incierta y que necesitaba alguien que arreglase las cosas, que si el tejado… Mateo calló de repente.
¡Qué barbaridad! balbuceé indignado.
Y lo peor, días después apareció Águeda acompañada de un tipo al que claramente esperaba. Desde la ventana los veía todo: aquel hombre, fumando nervioso, sentando fuera, a la espera. Águeda salió, le dio un beso en la mejilla y, entre risas, se marcharon juntos.
Mateo, te dan el alta le anuncié intentando sonreír.
Maristela, quería pedirte algo… o mejor no tanteó dudoso.
Si quieres venirte conmigo unos días, eres bien recibido. Creo que a eso te referías, ¿me equivoco? me lancé de una vez.
Mateo se sinceró:
Maristela, ahora no tengo a dónde ir. Con Águeda todo está ya resuelto, se va a casar con ese hombre.
Mira, Mateo, yo tengo una hija. Si la aceptas, podemos ser una buena familia contesté, poniendo todas mis cartas sobre la mesa.
Un niño no es un obstáculo. De hecho, ya la quiero como si fuese mía y me miró de una forma que me deshizo por dentro.
Han pasado muchas primaveras e inviernos desde entonces.
Mateo y yo tuvimos dos hijos juntos. Logramos formar un hogar cálido, lleno de vida. Ignacio, el hijo de Mateo, viene a menudo con su esposa y sus peques. Mi hija de antes vive ahora en otro país. Hay que decir la verdad: nunca me casé oficialmente, simplemente, me dejé llevar de jovencita. Creí en un chico, me prometió amor eterno, planes, futuro. Pero la vida escribió otra melodía. No me arrepiento de nada.
De Águeda poco puedo contar bueno. Se casó varias veces, tuvo un hijo con un viajante. Ese niño padecía problemas mentales toda la vida y nunca recibió amor de su madre. Creció solo, sin que nadie se preocupara por él. Cuando Águeda murió, lo enviaron a una residencia.
Mateo y yo ya peinamos canas, pero seguimos amándonos más intensamente que nunca. Caminamos juntos por la vida, valorando cada día, cada mirada, cada suspiro.
He aprendido que el corazón acostumbra a buscar la felicidad donde menos te imaginas, y a veces, cuando crees que todo está perdido, la vida te da una segunda oportunidad, pero hay que atreverse a tomarla.







