Jamás tomé lo que era de otra: Una historia de Marta y Nastia, dos compañeras de clase tan distintas como la noche y el día, unidas por los secretos, la envidia, el desprecio y el destino. Entre la dureza de una infancia marcada por la pobreza y el alcohol, la opulencia de los hogares acomodados, los celos de la belleza y la calidez de una abuela, surge una trama de segundas oportunidades, amores cruzados, matrimonios rotos y redenciones inesperadas, donde ni el pasado ni las heridas pueden romper la dignidad y la nobleza del corazón.

Life Lessons

EN LA VIDA NUNCA HE TOMADO NADA QUE NO FUERA MÍO

Era un otoño suave en Madrid cuando empecé este diario, y hoy me vienen a la memoria los años de instituto. Recuerdo claramente cómo miraba a Inés, mi compañera de clase, y sentía esa mezcla de desprecio y envidia. La despreciaba porque sus padres eran unos borrachos sin remedio; vivían de faenas esporádicas, malviviendo entre euros y céntimos. Siempre llegaba medio hambrienta, con ropa vieja, y una tristeza antigua en sus ojos. Su padre la maltrataba, a veces por beber poco, otras por pasarse, cualquier excusa le valía.

Su madre nunca la defendía, por miedo también a la fuerza bruta de su marido. Solo la abuela de Inés, una mujer discreta y menuda, era el único rayo de luz de su vida. De su pequeña pensión, una vez al mes le daba a su adorada nieta una paga por su buen comportamiento. Inés sabía que, aunque hiciera alguna travesura, su abuela haría la vista gorda y le entregaría igualmente esa recompensa. ¡Cinco euros! ¡Aquel era, sin duda, el mejor día para Inés! Corría enseguida al ultramarinos y compraba dos helados uno para ella y otro para su abuela, un poco de turrón de Jijona y un puñado de caramelos.

Intentaba hacer durar esos pequeños placeres durante el mes, pero a los dos días ya no quedaba nada. Entonces la abuela abría el congelador y le ofrecía el suyo:
Toma, cariño, cómete el mío, que me duele la garganta.

Qué curioso pensaba Inés, a la abuela le duele la garganta siempre que se nos acaban las chucherías…
En el fondo, Inés soñaba siempre con la ración de helado de su abuela.

Mi familia era el reverso. En casa nunca faltaba de nada. Papá y mamá tenían buenos trabajos y yo, Marta, era la niña mimada de la casa, siempre vestida a la última moda. A veces, mis compañeras me pedían prestados mis zapatos o un bolso bonito. Nunca me faltó comida ni ropa ni cariño.

Aun así, envidiaba a Inés por una belleza hipnótica, una simpatía innata y esa habilidad única para caer bien a todos. Yo, en cambio, nunca bajé la cabeza para hablarle. Cuando nos cruzábamos por el pasillo de clase, la miraba de tal forma que sentía que la helaba por dentro. Incluso una vez, delante de todos, me salió llamarla:

¡Menuda desgraciada estás hecha!

Inés corrió a casa llorando y lo contó todo a su abuela, que la sentó a su lado, acarició su pelo y le dijo:
No llores, cariño. Mañana le respondes: Tienes razón, ¡soy de Dios!
Eso la calmó de inmediato.

Yo también era guapa, pero mi belleza inspiraba más distancia que calidez. Y en nuestra clase teníamos un chico que volvía locas a todas: Alejandro.

Suspendía a menudo, pero encantador y alegre como el que más. Nunca se preocupaba por las notas ni los castigos; su optimismo era contagioso. Hasta los profesores, a pesar de llenarle la agenda de suspensos e invitarle a salir del aula por hacer el payaso, le tenían cariño.

En el último curso, Alejandro empezó a acompañarme a casa después de clase y, por las mañanas, me esperaba junto a la entrada del instituto para entrar juntos. En la clase se oían comentarios:

¡Uy! ¡La parejita!

Hasta los profesores sabían que entre Alejandro y yo estaba surgiendo algo especial.

Pasó el último día de clase. Bailamos en la fiesta de graduación, nos despedimos y cada cual tomó su camino.

Alejandro y yo nos casamos enseguida. No quedaba otra, las señales del embarazo eran evidentes y ni el voluminoso vestido de novia pudo disimularlo. A los cinco meses nació nuestra hija, Sofía.

Mientras tanto, Inés tuvo que ponerse a trabajar al salir del instituto. Su abuela había fallecido y en casa sus padres, cada vez peor, esperaban que ella los mantuviera. Muchos pretendientes tuvo, pero ninguno le tocó de verdad el alma, así que prefirió esperar y, la verdad, se avergonzaba demasiado de su familia.

Diez años pasaron volando.

Un día, en la consulta de un centro de salud en Chamartín, coincidimos: Inés con su madre y Alejandro conmigo. Ella le reconoció enseguida, ahora un hombre hecho y derecho. A mí, sin embargo, era difícil mirarme sin pesar: delgada, con mirada perdida, temblando… ¡y apenas tenía veintiocho años!

Alejandro, incómodo, saludó a Inés:
Hola, compañera le dolía que nos viéramos allí, testigo de su drama familiar.

Hola, Alejandro. Veo que andas en apuros. ¿Lleváis mucho tiempo así tú y Marta? preguntó Inés, pillándolo al vuelo.
Mucho admitió él, avergonzado.
Una mujer bebiendo es una tragedia dijo Inés, recordando a su madre. Mi padre, al final, murió por culpa de la bebida…

Después de la consulta, Alejandro e Inés intercambiaron números de teléfono. Por si las moscas. Al fin y al cabo, el dolor, cuando se comparte, se lleva mejor. Pronto Alejandro venía a casa de Inés, buscando consejo, desahogo, orientación para vivir con familiares alcohólicos. Inés le contaba lo que sabía a fuerza de necesidad: qué tratamientos eran posibles, cómo comportarse, qué errores no cometer jamás… Sabía bien que más hombres se ahogan en un vaso de vino que en el mar.

Pronto nos enteramos de que Alejandro y su hija Sofía vivían solos. Yo, Marta, me había ido a casa de mis padres y él había protegido a Sofía de una madre impredecible. Todo por una escena que podría haber terminado en tragedia: Alejandro llegó una tarde del trabajo y me encontró borracha en el suelo, mientras la pequeña Sofía, con apenas tres años, estaba a punto de caerse por la ventana del quinto piso. El matrimonio no aguantó más y nos separamos. Yo, convencida de tener todo bajo control, ni siquiera quería curarme; prefería hundirme y arrastrar conmigo a todos cuantos pudiera…

Con el tiempo, Alejandro invitó a Inés a cenar y, entre confidencias, le confesó que desde el instituto la amaba. Nunca se atrevió a decírselo por miedo al rechazo, luego vinieron los líos y el embarazo. Ahora, siente que el destino quiso reencontrarlos en aquella sala de espera. Hablando con Inés sentía que le entraba la vida por dentro. Pronto le pidió que fuera su mujer. Ella, que siempre había sentido algo por él, aceptó. Ya no se interponía nadie. Formaron su familia y se casaron discretamente. Inés se mudó a casa de Alejandro.

Al principio, Sofía se mostró recelosa con la aparición de una extraña en su casa. Pero Inés le dio tanto cariño y alegría que pronto la niña le pidió llamarla mamá. Al poco tiempo, nació la pequeña María, su hermana.

Un día, mientras preparábamos la merienda, sonó el timbre. Abrí la puerta y, en el umbral, estaba yo: Marta. Solo por la voz me reconoció Inés. Iba ebria, el olor a alcohol y mi aspecto lo decían todo: otro naufragio en la bebida.

Eres una víbora, me quitaste al marido y a mi hija. ¡Por algo te desprecié siempre! susurré con voz rota.

A Inés ni un gesto se le movió en la cara. Firme, segura de sí y hermosa respondió:

Jamás he tomado lo ajeno. Fuiste tú quien renunció a tu familia, sin entender nada. Nunca he dicho nada malo de ti. Te compadezco sinceramente, Marta…

Inés cerró la puerta con decisión.

Hoy, mirando atrás, veo cuánto pesa en la vida aquello que no se cuida o valora. Y he aprendido, a base de golpes, que nunca se debe anhelar lo ajeno ni despreciar a quien sufre. Podría haberlo tenido todo, pero yo elegí otra senda. Nadie me arrebató nada, fui yo quien lo perdió.

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