Una Felicidad Agridulce: La Historia de un Hijo que Busca su Destino entre Amores Fallidos, Sabios Consejos de una Madre y el Encuentro Inesperado en un Tren Español

Life Lessons

FELICIDAD AGRIDULCE

Pero, hijo, ¿qué te pasa con esa muchacha? Si es un cielo. Limpia, discreta, estudiosa Y encima te quiere dijo Carmen Salcedo mirándole con reproche a su hijo.

Mamá, déjalo, que ya lo solucionaré contestó Nico poniendo fin a la discusión absurda.

Carmen se salió de la habitación, mascullando para sus adentros: Ya lo solucionará él ¡Si ha tenido más novias que días tiene un mes! Que va camino de los cuarenta, y pronto no le valdrá ninguna. Siempre le pone pegas a todo

¡Hijo, ven a comer! llamó Carmen desde la cocina.

Nico apareció enseguida, dispuesto a atacar el cocido de su madre con verdadero entusiasmo.

Gracias, mamá. Como siempre, te has lucido.

A ver si le dices eso a tu mujer, y no a tu madre Carmen seguía dándole vueltas al tema como un disco rayado.

Mamá… Nico bebió el zumo y se levantó para irse.

¡Espera, hijo! ¿Sabes qué? Me he acordado ahora. Una vez fui a ver a una echadora de cartas, casi de rebote, y nada más verme, me soltó: A tu hijo le espera una felicidad agridulce.

Ay, mamá, no te lo creas rió Nico.

A lo largo de los años, por la vida amorosa de Nico pasaron mujeres de todos los colores: favoritas y no tanto.

Por ejemplo, Beatriz era lista, leída y hasta bastante sensata para su edad. Le sacaba nueve años a Nico y le daba consejos útiles. Al principio eso hizo gracia, pero a la larga Nico empezó a verla como a una hermana mayor, nada más. Todo se tornó gris. Se acabó.

Después estaba Lucía, que ya tenía un niño de ocho años. Nunca llegó a encajar con él, aunque supuestamente quería a Lucía. Era guapa, sí, pero de carácter imparable. Imposible llevar la contraria. Cada vez que hacían paces tras alguna tontería, Nico le regalaba algo, como si así todo se arreglase. Las broncas siempre eran por naderías.

Lo que les faltaba era quizás tranquilidad, estabilidad real.

Luego llegó Marisol. Era la perfección hecha persona. Cualquiera la hubiese buscado

Nico pensó que, por fin, tocaba casarse. Marisol era formal, pulcra, sensata. Era de esas mujeres con las que había que hablar siempre con guantes blancos.

Hasta se mudó a su piso. Planearon tener familia: no menos de dos niños.

Pero

Un día, Nico volvió de una reunión de trabajo y encontró a Marisol en la cama con un antiguo compañero de clase. Muy de película.

Nico volvió a casa de su madre, jurando y perjurando que ya estaba bien de tanto amorío.

Voy a ser single. En el fondo, la mejor familia es la de uno solo le decía a su madre con tono irónico.

Carmen, resignada, sólo suspiraba:

Ay, hijo, ¿será posible que nunca encuentres a la tuya?

Y, como ocurre a veces, la vida da sorpresas. El destino apareció, como quien no quiere la cosa.

Nico tenía que irse una vez más de viaje de trabajo. Cogió el AVE, se acomodó como pudo en su plaza. Y al poco, una mujer asomó la cabeza por la puerta del compartimento.

Disculpa, joven, ¿nos cambiamos de asiento? ¿Me dejas tu sitio junto a la ventana? Por favor

Por supuesto contestó Nico.

La miró bien, de arriba abajo. Era una mujer corriente, sin nada especial. Pero algo se le removió dentro. ¿Sería el destino?, se preguntó, irónico.

Nico subió al asiento de arriba y medio se dormitó.

¡Qué bien que te has despertado! Anda, siéntate a la mesa y pica algo, que hay de todo dijo la desconocida con una voz suave.

Nico se sentó a comer. Comenzaron a hablar.

Me llamo Pilar dijo ella.

Nico. Encantado, Pilar.

Siguieron conversando todo el trayecto. Con Pilar todo fluía; ni se preocupó en impresionar. Más bien sentía que la conocía de toda la vida.

Al despedirse, se intercambiaron los teléfonos. Por si acaso

Un par de semanas después, a Nico le empezó a picar la curiosidad por escuchar de nuevo la voz de Pilar.

Y así empezó la locura

Quedadas, besos, promesas.

Nico no entendía cómo había podido vivir sin esa mujer. ¡Con casi cuarenta años! Las anteriores, en cuanto las necesitó fuera de su vida, no fue difícil; pero con Pilar era otra historia Ni límites ni fronteras.

Se sentía flotando en la vida de Pilar.

Ella lo envolvió en un amor limpio, en cariño, en comprensión.

A los tres meses de noviazgo, Nico le propuso matrimonio, servilleta en mano (más castizo, imposible).

Nico, soy siete años mayor que tú. Tengo tres hijos y vivimos todos en un piso compartido confesó Pilar mostrando total sinceridad. Mentir no era lo suyo.

Y eres viuda. Pilar, lo sé todo. He visto a tus hijos. Os venís a vivir a mi casa, ya está decidido. Te quiero entera, hasta el último dedo del pie. Eres mi casualidad eterna le dijo Nico, besándola.

Bueno, Nico, vale vamos a intentarlo respondió, colorada.

No vamos a intentarlo, Pilar, vamos a estar juntos para siempre. ¿Me oyes? Para siempre le aseguró, tomando su mano.

Cuando Carmen se enteró de los planes de su hijo, no pudo más que exclamar:

¡Tanto escoger para acabar con la más sencilla de todas!

Nueve meses después, llegó una niña con síndrome de Down. Aquella hija era el sol de la casa.

Nico estaba tan feliz como preocupado por Pilar. Esperaba que ella no se viniera abajo.

Y criar a una hija con necesidades especiales no era precisamente un camino de rosas.

Hoy esa niña tiene ya ocho años y toda la familia la adora.

Nico venera a Pilar.

Una felicidad de sabor agridulce pero felicidad, a fin de cuentas.

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