La amargura en lo más profundo del alma — “¡Hace tiempo que tendrías que estar en un internado! ¡Lárgate de nuestra familia!” —grité yo, fuera de mí, con la voz quebrada. El destinatario de mi indignación profunda era mi primo Dimi. Madre mía, ¡cómo lo quise de niña! Cabellos de trigo, ojos azules como el cielo de Castilla, carácter alegre. Todo eso era Dimi. …En casa, los familiares solían reunirse alrededor de la mesa en fiestas. De todos mis primos, a quien yo destacaba era a Dimi. Tenía mucha labia, sabía enredar como nadie. Además, dibujaba con un talento fuera de lo común: en una sola tarde hacía cinco o seis bocetos a lápiz sin apenas pestañear. Yo miraba sus dibujos y se me caía la baba, no podía apartar la vista de tanta belleza. Poco a poco, los guardaba lejos de todos, escondidos en mi escritorio. Conservaba su arte como un tesoro. Dimi tenía dos años más que yo. Cuando cumplió los 14, su madre murió de improviso. Nunca despertó… Surgió la pregunta —¿qué hacer con Dimi? Lo primero fue intentarlo con su padre biológico. Pero encontrarlo no fue fácil: hacía años que sus padres estaban divorciados y su padre ya tenía otra familia y “no estaba dispuesto a alterar la vida tranquila de los suyos”. Entonces la familia, como quien oye llover, se encogió de hombros: que si cada uno tenemos nuestras cosas, que si hijos, que si trabajo… Que la familia está de día y desaparece de noche. Total, que mis padres, teniendo ya sus dos hijos, se hicieron cargo de Dimi como tutores legales, porque la difunta era la hermana pequeña de mi padre. Al principio, me alegré de que Dimi viviera en casa… pero enseguida me extrañó su actitud el primer día. Mi madre, intentando calmar al huérfano, le preguntó: — ¿Te apetece algo, hijo? Pide, no tengas vergüenza. Y Dimi, sin dudarlo: — Quiero un tren eléctrico. Esa juguete entonces costaba una fortuna. Me sorprendió ese deseo: “Pero si te ha muerto tu madre, lo más preciado del mundo ¿y sueñas con un tren?” ¿Cómo podía ser? Mis padres, sin pensarlo, le compraron el tren soñado. Y así siguió: “Quiero un radiocasete, unos vaqueros, una cazadora de marca…” Era la España de los ochenta. Eso costaba un ojo de la cara y además no se encontraba tan fácilmente. Mis padres, con tal de compensar al huérfano, nos privaban a sus propios hijos. Mi hermano y yo lo aceptábamos, sin protestar. …Con dieciséis años llegaron las chicas. Mi primo resultó ser muy ligón. Y más aún: empezó a insinuarse conmigo, su prima. Pero yo, que era deportista, sabía rechazar sus insinuaciones sucias. Hasta llegamos a pelearnos físicamente. Y yo lloré, muchas veces, a escondidas. Mis padres nunca supieron nada; no quería preocuparles. Los hijos rara vez hablan de cosas tan delicadas. Cuando vio que conmigo no tenía nada que hacer, Dimi se fijó en mis amigas. Ellas competían a muerte por su atención. …Y además, Dimi robaba. Sin pudor. Me acuerdo de mi hucha: ahorraba las monedas del recreo, quería comprar regalos a mis padres. Un día, la encontré vacía. Dimi lo negó todo sin inmutarse. Me partió el alma. ¿Cómo podía robar en una casa donde le acogíamos? Como un bárbaro, destrozaba nuestra familia. Yo me ofendía y me enfadaba, y él no entendía el motivo. Creía de verdad que todos le debíamos algo. Yo llegué a odiarlo. Y entonces le grité con toda mi alma: —Vete de nuestra familia. Recuerdo que lo machaqué a gritos. Le dije de todo, más de lo que podría contar… Mi madre apenas logró calmarme. Desde entonces, Dimi dejó de existir para mí. Lo ignoré por completo. Luego supe que mis tíos ya sabían qué clase de elemento era Dimi: vivían cerca y le conocían de sobra. Nuestra familia vivía en otro barrio. Los profesores de Dimi avisaron a mis padres: “No sabéis la carga que habéis echado a la espalda. Dimi os va a torcer los hijos”. …En su nuevo instituto encontró a una chica, Cata. Le amó como nadie, se casó con él nada más acabar el colegio. Nació una hija. Cata soportó lo indecible: las mentiras, las infidelidades. Como se dice en Castilla: “de soltera pasó calamidades, de casada el doble”. Toda su vida, Dimi se aprovechó del amor incondicional de Cata. …Dimi fue a la mili, sirvió en Andalucía. Allí formó otra familia en paralelo. ¿Cómo? Pues tuvo tiempo en los permisos. Después de licenciarse, Dimi se quedó en el sur; allí nació un hijo suyo. Cata, ni corta ni perezosa, fue a buscarlo y lo arrastró de vuelta a casa con mil artimañas. Mis padres nunca oyeron un gracias de boca de Dimi, aunque no lo habían adoptado por eso. …Hoy, Dimitri Eugenio tiene 60 años. Es feligrés de iglesia ortodoxa. Tiene cinco nietos con Cata. Todo parece estar bien, pero la amargura de la historia con Dimi sigue ardiendo en mi interior… Ni acompañada de miel la podría tragar.

Life Lessons

Mira, te cuento algo que llevo clavado dentro desde hace años. Te lo cuento como se lo diría a una amiga, con el alma en la mano.

¡Hace tiempo que te deberías haber ido a un internado! ¡Fuera de nuestra familia! le grité un día, con la voz temblándome de rabia.
¿Y sabes a quién le solté todo eso? A mi primo Álvaro.

¿Sabes? De pequeña, le adoraba. Rubio como el trigo de Castilla, ojos azul cielo y una risa traviesa que te conquistaba. Él era así, Álvaro.

Las reuniones familiares en casa de los abuelos, los días de fiesta en nuestro piso de Salamanca, siempre tenían un brillo especial cuando venía él. Entre todos los primos, Álvaro era mi favorito. Tenía un don para contar historias y te hacía reír con cualquier cosa. Además, lo que dibujaba era impresionante: se sentaba un rato y te hacía en nada cinco o seis dibujos a lápiz. Yo los guardaba en secreto en mi cajón, como si fueran tesoros. Los cuidaba más que a mis apuntes del colegio.

Álvaro era dos años mayor que yo.
Pero, mira, el golpe vino un año que nadie se lo esperaba. Tenía Álvaro 14 años cuando se quedó huérfano: su madre, mi tía pequeña, de repente no despertó una mañana. El mundo se nos vino abajo.

¿Y ahora qué? ¿Dónde iba a ir Álvaro? Pues empezó la peregrinación: primero lo intentaron con su padre, pero costó dar con él porque hacía tiempo que se había divorciado y vivía ya con otra familia en Madrid. Directamente dijo que no quería complicarse la vida. Uno tras otro, el resto de la familia se encogía de hombros: que si ya teníamos demasiados líos, que cada uno con lo suyo… Cuando hay problemas de verdad, la familia se deshace como el azúcar en el café.

Total, mis padres, con dos hijos ya, asumieron la tutela de Álvaro, porque mi tía era la hermana pequeña de mi padre. Yo, la verdad, al principio estaba ilusionada de tenerlo en casa como uno más. Pero, amiga, parecía que la vida tenía otros planes.

No te exagero: el primer día que pisó nuestra casa, noté que algo no cuadraba. Mi madre, queriendo animarlo un poco, le preguntó qué le apetecía, que no se cortara. ¿Sabes lo primero que pidió Álvaro? Pues nada más y nada menos que un tren eléctrico. De los caros, de los que sólo veíamos en El Corte Inglés por navidad. Y yo pensando: Madre mía, se te ha muerto tu madre y tú pensando en trenecitos de juguete ¿En serio?

Pues ahí tienes a mis padres, como locos, buscando el dichoso tren y comprándoselo. Y luego siguieron sus antojos: que si un walkman, unos vaqueros Levis, una cazadora buena Mira, eran los años ochenta, y esas cosas valían un dineral y, además, no se encontraban fácilmente. Pero mis padres, siempre volcados en Álvaro, nos sacrificaban a nosotros por darle lo que pedía. Mi hermano y yo nunca nos quejábamos, lo entendíamos. Pero, joder, dolía.

Y al poco, cuando cumplió los 16, le entraron las ganas de novias. Pero Álvaro no era un chico normal: empezó a meterse conmigo, su prima, y a lanzarme indirectas que me daban asco. Menos mal que siempre fui más fuerte que él y podía defenderme, pero a veces acabábamos a gritos, hasta peleándonos a empujones. Me pasaba las noches llorando, pero nunca le comenté nada a mis padres, no quería preocuparles por algo tan incómodo.

Como vi que no tenía nada que hacer conmigo, al momento Álvaro se fijó en mis amigas. Y te digo, ellas se peleaban por llamar su atención, no sabes cómo.

Otra cosa: Álvaro robaba en casa y se quedaba tan pancho. Nunca se me olvidará cuando una vez, después de meses ahorrando mis pesetas para comprarles un regalito a mis padres, de repente mi hucha estaba vacía. Y Álvaro jurando y perjurando que no había sido él, ni se inmutaba. De verdad, me sentía traicionada en mi propia casa.

Yo, cada vez más enfadada, ya no podía ni verle. Un día exploté, le dije de todo, que estaba destrozando nuestra familia. Y desde ahí, ni le dirigía la palabra. Mis padres intentaban calmarme, pero ya estaba hecho. Supe luego que el resto de la familia ya había visto cómo era Álvaro, que no era sólo cosa nuestra. Muchos eran testigos de cómo se portaba.

Sus profes de secundaria en el instituto también advirtieron a mis padres. Decían que Álvaro podía acabar mal y que le iba a hacer daño a nuestros hijos.

Pasaron los años y en el instituto Álvaro conoció a Nuria, que se enamoró perdidamente de él. Se casaron en cuanto acabaron la selectividad y tuvieron una niña. Nuria soportaba todas sus mentiras y sus rollos con otras chicas, como si nada. Ya sabes lo que dicen aquí: Soltera y amargada, casada y más desgraciada.

Por si fuera poco, le tocó hacer la mili y le destinaron a una base cerca de Zaragoza. Allí, de pronto, montó otra familia durante sus permisos. Cuando terminó, se quedó un tiempo allí porque había tenido un hijo con otra chica. Nuria, ni corta ni perezosa, fue hasta Zaragoza, habló con quien tuviera que hablar y consiguió traérselo de vuelta.

Mis padres nunca recibieron ni unas gracias sinceras de parte de Álvaro, y eso que le dieron todo, no porque esperaran recompensa, sino porque era familia.

Hoy Álvaro ya anda por los sesenta. Ahora va todos los domingos a misa en la iglesia del barrio, sigue con Nuria y ya tienen cinco nietos. En apariencia, todo les va bien, pero yo sigo con esa espinita, esa amargura por dentro cuando pienso en él Que ni con miel se me va.

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