Un milagro en Nochevieja: —¡Pedro, explícame cómo se te ha podido olvidar! ¡Te lo he recordado varias veces esta mañana y además te mandé un mensaje! —Ana miraba a su marido con reproche. Él estaba en el umbral de la cocina, con cara culpable, encogiéndose de hombros. —Ni yo mismo sé cómo ha pasado, Anina… Se me fue de la cabeza y ya está —intentaba justificarse Pedro. —¿Y el móvil? —No lo saqué del bolsillo, así que no vi tu mensaje… Ana empezaba a hervir. —¿Así que no te olvidaste de comprar la batería nueva para el coche, pero sí se te fue de la cabeza que tenías que comprarle el regalo a la niña para ponerlo debajo del árbol? —Se me olvidó… Es que la tienda de recambios cerraba a las ocho, fui con prisa y lo demás, pues… se me pasó. Perdona. —A veces pienso, Pedro, que quieres más a tu viejo cacharro, que se estropea cada mes, que a nuestra Mónica —Ana se sentó en el taburete y suspiró mirando el reloj. El reloj marcaba las once menos cinco. Ya era tarde, era de noche, y no había forma de arreglarlo. Y esa impotencia se hacía aún más amarga. —Ana, no digas tonterías. Quiero a nuestra Mónica y tú lo sabes. Es que simplemente… lo olvidé. ¿A quién no le pasa? —¡A mí no me pasa, Pedro! —Ana quería gritar, pero hablaba en susurros para que la niña no oyera la discusión. Pedro intentó abrazar a su esposa para suavizar el inminente conflicto, pero ella se apartó y le dio la espalda… …para seguir preparando la ensaladilla rusa en la fuente. «He estado medio día haciendo esta ensaladilla para alegrar a mi marido y él… ¡se olvida el regalo de nuestra hija!» —Ya lo veía venir, tenía que haberlo hecho yo todo… Pero claro, confié en Pedro. Debería haber sabido que no es tan responsable como pensaba. —Ana, entiendo que la he cagado, pero tampoco ha pasado nada grave —insistía Pedro—. Da igual, si no hay regalo bajo el árbol. Le decimos a Mónica que… —¿Qué le dices, cariño? ¿Que su padre tiene la memoria de un pez con solo 35 años? ¿O que le importaba más la batería que su hija? —Le decimos que este año Papá Noel está muy ocupado y no ha podido venir. Mañana por la mañana le compro yo el regalo y se lo doy. Como si fuera de Papá Noel. —¿Dónde lo vas a comprar? La mayoría de tiendas no abren mañana, salvo los supermercados. Ay, Pedro, Pedro… No era difícil entender el enfado de Ana. Desde que nació Mónica, instauraron la tradición de, tras las campanadas en la Nochevieja, reunirse juntos en el árbol de Navidad y descubrir los regalos. Mónica amaba esa tradición; como tantos niños, creía en Papá Noel, en la magia y en los milagros de Año Nuevo. Su cara era todo emoción al abrir su regalo soñado. Hoy, Mónica ya había mirado varias veces bajo el árbol, expectante, y contaba a su madre cuánto deseaba el regalo de Papá Noel. —¿A ver qué me traerá este año el abuelo? Quiero una bici como la de Iván del portal dos. Pero si son patines, también me vale. Ana sonreía: justo había pedido a Pedro que le comprara a su hija unos patines. Normalmente lo escogía ella, pero hoy llamaron a Pedro al trabajo y Ana pensó que él podía pasar por la tienda al volver a casa. Pedro regresó pasadas las ocho, y cuando Ana, dos horas después, empezaba a poner la mesa y le preguntó cómplice por el regalo, él recordó de pronto que no había comprado nada… —Ana, no amarguemos el día. No lo hice a propósito. Si quieres, yo misma le explico a Mónica, seguro que lo entiende. Ana no respondió. Siguió poniendo la mesa mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. «¿Cómo ha podido olvidarse del regalo?» Hasta el último minuto Ana pensó que Pedro tenía escondido el regalo en algún lado, esperando el momento de ponerlo bajo el árbol. Ya era tarde, las tiendas cerradas, no había forma de comprarle nada… —¿Quieres que te ayude? —preguntó Pedro inseguro, viendo cómo Ana disponía los platos. —Gracias, ya has ayudado bastante… Justo en ese momento, Mónica entró radiante en la cocina tras haber visto todos los dibujos navideños: —¡Mamá, papá! ¡Faltan menos de dos horas para Nochevieja! ¡Enseguida vendrá Papá Noel con mi regalo! Ana fulminó con la mirada a Pedro. Pero enseguida volvió la cara, no quería que la niña sospechara nada y arruinarle la fiesta. Además, Ana ya tenía un plan para salvar la situación: pondría bajo el árbol un sobre con dinero, y escribiría encima «Para los patines de Mónica». No era lo mismo que el regalo sorpresa de siempre, pero mejor eso que nada. Quizás así, la noche podría todavía salvarse… ***** Cuando a las once la familia se sentó a cenar, llamaron a la puerta. —Pedro, ¿has invitado a alguien? —preguntó Ana, sorprendida—. Yo no he llamado a nadie. —Ni yo. ¿Serán los vecinos? Voy a ver. Id sirviendo el zumo —contestó Pedro, saliendo al recibidor. Al abrir, encontró a un hombre con barba y una chaqueta roja desgastada. No parecía Papá Noel, más bien un sintecho, algo que su aspecto y olor confirmaban. —¿Buscaba algo? ¿Se ha confundido de piso o viene a pedir dinero? Le aviso que no le voy a dar ni un euro. Seguro que lo gastaría en vino. —No, tranquilo, dinero no vengo a pedir —contestó animado el extraño. «¡Esto sí que es tener morro!», pensó Pedro. Él normalmente sentía lástima por los sintecho, pero le hizo gracia el descaro. Decía que no necesitaba dinero, cuando estaba claro que no tenía un duro. —¿Entonces…? —Pedro salió al rellano, cerrando la puerta para que no entrara el hedor. —Verá, he encontrado este gatito en el portal. ¿No será suyo? Pedro sonrió, pensando que el hombre intentaba encasquetarle el gato. —No, jamás lo había visto. Nunca hemos tenido mascotas. —¿No quiere adoptarlo? Si tiene usted una hija, seguro que le haría ilusión. Pedro negó con la cabeza. —No, gracias. El hombre se encogió de hombros. —Bueno, me lo llevo a la basura, entonces. Ya se disponía a irse, escondiendo el gato, cuando Pedro lo detuvo. —¡Un momento! ¿Cómo que llevarlo a la basura? ¿Para qué va a echar a un cachorro? Déjelo en el portal, al menos. —Le echarán igual, y en los contenedores hay cajas donde puede resguardarse y algo de comida. Pedro nunca fue amante de los animales, pero de repente le dio lástima el cachorro. Se lo imaginó solo y aterido toda la noche… No hubo tiempo para pensar: dentro le esperaban esposa e hija y el hombre ya se marchaba… —¡Déme aquí al gatito! —le arrancó el animal al hombre—. ¡No tire a la basura la vida de un cachorro! —Como usted diga —sonrió el extraño, despidiéndose por las escaleras. ***** Cuando Pedro entró, Ana y Mónica salieron preocupadas de la cocina. —¿Por qué tardas tanto? ¿Ha pasado algo? —Nada, todo bien —respondió Pedro mientras escondía disimuladamente el gato, rezando en silencio para que no maullara. Si Ana descubriese lo que traía, lo echaría de casa. Y quizá no solo al gato. Sabía que al final se enterarían, necesitaba tiempo para explicarse y pensar cómo justificar traer un animal, a una hora de la Nochevieja y sin avisar a nadie. —¿Quién era? —preguntó Ana con sospecha. —El vecino del quinto, Víctor. Hablábamos de baterías para el coche. —Ah, bueno, eres el experto. Anda, lávate y vente a cenar: ya casi es Nochevieja. —Cinco minutos y voy. En cuanto Ana y Mónica regresaron a la cocina, Pedro corrió por la casa buscando dónde esconder al gato. Balcón, imposible—frío. Aseos—podía entrar cualquiera. Dormitorios—descartados. Solo quedaba el salón… —¡Pedro! ¿Vienes o qué? —gritó Ana impaciente. —¡Enseguida! Pedro metió al gato en el armario del salón, dejó la puerta entreabierta y corrió a la cocina. ***** —¡Feliz A-ñooo Nuevo! —coreaban por la calle. Pedro también felicitó a su familia y les deseó salud y felicidad. Mientras tanto, Mónica dejó su vaso y corrió al salón. Ana, al verla, recordó que se le había olvidado el sobre de dinero y fulminó de nuevo a Pedro: —¡Ahora consuélala tú! Sin embargo, Mónica no parecía triste. Al contrario, gritó eufórica minutos después. —¡Mamá, papá, venid corriendo! ¡Mirad lo que Papá Noel me ha puesto bajo el árbol! Pedro y Ana fueron al salón y quedaron petrificados. Bajo el árbol, junto a Mónica, había un gato blanco. —¡Siempre quise un gatito y Papá Noel me lo ha traído! —casi lloraba Mónica—. Se llamará Nieve. La niña abrazó al cachorro con ternura, mientras Ana arrastraba a Pedro a un lado. —¿Esto qué es? ¿¡De dónde ha salido!? ¿Ha sido cosa tuya? —Ana, por favor, no te enfades… Ahora te lo explico todo. —¿Enfadada? ¡Mira qué feliz está Mónica! Aunque podrías haberme contado tu sorpresa y así no te hubiese gritado hoy —Ana abrazó y besó a Pedro. Pedro no daba crédito a su suerte. Por algo dicen que en Nochevieja ocurren milagros de verdad. La niña era feliz y su esposa, también. Todo gracias al gatito blanco y… Se acordó del sintecho. —Oye, Ana, tienes que saber una cosa… Pedro le susurró unas palabras al oído y Ana asintió sorprendida. ***** —Bueno, Egor, —dijo el hombre barbudo a su compañero—, ya hemos entregado todos los gatitos. Gracias a Dios. Podemos volver al sótano antes de que lo cierren por la noche. —Sí, Mijaíl, buena idea la tuya con lo de la basura —sonrió el segundo. —¿Tú crees? Temía que me echaran a patadas por decir eso… —Era arriesgado, pero sólo alguien de buen corazón se llevaría así un gatito y no permitiría que acabara en la basura. —Cierto… Los dos sintecho se sentaron en un banco junto al portal donde habían repartido cuatro gatitos que encontraron en el sótano esa tarde. Había mucha gente en la calle, pero ninguno les echaba, incluso algunos les deseaban salud y suerte, y ellos devolvían los buenos deseos. De repente, la puerta del portal se abrió y salió corriendo Pedro. —¿Y ahora qué querrá? ¿Se arrepintió y quiere devolverme el gatito? —se preguntó Mijaíl, reconociendo a Pedro. —¿Es él? Qué sorpresa… —¡Feliz Año Nuevo, buena gente! —saludó Pedro, llegando hasta ellos y ofreciéndoles una bolsa grande—. Con mi mujer, os hemos preparado una cena de fiesta en señal de agradecimiento. —No nos lo esperábamos, muchas gracias —respondieron Egor y Mijaíl emocionados. —Y esto es de mi parte —Pedro le dio al barbudo una botella de cava—. Para brindar, que es fiesta. —Bueno, Mijaíl, por fin podremos celebrar como Dios manda. Hay milagros, sí señor —se entusiasmó Egor. Pedro ya iba a irse, pero se dio la vuelta y preguntó: —¿Y dónde vais a celebrarlo, si no es indiscreción? —Pues aquí cerca, en el sótano. Allí está calentito y se duerme sobre cartones. —¿Sabéis qué? Venid conmigo. Minutos después, los tres llegaron al garaje. Pedro abrió la puerta y les invitó a pasar. —Aquí tenéis un sofá y calefactor, mesa y platos. Creo que estaréis mejor que en el sótano. La furgoneta la saco ahora y así estáis cómodos. —No hace falta, cabemos igual —protestaron Mijaíl y Egor. —No, mejor fuera. No le pasará nada. Y eso sí, no os pongáis demasiado alegres. —No somos de beber, solo un brindis —aseguró Mijaíl. —Así me gusta. Mañana vengo a veros y me contáis vuestra historia. Quizá pueda ayudaros también a «encontrar un hogar». —Es increíble —susurró Egor. —Y que lo digas —asintió Mijaíl. Y así fue la noche: realmente navideña… y llena de milagros.

Life Lessons

Un milagro en Nochevieja

Álvaro, explícame cómo has podido olvidarte, por favor. Te lo he recordado varias veces esta mañana y encima te he escrito un mensaje… Pilar me miraba con reproche desde la puerta de la cocina.

Yo, con cara de niño travieso pillado en falta, solo podía encogerme de hombros.

No sé ni cómo ha pasado, Pili… De verdad, se me ha ido de la cabeza, nada más intenté disculparme.

¿Y el móvil?

El móvil no lo he sacado del bolsillo en todo el día, así que no he visto tu mensaje…

Vi cómo el enfado subía de nivel en su voz.

Ya, claro, el nuevo alternador para tu coche no se te olvida, ¿pero el regalo para Lucía, que tiene que estar bajo el árbol, eso sí?

Se me olvidó… Es que la tienda de repuestos cerraba a las ocho, iba con el tiempo justo, se me fue el santo al cielo, de verdad. Perdona.

A veces pienso, Álvaro, que tu viejo coche, que se estropea todos los meses, te importa más que nuestra pequeña Lucía Pilar se sentó en el taburete y suspiró mirando el reloj de la pared.

Ya casi eran las once menos cinco de la noche. Era tarde, hacía frío afuera y ya no había nada que hacer para enmendar el error. Y ese algo irreversible me hacía sentir aún peor.

Anda, Pilar, no digas tonterías. Sabes perfectamente que adoro a Lucía respondí, un poco acobardado. Simplemente se me pasó… ¿No le puede pasar a cualquiera?

A mí no me pasa jamás, Álvaro Pilar contenía las ganas de gritar, pero bajaba la voz, por miedo a que Lucía oyera la conversación.

Intenté acercarme a ella para abrazarla y calmar los ánimos, pero se apartó, dándome la espalda, y comenzó a preparar la ensaladilla rusa en la fuente.

“Media tarde para hacer la ensaladilla y animarle, y él… y él se olvida del regalo de su hija”.

Si es que ya sabía yo que tenía que hacerlo todo yo misma masculló Pilar. Pero no, confié en ti, Álvaro. Pensé que eras una persona responsable.

Lo sé, Pili, es culpa mía, pero si lo piensas bien tampoco es tan grave dije, intentando buscar consuelo. No habrá regalo bajo el árbol, y ya está. Le podemos decir a Lucía que…

¿El qué, cariño? ¿Le decimos que su padre, con treinta y cinco años, ya tiene la cabeza como un colador? ¿O que le importaba más el alternador que la ilusión de su hija?

Le decimos que este año los Reyes Magos tienen mucho trabajo y no han podido llegar a tiempo. Mañana por la mañana le compro el regalo, se lo damos con ceremonia, como si lo hubiera dejado Melchor.

¿Dónde lo vas a comprar? Mañana está todo cerrado, salvo las tiendas de comestibles. En fin, Álvaro…

Comprendía el enfado de Pilar. Desde que nació Lucía, en casa instauramos una tradición muy especial: tras las campanadas del 31, los tres juntos vamos al árbol navideño y… encontramos los regalos. Era lo que más ilusión le hacía a Lucía, que como la mayoría de niños, creía en los Reyes Magos, en la magia y… en los milagros de Nochevieja. Se ponía loca de alegría al abrir la cajita envuelta en lazo, siempre con algo que había deseado durante meses.

Esa misma noche Lucía ya había mirado mil veces bajo el árbol, esperando que apareciera el regalo antes de medianoche. Encontrarla sin nada sería un palo.

¿Qué me traerán este año los Reyes Magos? se preguntaba mi niña. Me gustaría una bici como la de Jaime del segundo, pero si son unos patines, tampoco está mal.

Yo sonreía, porque justo Pilar me había pedido que le comprara unos patines para Lucía. Casi siempre era ella quien elegía los regalos, pero ese día me llamaron para trabajar y a Pilar le pareció buena idea que, ya de vuelta, los comprara yo.

Llegué a casa después de las ocho, y cuando ya estábamos poniendo la mesa, Pilar me preguntó con complicidad por el regalo y… fue entonces cuando recordé que se me había olvidado por completo.

Venga, Pilar, no vamos a amargarnos la fiesta insistí, intentando abrazarla otra vez y calmar el ambiente. Te aseguro que no lo hice a propósito. Si quieres, hablo yo con Lucía y se lo explico, seguro que lo entiende.

Pilar no contestó nada, solo siguió preparando la mesa con lágrimas cayendo por sus mejillas.

En el fondo, hasta el último momento creyó que tenía el regalo escondido en algún rincón y lo pondría bajo el árbol en el momento justo. Pero no, ya era demasiado tarde, todo cerrado…

¿Te ayudo en algo? pregunté con cautela al verla colocando los platos.

Gracias, ya has ayudado bastante… respondió cortante.

Fue entonces cuando Lucía entró corriendo, feliz tras ver todos los dibujos animados navideños de la tele:

¡Mamá, papá! ¡Faltan menos de dos horas para el Año Nuevo! ¡Pronto los Reyes Magos me traerán mi regalo!

Pilar me lanzó una mirada llena de reproche, pero se giró rápidamente para que Lucía no notara nada extraño. No quería estropearle la magia de la noche. Ya había ideado cómo arreglarlo: pondría debajo del árbol un sobre con dinero, escribiendo en él “Para los patines de Lucía”. No era lo mismo, pero menos es nada.

*****

Eran casi las once cuando nos sentamos los tres a la mesa para la cena especial. Justo en ese momento, llamaron a la puerta.

Álvaro, ¿has invitado a alguien? preguntó Pilar, sorprendida. Que yo sepa, no he llamado a nadie.

Ni yo tampoco. ¿Serán los vecinos? Voy a ver, servid el zumo mientras, ahora vuelvo dije, levantándome.

Al abrir la puerta me encontré con un hombre barbudo, vestido con una chaqueta roja bastante rota. No parecía para nada un Rey Mago o Papá Noel, más bien una persona sin hogar, y su olor lo delataba igualmente.

Buenas noches, ¿quiere algo? ¿Se ha equivocado de piso o viene a pedir algo? Mire, ya le digo que no le voy a dar ni un euro, seguro que se lo gasta en vino…

No, hombre, no, no vengo a pedirle dinero, no me hace falta, de verdad contestó animado el desconocido.

No le hace falta…, pensé casi soltando una carcajada interna. No es que mirara por encima del hombro a los sin techo, siempre me daban pena, pero la frase me sonó tan rara y divertida… Estaba claro que no tenía ni para pipas.

¿Y entonces qué quiere? salí al descansillo cerrando la puerta detrás para que el olor no se colara en casa.

Verá, es que he encontrado un gatito precioso en el portal. ¿No será suyo por casualidad? ¿Lo ha perdido alguien en casa?

Disimulando, sonreí. Ya está, el hombre recurre al truco: intenta encasquetarnos el gato, a ver si cuela y saco unas monedas….

No, lo siento, jamás he visto a ese gato. Además, nunca hemos tenido animales.

¿No querría quedárselo? Es precioso. Si tiene una hija pequeña seguro que le hace mucha ilusión.

Exacto, eso pensaba. Quiere colocarnos el gato… pensé yo, negando con la cabeza.

No, gracias, no queremos animales.

Pues nada, tendré que bajarlo a la basura…

Cuando ya se iba, con el gatito escondido bajo la chaqueta, algo me dio un vuelco por dentro. Le agarré del brazo.

Oiga, espere. ¿Cómo que lo va a dejar en la basura? No tire así al pobre animal. Puede dejarlo en el portal.

Sí, pero en cuanto pase alguien, lo echarán a la calle. Allí, al menos, entre las cajas de cartón puede resguardarse, y puede encontrar algo de comida.

Nunca había sido muy amante de los animales, pero de repente me dio mucha pena el minino. Lo imaginé solo, pasando frío y hambre toda la noche… Sin pensarlo más, y casi por inercia, le quité el gato de las manos.

Déjemelo, ya me las arreglaré yo. Pero no lo tire a la basura.

Como quiera respondió el hombre con una sonrisa amable. Se despidió y bajó las escaleras.

*****

Entré en casa tratando de parecer tan tranquilo como de costumbre, pero Pilar y Lucía ya asomaban la cabeza por la puerta de la cocina, impacientes.

¿Qué pasa? ¿Quién era?

Nada, no pasa nada contesté, escondiendo el gatito a la espalda y rezando por que no maullara.

Estaba claro que a Pilar no le iba a hacer gracia que metiera un gato en casa sin preguntar, y menos esa noche… Pero tenía que preparar la situación antes de decírselo. Pensé dónde esconderlo. El balcón no, porque hacía un frío tremendo; el baño, peligroso, cualquiera podría entrar; ni en el dormitorio ni en la habitación de la niña… Al final, opté por el salón.

Álvaro, ¿vienes o qué? gritó Pilar desde la cocina. Te estamos esperando.

¡Ya voy, dame cinco minutos!

Corrí al salón, abrí el armario, acomodé al gatito en la balda más baja y entreabrí la puerta para que entrara aire. Luego, corriendo de nuevo a la cocina.

*****

¡Feliz Año Nuevoooo! gritaba la gente por la calle.

Yo también felicité a mi mujer y a mi hija, deseándoles salud y suerte, como cada año.

Mientras hablábamos, Lucía dejó el vaso de zumo y se fue corriendo al salón. En cuanto Pilar se dio cuenta, recordando el olvido del sobre, me miró enfadada. Ahora, le tocaría a ella consolar a la niña…

Pero, de repente, Lucía gritó de alegría. Un grito tan fuerte que ni el jaleo de la calle lo tapó.

¡Mamá, papá! ¡Venid! ¡Mirad lo que me han traído los Reyes Magos!

Pilar y yo fuimos al salón, y allí estaba Lucía, abrazando a un diminuto gato blanco tumbado bajo el árbol de Navidad.

¡Qué ilusión! Llevaba tanto tiempo deseando un gatito y los Reyes me lo han regalado… ¡Le voy a llamar Copito! decía mi hija, a punto de llorar de alegría.

Pilar me llevó aparte.

¿Esto qué es? ¿De dónde ha salido?

Tranquila, ahora te lo explico todo, no te pongas nerviosa.

¿Nerviosa? Mírala, está más feliz que nunca… La próxima vez dime que vas a hacer una sorpresa, que por tu culpa te he reñido sin razón me abrazó y me dio un beso en la mejilla.

Yo, atónito, no podía creer que la situación se hubiera arreglado tan fácilmente. A veces, de verdad, los milagros existen en Nochevieja.

Entonces recordé al hombre de la escalera.

Oye, Pilar…, tengo que hablar contigo un momento…

Me acerqué a su oído y le susurré algo. Me miró sorprendida y asintió sin dudar.

*****

Bueno, Eusebio el hombre barbudo le daba una palmada en la espalda a su compañero, hemos logrado encontrarles casa a todos los gatitos, gracias a Dios. Ya podemos volver al sótano antes de que lo cierren.

Buen trabajo, Mateo. Esto de la basura ha funcionado bien sonrió el otro.

¿Ves? Yo tenía miedo de que me echaran a patadas, pero solo quien de verdad se preocupe por el animalito se lo llevará a casa.

Exactamente.

Sentados en el banco frente al bloque, donde habían conseguido hogar para los cuatro gatitos que hallaron esa mañana en el sótano, nadie los miraba mal aquella noche. Incluso algunos vecinos les deseaban salud y felicidad. Ellos, agradecidos, respondían lo mismo.

De repente, se abrió la puerta del portal y salí yo a la calle. Al verlos, saludé con la mano y fui corriendo hacia ellos.

¿Qué querrá ahora? preguntó Mateo. Será que quiere devolver el gato…

Es él, seguro asintió Eusebio.

¡Feliz Año Nuevo, amigos! saludé, tendiéndoles una gran bolsa. Mi mujer y yo hemos querido traerles una cena de Nochevieja, en agradecimiento.

Muchas gracias, de verdad. No lo esperábamos contestaron los dos, sonriendo sinceros.

Y esto es de mi parte tendí una botella de cava. Así brindáis también.

Ahora sí que podremos celebrar la entrada del año como toca rió Eusebio, frotándose las manos.

Me disponía a irme cuando recordé algo y me giré hacia ellos.

¿Dónde vais a celebrar la noche?

Pues aquí cerca, en el sótano. Allí hace calor y podemos dormir sobre cartones.

¿Sabéis qué? Venid conmigo.

Cinco minutos después los tres estábamos frente a mi garaje. Abrí y les invité a pasar.

Acomodaos. Hay un sofá cama, calefactor, mesa y platos. Y saco el coche fuera para que estéis más cómodos. Ya lo aparcaré en la calle.

No hace falta, cabemos de sobra intentaron oponerse.

Mejor así insistí. Solo os pido que no arméis mucho lío, ¿vale?

No se preocupe, solo brindaremos un poco prometió Mateo.

Perfecto. Mañana vuelvo y hablamos, quién sabe, quizá os pueda ayudar de alguna manera…

Esto sí que es un milagro… murmuró Eusebio.

Desde luego… asintió su amigo.

Así fue nuestra noche: tan navideña como inesperada, y por una vez llena de magia de verdad.

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