¿Qué haces aquí? La voz de mi suegra retumbó por todo el huerto de patatas, plantada en medio de los surcos como una antigua estatua de granito. Jamás he visto una vergüenza igual en esta casa. Cuando yo tenía siete hijos, ni una sola mala hierba se atrevía a crecer en este terreno.
El escándalo atrajo enseguida a los vecinos. Se pegaron a la valla, curiosos como cotorras, y enseguida empezaron a cuchichear sobre cada frase. Mi suegra, viéndolos atentos, se engalló aún más y prosiguió su humillación pública con renovado entusiasmo. Sus palabras caían sobre mí como cuchillos y yo, muda, sólo podía quedarme ahí, petrificada. Cuando por fin se cansó de tanto vocerío, tomó aire y gritó aún más fuerte, asegurándose de que todos los vecinos pudieran escuchar:
Ni una palabra salió de mis labios.
Pasé despacio a su lado, apretando aún más a mi hijo contra mi pecho, como si al abrazarle pudiera protegernos a ambos de aquel huracán de resentimiento. Al llegar a casa, abrí el armario y, en una cajita separada, preparé todo lo que mi suegra debía recoger esa misma tarde y a la mañana siguiente. Sin ordenarlo siquiera, lo fui metiendo en su bolsa, junto a las cosas de mi hijo y las mías propias. Salí y cerré la puerta tras de mí, sin mirar atrás ni pronunciar una sola palabra.
Tres días después, sonó el teléfono. Era ella:
¿Qué has hecho con todas esas medicinas carísimas que el médico ha traído? Mandé a la vecina a comprar algunas, pero dice que un frasco cuesta una fortuna. Y de las que vienen con instrucciones en otro idioma, mejor ni gastarse ni cambiar. ¿Qué hago ahora? ¿Te has ido, ofendida por nada, y ahora estoy aquí para entregar el alma a Dios?
Tampoco respondí. Apagué el teléfono y saqué la tarjeta SIM. No podía seguir. Ya no me quedaban fuerzas ni físicas ni mentales.
Hace justo un año, antes de que naciera mi hijo, mi marido perdió el control del coche en una curva mojada, camino de Ávila. Recuerdo, con la neblina que deja el dolor, el último adiós a su cuerpo mientras la ambulancia se lo llevaba y, al alba del día siguiente, me convertía en madre… No tenía ganas de nada. El mundo quedó gris, absurdo, vacío sin mi esposo querido. Criaba y acunaba al bebé como una autómata, sólo porque así lo mandaba la vida.
Un día, un mensaje me sacudió del letargo:
Tu suegra está muy mal. Dicen que no sobrevivirá a su hijo por mucho tiempo.
Decidí al momento. Vendí mi piso en Madrid e invertí parte del dinero los euros contados uno por uno entre las lágrimas en construir otro, para que algún día mi hijo tuviera un techo propio. Me fui al norte a salvar a la madre de mi esposo difunto.
Ese año no viví: sobreviví.
No dormía apenas, ocupada en cuidar de mi hijo pequeño y de la suegra encamada. El niño lloraba sin consuelo y mi suegra requería mis brazos las veinticuatro horas.
Menos mal que había ahorrado. Conseguí que vinieran los mejores médicos de toda Castilla para examinarla. Compré todo lo que recetaron y, poco a poco, mi suegra volvió a la vida. Primero la paseaba por la casa, luego conseguimos cruzar el patio bajo el sol de junio. Por fin, recobró fuerzas hasta moverse sola y entonces
No quiero verla ni escuchar hablar más de ella. Ahora tendrá que valerse y buscar todo lo que necesite para continuar su mejoría. Al menos tuve la sensatez de no gastar en ella hasta el último céntimo. Mi hijo y yo ya vivimos en nuestro nuevo piso. Jamás pensé que terminaría así.
Yo, que no tenía ni madre ni padre, aspiraba a construir una familia con la madre de mi esposo. Pero me equivoqué. Sólo me queda mi hijo, y a él debo enseñarle: no todo el mundo merece un buen trato. Hay quienes solo valoran una huerta sin malas hierbas y un plato de comida limpio en la mesa.







