¡Mamá, que Nala ha vuelto a morderme el lápiz de colores!
Carmen entró disparada a la cocina con el resto de un lápiz entre los dedos, mientras tras ella corría Rumba, la labradora, con esa cara de yo no he sido pero moviendo el rabo como si nada malo pasara. Sofía, con el delantal puesto y medio cuerpo sobre la vitrocerámica vigilando el puchero y las croquetas que chisporroteaban en la sartén, resopló. Tercer lápiz que se cargaba la perra en lo que iba de día.
Tíralo al cubo, cielo, y coge uno nuevo del cajón, le dijo a Carmen. Lucas, ¿ya has hecho los deberes de mates?
¡Casi, mamá! gritó desde su habitación.
El casi de su hijo de doce años quería decir, básicamente, que estaba con el móvil en la mano y los libros abiertos pero huérfanos de bolígrafo. Sofía lo intuía, pero tenía que sacar las croquetas a tiempo, remover el puchero, impedir que el pequeño Iker, de cuatro años, se metiera en el cuenco del pienso de la perra y coordinar con la lavadora, que justo había terminado el programa.
…Treinta y dos años. Tres hijos. Un marido. Una suegra. Una perra labradora. Y ella el único engranaje que mantenía la maquinaria familiar en pie.
Sofía apenas enfermaba. No porque nunca cogiese catarros ni tuviera superpoderes, sino porque simplemente no podía permitírselo. ¿Quién iba a dar de cenar? ¿Quién prepararía las mochilas? ¿Quién bajaría a Rumba al parque? Nadie más.
Sofía, ¿queda mucho para cenar?
Ahí apareció en el quicio de la puerta la señora Pilar, apoyada en su bastón. Ocho y cinco años, cabeza muy clara, buen saque para la comida.
En cinco años bajo el mismo techo, Sofía podía descontar con los dedos de una mano las veces en que Pilar ayudó en casa.
En diez minutos, señora Pilar.
Ella asintió, satisfecha, y se fue arrastrando las zapatillas camino del salón. A veces, de manera casi excepcional, le leía a Iker aquel cuento tradicional de La ratita presumida antes de dormir. El repertorio era reducido, pero al niño le brillaban los ojos. El resto del día, Pilar se quedaba en su habitación viendo telenovelas y esperando el siguiente plato.
…Las manecillas marcaban las cinco y media cuando sonó la llave en la cerradura. Andrés apareció con la cara del que acaba de subir el Angliru.
¿Está la cena lista?
Ni un hola. Sofía señaló la mesa sin decir nada. Andrés fue a lavarse las manos y se sentó en su sitio. A los segundos, la tele ya parloteaba de fondo; el mando, como si lo tuviera siempre pegado a la mano.
Hoy Carmen ha sacado un sobresaliente en lectura, soltó Sofía a modo de puente.
Ajá.
Y Lucas necesita ayuda con el proyecto ese de ciencias naturales…
Ajá.
Eso era todo lo que podía esperar. Al acabar, Andrés se pasó al sofá. Para él, el día terminaba al entrar por la puerta. Había traído el sueldo a casa; lo demás no contaba.
Cuando los niños se durmieron, Sofía encendió el portátil. Trabajo remoto en una tienda online, tramitando pedidos y contestando a clientes. No era gran cosa, pero al menos sentía esa pizca de independencia. Además, tenía el alquiler de un pequeño piso que llevaba ya cuatro años arrendando.
Deberíamos mudarnos… pensó una vez más, aunque, también como siempre, llegaron las dudas: Lucas está en buen instituto, Carmen ya está integrada en el cole, y perder ese extra del alquiler… Cerró el portátil. Mañana. Todo mañana.
En diciembre, además de la vorágine de las fiestas, llegó la gripe. Cuarenta de fiebre en unas horas, el cuerpo hecho trizas, la garganta ardiendo, la cabeza como un bombo. Sofía fue a duras penas al dormitorio y se tiró en la cama.
Mamá, estás mala, le informó Lucas asomándose tímidamente.
Andrés apareció después, y se le notaba cierta inquietud. Pero no era por Sofía.
Procura no contagiar a mi madre, que a su edad un catarro es muy peligroso.
Sofía cerró los ojos. Claro. Pilar. ¿Cómo se le iba a olvidar?
Los tres días siguientes fueron bruma pura. Fiebres, la almohada empapada, los labios secos. En ese tiempo, ni el marido, ni la suegra ni los niños le llevaron agua. El hervidor seguía en la cocina, y esos escasos ocho pasos hasta allí, los logró dar ella sola, apoyada en las paredes.
Pero siempre el temor por la abuela. No entres, que mamá está enferma. Ponte mascarilla si pasas por su cuarto. ¿No podría dormir en otra habitación?.
Era Sofía la que representaba el peligro, el estorbo, en su propio hogar.
En una semana, el virus decidió rondar por todos. Primero Iker, mocos y llantos; luego Carmen. Más tarde Andrés decidió tumbarse con sus gloriosos 37 grados y dos décimas. Pilar cayó la última y, claro, montó el mayor drama.
Sofía, aún tambaleante, se incorporó. Caldito de pollo, termómetro, farmacia, detergente, limpieza a fondo. La ruta habitual, pero ahora sentía las piernas como algodón.
Andrés, quédate una hora con Iker, que tengo que ir a comprar.
Andrés puso los ojos en blanco, pero aceptó. Pasados justo sesenta minutos Sofía lo cronometró, Andrés le devolvió al crío.
Estoy agotado. También tengo fiebre.
Treinta y seis con ocho. Lo comprobó Sofía.
La primavera se mostró igual de mala. Otro virus, más noches sin dormir, niños malitos y Pilar reclamando menús distintos. En medio del caos, Andrés completamente sano.
Andrés, échame una mano con los niños.
Sofía, ya ayudé el finde pasado. Ahora entre semana curro mucho, acabo molido.
Se encogió de hombros. Ese gesto lo decía todo. A la vuelta del trabajo, se sentaba, esperaba la cena. Los hijos resfriados, la mujer a punto de explotar, el desorden general… Le era ajeno.
Una noche, cuando Iker por fin se durmió y los mayores hacían las tareas, Sofía se le plantó delante. La tele rugía un partido.
¿Por qué no me ayudas nunca? ¿Por qué nunca estás cuando te necesito?
Andrés ni se giró. Solo subió el volumen. Sofía se quedó un minuto a su espalda. Todo fue cristalino, sin mediar palabra.
Al día siguiente sacó dos maletas grandes del armario. Ropa de los peques, juguetes, papeles. Lucas, pasmado:
¿Mamá, nos vamos?
A casa de la abuela Inés.
¿Por mucho tiempo?
Ya veremos.
Carmen dio brincos: la abuela Inés siempre preparaba sus empanadillas favoritas. Iker, sin entender nada, llevaba agarrado su conejito de peluche.
Por último, recordó a otra más de la familia: Rumba también se venía.
Andrés estaba tirado en el sofá. Ni las maletas, ni los abrigos, ni ver a los niños listos para salir le apartó la mirada del televisor. Cuando Sofía cerró la puerta, seguro apenas parpadeó cambiando de canal…
Inés, su madre, les abrió la puerta sin preguntas. Calentó la cena, los abrazó. Cincuenta y ocho años, maestra jubilada: lo entendía todo sin palabras.
Quédate el tiempo que quieras, hija.
Al tercer día sonó el móvil; era Andrés.
Vuelve, Sofía. Aquí esto es un caos, todo sucio, no hay nada para comer, mi madre no para de pedir cosas…
Ningún os echo de menos ni esto sin vosotros no es lo mismo. Solo problemas domésticos.
Andrés, tú lo que buscas no es mujer, sino una asistenta.
¿Cómo? Eso… no tiene nada que ver…
¿Les has preguntado alguna vez a los niños si me echan de menos?
Silencio. Largo, duro y claro.
Yo traigo el dinero, Sofía. ¿Qué más quieres?
Ella colgó. Todo terminó, y la sensación extraña fue de alivio.
A las dos semanas, desalojaron su piso de alquiler. La mudanza duró un día. Nuevo cole para Lucas, nuevo infantil para Carmen. Todo fue bastante más sencillo de lo que temía.
…La conversación final fue la última. Toda la ira engullida, las ausencias, las noches de fiebre sola, se derramaron ahora imparables.
¡Doce años de criada gratis! gritó al auricular. ¡Ni una sola vez te has preocupado por cómo estoy! ¡Nunca! ¡Basta!
Le bloqueó. Y pidió el divorcio.
El juicio fue fugaz, apenas veinte minutos. Andrés firmó los papeles de la pensión para los niños, movió la cabeza y salió por la puerta. Quizá lo entendió. Más bien, se rindió.
…Aquella noche, Sofía se sentó en la cocina, en su piso de siempre que ahora era nuevo. Lucas leía en su cuarto. Carmen, sacando la lengua de concentración, coloreaba en la mesa. Iker apilaba piezas en la alfombra.
Silencio. Paz. Rumba, al lado de sus pies, dormía con la cabeza en las patas.
Seguía teniendo que cocinar, limpiar, trabajar de noche. Pero ahora todo era para los que sí eran de verdad su familia. Se lo juró: estaría muy atenta a su ejemplo para que no salieran como su padre.
Mamá Carmen levantó la mirada del dibujo, ahora sonríes mucho más.
Y Sofía, por fin, también sonrió de verdad.







