Querido diario,
Hace poco celebramos el cumpleaños de mi cuñada, Jimena. Nunca he sentido afinidad alguna por ella, y ella tampoco ha hecho mucho por ser cordial conmigo. La reunión familiar fue extensa, desde los abuelos y primos, hasta la propia Jimena, la homenajeada. Lo curioso fue ver cómo casi todos se sentían en la obligación de felicitar a mi marido por el cumpleaños de su hermana y, de paso, expresar su admiración por su generosidad.
Mi esposo y yo recibíamos las felicitaciones sin terminar de comprender el motivo. En las manos teníamos un sobre con el regalo, unos 120 euros, lo cual me pareció adecuado para la ocasión, pero ni de lejos lo consideraría un gesto de magnánima generosidad. La confusión se disipó cuando mi suegra empezó su discurso para felicitar a Jimena.
Pablo, hoy tu hermana cumple años. Sigue estando soltera y no tiene pareja, así que, como hermano mayor, es tu responsabilidad cuidarla y velar por su bienestar. Ahora que eres dueño de dos pisos, deberías darle uno a Jime.
El salón rompió en aplausos, y yo casi me caigo de la silla por semejante descaro, y eso solo fue el principio.
¡Hermano! ¡Dame el piso nuevo! ¿Cuándo puedo mudarme? Decidí aclarar todo de una vez.
Resulta que mi marido y yo, efectivamente, tenemos dos pisos. Uno lo heredé de mi abuela; le hicimos unas reformas básicas y lo alquilamos. Los ingresos del alquiler los usamos para amortizar la hipoteca del piso donde en realidad vivimos, que está en el nuevo edificio. Y que conste, mi esposo no tiene ningún derecho sobre el piso de mi abuela, pues planeo dejárselo a nuestra hija, no a la cuñada.
Olvídate, el piso que alquilamos es mío, y en el que sueñas, vivimos nosotros.
Hija, te equivocas mucho. Eres la esposa de mi hijo, así que todo lo que tenéis es común y tu marido debe administrarlo añadió mi suegra con firmeza.
No tengo problema en que ayudéis, cada uno como quiera, pero sin contar con lo que es mío respondí. Pablo, ¿tienes algo que añadir?
Cariño, tú y yo trabajaremos más y compraremos otro piso, y le regalamos este a Jimena, hoy es su cumpleaños dijo él.
¿Hablas en serio? le pregunté, perpleja. Si crees necesario regalarle parte de lo que compartimos, adelante, pero será después de solicitar el divorcio.
¿No te da vergüenza hablarle así a tu marido? Si quieres divorcio, lo tienes. Hijo mío, deberías hacer las maletas y volver con tu madre, y tú… ¡Eres una egoísta y avariciosa! soltó la madre de Pablo.
Salí de aquel piso como alma que lleva el diablo. Jamás me quedaré en una casa donde creen tener derecho sobre lo que es mío y toman decisiones sin respeto alguno.







