Olvidar por completo no fue posible Cada día, Prochor regresaba en metro y autobús a casa tras el trabajo, más de una hora de trayecto de ida y vuelta. El coche casi siempre parado, en Madrid las atascos matutinos y vespertinos le hacían elegir el metro por rapidez. Hace dos años su vida familiar cambió: se separó de su esposa y su hija, entonces con diecisiete años, quedó con ella. La separación fue tranquila, porque Prochor odiaba los escándalos. Llevaba tiempo notando que su mujer se había vuelto más nerviosa, salía mucho y a veces volvía tarde, diciendo que estaba con una amiga. Un día preguntó: —¿Dónde andas hasta tan tarde? Las esposas normales están en casa a estas horas. —No es asunto tuyo. Esas esposas “normales” son unas gallinas. Yo soy distinta: inteligente y sociable. Y en casa me siento encerrada. No soy una pueblerina como tú. Naciste en el pueblo y así has quedado. —¿Y por qué te casaste con un pueblerino? —Escogí el menor de los males —respondió sin más explicaciones. Luego pidió el divorcio y le echó del piso; Prochor tuvo que alquilar. Ya está acostumbrado y aún no planea casarse de nuevo, aunque sigue buscando. Prochor viajaba en metro, y como todos, no perdía el tiempo: viendo la pantalla del móvil, repasaba sus redes, leía noticias, chistes y veía vídeos cortos. De pronto, algo le impactó y volvió atrás: miró una imagen y leyó el anuncio. —María, sanadora popular, remedios naturales con hierbas. En la pantalla le miraba su primer amor: un amor no correspondido pero inolvidable. Siempre recordaba a esa chica de su clase, extraña y guapa. Casi pasa su parada; salió corriendo del vagón, no esperó el bus y caminó hasta casa, pensando. Entró, dejó la chaqueta y se sentó en el taburete del recibidor, sin encender la luz, absorto en el móvil. Apuntó el teléfono del anuncio y justo entonces su móvil pidió carga. Mientras cargaba el móvil, pensó en cenar, pero no tenía hambre. Picoteó despacio y se tumbó en el salón, invadido por recuerdos. Desde primero de EGB, María destacaba: una niña tímida, pelo trenzado largo y uniforme bajo la rodilla, no como las demás. El pueblo era moderno, todos se conocían, pero nadie sabía nada de María, que vivía con sus abuelos en una casa separada cerca del bosque, como un palacio con ventanas talladas. Desde que Prochor la vio, se enamoró infantilmente pero con pasión: todo en ella era especial. Siempre con un pañuelo en la cabeza y una mochila bordada a mano. En vez de un “hola”, ella saludaba formalmente: “que tengas salud”. Parecía salida de un cuento antiguo, nunca corría ni gritaba en los recreos, siempre educada. Un día faltó; tras las clases, unos compañeros fueron a verla, Prochor entre ellos. Fuera del pueblo, encontraron la casa de cuento. —Hay mucha gente ahí —dijo la viva del grupo. Se acercaron y vieron un funeral: la abuela de María había muerto. María lloraba en silencio, el abuelo sombrío. Fueron al cementerio y los invitaron después a la casa para el duelo. Prochor nunca había estado en un funeral y aquello le marcó. María volvió dos días después. El tiempo pasó; las chicas del grupo se hicieron más guapas y presumidas, sólo María seguía recta, sin maquillaje, dulce y con mejillas sonrosadas. Los chicos empezaron a cortejar a las chicas; Prochor decidió intentar conquistar a María. Ella no reaccionaba, hasta que al final de noveno se armó de valor: —¿Puedo acompañarte a casa? —Estoy prometida, Prochor. Es costumbre nuestra —respondió quedo. Él se disgustó pero no entendió la costumbre, ni quiénes eran ellos. Más tarde supo que sus abuelos eran ortodoxos, y que sus padres habían muerto hacía tiempo. María sacaba siempre buenas notas, nunca llevaba joyas. Las chicas murmuraban, pero ella se mantenía digna. Cada año María era más guapa; en COU ya era una belleza. Los chicos la admiraban sin meterse con ella. Al acabar el cole, los compañeros se dispersaron; Prochor a Madrid para la universidad. Nada supo de María, salvo que se casó. Rara vez volvió al pueblo. Ella se fue a vivir al pueblo de su prometido, trabajaba en casa como todas, ordeñando vacas y recogiendo heno. Tuvo un hijo. Nadie más la vio. —Así que María se dedica a sanar con plantas —pensaba Prochor en el sofá—. Está más guapa. Durmió mal. Por la mañana, al trabajo. No podía dejar de pensar en María. —El primer amor nunca se olvida, agita el corazón —repetía. Vivió varios días en una nube, hasta que no aguantó y le escribió. —Hola, María. —Que tengas salud —respondió, no había cambiado en eso—. ¿Qué te interesa o qué te preocupa? —Soy Prochor, tu antiguo compañero, ¿recuerdas que nos sentábamos juntos? Te vi en internet y decidí escribirte. —Sí, te recuerdo, eras el que mejor estudiaba de los chicos. —Aquí tienes tu teléfono, ¿puedo llamarte? —preguntó tímido. —Por supuesto, atiendo sin problema. Al salir del trabajo la llamó. Hablaron y se pusieron al día. —Vivo y trabajo en Madrid, —explicó. —Cuéntame de ti, María, tu familia, ¿es grande? ¿Tu marido es bueno? ¿Dónde vives? —Vivo en mi vieja casa, la que conoces, regresé tras la muerte de mi marido, un accidente con un oso en el bosque… El abuelo falleció también hace años. —Lo siento, María… No lo sabía. —No pasa nada, fue hace tiempo. Ya lo acepto. Tú no tienes culpa. ¿Me llamas como sanadora o sólo por hablar? Doy consejos… —Sólo por hablar. No necesito plantas, te vi y me invadieron los recuerdos. Echo de menos el pueblo: mi madre murió ya. Charlaron de todo, recordaron a compañeros y se despidieron. Volvieron la rutina, hasta que a la semana, Prochor sintió nostalgia y llamó de nuevo. —Hola, María. —Que tengas salud, Prochor, ¿me echas de menos o estás enfermo? —Te echo de menos, no te enfades… ¿Puedo ir a verte? —preguntó esperanzado. —Ven cuando quieras —respondió inesperadamente—, ven cuando puedas. —Tengo vacaciones la próxima semana —se alegró. —Perfecto, ven, la dirección la tienes —él sentía que sonreía. Pasó la semana preparando regalos para María. Dudaba qué elegir, si ella sería igual. Pasado ese tiempo, salió desde Madrid rumbo a su pueblo natal. Seis horas al volante, pero él adoraba los viajes largos. El pueblo apareció de repente al salir de la autovía. Prochor se sorprendió: había cambiado mucho, casas nuevas, la fábrica continuaba. Por la calle principal, supermercados y cafeterías. Se bajó frente a una tienda. —Vaya, pensaba que nuestro pueblo estaría abandonado, como tantos otros, pero ha crecido. —dijo en voz alta mirando alrededor. —Ya no es pueblo, es ciudad de comarca —respondió orgulloso un anciano que pasaba—. Hace tiempo que nos dieron ese título. ¿Hace mucho que no vienes? —Mucho tiempo, sí —contestó Prochor. —Tenemos un buen alcalde, se preocupa mucho, por eso florece la ciudad. María le esperaba en el patio; él llamó al llegar. Ella vio su coche doblar la esquina y el corazón le latía con fuerza. Nadie supo nunca que María amaba en secreto a Prochor desde el colegio. Si él no hubiera llamado, quizás esa ilusión se habría extinguido. La reunión fue feliz. Charlaron largamente en el cenador. La casa-palacio estaba más vieja, pero seguía acogedora. —María, vengo por algo importante —ella se puso seria, algo asustada. —Te escucho, ¿qué sucede? —preguntó nerviosa. —Te he amado toda mi vida, ¿de verdad no vas a responderme? —Prochor se confesó. María se levantó y lo abrazó. —Prochor, yo también te he amado desde niña. Prochor pasó sus vacaciones con María y al marcharse le prometió: —Arreglaré todo en el trabajo, pediré teletrabajo y volveré aquí. No me iré. Aquí nací y aquí quiero quedarme —le dijo riendo.

Life Lessons

Olvidar por completo no fue posible

Cada día, Próspero volvía del trabajo a casa utilizando el metro y después el autobús. El trayecto le llevaba más de una hora tanto de ida como de vuelta. El coche solía quedarse parado más que avanzar, ya que en Madrid las congestiones matutinas y vespertinas no le permitían moverse; el metro era mucho más rápido.

Hace ya casi dos años que su vida familiar cambió radicalmente: se separó de su esposa. La hija se quedó con ella, tenía entonces diecisiete años. La ruptura fue tranquila, sin escándalos, porque Próspero era así, evitaba las confrontaciones. Hacía mucho que había notado cómo su mujer se había transformado, y no precisamente para bien. Se ponía nerviosa sin motivo, salía sin explicación y a veces regresaba tarde, excusándose con una amiga.

Una vez Próspero le preguntó:
¿Dónde estás a estas horas? Las esposas normales ya están en casa.

No es de tu incumbencia. Esas mujeres normales son gallinas. Yo soy distinta: inteligente y sociable, y en casa me siento encorsetada. Para tu información, nunca he sido una pueblerina como tú. Naciste en el campo y ahí te quedaste.

¿Entonces por qué te casaste con un campesino?

De dos males elegí el menor replicó ella, y no quiso seguir hablando.

Al poco tiempo pidió el divorcio y Próspero tuvo que abandonar el piso, recurriendo a alquilar una habitación. Se había acostumbrado y no tenía planes de volver a casarse; aunque seguía buscando.

Un día, mientras viajaba en metro, perdió el tiempo como todo el mundo, con la cabeza pegada al móvil, hojeando noticias y vídeos cortos, leyendo algún chiste. Avanzó páginas, pero de repente algo le sacudió, volvió atrás y se quedó mirando la pantalla y leyendo el anuncio:

Milagros, curandera popular, tratamientos con hierbas.

La mujer que le miraba desde el teléfono era su primer amor. Un amor no correspondido, incluso imposible. El primer amor nunca se olvida. Recordaba perfectamente a aquella chica de clase. Era algo extraña, pero muy bonita.

Estuvo a punto de perder la parada, se bajó del vagón, salió del metro y decidió ir andando a casa, sin esperar al autobús. Todo lo hacía de manera automática, entró en el piso, dejó la chaqueta y se sentó directamente en el taburete del pasillo, a oscuras, pegado a la pantalla. Después se levantó y apuntó el número de teléfono del anuncio, justo cuando el móvil le avisó de la batería baja.

Lo puso a cargar, intentó cenar algo pero no tenía apetito. Removió la comida en el plato y acabó tumbado en el sofá, invadido por los recuerdos.

Desde primero de primaria, Milagros destacaba. Era reservada, dulce, con una trenza larga y gruesa; el uniforme le llegaba por debajo de la rodilla, diferente a las demás. El pueblo era pequeño, casi todos se conocían, pero nadie sabía nada de ella. Vivía con sus abuelos fuera del pueblo, junto al monte, en una casa preciosa, adornada con maderas talladas.

Desde que Próspero la vio, quedó prendado; un amor de niños, pero él lo consideraba serio. Todo en ella era especial. Siempre llevaba un pañuelo en la cabeza al salir, y una mochila única, bordada a mano como supo después.

En lugar del típico hola, ella saludaba con un formal que tenga buena salud. Parecía sacada de una leyenda antigua. Nunca corría ni gritaba en los recreos; era educada y tranquila.

Un día, Milagros no fue a clase y los niños, preocupados, fueron a visitarla, incluidos Próspero. Al salir del pueblo, la carretera giraba y tras la vuelta apareció la casa, como sacada de un cuento.

Anda, que allí hay mucha gente comentó Violeta, la más rápida.

Se acercaron y vieron un funeral. Había fallecido la abuela de Milagros. Ella, con el pañuelo cubriéndole la cabeza, secaba sus lágrimas mientras el abuelo miraba fijo al suelo. La comitiva fue al cementerio y los niños también. Después les invitaron a la casa para el responso.

A Próspero se le quedó grabado, era la primera vez en un entierro. Milagros volvió al colegio al día siguiente. Pasó el tiempo, y las niñas se hicieron mujeres, comenzaron a maquillarse y competir por la ropa más bonita. Milagros siempre recta, sin maquillaje y con mejillas encendidas de manera natural.

Los chicos empezaron a cortejarles y Próspero decidió intentarlo con Milagros. Al principio ella no respondía hasta que, al terminar noveno, él se armó de valor:
¿Puedo acompañarte al salir de la escuela?

Milagros le miró seria y contestó, casi en susurros:
Estoy prometida, Próspero. Es costumbre aquí.

Se entristeció, y no comprendía qué tradición era esa ni quiénes eran “ellos”. Más tarde supo que los abuelos de Milagros eran cristianos viejos. Los padres de ella habían muerto hacía años, y por eso se crió con los abuelos.

Milagros era brillante, nadie se extrañaba. Nunca llevaba joyas, como las demás. Las chicas cuchicheaban a sus espaldas, pero ella no prestaba atención, se mantenía digna.

Con los años se hizo aún más guapa; en el último curso era ya un bellezón, con los chicos suspirando por ella en secreto, sin atreverse jamás a burlarse.

Tras el instituto, cada cual se fue por su lado. Próspero se marchó a Madrid a estudiar en la universidad. De Milagros solo supo que se casó. Volvía poco al pueblo, apenas en verano, cuando trabajaba fuera.

Milagros se casó con el chico al que estaba prometida y se mudó a otra comarca. Vivía en un pueblo lejano, como todos, ordeñaba vacas, recogía heno y llevaba la casa. Tuvo un hijo. Nadie del colegio la volvió a ver.

Así que Milagros se dedica a las hierbas pensaba Próspero en el sofá. Es curioso, se ha puesto aún más guapa.

Esa noche apenas durmió, y la imagen de Milagros le acompañaba todo el día siguiente.

Es cierto, el primer amor nunca se olvida, siempre conmueve pensaba.

Durante días vivió como en una nube, hasta que finalmente le escribió.

Hola, Milagros.

Que tengas buena salud respondió ella, sin perder la costumbre. ¿En qué puedo ayudarte?

Milagros, soy Próspero, tu compañero del colegio, ¿recuerdas que compartimos pupitre? Te vi por internet y quise saludarte.

Sí, te recuerdo bien, Próspero, eras el que mejor estudiaba de los chicos.

He visto tu número aquí, ¿puedo llamarte? preguntó en voz baja.

Por supuesto, responde.

Esa tarde, al salir del trabajo, la llamó. Charlaron un rato sobre dónde vivían ahora.

Yo en Madrid dijo él. Cuéntame de ti, Milagros, tu familia, ¿es grande? ¿Tu marido es bueno? ¿Dónde vives?

Vivo en mi casa, la misma desde que iba a la escuela, la conoces. Volví después de que mi esposo muriese. Un oso en el monte Mi abuelo también falleció hace tiempo.

Lo siento, Milagros, no lo sabía

No te preocupes, fue hace años, ya lo asumo con tranquilidad. Es la vida, y nosotros nada sabemos del destino del otro.

¿Me llamas como curandera, o solo por hablar? A veces ayudo con remedios…

Solo por hablar. No necesito hierbas, simplemente te vi y recordé muchas cosas. Echo de menos el pueblo, no he vuelto en años; mi madre también falleció hace tiempo.

Hablaron de antiguos compañeros y de recuerdos, y se despidieron. Volvió la rutina: casa y trabajo. Pero a la semana, Próspero volvió a llamarla, impulsado por la nostalgia.

Hola, Milagros.

Que tengas buena salud, Próspero. ¿Echas de menos o te encuentras mal?

Te echo de menos, Milagros. No te molestes, pero ¿puedo ir a verte? preguntó con esperanza, acelerado el corazón.

Ven cuando quieras dijo ella de forma inesperada. Si tienes tiempo, ven.

La semana próxima tengo vacaciones se alegró él.

Perfecto, sabes la dirección sintió que ella sonreía.

Esa semana preparó regalos para Milagros, dudaba qué elegir, no sabía cómo la encontraría ahora. Y llegó el día: viajó desde Madrid a su pueblo natal. Era un trayecto largo, seis horas al volante, pero disfrutaba las carreteras y los viajes largos.

Al entrar al pueblo, notó muchos cambios. Había nuevas casas, la fábrica seguía abierta, cafeterías, supermercados, todo muy distinto. Paró cerca de una tienda.

Vaya, pensaba que el pueblo estaría abandonado. Y parece que está muy vivo se dijo.

Esto ya no es un pueblo, sino una ciudad comentó con orgullo un señor mayor que pasaba cerca y se paró. Hace tiempo nos dieron el título de ciudad. ¿Hace mucho que no venías?

Mucho tiempo, padre.

Tenemos aquí un gran alcalde, muy trabajador; gracias a él todo ha mejorado.

Milagros esperaba fuera, avisada por teléfono al llegar al pueblo. Pronto vio el coche girar la esquina. El corazón le latía con fuerza; nadie supo jamás que Milagros, desde el colegio, sentía amor por Próspero en silencio. Si no hubiese aparecido, se habría ido con ese secreto para siempre.

El reencuentro fue alegre, se sentaron largo rato en el jardín. La casa tenía ya el aspecto de los años, pero seguía cálida y encantadora.

Milagros, he venido porque tengo algo importante que decirte ella le miró con seriedad y cierta inquietud.

Te escucho, cuéntame dijo tensa.

Te he amado siempre, ¿vas a negar aún mi amor? dijo Próspero decidido.

Milagros se levantó de golpe, fue hacia él y le abrazó por el cuello.

Próspero, yo también te he amado desde niña.

Próspero pasó las vacaciones con Milagros, y al marcharse le prometió:

Arreglaré lo del trabajo, pediré el teletrabajo y regresaré. No pienso irme nunca más. Aquí nací y aquí quiero estar.

La vida siempre nos sorprende; lo que no pudimos olvidar suele ser lo verdaderamente significativo. Aprendió que nunca es tarde para volver a aquello que una vez nos hizo sentir vivos, y que a veces, el destino espera pacientemente nuestra decisión para abrirnos las puertas nuevamente.

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