La suegra se llevó los manjares del frigorífico a su bolso como si acabaran de vencer a Carrefour en la batalla final
¿Pero estás segura de que necesitamos tanta charcutería, Lucía? Que esto es lomo ibérico, cuesta lo mismo que el AVE a Barcelona decía Esteban, jugueteando con el envase al vacío y mirando el precio como si leyera la factura de la hipoteca.
Lucía, imperturbable, seguía vaciando las bolsas de la compra encima de la encimera. Los pimientos brillantes como modelos de El Corte Inglés, el tarro de caviar con tapa dorada, el queso manchego pesado como una piedra, varias botellas de vino. La cocina olía a pan recién horneado y ahumados dignos de la aristocracia.
Que es tu cumpleaños, Esteban Lucía guardó la leche en la nevera sin levantar la vista. Treinta y cinco años, y vienen tus amigos, tu madre… ¿Quieres que solo tengamos patatas cocidas y ensaladilla rusa cutre? ¡He cobrado el bonus, déjame montar una mesa decente una vez al año para que no me ponga colorada!
Si yo no me avergüenzo con las patatas replicó Esteban, pero en vez de devolver el lomo, lo colocó discretamente en la balda más recóndita, como si fuera oro en el Banco de España. Solo que mi madre luego va a empezar: «Mejor ahorrar, mejor quitar préstamos, que esto es tirar el dinero».
Tu madre se va a quejar igual suspiró Lucía mientras sacaba la ensaladera . Si compramos caro, derrochamos. Si barato, somos unos muertos de hambre que alimentan al hijo con piensos. Hace tiempo que dejé de tomar como guía la opinión de Matilde Fernández. Que te guste a ti y a los invitados, eso es lo importante. Y escúchame, busqué ese jamón por todo Madrid, es justo el que probaste en Salamanca hace cinco años. ¿Te acuerdas?
Esteban sonrió con nostalgia y hasta se le relajaron las cejas.
Me acuerdo. Qué bueno estaba, el condenado. Vale, tienes razón. Si hay que tirar la casa por la ventana, que sea bien. Pero vamos a quitar los precios, que a la pobre mamá no le dé algo.
Los preparativos avanzaban como un encierro de San Fermín: Lucía sudando en la cocina y Matilde prometiendo llegar antes para ayudar a la niña. Esa frase le producía a Lucía urticaria: la ayuda de Matilde normalmente consistía en sentarse entre el fregadero y la placa, estorbando, dando instrucciones de chef de Masterchef y criticando desde la forma de pelar la cebolla hasta el color de los visillos.
El timbre sonó a las dos en punto. Esteban corrió a abrir y Lucía, después de respirar hondo como para meterse en el metro en plena hora punta, se puso su mejor sonrisa fingida.
¡Ahí está el cumpleañero! resonó la voz potente de Matilde por el pasillo. ¡Dame que te achuche, hijo! ¡Estás esquelético, solo pellejo! Claro, a base de croquetas congeladas no engorda nadie.
Mamá, si Lucía cocina de maravilla intentó defenderse Esteban mientras le quitaba el abrigo ancho como una cortina de la posguerra.
Ay, hijo, no discutas con tu madre. Que se te hunden los ojos. Hola, Lucía.
Matilde entró en la cocina como el Juan Sebastián Elcano llegando a puerto. Siempre con su gran bolso de batalla.
Hola, Matilde, qué alegría verla. Pase, que justo acabo de poner el té.
El té después cortó Matilde, dejando el bolso en el taburete. Aquí os traigo unas cositas de Villanueva para que no digáis que no os ayudo. Que sé yo cómo vivís, jóvenes modernos, la nevera siempre parece el desierto de Almería.
Sacó sus tesoros: un tarro de pepinillos en conserva casero, manzanas del huerto tan arrugadas que parecían haber ido de Erasmus, y una bolsa de caramelos Solano superados por la vida y tres Navidades.
Pepinillos naturales, sin química anunció con orgullo . Las manzanas para compota, basta con cortar lo malo no se tira nada.
Gracias contestó Lucía, mirando el frasco como quien contempla un pantano . Los probaremos seguro.
Matilde ya inspeccionaba la nevera con el descaro del inspector de Hacienda. Decía que era para ver si cabe, pero Lucía sabía que era auditoría.
Bueno, bueno ¿caviar? ¿Rojo? ¿Dos tarros? ¡Esteban, que habéis encontrado petróleo? ¿O Lucía asaltó el Santander?
Me dieron el bonus, mamá farfulló Esteban, robando un trozo de queso.
El bonus Matilde torció la boca . Claro, en vez de ayudar a la madre con la valla rota en el pueblo, aquí tomáis caviar a cucharadas. Bueno, es vuestro asunto. Yo soy de pueblo, con poco me basta.
Cerró la nevera y se aposentó en su sillón favorito, tapando acceso a la pila.
Venga, Lucía, enséñame lo que hiciste. Que me siento aquí, que las piernas me pitan. No sabes el esfuerzo que hice viniendo, la presión por las nubes, pero cómo iba a faltar al cumple de mi niño. ¡Eso sí es heroísmo!
Las siguientes tres horas fueron la habitual comedia dramática. Lucía saltaba entre fuegos y fregadera, y Matilde narrando:
Le echas demasiada mayonesa, eso es veneno.
¿Pero qué pan es este? El de la panadería del barrio vale bien.
La carne hay que golpearla más, te va a salir como la suela de un zapato.
Lucía activaba el modo ruido blanco, ignorando la letanía. Lo importante era aguantar hasta la cena.
A las seis fueron llegando los amigos de Esteban, bulliciosos y perfumados. La mesa rebosaba: asado de cerdo, rollitos de berenjena con nueces, tartaletas de caviar, charcutería, quesos de tres denominaciones y una variedad de ensaladas.
El primer brindis fue por el cumpleañero, y Matilde tomó micrófono imaginario en mano:
Esteban, hijo, ay, cómo sufrí aquel parto. Dos días los invitados escucharon el relato por vigésima vez. Lucía aprovechó para servirse ensalada.
Y ahora, mira, casado bueno, como salió. Lo importante es que seas feliz. La comida, bueno… Lucía se lo ha currado, ha gastado de más, yo pondría la mesa humilde y saldría más sentido. Pero ahora todo es presumir.
Agarra un trozo de anguila ahumada, comprado por Lucía tras cruzar medio Madrid y la devora con teatro.
Pues salada y grasa. En mi época, la sardina era mejor.
Pero Matilde no perdonaba ni una delicatessen, comía los canapés como si fueran pipas y mascullaba:
¿Caviar pequeño? Eso será falso, muestra el bote, Lucía, que lo mire, no sea que nos intoxiquemos.
Lucía sonreía y servía vino. Notaba cómo Esteban se ponía rojo, pero se callaba como un niño educado. Ni delante ni a solas solía enfrentarse a su madre.
La noche transcurrió animada entre risas, recuerdos universitarios, elogios a la comida y Matilde aportando su dosis de drama vital y la difícil vida de los pensionistas españoles.
Hacia las diez, los invitados se fueron despidiendo, todos con trabajo al día siguiente.
Lucía, eres la reina de la cocina le dijo Sergio, el mejor amigo de Esteban, en el pasillo . La anguila brutal, gracias.
Me alegro de que te haya gustado sonrió Lucía.
Con el último adiós, reinó la calma. Se oía solo el tintineo de la vajilla que Matilde empezaba a apilar.
Venga, ayudo a recoger, que si no os dan las doce decretó ella. Esteban, tira la basura, que los cubos están llenos. Lucía, ve guardando lo caliente en tuppers.
Lucía sintió el peso del cansancio aplastándola. La cabeza le zumbaba.
Matilde, déjelo, yo lo recojo. ¿Quiere que le pida un taxi?
¿Un taxi? ¿Es que os sobra el dinero? Con el bus voy, que aún pasan. Y calla, no me contradigas, que ayudo yo. Tú estás al límite, te ves súper blanca. Ve a lavarte y toma algo, que yo recojo rápido.
Lucía se rindió. Migraña inminente.
Bien, solo cinco minutos. Esteban vuelve del cubo y la acompaña a la parada.
Entró en el dormitorio, buscó un paracetamol y se lavó la cara. El ronquido interior se calmó. Hay que volver, que si la dejo sola acabará frotando las copas con mi serum facial o cambiando de sitio las ollas.
Lucía salió de puntillas y se acercó a la puerta de la cocina en silencio.
Matilde estaba de espaldas, con la nevera abierta y el bolso XXL sobre el taburete, obrando a la velocidad del rayo y con la destreza de David Copperfield.
Sin pestañear, llevó el plato de embutido (con buenos trozos de lomo, asado, salchichón) al saco de plástico. Ató la bolsa y la hundió en el bolso abisal.
Lucía parpadeó. ¿Sería posible?
Matilde alargó la mano, sacando el tupper donde Lucía había guardado la trucha para desayunar. Bozal de 300 gramos. Pa la bolsa.
Después, medio Pastel Ruso casero, horneado la noche anterior, fue triturado y envuelto en plata como si fuera una joya de Almodóvar. También el trozo de manchego, que eso se seca y lo tiran.
Un bote de olivas le siguió y, para rematar, casi una botella entera de coñac caro, obsequio de los colegas de Esteban, virgen y reluciente.
Lucía quedó pegada al marco de la puerta, sin saber si gritar, escandalizarse, acusar o hacer el pino. No le salía llamar a la madre de su marido ladrona, aunque es justo lo que estaba presenciando.
En esas, llegó Esteban, azotando la puerta.
Brr, qué frío entró canturreando . Mamá, ¿lista? No me quito el abrigo, vamos ya.
Matilde se sobresaltó, cerró el bolso y se giró. Al ver a Lucía, palideció un instante y se recompuso en un segundo.
Ay, Lucía, ya has salido. Yo recogiendo, ayudando aquí. Esteban, llegas justo. Me voy ya.
El bolso pesaba como un saco de cemento. Matilde gruñó al levantarlo.
Mamá, ¿quieres ayuda? ¿Qué llevas, ladrillos? asomó Esteban.
¡No! ¡Yo sola! Son botes vacíos. Cogí los míos, los pepinillos ya en vuestra cazuela, y mis cosas. ¡No toques!
Esteban la miró con desconcierto.
Mamá, si trajiste solo un bote. Y sigue lleno.
¡Otros botes! Anda, déjame, me quiero ir. He trabajado como una mula hoy.
Lucía dio un paso. De pronto, se sentía gélida.
Matilde, por favor dijo tranquila, pero con firmeza . Deje el bolso en la mesa.
¿Qué? Matilde abrió los ojos como si Lucía fuera la CIA . ¿Qué te has creído? ¿Me vas a registrar? Esteban, ¿oyes a tu mujer? ¡Insinúa que soy ladrona!
¿Lucía, qué pasa? Esteban miraba sin saber a quién responder.
Esteban le cortó Lucía, sin apartar la mirada de Matilde . Ese bolso lleva nuestro desayuno. Y comida. Y cena de dos días. El pescado por el que pagué cien euros, tu lomo favorito, tu coñac, el pastel.
¡Estás delirando! chilló Matilde, retrocediendo . ¿Cómo puedes? ¡Soy profesora jubilada! ¡Honrada! ¡Ni las migas os quité! ¡Que os apañéis con vuestra opulencia!
Intentó escabullirse, pero el bolso chocó y las asas cedieron. Todo cayó, desbordando manjares por el suelo.
La escena rozaba el surrealismo: embutidos rodando por el parquet, el paquete de trucha aplastado sobre la pantufla de Esteban, el pastel machacado, la botella de coñac dando saltos y el manchego decorando el desbarajuste.
El silencio era absoluto. Solo el zumbido de la nevera y la respiración agitada de Matilde se oían.
Esteban fijó la vista en los restos del festín y luego en su madre, encendida como un semáforo.
¿Esto qué es, mamá? consiguió decir.
Matilde se irguió, en modo defensa total.
¿Y qué? bramó, clavando los ojos en su hijo . ¡Sí, lo cogí! ¡A vosotros os sobra! ¡Lo vais a tirar! ¡Estáis malcriados! ¡El frigorífico rebosa y yo sobrevivo con una pensión de 900 euros! ¡Ese lomo sólo lo veo en la tele! ¿No tengo derecho a comer bien una vez en la vida? ¡Te crié, te cuidé, y ahora me regateáis un trozo de salchichón?
Lucía no dijo nada. Esperaba la reacción de Esteban. Normalmente se arrugaba en estos conflictos. Pero esta vez, levantó la trucha del suelo y la puso en la mesa. También la botella de coñac.
Mamá habló casi susurrando . No es el lomo. Si hubieras pedido, te lo habríamos preparado nosotros. Siempre te mandamos comida. Siempre.
¡Qué voy a tener que pedir! ¡Mendigar! ¡Una madre digna pide por favor? Vosotros tenéis que ofrecerlo. ¡Egoístas!
No pediste. Lo robaste negó Esteban . Esperaste a que Lucía saliera, y lo metiste en el bolso. Como una rata.
¿Cómo me llamas? se agarró el corazón, Matilde . ¡Ah, el corazón! ¡Valeriana! ¡Me vais a matar!
Basta de teatro, Matilde contestó Lucía seca . La valeriana está en su abrigo, lado izquierdo, lo vi cuando se lo quité.
Matilde se congeló.
Esteban Lucía le miró calmada . Recoge lo del suelo y mételo en una bolsa.
¿Para qué?
Dáselo. Que se lleve todo. El pescado ya ha tocado el suelo, yo no lo como. El pastel está destrozado. La charcutería igual. Que lo lleve. Por mi parte, ese es el regalo de tu cumpleaños. Y el peaje para no verla aquí en un mes.
Matilde boqueaba, sin aire.
Esteban reunió los restos en una bolsa, incluso el pastel. Dejó el coñac en la mesa.
Esto lo reservo dijo . Me hace falta ahora.
Ofreció la bolsa a su madre.
Toma, mamá. Y vete. Te he llamado un taxi, ya llega.
¿Me echáis? ¿A vuestra madre? ¿Por comida?
Por la mentira, por no respetar mi casa, ni a mi mujer.
Matilde agarró la bolsa con furia, ojos con lágrimas amargas.
¡No vuelvo a poner un pie aquí! ¡Vivid como burgueses, que la charcutería se os atraviese!
Y estampó la puerta con estrépito.
Lucía cayó rendida a una silla, tapando su cara con las manos. Temblaba.
Esteban sacó dos copas. Sirvió coñac. Una delante de Lucía, otra para él.
Tómate esto sugirió . Lo necesitas.
Al levantar la cabeza, Lucía encontró a su marido diez años más viejo de golpe. Se sentó frente a ella y le sostuvo la mano.
Perdóname, Lucía.
¿Por qué? No sabías nada.
Por no haberlo visto antes. Por permitirle ese comportamiento. Siempre pensé que es mi madre, es rara pero buena. Pero ahora qué vergüenza. Me siento como si yo fuese el que se robó el salchichón.
Lucía bebió. El coñac quemaba, pero tranquilizaba.
Es irónico suspiró . Había preparado una barra de chorizo y un queso para dárselos. Están en el cajón de abajo de la nevera. No los encontró.
Esteban soltó una carcajada nerviosa.
¿De verdad?
De verdad. Sabía que empezaría el monólogo de la miseria, quería ser generosa.
Imposible darle con humanidad, parece Esteban apuró su copa . Mañana cambio la cerradura. Le dimos copia por si acaso. No quiero descubrir que nos faltan los muebles porque Paqui del tercero tiene uno más grande.
Lucía le miró con admiración inédita. Por primera vez, en siete años de matrimonio, hablaba de su madre sin excusas. Aquello fue la gota que colmó el vaso, incluso para un estoico como Esteban.
¿Y qué cenamos mañana? preguntó Lucía . Nos ha vaciado la nevera.
Esteban revisó y abrió de par en par la nevera.
Queda caviar. El otro bote, el que no vio. Y huevos. Y leche. Haremos tortilla de caviar. Como duques.
Lucía soltó una carcajada. La tensión desaparecía.
Y las manzanas arrugadas. Podemos hacer compota.
Ni hablar arrugó la nariz Esteban . Mañana las tiro. Y el pepinillo en salmuera igual. Ya tuve bastante solidaridad agraria.
Pasaron la noche charlando, diciendo lo que nunca antes, hablando de límites, del amor a los padres y los zapatos mojados en casa. De que la pareja son ellos dos.
Por la mañana, Lucía despertó con olor a café.
Buenos días le besó Esteban . ¿Te queda algo del bonus?
Algo contestó ella . ¿Por?
Vámonos el finde. A una casa rural, o escape a Sevilla, pero lejos. Sin móvil.
¿Y tu madre? Llamará a toda la familia contando que la hemos humillado.
Que lo haga. Su problema. Nosotros a lo nuestro. La tortilla de caviar está lista, desayuna.
Lucía miró aquel plato: tortilla amarilla coronada por caviar rojo, y pensó que era el desayuno más sabroso de su vida. No por lo caro, sino porque no tenía sabor a culpa ni reproche ajeno.
Matilde llamó a los dos días. Esteban miró, resopló y giró el móvil boca abajo.
¿No contestas? preguntó Lucía.
No. Que se tranquilice con el chorizo. Si acaso hablamos en un mes. Ahora tengo cosas más importantes. Voy al cine con mi mujer.
Lucía sonrió y se vistió. La nevera era un pequeño erial, pero el alma estaba ligera y en paz. Y esa tranquilidad vale más que todos los manjares del mundo.
Si te ha resonado esta historia, dale a Me gusta y suscríbete. Y tú, ¿crees que Esteban hizo bien con su madre, o debió ser más blando?







