No solo una niñera
Marina se sienta en una mesa de la biblioteca central de la Universidad Complutense, rodeada de apuntes y manuales universitarios. Sus dedos pasan rápidamente las páginas de un resumen, mientras sus ojos repasan las líneas con concentración: intenta absorber la mayor cantidad posible de información antes del examen de mañana. Su profesor es conocido por ser exigente: si alguien suspende la prueba, la recuperación es casi inevitable. Marina no puede permitirse ese lujo: el semestre ya está siendo agotador.
De repente, su compañera Teresa se acerca y, sentándose en el borde de la mesa, se inclina hacia ella con voz suave:
Marina, ¿todavía andas buscando un trabajo de tardes, verdad?
Marina levanta la vista solo un momento y asiente sin decir palabra, volviendo inmediatamente al estudio. El tiempo apremia y aún le queda mucho por revisar.
Ajá balbucea finalmente, tratando de no perder el hilo. Pero es el tema de los horarios, ya sabes. Tenemos clases hasta las dos y no es opción faltar.
Teresa le sonríe, comprensiva. Ambas saben que Marina se toma la carrera muy en serio. Después de una breve pausa, continúa con entusiasmo:
Justo tengo algo perfecto para ti. Mi vecino, Gabriel, es padre soltero Baja la voz y arruga la nariz, como apartando detalles innecesarios. Creo que su mujer falleció, pero no estoy segura. Él está desbordado de trabajo y busca niñera urgente para las tardes, de cuatro a ocho más o menos.
Esta vez, Marina aparta los apuntes del todo y la mira interesada.
Te encantan los niños, estudias Magisterio en la Autónoma, y encima tienes experiencia, ¡que tienes tres hermanos pequeños!
Marina se queda pensativa. Siempre ha sentido una ternura especial por los niños y en casa ayudaba a su madre a cuidar a sus hermanos pequeños, y aunque era cansado, también la hacía feliz.
¿Y cuántos tienen? pregunta, dejando entrever su preocupación genuina.
Juega distraídamente con un bolígrafo mientras sopesa la propuesta. Ser niñera le tienta y le asusta por igual. Cuidar a un niño que ha vivido una desgracia no debe ser nada fácil
Son gemelas, Lucía y Carmen, tienen seis años. Gabriel además tiene un hijo mayor, Mateo, pero ese ya va a su aire y no necesita niñera: tiene trece y está siempre entrenando fútbol, así que ni puede ayudar mucho en casa.
¿Y estarían dispuestos a cogerme? pregunta nerviosa, tamborileando el bolígrafo. Aún no tengo el título, solo estoy en cuarto…
Sí, había cuidado de sus hermanos, había hecho prácticas en una guardería, adora a los niños… pero una cosa son tus hermanos y otra muy diferente es la responsabilidad del hogar ajeno.
Teresa le resta importancia con un gesto de la mano:
Seguro. Justo ayer Gabriel me pidió recomendaciones. ¿Quieres que le pase tu número?
Su confianza es tan sincera que Marina se queda callada, mira el reloj queda media hora para la siguiente clase y piensa que tal vez es justo lo que necesita: está cerca de la facultad, el horario es compatible… y seguro que las niñas son un encanto.
El corazón le late más deprisa, entre ganas y nervios. Toma aire, se arma de valor y contesta:
¡Vale!
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Marina está muerta de nervios. Hoy es su primer día de trabajo y, aunque ha cuidado de sus hermanos, esto es distinto: ahora es una responsabilidad de verdad y con niñas a las que ni siquiera conoce. Revisa varias veces el bolso el móvil, llaves, un cuaderno de apuntes, un tupper con merienda para las niñas. Todo listo.
La víspera, conoció a Gabriel y a sus hijos sin demasiadas complicaciones. Él es un hombre tranquilo y educado, que le explicó todo: rutinas, horarios, actividades. Las gemelas, Lucía y Carmen, al principio se escondían tras su padre, pero a los diez minutos ya no paraban de hablar y le enseñaban sus dibujos. Parecía que les caía bien, y a ella se le caía la baba viendo lo espontáneas y graciosas que son.
Pero lo que más le impactó fue Gabriel. Teresa se había olvidado de mencionar lo atractivo que era: alto, de ojos bondadosos y sonrisa cálida. Sencillo, natural… Marina se enfada un poco con Teresa por olvidar ese detalle; se tiene que esforzar por no sonrojarse cada vez que él la mira.
Concéntrate, Marina, esto es solo un trabajo se repite mentalmente. Solo trabajo.
Ya ha llegado la hora. Reconoce el edificio del colegio, pequeño, acogedor, con los columpios del patio multicolor. Gabriel avisó a las profesoras que hoy iría a recogerlas la niñera y le dejó una autorización. Marina respira hondo, se arregla el pelo y entra.
El recreo bulle de gritos y carreras. Localiza rápidamente a Lucía y Carmen junto a los columpios. Cuando la ven, se quedan quietas y luego sonríen con timidez.
Marina se acerca despacito, para no asustarlas. Se agacha a su altura, les sonríe y les dice:
¿Nos vamos a casa? Os he traído una merienda rica…
Lucía mira a Carmen antes de responder:
¿Qué vas a preparar? pregunta con una expresión de desconfianza infantil.
Marina finge pensar:
Pues… ¿crêpes con mermelada? ¿O galletas de chocolate?
Carmen se ilumina:
¡Galletas! Con trozos de chocolate.
¡Hecho! responde Marina, tendiéndoles las manos. ¿Vamos?
Dudan un instante y luego colocan sus manitas en las manos de Marina. En ese gesto, siente cómo desaparece la tensión y la invaden las ganas de hacerles felices.
Las niñas se miran, se entienden sin palabras y asienten. Repiten todos los gestos: colocan las manos, inclinan la cabeza, incluso los pasos los dan idénticos. Y en los ojos, una seriedad inusual para su edad.
Marina sonríe admirando esa complicidad, pero recuerda las palabras de Mateo, el hermano mayor. El día antes, se lo llevó aparte y le habló con voz de adulto:
Antes eran muy distintas murmura Mateo, jugueteando con la manga. Todo el día riendo, abrazándose a todo el mundo. Pero desde que mamá no está… bueno, no acaban de entender. A veces piensan que quizá han hecho algo mal.
Al muchacho se le quiebra la voz, pero se recompone:
Lloraban todo el rato y preguntaban: ¿Mamá se fue porque somos malas? Papá y yo intentamos hacerles ver que no, que mamá las quería… Pero se cerraron. Ya casi no sonríen y con extraños, cero. Antes ayudaba mi abuela, pero ahora está mala y papá ha tenido que buscar niñera.
En la voz de Mateo hay un cansancio y una responsabilidad impropias de su edad.
Marina solo pudo asentir, con un nudo en la garganta. Mirando ahora a las gemelas, siente el peso de la tarea encomendada.
Aunque conmigo sí se han abierto sonríe. Ayer jugamos, les enseñé un par de trucos con el pañuelo y se partían de risa.
Mateo la escruta, buscando confianza. Finalmente, serio, añade:
Por eso papá te ha elegido. Ha visto que les caes bien. Solo… no nos falles, ¿vale?
Marina se lo prometió:
No os voy a fallar. Voy a hacer todo para que vuelvan a reírse.
Mateo se relajó y, recobrando el tono propio de su edad, bromea:
Yo también jugaré con ellas cuando no tenga entrenamiento. Sé contar cuentos.
Eso les encantará responde Marina, con ternura.
****************
Han pasado ya dos meses. Marina trabaja con la familia Ortega y el ambiente ha cambiado: donde antes había desconfianza y distancia, ahora las gemelas la reciben con carreras y abrazos, comparten historias y no quieren dejarla marchar nunca.
Esta tarde, como siempre, Marina recoge los juguetes esparcidos por el salón y tararea una canción que han estado practicando. Lucía y Carmen la miran desde el sofá, con expresión melancólica.
¡Quédate! exclama de pronto Lucía, saltando y sujetándola por la cintura. ¿Para qué vas a casa?
Marina se queda sorprendida, luego ríe y se agacha para abrazarla:
Tengo que preparar las clases, guapa. Mañana tengo universidad, hay que repasar teoría y hacer trabajos. Pero mañana vengo, no me vais a echar de menos procura sonar animada.
Carmen se mete también en el abrazo:
¡Ya te echamos de menos! ¡Quédate!
Marina mira a esas dos caritas suplicantes y le enternecen el corazón. Se agacha y dice:
¿Y dónde dormiría? ¡No os puedo quitar la habitación!
Lucía se lo piensa, frunce el ceño y al final grita:
¡La cama de papá es enorme, seguro que puedes dormir allí!
Carmen asiente con vehemencia:
¡Claro! Papá llega tarde del trabajo, no le importa nada.
Marina apenas puede contener la risa. Sabe que para ellas la propuesta es ingenua, el deseo sincero de no verse separadas. Sus caritas le tocan el alma.
Gracias, tesoros, pero de verdad tengo que irme. ¡Mañana vendré antes y tendremos tiempo de jugar, leer cuentos y hasta hornear galletas!
Las niñas se resignan, Lucía suspira:
Vale… ¿De verdad vendrás?
Os lo prometo las abraza, y añade. No miento nunca a mis niñas favoritas.
Finalmente, recogen los juguetes entre las tres y Marina las ayuda a lavarse antes de dormir. Gabriel está al caer; ver a las niñas preparadas le va a alegrar el día.
Al quedarse un instante sola, Marina no puede evitar imaginar esa vida: una noche en la casa Ortega, la luz cálida, una charla sosegada con Gabriel… Ojalá pudiera quedarse, no en la cama del padre, claro, sino a su lado, compartiendo un té, hablando de los pequeños logros del día.
Sacude la cabeza, se repite: Esto es solo trabajo. Recoge sus cosas, se despide otro rato, promete de nuevo volver y sale casi corriendo del piso.
En la calle respira el aire fresco de Madrid, intentando calmarse. Se arregla el pelo, ajusta el bolso, su rostro arde todavía con rubor.
Todo esto no se le escapa a Mateo: en el pasillo la observa divertido. El chaval ha notado el ambiente cada vez que Marina está en casa: cómo a Gabriel se le suaviza la voz con ella, cómo ella se sonroja a veces… y piensa que su padre podría tener por fin una oportunidad de volver a ser feliz.
¿Por qué ninguno da el paso? se pregunta Mateo. Son peor que niños…
Al llegar Gabriel, Mateo decide intervenir. Espera a que su padre cuelgue el abrigo y va directo al grano:
Papá, ¿a qué esperas con Marina? Te gusta, ¿no? ¡Invítala a salir ya!
Gabriel, desconcertado, le dice:
Hijo, Marina es la niñera. Es estupenda con las niñas, y eso es lo importante…
¡Venga ya! responde el hijo. Lo ve hasta el portero. Los dos os miráis como tontos. No cuesta nada, ¡invítala a tomar algo!
Gabriel se recuesta, pensativo, con una mano en la frente. Da la sensación de estar menos seguro que nunca.
No es tan fácil contesta al cabo. El equilibrio en casa es frágil, y si por mi culpa Marina decide irse… No podría soportarlo.
Visualiza mentalmente a las niñas, lo felices que son con Marina. ¿Se arriesgará a estropearlo?
Mateo, sin embargo, está decidido:
Te aseguro que le encantas insiste. Se sonroja y no sabe dónde mirar. Solo tiene miedo por el trabajo. ¡Inténtalo!
Gabriel sonríe, fascinado por la convicción de su hijo.
Tú lo ves todo tan sencillo…
No tienes que declararte a lo loco. Llevaos a las niñas, a mí, a merendar al Retiro o a una cafetería. Como una familia. Así todo será natural… y ya iréis viendo.
Gabriel reflexiona. Tal vez ir despacio sea lo inteligente. Se le ocurren ideas: una tarde en el Retiro, merienda con las niñas… Suspira, asiente y acepta el plan.
Vale, probaremos a tu manera. Si sale mal… advierte.
Entonces, yo no digo nada responde Mateo, divertido.
Padre e hijo comparten una carcajada, justo cuando se cuela en el salón la risa de las gemelas jugando a las escondidas con Marina. ¿Y si verdad hay esperanza?
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Gabriel no deja de recordar el consejo de Mateo los días siguientes. Vuelve a analizar cada gesto de Marina, cada sonrisa cálida, cada rubor en sus mejillas. ¿No lo había notado antes? ¿O no quería admitirlo, por miedo?
Al llegar a casa, el sonido del júbilo de sus hijas le reconforta. Deja la mochila y escucha desde el pasillo:
Marina, ¿a que nuestro papá es el mejor? Lucía le desafía, animada por su hermana y Mateo.
Por supuesto contesta Marina, mientras hace una trenza a Lucía, distraída.
Cariñoso, bueno… añade la niña.
Y guapo, ¿a que sí? insiste Carmen.
Muy guapo dice Marina, aún centrada en la trenza. Pasan unos segundos hasta que toma conciencia de sus palabras y se sonroja violentamente. Intenta disimular:
Vuestro padre es el mejor papá del mundo y os quiere muchísimo.
¡Y nosotras a él! ¿Y tú? pregunta Carmen.
¿Yo…? Marina se aturulla, nerviosa. Uy, ¡qué tarde! Ya va tocando preparar la cena. ¿Quién me ayuda?
Y sale disparada a la cocina, arrastrando tras de sí a las hermanas, que le siguen encantadas.
Gabriel entra ahora, sonríe al ver el espectáculo y propone, cambiando de tema:
¿Y si hoy cenamos fuera? Hace tiempo que no salimos todos juntos…
Explosión de entusiasmo:
¡Al restaurante!
¿Habrá helado?
¿Y podemos ir al parque después?
Marina observa la escena desde un rincón, incapaz de no sonreír; Gabriel se acerca y, en voz baja, le pregunta:
¿Te parece bien? Creo que a las niñas les vendrá bien cambiar de aires.
Perfecto responde ella, aún con el rubor en las mejillas. Una idea genial.
Eso era todo: una simple cita en familia, sin presión, sin confesiones, solo juntos…
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Pasan los meses. El hogar de los Ortega evoluciona casi sin dudarlo. Las primeras meriendas y paseos al parque se convierten en costumbre. Marina y Gabriel cada vez pasan más tiempo juntos, incluso después de que las niñas se duermen: charlan en la cocina, se ríen de las ocurrencias de las gemelas, toman un té.
Ambos tratan de disimular que su relación va mucho más allá de la de empleada y jefe. Ya casi es absurdo fingir.
Mateo, que se percata de todo, ya sabe que su plan funciona: su padre sonríe más que nunca y Marina ha dejado de ser la muchacha tímida y ruborizada de antes.
Una noche, con las niñas dormidas, Marina y Gabriel comparten sofá y té. Luces tenues, silencio.
Quería decirte algo desde hace tiempo… empieza Gabriel, con la mirada fija en la luz de las velas.
Marina se tensa, expectante, con los ojos brillantes.
Ya no sé imaginar esta familia sin ti continúa. Sin tu risa, tu manera de entender a las niñas, sin ti. Te quiero. Y quiero que formes parte de nuestra familia. No solo como niñera, sino como… mi mujer.
Marina cierra los ojos y sonríe. Susurra:
Yo también te quiero. Quiero estar contigo.
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Organizan una boda sencilla, sin ostentaciones. Lo importante son ellos y la gente cercana.
Un soleado sábado, en una finca familiar cerca de Alcalá de Henares, lo celebran rodeados por sus seres queridos. Pero las protagonistas son, sin duda, Lucía y Carmen. Vestidas de rosa, orgullosas, reparten pétalos a los invitados y llevan los anillos.
Papá, ¡estás muy guapo! dice Lucía, antes del beso de la ceremonia.
Y Marina parece un hada añade Carmen, fascinado por el vestido blanco.
Mateo, a la derecha de su padre, sonríe:
Te lo dije, papá. Todo sale bien.
Gabriel le aprieta el hombro, mira a Marina. Ella le devuelve la mirada, dulce y serena:
Ahora somos una familia susurra, entrelazando los dedos.
El banquete pasa entre risas y baile, las niñas no sueltan a los recién casados ni un segundo.
Por la noche, ya a solas en la terraza, Santiago y Marina miran el cielo estrellado, envueltos en el aroma de los naranjos.
Creo que ha sido el mejor día de mi vida dice ella, abrazada a su marido.
Y para mí responde. Lo mejor es que nos quedan muchos días así por delante.
Ambos sonríen, sabiendo que todo lo vivido quedó atrás: dudas, temores e inseguridades. Ahora les espera un futuro común, una familia y el amor que han sabido construir juntos en Madrid.







