No es solo una niñera Alicia estaba sentada en una mesa de la biblioteca de la universidad, rodeada de montones de libros de texto y cuadernos. Sus dedos pasaban rápidamente las páginas de los apuntes y sus ojos recorrían líneas con atención: intentaba absorber toda la información posible antes del próximo examen. El profesor era conocido por ser exigente: si alguien suspendía la prueba, repetirla era casi inevitable. Alicia no podía permitirse eso: el semestre ya estaba siendo suficientemente duro. En ese momento se le acercó Marina, su compañera de clase. Se sentó al borde de la mesa, se inclinó suavemente hacia Alicia y le dijo en voz baja: —Tú necesitas un trabajo extra, ¿verdad? Alicia levantó la vista de los apuntes por un instante, asintió sin abrir la boca y volvió a sumergirse en las páginas. El tiempo apremiaba, y quedaba mucho material por repasar. —Mhm —alcanzó a responder finalmente, intentando no perder el hilo de sus pensamientos—. Pero todo depende del horario, ya sabes que tenemos clase cada día hasta las dos, y faltar no es opción. Marina sonrió comprensiva. Sabía lo seria que era Alicia con los estudios. Tras un breve silencio, añadió, con evidente entusiasmo: —Tengo la oportunidad perfecta para ti. Vivo al lado de un vecino que resulta que es padre soltero. Al parecer, su mujer falleció, aunque no estoy totalmente segura —Marina arrugó ligeramente la nariz, quitándole importancia a los detalles escabrosos—. El caso es que está hasta arriba de trabajo y necesita urgentemente una niñera para el horario de tarde, de cuatro a ocho más o menos. Alicia al fin apartó la mirada de los apuntes y miró a su amiga. Marina prosiguió, percibiendo que había captado su interés: —Te encantan los niños, estudias Magisterio y tienes experiencia de sobra. ¡Si tienes cuatro hermanos pequeños! Alicia se quedó pensando. La idea de cuidar niños siempre le despertaba una calidez especial. Ella misma ayudaba a su madre con los hermanos, nadie la obligaba: era difícil, pero también reconfortante. —¿Cuántos años tienen los niños? —preguntó, con sincera preocupación en la voz. Alicia giró distraída el bolígrafo entre los dedos, reflexionando sobre lo que le decía Marina. La idea de ser niñera le resultaba tentadora y a la vez un poco intimidante. ¿Estaría a la altura? Al fin y al cabo, conectar con un niño que ha pasado por una tragedia no es tarea fácil. —Son gemelas, tienen unos seis años —respondió rápido su amiga—. Bogdan tiene además otro hijo, pero ya es mayor y no necesita que lo vigilen —recordó el rostro cansado del adolescente tratando de vigilar a sus inquietas hermanas—. Esteban tiene trece, es deportista y siempre está en entrenamiento, así que no puede ayudar al padre. —¿Y tú crees que me cogerán? —preguntó Alicia con cierta inseguridad, tamborileando el bolígrafo—. Todavía no tengo el título, solo estoy en cuarto curso… Sí, ayudaba a su madre, sí, había hecho prácticas en una guardería, sí, adoraba a los niños… Pero una cosa son los hermanos, otra, los hijos de otro por los que debes responder ante su padre. Marina agitó la mano con confianza, desechando sus dudas: —¡Claro que sí! Bogdan me preguntó justo ayer si podía recomendarle a alguien. ¿Le paso tu número? En su voz se notaba tanta seguridad que Alicia se quedó paralizada un segundo. Miró sus apuntes, el reloj —faltaba media hora para la próxima clase… De repente se dio cuenta de que quizá era justo lo que necesitaba: el trabajo no estaba lejos de la universidad, tenía horario flexible y las niñas seguro que serían encantadoras. El corazón le latía deprisa, mezcla de nervios y expectación. Inspiró hondo, soltó el aire despacio y contestó con firmeza: —¡Dale mi número! ******************** Alicia estaba atacada de los nervios. Hoy era, por así decir, su primer día de trabajo. Aunque ya había cuidado de sus hermanos pequeños muchas veces, esto era distinto: era un trabajo de verdad, con responsabilidad ante un extraño, y encima unas niñas desconocidas. Revisó varias veces su bolso: móvil, llaves, cuaderno de notas, merienda para las niñas. Todo listo. El día anterior la presentación con Bogdan y sus hijos había sido sorprendentemente fácil. Él resultó ser un hombre tranquilo y cordial, que le explicó todo con claridad. Las niñas —Anita y Olaya— al principio se escondían tras su padre, pero pronto empezaron a hablar con ella sin parar, enseñándole sus dibujos. Parecía que le habían caído bien. Y a Alicia la enternecían sus ocurrencias y gestos. Pero lo que más le impactó fue otra cosa —Bogdan en sí. Marina nunca le mencionó lo atractivo que era el vecino viudo: alto, mirada noble, sonrisa cálida. Sencillo, cercano. Alicia se fastidiaba por esa “pequeña” omisión de su amiga: ahora tenía que controlarse para no sonrojarse cada vez que él le dirigía la palabra. “No pierdas la cabeza”, se repetía. “Esto es trabajo, solo trabajo”. Se acercó al edificio de la guardería, pequeño, acogedor, con un colorido patio de juegos. Bogdan ya había avisado esa mañana a las educadoras de que sería la niñera quien recogiera hoy a sus hijas, y le había dado una autorización por si acaso. Alicia respiró hondo, se arregló el pelo y entró por la cancela. El patio era un bullicio de juegos y risas. Identificó enseguida a Anita y Olaya junto a los columpios, charlando animadas. Cuando la vieron se quedaron quietas, luego sonrieron tímidas. Alicia se agachó para quedar a su altura, les sonrió con dulzura: —Bueno, niñas, ¿nos vamos a casa? Os voy a preparar algo delicioso. Anita miró a su hermana y avanzó con cautela: —¿Y qué vas a hacer? —preguntó entornando los ojos. —Hmm… —Alicia fingió pensar—. ¿Unas tortitas con mermelada? ¿O galletas con trocitos de chocolate? Olaya se animó enseguida: —¡Galletas! ¡Me gustan con chocolate! —Pues decidido —Alicia les tendió ambas manos—. ¿Vamos? Las niñas, algo indecisas al principio, pusieron sus manitas en las suyas. En ese momento Alicia notó cómo el nerviosismo se iba, y una sensación cálida la llenaba por dentro. ¿Y si todo salía bien? Las pequeñas se miraron, solo por un instante, con una seriedad poco común para su edad. Luego, como si fueran una sola, asintieron y empezaron a andar igual, los mismos pasos, la misma postura. Y dentro de esa coreografía idéntica, una madurez extraña para sus cuatro años. A Alicia le enternecían, pero de pronto recordó lo que le contó Esteban, el hermano mayor. El día antes, casi como un adulto, le confesó en voz baja lo que Bogdan quizás no se atrevía a admitir: —Antes eran distintas —dijo Esteban, jugueteando con la camiseta—. Simpáticas, cariñosas, iban con todo el mundo. Pero después… bueno, después de que mamá se fue… —se atascó, pero se rehizo—. No entienden lo que ha pasado. A veces creen que la culpa es suya. Se quedó callado mirando al suelo, después continuó con más firmeza: —Lloraban todo el rato, preguntaban si eran tan malas como para que mamá se fuera. Papá y yo les explicamos que no era culpa suya, que mamá las quería muchísimo… Pero fue como si se cerraran. Apenas sonríen ya. Y a los desconocidos no les dejan acercarse nunca. Antes la abuela ayudaba mucho, pero se ha puesto enferma y papá tuvo que buscar a alguien. En su voz pesaba un cansancio impropio de su edad, pero también resolución: tenía que ser el apoyo de sus hermanas y su padre. Alicia solo asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Ahora, mirando a Anita y Olaya, entendía la gran responsabilidad que les confiaban. —Pero a mí me aceptaron enseguida —sonrió ella—. Jugamos un montón, al principio estaban cortadas pero luego se animaron. Les hice un par de trucos de magia con un pañuelo y no paraban de reír. Esteban la miró evaluador, midiendo si era de fiar. Luego, de forma inusualmente seria, le dijo: —Por eso papá te eligió. Vio que les caías bien. Solo… no nos falles, ¿vale? Había tanta esperanza y miedo en sus ojos que Alicia contuvo la emoción y asintió, convencida: —No os fallaré. Haré todo lo que pueda para que vuelvan a sonreír. Esteban se relajó apenas y, recordando que era un niño, cambió de tono: —Yo también jugaré con ellas cuando no tenga entreno. Sé contar cuentos. —Por supuesto —respondió Alicia cálida—. Les hará mucha ilusión. ***************** Ya hacía dos meses que Alicia trabajaba para la familia Morozov. Muchas cosas habían cambiado: la desconfianza inicial de Anita y Olaya dio paso a un cariño tierno. Ahora la recibían entusiasmadas, le contaban sus cosas, y no querían que se fuera al llegar la hora. Aquella tarde, Alicia estaba recogiendo los juguetes tras una de sus habituales sesiones de juegos, tarareando una canción que las niñas habían aprendido ese día. Anita y Olaya, sentadas en el sofá, la miraban con ojos tristes. —¡Quédate con nosotras! —exclamó de pronto Anita, abrazándola por la cintura con todas sus fuerzas—. ¿Para qué te vas a casa? Alicia se quedó inmóvil un instante y después rió suavemente, agachándose a su altura. Le devolvió el abrazo acariciando su cabello: —Tengo que prepararme las clases —explicó cariñosa—. Mañana tengo clase en la universidad. Pero vendré mañana, ¡ni os dará tiempo a echarme de menos! Pero Olaya no le escuchaba. Corrió hacia ella y se abrazó a ambas: —¡Ya te echamos de menos! ¡Quédate! Alicia les acarició el rostro, sintiendo una oleada de ternura. Se agachó para quedar con ellas a la altura de los ojos. —¿Y dónde dormiré? —preguntó sonriendo—. ¡No puedo quitaros sitio en vuestra habitación! Anita pensó un segundo y, eufórica, exclamó: —¡En la habitación de papá hay una cama grande, estarás muy cómoda! Olaya la imitó enseguida: —¡Sí, sí! ¡Papá suele venir tarde, no le importará! Alicia apenas pudo ocultar su sonrisa. Sabía que solo era el deseo infantil de no separarse de su niñera. Les acarició de nuevo: —Gracias por la invitación —dijo muy dulce—. Pero de verdad tengo que irme. Mañana vendré antes y tendremos tiempo de jugar, leer cuentos ¡y hasta hacer galletas! Ellas asintieron resignadas. Alicia las abrazó otra vez, firme: —Sí, vendré, nunca miento a mis niñas. Aún se quedó abrazándolas, y luego animó a recoger los juguetes y lavarse antes de que regresara el padre. Las niñas, ya tranquilas, obedecieron. En realidad, la propuesta de quedarse esa noche la había descolocado. Sabía que las niñas solo querían estar con ella. Pero no pudo evitar imaginar una velada acogedora en casa de los Morozov, una charla tranquila con Bogdan… ¡Con qué gusto se hubiera quedado, aunque no fuera precisamente en la cama de papá, sino a su lado, contándose el día mientras tomaban un té! Pero se contuvo: “Es solo trabajo —se recordó —. Eres la niñera, no una invitada”. Recogió deprisa, despidió a las niñas y salió apresurada. En la calle, el aire fresco la ayudó a calmarse. Con las mejillas encendidas, no paraba de toquetearse el bolso y el pelo. Sin que lo notara, Esteban la observaba desde la entrada, satisfecho. Llevaba tiempo notando el cambio en casa desde que Alicia llegó: su padre tenía la mirada más suave, la voz más dulce cuando hablaba con ella. También Alicia, aunque intentaba disimular, se sonrojaba con facilidad. “Parece que mi padre tiene por fin una oportunidad”, pensó. Llevaba deseando mucho tiempo que volviera la alegría a casa, y estaba convencido de que Alicia era perfecta: cariñosa, alegre, sincera. —¿Por qué ninguno da el primer paso? —se preguntaba—. ¿Será que les da vergüenza? Los adultos son complicados… Esa noche, cuando Bogdan llegó, Esteban habló con él frente a frente: —Papá, ¿pero a qué esperas? —le soltó cruzando los brazos—. ¿Te gusta Alicia o no? ¡Invítala a salir de una vez! Bogdan, entre sorprendido y nervioso, apenas pudo responder. Justificó que era la niñera, que quería mantener el equilibrio familiar porque las niñas le habían tomado cariño y no quería ponerlo en peligro. Esteban, empecinado, le planteó otra idea: hacer una salida en grupo, con todos, para no incomodar a nadie y dar el primer paso. Parques, heladerías, sitios familiares. Si todo iba bien, después podría invitarla a solas. Bogdan tardó en aceptar la idea, pero acabó por admitir que tal vez era lo que necesitaba la familia para avanzar. Los días siguientes dio vueltas una y otra vez al consejo del hijo. Empezó a fijarse bien y se dio cuenta de pequeños detalles, de miradas, sonrisas, gestos. No podía negarlo más: Alicia le gustaba, y mucho. Una tarde escuchó a Anita y Olaya sonsacando a Alicia acerca de él. “¿Tú quieres a papá?” preguntó Olaya con descaro infantil. Alicia, azorada, salió por patas hacia la cocina, ayuda que Bogdan aprovechó para proponer una cena todos juntos fuera. Alicia aceptó, y las niñas brincaban de alegría. Así empezaron las salidas familiares: al parque, al centro comercial, a meriendas improvisadas. Poco a poco, Alicia y Bogdan empezaron a quedarse hablando después de acostar a las niñas, compartiendo confidencias, risas y complicidades que iban mucho más allá de la relación empleador-niñera. Esteban, satisfecho, vio cómo el plan funcionaba. El padre recuperó su sonrisa y Alicia ya no se ruborizaba, sino que respondía con seguridad y alegría. Hasta que una noche, después de que los niños se durmieran, Bogdan y Alicia se quedaron en el salón con su té casi frío. Bogdan tomó su mano y, mirando las luces de la casa, se sinceró: —No concibo ya mi vida sin ti. Sin tu sonrisa, tu risa, todo lo que nos das a cada uno… Te quiero, y quiero que seas parte de mi familia. No solo como niñera, sino como mi esposa. Alicia cerró los ojos, se repuso de la emoción y respondió firme: —Yo también te quiero, y quiero estar contigo. ************************* La boda, sencilla y entrañable, tuvo lugar en un pequeño restaurante fuera de Madrid, decorado con flores y globos. Junto a familiares y amigos estaban, por supuesto, Anita, Olaya y Esteban, protagonistas de la celebración. Las niñas, como dos princesas, llevaban los anillos y repartían pétalos. —Papá, ¡estás guapísimo! —susurró Anita a Bogdan. —Y Alicia parece un hada —apuntó Olaya contemplando el vestido blanco de la novia. Esteban, al lado de su padre, lucía un brillo de orgullo irrepetible. —Te lo dije, papá… —le susurró tras el ‘sí, quiero’—. Todo iba a salir bien. Bogdan le apretó el hombro y miró a Alicia, que se encontraba tan radiante y feliz que le cortó la respiración. —Ahora somos una familia —dijo ella enlazando sus manos. La celebración continuó entre risas, brindis, bailes y el inevitable asalto de las niñas al pastel nupcial. Al caer la noche, cuando ya casi todos se habían ido, Alicia y Bogdan se quedaron un rato en la terraza, bajo las estrellas y el aroma de las flores. —Creo que ha sido el mejor día de mi vida —susurró ella apoyándose en su marido. —Y de la mía —respondió él abrazándola—. Y lo mejor es que aún nos quedan muchos por delante. Ella le sonrió y supo, de repente, que todas las dudas y temores del pasado quedaban atrás. Ahora tenía a su familia, a la persona que amaba y un futuro por construir juntos…

Life Lessons

No solo una niñera

Marina se sienta en una mesa de la biblioteca central de la Universidad Complutense, rodeada de apuntes y manuales universitarios. Sus dedos pasan rápidamente las páginas de un resumen, mientras sus ojos repasan las líneas con concentración: intenta absorber la mayor cantidad posible de información antes del examen de mañana. Su profesor es conocido por ser exigente: si alguien suspende la prueba, la recuperación es casi inevitable. Marina no puede permitirse ese lujo: el semestre ya está siendo agotador.

De repente, su compañera Teresa se acerca y, sentándose en el borde de la mesa, se inclina hacia ella con voz suave:

Marina, ¿todavía andas buscando un trabajo de tardes, verdad?

Marina levanta la vista solo un momento y asiente sin decir palabra, volviendo inmediatamente al estudio. El tiempo apremia y aún le queda mucho por revisar.

Ajá balbucea finalmente, tratando de no perder el hilo. Pero es el tema de los horarios, ya sabes. Tenemos clases hasta las dos y no es opción faltar.

Teresa le sonríe, comprensiva. Ambas saben que Marina se toma la carrera muy en serio. Después de una breve pausa, continúa con entusiasmo:

Justo tengo algo perfecto para ti. Mi vecino, Gabriel, es padre soltero Baja la voz y arruga la nariz, como apartando detalles innecesarios. Creo que su mujer falleció, pero no estoy segura. Él está desbordado de trabajo y busca niñera urgente para las tardes, de cuatro a ocho más o menos.

Esta vez, Marina aparta los apuntes del todo y la mira interesada.

Te encantan los niños, estudias Magisterio en la Autónoma, y encima tienes experiencia, ¡que tienes tres hermanos pequeños!

Marina se queda pensativa. Siempre ha sentido una ternura especial por los niños y en casa ayudaba a su madre a cuidar a sus hermanos pequeños, y aunque era cansado, también la hacía feliz.

¿Y cuántos tienen? pregunta, dejando entrever su preocupación genuina.

Juega distraídamente con un bolígrafo mientras sopesa la propuesta. Ser niñera le tienta y le asusta por igual. Cuidar a un niño que ha vivido una desgracia no debe ser nada fácil

Son gemelas, Lucía y Carmen, tienen seis años. Gabriel además tiene un hijo mayor, Mateo, pero ese ya va a su aire y no necesita niñera: tiene trece y está siempre entrenando fútbol, así que ni puede ayudar mucho en casa.

¿Y estarían dispuestos a cogerme? pregunta nerviosa, tamborileando el bolígrafo. Aún no tengo el título, solo estoy en cuarto…

Sí, había cuidado de sus hermanos, había hecho prácticas en una guardería, adora a los niños… pero una cosa son tus hermanos y otra muy diferente es la responsabilidad del hogar ajeno.

Teresa le resta importancia con un gesto de la mano:

Seguro. Justo ayer Gabriel me pidió recomendaciones. ¿Quieres que le pase tu número?

Su confianza es tan sincera que Marina se queda callada, mira el reloj queda media hora para la siguiente clase y piensa que tal vez es justo lo que necesita: está cerca de la facultad, el horario es compatible… y seguro que las niñas son un encanto.

El corazón le late más deprisa, entre ganas y nervios. Toma aire, se arma de valor y contesta:

¡Vale!

********************

Marina está muerta de nervios. Hoy es su primer día de trabajo y, aunque ha cuidado de sus hermanos, esto es distinto: ahora es una responsabilidad de verdad y con niñas a las que ni siquiera conoce. Revisa varias veces el bolso el móvil, llaves, un cuaderno de apuntes, un tupper con merienda para las niñas. Todo listo.

La víspera, conoció a Gabriel y a sus hijos sin demasiadas complicaciones. Él es un hombre tranquilo y educado, que le explicó todo: rutinas, horarios, actividades. Las gemelas, Lucía y Carmen, al principio se escondían tras su padre, pero a los diez minutos ya no paraban de hablar y le enseñaban sus dibujos. Parecía que les caía bien, y a ella se le caía la baba viendo lo espontáneas y graciosas que son.

Pero lo que más le impactó fue Gabriel. Teresa se había olvidado de mencionar lo atractivo que era: alto, de ojos bondadosos y sonrisa cálida. Sencillo, natural… Marina se enfada un poco con Teresa por olvidar ese detalle; se tiene que esforzar por no sonrojarse cada vez que él la mira.

Concéntrate, Marina, esto es solo un trabajo se repite mentalmente. Solo trabajo.

Ya ha llegado la hora. Reconoce el edificio del colegio, pequeño, acogedor, con los columpios del patio multicolor. Gabriel avisó a las profesoras que hoy iría a recogerlas la niñera y le dejó una autorización. Marina respira hondo, se arregla el pelo y entra.

El recreo bulle de gritos y carreras. Localiza rápidamente a Lucía y Carmen junto a los columpios. Cuando la ven, se quedan quietas y luego sonríen con timidez.

Marina se acerca despacito, para no asustarlas. Se agacha a su altura, les sonríe y les dice:

¿Nos vamos a casa? Os he traído una merienda rica…

Lucía mira a Carmen antes de responder:

¿Qué vas a preparar? pregunta con una expresión de desconfianza infantil.

Marina finge pensar:

Pues… ¿crêpes con mermelada? ¿O galletas de chocolate?

Carmen se ilumina:

¡Galletas! Con trozos de chocolate.

¡Hecho! responde Marina, tendiéndoles las manos. ¿Vamos?

Dudan un instante y luego colocan sus manitas en las manos de Marina. En ese gesto, siente cómo desaparece la tensión y la invaden las ganas de hacerles felices.

Las niñas se miran, se entienden sin palabras y asienten. Repiten todos los gestos: colocan las manos, inclinan la cabeza, incluso los pasos los dan idénticos. Y en los ojos, una seriedad inusual para su edad.

Marina sonríe admirando esa complicidad, pero recuerda las palabras de Mateo, el hermano mayor. El día antes, se lo llevó aparte y le habló con voz de adulto:

Antes eran muy distintas murmura Mateo, jugueteando con la manga. Todo el día riendo, abrazándose a todo el mundo. Pero desde que mamá no está… bueno, no acaban de entender. A veces piensan que quizá han hecho algo mal.

Al muchacho se le quiebra la voz, pero se recompone:

Lloraban todo el rato y preguntaban: ¿Mamá se fue porque somos malas? Papá y yo intentamos hacerles ver que no, que mamá las quería… Pero se cerraron. Ya casi no sonríen y con extraños, cero. Antes ayudaba mi abuela, pero ahora está mala y papá ha tenido que buscar niñera.

En la voz de Mateo hay un cansancio y una responsabilidad impropias de su edad.

Marina solo pudo asentir, con un nudo en la garganta. Mirando ahora a las gemelas, siente el peso de la tarea encomendada.

Aunque conmigo sí se han abierto sonríe. Ayer jugamos, les enseñé un par de trucos con el pañuelo y se partían de risa.

Mateo la escruta, buscando confianza. Finalmente, serio, añade:

Por eso papá te ha elegido. Ha visto que les caes bien. Solo… no nos falles, ¿vale?

Marina se lo prometió:

No os voy a fallar. Voy a hacer todo para que vuelvan a reírse.

Mateo se relajó y, recobrando el tono propio de su edad, bromea:

Yo también jugaré con ellas cuando no tenga entrenamiento. Sé contar cuentos.

Eso les encantará responde Marina, con ternura.

****************

Han pasado ya dos meses. Marina trabaja con la familia Ortega y el ambiente ha cambiado: donde antes había desconfianza y distancia, ahora las gemelas la reciben con carreras y abrazos, comparten historias y no quieren dejarla marchar nunca.

Esta tarde, como siempre, Marina recoge los juguetes esparcidos por el salón y tararea una canción que han estado practicando. Lucía y Carmen la miran desde el sofá, con expresión melancólica.

¡Quédate! exclama de pronto Lucía, saltando y sujetándola por la cintura. ¿Para qué vas a casa?

Marina se queda sorprendida, luego ríe y se agacha para abrazarla:

Tengo que preparar las clases, guapa. Mañana tengo universidad, hay que repasar teoría y hacer trabajos. Pero mañana vengo, no me vais a echar de menos procura sonar animada.

Carmen se mete también en el abrazo:

¡Ya te echamos de menos! ¡Quédate!

Marina mira a esas dos caritas suplicantes y le enternecen el corazón. Se agacha y dice:

¿Y dónde dormiría? ¡No os puedo quitar la habitación!

Lucía se lo piensa, frunce el ceño y al final grita:

¡La cama de papá es enorme, seguro que puedes dormir allí!

Carmen asiente con vehemencia:

¡Claro! Papá llega tarde del trabajo, no le importa nada.

Marina apenas puede contener la risa. Sabe que para ellas la propuesta es ingenua, el deseo sincero de no verse separadas. Sus caritas le tocan el alma.

Gracias, tesoros, pero de verdad tengo que irme. ¡Mañana vendré antes y tendremos tiempo de jugar, leer cuentos y hasta hornear galletas!

Las niñas se resignan, Lucía suspira:

Vale… ¿De verdad vendrás?

Os lo prometo las abraza, y añade. No miento nunca a mis niñas favoritas.

Finalmente, recogen los juguetes entre las tres y Marina las ayuda a lavarse antes de dormir. Gabriel está al caer; ver a las niñas preparadas le va a alegrar el día.

Al quedarse un instante sola, Marina no puede evitar imaginar esa vida: una noche en la casa Ortega, la luz cálida, una charla sosegada con Gabriel… Ojalá pudiera quedarse, no en la cama del padre, claro, sino a su lado, compartiendo un té, hablando de los pequeños logros del día.

Sacude la cabeza, se repite: Esto es solo trabajo. Recoge sus cosas, se despide otro rato, promete de nuevo volver y sale casi corriendo del piso.

En la calle respira el aire fresco de Madrid, intentando calmarse. Se arregla el pelo, ajusta el bolso, su rostro arde todavía con rubor.

Todo esto no se le escapa a Mateo: en el pasillo la observa divertido. El chaval ha notado el ambiente cada vez que Marina está en casa: cómo a Gabriel se le suaviza la voz con ella, cómo ella se sonroja a veces… y piensa que su padre podría tener por fin una oportunidad de volver a ser feliz.

¿Por qué ninguno da el paso? se pregunta Mateo. Son peor que niños…

Al llegar Gabriel, Mateo decide intervenir. Espera a que su padre cuelgue el abrigo y va directo al grano:

Papá, ¿a qué esperas con Marina? Te gusta, ¿no? ¡Invítala a salir ya!

Gabriel, desconcertado, le dice:

Hijo, Marina es la niñera. Es estupenda con las niñas, y eso es lo importante…

¡Venga ya! responde el hijo. Lo ve hasta el portero. Los dos os miráis como tontos. No cuesta nada, ¡invítala a tomar algo!

Gabriel se recuesta, pensativo, con una mano en la frente. Da la sensación de estar menos seguro que nunca.

No es tan fácil contesta al cabo. El equilibrio en casa es frágil, y si por mi culpa Marina decide irse… No podría soportarlo.

Visualiza mentalmente a las niñas, lo felices que son con Marina. ¿Se arriesgará a estropearlo?

Mateo, sin embargo, está decidido:

Te aseguro que le encantas insiste. Se sonroja y no sabe dónde mirar. Solo tiene miedo por el trabajo. ¡Inténtalo!

Gabriel sonríe, fascinado por la convicción de su hijo.

Tú lo ves todo tan sencillo…

No tienes que declararte a lo loco. Llevaos a las niñas, a mí, a merendar al Retiro o a una cafetería. Como una familia. Así todo será natural… y ya iréis viendo.

Gabriel reflexiona. Tal vez ir despacio sea lo inteligente. Se le ocurren ideas: una tarde en el Retiro, merienda con las niñas… Suspira, asiente y acepta el plan.

Vale, probaremos a tu manera. Si sale mal… advierte.

Entonces, yo no digo nada responde Mateo, divertido.

Padre e hijo comparten una carcajada, justo cuando se cuela en el salón la risa de las gemelas jugando a las escondidas con Marina. ¿Y si verdad hay esperanza?

***********************

Gabriel no deja de recordar el consejo de Mateo los días siguientes. Vuelve a analizar cada gesto de Marina, cada sonrisa cálida, cada rubor en sus mejillas. ¿No lo había notado antes? ¿O no quería admitirlo, por miedo?

Al llegar a casa, el sonido del júbilo de sus hijas le reconforta. Deja la mochila y escucha desde el pasillo:

Marina, ¿a que nuestro papá es el mejor? Lucía le desafía, animada por su hermana y Mateo.

Por supuesto contesta Marina, mientras hace una trenza a Lucía, distraída.

Cariñoso, bueno… añade la niña.

Y guapo, ¿a que sí? insiste Carmen.

Muy guapo dice Marina, aún centrada en la trenza. Pasan unos segundos hasta que toma conciencia de sus palabras y se sonroja violentamente. Intenta disimular:

Vuestro padre es el mejor papá del mundo y os quiere muchísimo.

¡Y nosotras a él! ¿Y tú? pregunta Carmen.

¿Yo…? Marina se aturulla, nerviosa. Uy, ¡qué tarde! Ya va tocando preparar la cena. ¿Quién me ayuda?

Y sale disparada a la cocina, arrastrando tras de sí a las hermanas, que le siguen encantadas.

Gabriel entra ahora, sonríe al ver el espectáculo y propone, cambiando de tema:

¿Y si hoy cenamos fuera? Hace tiempo que no salimos todos juntos…

Explosión de entusiasmo:

¡Al restaurante!

¿Habrá helado?

¿Y podemos ir al parque después?

Marina observa la escena desde un rincón, incapaz de no sonreír; Gabriel se acerca y, en voz baja, le pregunta:

¿Te parece bien? Creo que a las niñas les vendrá bien cambiar de aires.

Perfecto responde ella, aún con el rubor en las mejillas. Una idea genial.

Eso era todo: una simple cita en familia, sin presión, sin confesiones, solo juntos…

************************

Pasan los meses. El hogar de los Ortega evoluciona casi sin dudarlo. Las primeras meriendas y paseos al parque se convierten en costumbre. Marina y Gabriel cada vez pasan más tiempo juntos, incluso después de que las niñas se duermen: charlan en la cocina, se ríen de las ocurrencias de las gemelas, toman un té.

Ambos tratan de disimular que su relación va mucho más allá de la de empleada y jefe. Ya casi es absurdo fingir.

Mateo, que se percata de todo, ya sabe que su plan funciona: su padre sonríe más que nunca y Marina ha dejado de ser la muchacha tímida y ruborizada de antes.

Una noche, con las niñas dormidas, Marina y Gabriel comparten sofá y té. Luces tenues, silencio.

Quería decirte algo desde hace tiempo… empieza Gabriel, con la mirada fija en la luz de las velas.

Marina se tensa, expectante, con los ojos brillantes.

Ya no sé imaginar esta familia sin ti continúa. Sin tu risa, tu manera de entender a las niñas, sin ti. Te quiero. Y quiero que formes parte de nuestra familia. No solo como niñera, sino como… mi mujer.

Marina cierra los ojos y sonríe. Susurra:

Yo también te quiero. Quiero estar contigo.

*************************

Organizan una boda sencilla, sin ostentaciones. Lo importante son ellos y la gente cercana.

Un soleado sábado, en una finca familiar cerca de Alcalá de Henares, lo celebran rodeados por sus seres queridos. Pero las protagonistas son, sin duda, Lucía y Carmen. Vestidas de rosa, orgullosas, reparten pétalos a los invitados y llevan los anillos.

Papá, ¡estás muy guapo! dice Lucía, antes del beso de la ceremonia.

Y Marina parece un hada añade Carmen, fascinado por el vestido blanco.

Mateo, a la derecha de su padre, sonríe:

Te lo dije, papá. Todo sale bien.

Gabriel le aprieta el hombro, mira a Marina. Ella le devuelve la mirada, dulce y serena:

Ahora somos una familia susurra, entrelazando los dedos.

El banquete pasa entre risas y baile, las niñas no sueltan a los recién casados ni un segundo.

Por la noche, ya a solas en la terraza, Santiago y Marina miran el cielo estrellado, envueltos en el aroma de los naranjos.

Creo que ha sido el mejor día de mi vida dice ella, abrazada a su marido.

Y para mí responde. Lo mejor es que nos quedan muchos días así por delante.

Ambos sonríen, sabiendo que todo lo vivido quedó atrás: dudas, temores e inseguridades. Ahora les espera un futuro común, una familia y el amor que han sabido construir juntos en Madrid.

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