He convivido con mi esposa durante 34 años, pero ahora me he enamorado de otra mujer. No sé qué hacer en esta situación. Me llamo Adam. Tengo 65 años. Estoy casado, pero en la vejez me he enamorado de otra mujer. Mi esposa tiene 62 años. Tenemos un hijo adulto que ya está casado y hasta tiene hijos propios. Cuando nuestro hijo se hizo mayor y se casó, noté que mi esposa y yo nos volvimos completamente extraños el uno para el otro. Al jubilarnos, quise que compráramos una casa en un pueblo. A mi esposa no le hacía mucha ilusión la idea. Pero la convencí; pronto compramos una casita agradable. Nos mudamos allí en verano. A mí me encantaba vivir en el pueblo durante el verano, pero a ella no le gustaba nada la vida rural. Prefería estar tumbada en el sofá, leyendo libros y viendo la televisión. Se negó rotundamente a ayudarme en el jardín, diciendo que no se encontraba bien. Me vi obligado a hacerlo todo solo. En otoño volvimos a mudarnos a la ciudad. A mi esposa eso le hizo mucha ilusión. A mí no, y una semana después volví a hacer las maletas y regresé al pueblo. Simplemente, allí me sentía mejor. Mi esposa se quedó en la ciudad. Ahora nos vemos muy poco. En el pueblo me enamoré de una mujer de 60 años. Al principio ella no correspondía demasiado a mis sentimientos, pero ahora nos llevamos muy bien. Quiero divorciarme de mi esposa, pero me da muchísimo miedo lo que pensará nuestro hijo. Por ahora le digo a mi esposa que hago tareas domésticas en el pueblo, pero paso mucho tiempo con la mujer que amo. Mi esposa aún no sabe nada. No consigo decidirme a decirle que quiero divorciarme. No sé qué hacer.

Life Lessons

Me llamo Fernando. Tengo 65 años y llevo casado 34 años con mi mujer, pero ahora me he enamorado de otra mujer. No sé qué hacer en esta situación.

Mi esposa se llama Pilar y tiene 62 años. Tenemos un hijo mayor, casado y ya con hijos, así que somos abuelos.

Desde que nuestro hijo creció y se independizó, sentí que Pilar y yo empezamos a distanciarnos, cada uno por su lado. Al jubilarnos, yo quise que compráramos una casita en un pueblo de Castilla. Pilar no estaba muy convencida, pero la acabé persuadiendo y, a finales de primavera, compramos una pequeña casa rural. Nos mudamos en verano. A mí me encantaba estar allí, respirar el aire puro, cuidar el huerto y sentirme en paz. Pero Pilar jamás consiguió adaptarse a la vida en el campo. A ella le gustaba sentarse en el sofá, leer una novela de Almudena Grandes o ver sus programas favoritos en la televisión. Nunca quería ayudarme en el jardín; siempre me decía que no se sentía bien, que prefería quedarse tranquila en casa. Así que tenía que ocuparme yo solo de todo lo relacionado con la casa y la finca.

Cuando llegó el otoño, volvimos a Madrid. Pilar estaba radiante por regresar al bullicio de la ciudad, a sus paseos y a la vida cultural. Yo, en cambio, me encontré de nuevo desubicado. Tanto fue así que, a la semana, preparé mis cosas y regresé solo al pueblo. Allí me sentía más yo mismo, rodeado del campo y mis pensamientos. Pilar se quedó en la ciudad y desde entonces apenas nos vemos.

Fue en el pueblo donde conocí a Carmen, una mujer de 60 años, amable y vital. Al principio, ella era muy distante con mis sentimientos, pero poco a poco fuimos encajando cada vez mejor. Últimamente hemos pasado momentos muy felices juntos. Ahora quiero pedirle el divorcio a Pilar, aunque me asusta mucho lo que pensará mi hijo, cómo reaccionará la familia. Por ahora, cuando hablo con Pilar, sólo le digo que tengo tareas pendientes en el pueblo, pero la realidad es que paso gran parte de mi tiempo con Carmen.

Pilar todavía no sospecha nada. Yo sigo debatiéndome, sin saber si decirle la verdad y pedirle el divorcio o seguir ocultando la situación. No sé qué pasos dar, no sé realmente qué es lo correcto.

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