Hoy he vuelto a ver a una amiga de la infancia. Se llama Encarnación, tiene sesenta años, igual que yo. Al acabar la universidad, no lo dudó ni un instante: recogió sus cosas y se marchó de nuestro pueblo manchego. Durante un tiempo mantuvimos la correspondencia, pero al final dejamos de escribirnos.
Mucho después, por amigos en común, me fui enterando de algunos detalles de su vida; que no paraba quieta, que cambiaba de ciudad y de pareja con una soltura admirable. A los cincuenta ya iba por su tercer marido. El último tampoco duró demasiado y acabó divorciada de nuevo. Y, cosa que nunca terminó de cuadrarme, jamás tuvo hijos. No entendía el motivo. Lo normal es que, aunque la vida sentimental te falle, al menos tengas hijos y luego, con el tiempo, nietos que te den alegría y compañía.
Pero ahora Encarnación había regresado a nuestro modesto pueblo, vendiendo las pocas cosas que le quedaban por aquí. Había alquilado su antiguo piso durante años, y ahora liquidaba el resto de sus pertenencias.
Nos tomamos un café y estuvimos poniéndonos al día. Yo le conté mi vida, ella la suya. No pude evitar preguntarle:
Encarna, ¿por qué has vivido de esa forma? ¿Por qué nunca quisiste tener hijos? Ni siquiera para ti misma, para que cuando seas mayor tengas a alguien que te eche una mano o te acerque un vaso de agua.
Me soltó una carcajada en toda la cara y me dijo:
¿Un vaso de agua? ¿De verdad crees que los hijos hacen eso? Los hijos de hoy apenas cuidan de sus padres mayores. Es mucho más sencillo ahorrar durante toda tu vida y contratar a alguien en condiciones, que andar suplicando y cargando a los tuyos con tus problemas.
No tuve hijos porque simplemente no quise. Nunca me nacieron las ganas de estar siempre al cuidado de alguien, preocupándome, dando dinero o pendiente de otras vidas. Decidí dedicar mi vida solo a mí. Quería viajar, ver mundo, ganar mi dinero. Mis maridos se marcharon solo porque no acepté tener hijos.
Ahora hago lo que quiero sin tener que cuidar nietos, ni guardar mi pensión para mantener a hijos que no saben valerse por sí mismos.
Por eso no me arrepiento de nada. Al contrario: siento lástima por aquellos rodeados de hijos que ahora están más solos que la una, y además se les parte el alma porque sus hijos han hecho vida lejos o directamente se han olvidado de ellos. Yo, al menos, vivo tranquila y sin esas desilusiones. Para mí, es la mejor decisión.
Escuché a Encarna y comprendí que llevaba mucha razón. ¿Para qué tener hijos si no te nace? ¿Para qué jugarse la vida poniendo esperanzas que igual no se cumplen?
Hoy aprendí una cosa clara: cada uno debe seguir el camino que le haga feliz. No hay nada escrito, y no merece la pena conformarse con lo que se espera de ti si no lo sientes de verdad.







