¡No queda nada bien que tus hijos tengan piso y el mío no! Busquémosle un piso con hipoteca: El dilema familiar de repartir viviendas entre hijos propios y de un matrimonio anterior en España

Life Lessons

Diario de Lucía, 17 de mayo

Hoy ha sido uno de esos días que me dejan pensando durante horas. Todo empezó cuando Ramón, mi marido, sacó un tema que me cogió completamente desprevenida durante la sobremesa. Me soltó sin rodeos: No queda bien que tus hijos vayan a tener piso y que el mío no. ¡Ayúdame a conseguirle uno, aunque sea con hipoteca!.

Intento ponerlo todo en perspectiva. Mis hijos, Martín y Luis, son a la vez hijos de Ramón y míos, mientras que Pablo, el hijo mayor de Ramón, es fruto de su primer matrimonio. La verdad, no entiendo por qué debería preocuparme yo del piso de Pablo, cuando, sinceramente, nunca me sentí responsable de su situación. Desde el principio, sabía que Ramón había estado casado antes y tenía un hijo; por eso tampoco tuve mucha prisa por casarme con él.

Ramón y yo convivimos tres años en Madrid antes de casarnos. Durante ese tiempo, observé con atención su relación tanto con su exmujer como con Pablo. Un año después de nuestra boda, nació Martín, y dos años después, llegó Luis.

No puedo decir nada malo de Ramón como marido ni como padre para mis hijos. Se implica, nos dedica tiempo y siempre hemos contado con su sueldo, que no es nada despreciable. Por supuesto, hemos tenido nuestras discusiones, como cualquier familia.

Vivimos en el piso en Chamberí que heredé de mi padre. Mi madre se divorció de él cuando yo apenas iba al parvulario. Luego ella rehizo su vida, pero no tuvo más hijos con su segundo marido.

Por su parte, Ramón y su exmujer siempre vivieron en pisos de alquiler. Intentaron ahorrar durante años para una hipoteca, sin éxito. Cuando se divorciaron, ella volvió a casa de sus padres en Salamanca y Ramón siguió en un piso alquilado.

Al casarnos, Ramón se mudó conmigo. Nunca nos preocupamos mucho por quién era el propietario; nos limitamos a convivir y arreglar el piso juntos, a comprar muebles Pero, hace un año y medio, fallecieron mis dos abuelas, la madre de mi madre y la de mi padre. Ambas me dejaron sus pisos en testamento, uno en el barrio de Las Letras y otro en Argüelles.

Como Martín y Luis aún son pequeños, decidí alquilar ambos pisos. En el futuro, pensaba dar uno a cada hijo. Ahora, el alquiler de uno se lo paso a mi madre para complementar su pensión, y el otro lo utilizo yo para añadir a mi sueldo, porque nunca sobra el dinero.

Ramón jamás se ha entrometido en todo este asunto. Al fin y al cabo, estos pisos vienen de mi familia y siempre le dejé claro que cuando nuestros hijos fuesen mayores, cada uno recibiría un piso. Él estuvo de acuerdo y no hubo nada más que hablar.

Hasta hoy. De repente, Ramón me dijo:
Pablo acabará Bachillerato en dos años. Es mayor y tiene que pensar en su futuro.

No sabía a dónde quería llegar, así que le escuché:
¡Tus hijos tienen piso y Pablo no! ¡Comprémosle uno, aunque sea con hipoteca!

Me quedé totalmente en shock. Le pregunté directamente por qué de repente nuestros dos hijos pasaban a ser sólo míos, cuando siempre han sido cosa de los dos. Y me pidió que no le malinterpretara.

Pero mi hijo nunca va a heredar nada, Lucía. Quiero que tenga su propio piso.
Me parece estupendo que lo pienses, pero Pablo tiene madre y padre. ¿Por qué no es su madre quien piensa en él?

Ramón me explicó que su ex gana muy poco, que sus padres la ayudan todo lo que pueden y que él mismo no podría afrontar una hipoteca solo. Pero con mi ayuda, sí. Es decir, quiere que firmemos una hipoteca para comprarle un piso a Pablo, ponerlo a su nombre y pagarla entre los dos.

Tenemos dos buenos sueldos y lo que sacamos del alquiler. ¡Podemos hacerlo perfectamente!, repetía Ramón, convencido.

Suena fácil, pero la realidad es que Ramón paga además manutención y, cuando Pablo vaya a la universidad, seguro que tendrá que ayudarle más porque su madre no puede. Eso significa años apretándonos el cinturón: nada de vacaciones en la costa, nada de escapadas todo para que Ramón cumpla como buen padre.

Si los pisos hubiese sido cosa de Ramón, podría entender que quisiera lo mismo para todos sus hijos. Pero son de mi familia, de mi herencia. ¿Por qué tengo yo que asumir ese sacrificio?

Le dije claramente que, si tanto le preocupa, que su ex se meta en una hipoteca y que utilicen la pensión de alimentos para pagarla.
Pero yo no pienso participar en eso.

Ahora está enfadadísimo conmigo y no me habla desde hace una semana. Me duele que no entienda mi postura. No sé si soy yo la que estoy equivocada o si realmente pido demasiado. Una parte de mí siente remordimiento, pero otra sabe que no estoy haciendo nada malo. Ojalá Ramón supiera ver la diferencia.

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