Soñé que había un hombre, llamémosle Víctor Salcedo, un tipo enclenque y de voluntad disuelta, que vivía en una vieja casa de campo, una de esas casonas algo desvencijadas de Castilla, entre un mar de trigales ondulantes y cigarras que no se callan ni a la hora de la siesta.
El caso es que, según el sueño, Víctor dependía únicamente del humor con el que se despertase. Hay días que se levantaba chispeante y risueño, lanzando chascarrillos por toda la casa y tocando alguna melodía absurda en la guitarra. Pero la mayor parte del tiempo, arrastraba las zapatillas por el pasillo, se atiborraba de café solo y de silencios, deambulando por las habitaciones como un minotauro apesadumbrado, escoltado por aires de artista fracasado.
Eso porque, en el sueño, Víctor era profesor en la escuelita rural, enseñaba dibujo, manualidades y a veces música, si la maestra de música se ponía mala o se iba a ver a su madre a Salamanca. Pero su vena artística nunca encajaba en el mundo escolar, así que al volver a casa volcaba toda su frustración creativa en una habitación enorme y luminosa que había convertido en taller. En realidad, ese cuarto lo quería su mujer, Leonor, para los futuros niños, pero la casa pertenecía a él y Leonor agachó la cabeza.
El taller estaba anegado de caballetes, tubos de óleo abiertos y costras de arcilla. Los lienzos cubrían las paredes, grotescos y chillones, mientras las baldas crujían bajo el peso de las figuritas de barro, todas torcidas y amorfas. Los pocos amigos artistas que aún le frecuentaban, miraban eso con una mezcla de incomodidad y compasión, rehusando pronunciar palabra. Nadie se atrevía a elogiar una sola obra.
Solo don Evaristo Gómez, el más anciano del grupo, tras pimplarse medio litro de orujo, se atrevió a gritar con voz de trueno:
¡Válgame Dios, qué despropósito de manchas! Esto no hay por dónde cogerlo. En esta casa sólo hay una cosa que valga la pena: la señora.
Víctor montó un numerito monumental, pateó figuritas, rasgó cuadros y ordenó a Leonor que echara al invitado a la calle. Llevaba semanas rabioso y desquiciado tras aquello.
***
En medio de este caos, Leonor nunca discutía. Guardaba la esperanza de que, al llegar los hijos, Víctor dejaría sus arrebatos creativos y prepararía por fin la habitación para la cuna. Eso pensaba cuando, los primeros meses, él traía mandarinas frescas del mercado y el sueldo justo cada fin de mes. Eso se acabó pronto. Víctor se volvió frío, egoísta, y dejó de compartir dinero. Toda la carga doméstica cayó sobre Leonor, junto con el huerto, las gallinas, y la suegra, la señora Petra.
La noticia de un embarazo llenó de júbilo a Víctor, pero fue efímero: a la semana, Leonor cayó enferma, el embarazo no prosperó y todo se descoyuntó. A su regreso del hospital, la realidad era de pesadilla: Víctor no le abrió la puerta.
¡Ábreme, por favor!
No quiero verte. Has fallado en tu misión. Todo es culpa tuya… Hasta madre ha enfermado del disgusto. Vete ya, no quiero saber más de ti.
Leonor se abandonó en el umbral, deshecha, suplicando entre sollozos. Nadie escampó la tormenta. Finalmente, entró sola, se dejó caer sobre la cama y esperó en vano a su marido.
Poco después, la vecina vino diciendo que la suegra, la señora Petra, había fallecido por aquel ataque al corazón. Víctor cayó en cama, hundido, anunció que nunca quiso a Leonor y presentó los papeles de divorcio.
***
En esa Castilla gris y polvorienta, Leonor no tenía refugio. Su madre, que la casó apenas acabada la escuela, ya vivía cerca del Mediterráneo con un viudo y vendió la casa natal sin mirar atrás. Leonor, así, quedó atrapada en esa historia diseñada por los vientos extraños del sueño, como un insecto en ámbar.
Llegó el día en que no quedó ni garbanzo en los cajones. Leonor coció el último huevo que le quedaba la gallina Trini, la única amiga. Si acaso alguna vez nuestro país tuvo santos para la paciencia, debieron de emigrar todos a León, porque la pobre Leonor se superaba en aguante.
Me acerco a la feria en el pueblo vecino, intentaré vender la gallina o cambiarla por comida anunció.
Víctor, tumbado, resopló: Mejor haz un caldo. Estoy harto de gachas…
No puedo sacrificarla replicó Leonor, crispando los dedos en la única falda de lino que le quedaba. La cambiaré. Trini es más mascota que otra cosa.
Víctor bufó, despectivo: ¿De verdad le has puesto nombre a la gallina? Qué tontería…
Antes de irse, le ordenó llevar también dos de sus infames figuras y un par de cuadros. Ella obedeció, escogiendo una alcancía con forma de cerdo y dos pajaritos absurdos de barro azul y blanco.
Caminó bajo el sol, el vestido pegado y el pelo húmedo sobre la frente. En la feria se mezclaban los aromas dulzones del membrillo y el turrón con los de chorizos recién asados y risas de niños. Al llegar, apretó a Trini contra sí y se acercó a los puestos.
¿Vendes la gallina? preguntó un desconocido, alto, bronceado, con los rizos despeinados. ¿Cuánto pides?
No es muy cara, tiene la pata algo mala, pero es buena ponedora…
Me la quedo. ¿Y esas figuras?
Cosas de barro, manuales. Las vendo baratas, necesito dinero.
El hombre las compró todas y la vendedora vecina le gritó:
¡Oye, Santi, llévala a ayudar con los chorizos y déjate de comprar cachivaches!
Leonor, nerviosa, intentó retirar a Trini de las manos del chico.
¡No quiero que sea asada! ¡Devuélvame la gallina!
Tranquila, se la regaló a mi madre, cría gallinas. Puedes venir a verla cuando quieras le sonrió el joven.
***
Al volver a casa, un coche la alcanzó. Era Santiago, el comprador.
Perdone, ¿tendría más figuras de esas en casa? Me vendría bien comprarlas para regalos…
¡Claro, está la casa llena! rió ella, por primera vez en meses.
***
Víctor, al oír voces, gritó desde la cama:
¿Quién anda ahí, Leonor? Tráeme agua…
Santiago entró, fijó sus ojos en las pinturas de las paredes y murmuró como soñando:
Asombroso… ¿Son suyas?
¡Son mías! saltó Víctor. ¡Y no son garabatos, son pinturas! ¡Pinturas castellanas!
Santiago, sin apenas dirigir la mirada a Víctor, revolvía los cuadros entre halagos forzados, mientras le lanzaba furtivas miradas a Leonor, quien enmudecía bajo aquel fulgor extraño y sin lógica de los sueños.
Epílogo
De repente, como tocado por un rayo, Víctor recuperó toda su energía en cuanto vio que alguien estaba interesado en sus obras. Santiago empezó a comprarle cuadros y figuritas, uno tras otro. Cuando se acabaron, Víctor volvió a crear febrilmente. En realidad, Santiago solo quería ver a Leonor.
Al final, como en los cuentos donde la lógica se disuelve tras las montañas de Castilla, Santiago se llevó lo único que de verdad merecía la pena de esa casa: a Leonor. Él sabía desde el principio, en ese sueño irrepetible, que la mujer de los vestidos livianos, con la tristeza anclada en la espalda, era su destino.
En el pueblo se rumoreaba que Santiago y Leonor se casaron, y todas las pinturas compradas acababan ardiendo en la chimenea o apiladas en un desván, como si el barro quisiera desintegrarse en silencio. Santiago recordaba sus paseos por la alameda pensando en el rostro sereno de ella y en cómo la vio por primera vez, con Trini bajo el brazo, flotando en la brisa, mientras los relámpagos y las gallinas soñaban junto a la meseta.
Víctor, pasado algún tiempo, comprendió lo que había perdido. Ni sus pinturas ni sus grotescas estatuillas de barro le traían consuelo. Solo entonces entendió que hay tesoros que no se pueden retener, ni en sueños.







