Dejar al padre en una residencia de mayores: el amargo dilema de Elizabeta entre la culpa, el pasado y la necesidad de sobrevivir

Life Lessons

¿Qué disparate es ese? ¿Una residencia de ancianos? ¡Eso jamás! ¡De mi casa no me saca nadie! El padre de Elvira Fernández arrojó la taza contra su hija, intentando darle en la cabeza. Ella, con un gesto aprendido tras años, esquivó el golpe sin dificultad.

Estaba claro que así no podían seguir. Tarde o temprano él encontraría la forma de hacerle daño, y ella nunca sabría por dónde le llegaría el siguiente golpe. Aun así, mientras firmaba los papeles para internar a su padre en la residencia, Elvira solo sentía un incontrolable remordimiento. Y eso que ya estaba haciendo mucho más de lo que él había hecho nunca por ella.

Mientras el coche se alejaba, llevándose a su padre entre pataletas, gritos y maldiciones dirigidas a todos los involucrados en su traslado, Elvira permanecía apoyada en la ventana, contemplando la escena. Aquella imagen le resultaba tristemente familiar: una vez, siendo niña, ya había experimentado la sensación de que la vida iba a cambiar por completo, y de no tener ni idea de lo que le esperaba.

Elvira fue hija única; su madre, asustada por la furia y el control de su marido, nunca quiso tener otro hijo. Vivían en Salamanca en una casa elegante de aire antiguo, pero constantemente invadida por la tensión.

Pedro Fernández, el padre, tenía ya más de cuarenta años cuando nació la niña. Se casó por interés: nunca le movió el amor ni el deseo de formar familia. Siempre fue su propio mayor amor, y por avanzar en su carrera en la administración se vio obligado a casarse, para mostrar una fachada de ciudadano ejemplar. Encontró la solución en una joven estudiante, Lucía, hija de obreros de una fábrica. La familia de Lucía veía el enlace como un ascenso social; a ella nadie preguntó su opinión. La boda fue ostentosa, pero carente de emoción. Los padres de la novia ni siquiera pudieron asistir, su escasa categoría lo desaconsejaba.

Poco después del enlace, Lucía se mudó a la casa de Pedro. Y para que se convirtiera rápidamente en la esposa ideal de un funcionario, Pedro contrató a una institutriz para enseñarle modales, a callar y a ignorar lo que no debía ver.

¿Qué tal el día? preguntaba Pedro al llegar, dejándose caer en el sillón.

Muy bien. He aprendido normas de protocolo y he empezado clases de inglés. Lucía había aprendido pronto que el menor disenso podía provocar una tormenta.

¿Y la casa? ¿Quién se ocupa entonces?

Yo. Con la cocinera he hecho el menú de la semana y he ido a comprar los ingredientes. He limpiado todo.

Bueno, no está mal para hoy. Pero cuidado: las manos siempre limpias y tú, siempre arreglada. No te quiero como una pueblerina. Si te portas bien, quizá te ponga chofer y criada. Pero aún no has hecho méritos.

Aun esforzándose, los días tranquilos escaseaban. Pedro solía llegar de mal humor, cansado, y la única víctima sobre la que descargar lo acumulado era Lucía. Los empleados podían largarse y, sobre todo, revelar secretos. Lucía no tenía a quién recurrir ni adónde huir.

El primer golpe llegó al mes de la boda. No fue por ninguna razón concreta; simplemente para dejar claro quién mandaba y para que entendiera lo que le esperaba si desobedecía.

A partir de ese día, los golpes se volvieron habituales. Pedro sabía cómo golpear sin dejar marcas, para que nadie pudiera imaginar lo que ocurría dentro de la casa. Lucía ocultaba hematomas bajo la ropa y recibía a los amigos y compañeros de Pedro siempre con la mejor sonrisa.

Al cumplir un año de matrimonio, las presiones para tener descendencia menudeaban.

Pedro, tienes una mujer joven y sana, ¿y aún no hay crío? ¿Quién es el defectuoso? Haz que la vea un médico; perder tiempo con una mujer infértil es inútil.

Ahora mismo no lo planeamos. Ella sigue estudiando contestaba Pedro con frialdad.

¿Para qué necesita estudiar? Las mujeres a la casa, a los hijos, al marido. Lo demás no vale para nada. Que deje los estudios y vaya al médico. Si quieres, la mía puede recomendarte alguien de confianza. Además, ¡una familia sin hijos no es familia! Tienes que dar ejemplo.

Lucía empezó entonces una gira interminable de médicos y revisiones. Pedro incluso dejó de pegarle por miedo a que los médicos pudieran ver marcas sospechosas.

Tras meses de pruebas, quedó claro que Lucía era fértil. La sugerencia, por parte de un médico, fue que Pedro se revisara.

¿Yo? ¿Estás loco? Hago cuatro llamadas y te veo de veterinario en un pueblo perdido le contestó, furioso, al médico que se atrevió a sugerirlo.

Aunque consiga que me echen, eso no arreglará su problema le replicó el médico, curtido en tratos con personajes así.

¿Y entonces qué hago?

Empiece, al menos, a mirarse usted.

El diagnóstico llegó rápido y fue demoledor: las posibilidades de Pedro para ser padre eran mínimas. Solo quedaba confiar en la suerte.

Los comentarios de amigos y ver la juventud de su esposa hacían que Pedro se volviese cada vez más huraño. Golpearla ya no tenía efecto; ella había aprendido a aguantar sin llorar, como una estatua. Pedro se buscó entonces una amante, que le distrajo durante un tiempo.

Hasta pasados dos años y medio no llegó, milagrosamente, el embarazo. Lucía dio a luz a Elvira, que era un calco de su padre. Sin embargo, Pedro nunca sintió por la niña ningún cariño especial. Elvira fue criada entre su madre y una niñera; su padre podía pasar semanas sin verla y no sentía que le faltara nada.

Cuanto mayor era la niña, más le irritaba Pedro; se contenía para no pegarle, pero bastó con una ocasión: cuando Elvira tenía cinco años, exigió, con típicos caprichos de niña pequeña, que le compraran algo. Pedro, de mal humor tras un día complicado en el ministerio, la arrojó de tal forma que cruzó volando el despacho y se estrelló contra la pared. Del susto, Elvira ni lloró. Su padre se acomodó en el sofá y encendió la tele.

Desde aquel día, Elvira aprendió a esquivar a su padre. Después de esa agresión, Pedro no se privó de insultarla ni de humillarla en presencia de propios y ajenos, sintiendo placer al verla contenida de rabia.

Don Pedro, dicen que Elvira toca el violín de maravilla. ¿Podría hacernos el honor de un concierto privado?

¿Elvira? ¡Si no sabe ni de qué lado se coge el violín! Si les apetece, pidan que toque, pero yo me abstendría. ¡Elvira! ¡No oyes? Vete a por el cacharro ese y haz el ridículo delante de todos.

Así, humillada y temblando, Elvira obedecía. El miedo a tocar en público jamás la abandonaría y su prometedora carrera como violinista nunca llegaría a nada. Terminó el conservatorio y no volvió a tocar.

Miraba los libros infantiles llenos de ilustraciones de familias felices, preguntándose por qué precisamente ella había sido condenada a aquel padre.

Lucía tampoco fue modelo de madre amorosa; no pudo amar de verdad a una hija fruto de una relación impuesta y opresiva. Cuando Elvira tenía trece años, Lucía murió en un accidente de tráfico: esa fue la versión oficial. Qué ocurrió realmente, su hija nunca lo supo, pero desde entonces, Elvira se volvió todavía más reservada.

Al terminar el instituto, Elvira estudió economía en la Universidad de Salamanca, decisión impuesta por su padre. Era casi el último mandato de Pedro; para entonces, sus negocios caían en picado, y se fue alejando de su hija. Cuando Elvira terminó la carrera, Pedro ya se había quedado sin casi nada: la mayoría de sus ahorros fueron para tapar los escándalos y delitos que cometió en altos cargos. Logró, no obstante, evitar la cárcel y retirarse con bajo perfil. Se instaló en una finca a las afueras, sin recibir visitas de Elvira. No había nada que decirle ni ganas de soportar sus groserías.

Solo, Pedro perdió el control de sus demonios. Sus vecinos llamaban cada vez con mayor frecuencia a la hija, alertándola de episodios preocupantes. Elvira, con pesar, se decidió a llevarlo a su piso en Valladolid.

Pedro remontó por un tiempo, al descubrir que tenía a quién fastidiar de nuevo: cada día la gritaba, insultaba, destruía objetos. Elvira lo encerró en una habitación con cerradura, para limitar los destrozos. A medida que la demencia de Pedro crecía, Elvira comprendió que debía dar un paso más: internarlo en una residencia.

Ella nunca llegó a formar una familia propia; la inseguridad y el trauma la aislaban de las relaciones. En la oficina apenas tenía trato con los compañeros. Cuando llegó el momento de ingresar al padre, el sentimiento de culpa la consumía.

Tampoco podía seguir manteniéndolo en casa, tanto por su salud mental como física: los médicos confirmaron la demencia. Sin embargo, ni el olvido borraba en Pedro la vieja hostilidad hacia su hija. Aunque ya no la reconocía, la rabia persistía.

Elvira visitó todas las residencias de Valladolid hasta encontrar la más adecuada, alguna cuyo coste era tremendo: tuvo que entregar casi todo su sueldo y buscar otros trabajos para cubrir los gastos.

Los días siguientes a la partida de su padre, Elvira se sintió perdida, repitiendo en su mente aquel otro día remoto en que Lucía intentó huir y Pedro la obligó a volver. Poco después, Lucía murió.

Y sin embargo, cada vez que va a ver a su padre, Elvira llora en silencio, abrumada por la culpa, como si ese fuera el único sentimiento que le quedó de sus padres.

La ansiedad y la culpa empiezan a pasar factura en su salud física.

Rate article
Add a comment

12 − four =