Mira, te voy a contar la historia de Carmen Salaverría, que es, vamos, madre de toda la vida, de esas que creen que nadie le da lecciones cuando de gente se trata. Ella siempre decía que lo de que cada persona es un mundo era un cuento, porque a la gente la calaba en dos miradas.
Pues imaginarás cómo fue cuando su hija, Estrella, hace cosa de un año, se casó. Carmen soñaba con que su niña encontraría a un buen chico, vendrían los nietos, y ella volvería a ser la matriarca de la familia¡como debe ser!dirigiendo el cotarro, como tantas veces.
Pero mira tú por dónde que Gonzalo, el yerno, un tío listo al que no le iba mal, parece que estaba orgullosísimo de lo poco que le importaban las opiniones de los demás. Tenía su propio piso en la zona de Moncloa y decidieron vivir allí, solos, sin que nadie les tocase las narices. Y lo peor: ¡no pedían ni un triste consejo a Carmen!
A Carmen eso le ponía de los nervios. Decía que ese chico estaba desviando a su hija del buen camino. Nada de lo que Estrella y Gonzalo hacían encajaba en el plan de Carmen. Así que, claro, empezó a verle hasta las vueltas al calcetín.
Mamá, de verdad no entiendes, Gonzalo viene de un hogar de acogida. Ha salido adelante él solo, es fuerte y buenísimo le decía Estrella, medio llorando a veces.
Pero Carmen ni caso: apretaba los labios y seguía buscando defectos en el pobre muchacho: que si no tiene carrera, que si es un cabezón, que si no le interesa nada que cuando llega el finde se tira en el sofá con el Marca y la televisión porque está cansado. Y claro, así no iba a llegar lejos su hija. Ella debía abrirle los ojos antes de que fuera tarde. Ya me agradecerá Estrella cuando lo comprenda, pensaba.
Y ¿cuando llegaran los niños? ¿Qué aprenderían de un padre así? Carmen ya no podía disimular su decepción. Y Gonzalo, que la pillaba enseguida, empezó a evitar si podía a la suegra. Todo cada vez más frío. Carmen ya ni iba a su casa, se negaba.
El padre de Estrella, Manolo, bonachón donde los haya, se mantuvo al margen, sabiendo cómo era Carmen.
Pero una noche, bien tarde, suena el móvil y es Estrella, agitada:
Mamá, no te conté, pero estoy dos días fuera por trabajo y Gonzalo, que anda pachucho porque cogió un resfriado en la obra, se vino antes a casa, pero no me responde al móvil.
¿Y esto me lo cuentas para qué? salta Carmen de mal humor. Vivís vuestra vida y parece que nosotros no importamos nada. Si yo estuviera mala, ni te enterarías. ¿Y ahora me llamas de noche por esto?
Mamá, por favor. Me duele que pienses que Gonzalo no es bueno. ¿De verdad crees que puedo amar a alguien que no lo merece? ¿No confías en mí aunque sea tu hija?
Un silencio. Y luego suplicando:
Por favor, sé que tienes llave de casa. ¿Puedes pasaros a ver si está bien? Me da mala espina.
Vale. Pero solo por ti cedió Carmen, saliendo disparada con Manolo.
Llegan. Nadie abre la puerta de la casa en Chamberí. Así que abre Carmen con su llave. Dentro, oscuridad total.
A lo mejor no está dice Manolo. Pero Carmen, ya preocupada, entra y de repente lo ve: Gonzalo tumbado raro en el sofá, empapado en sudor y con fiebre.
Llaman al médico, viene el Samur. El médico le pregunta a Carmen:
¿El chico está sobrecargado, verdad? Esto es una complicación de un resfriado mal curado. Que descanse y estén atentos, ¿vale?
Carmen asintió. Y ahí se quedó, sentada a su lado, sintiéndose rarísima, porque era el yerno indeseable.
Gonzalo dormía, pálido, el pelo pegado a la frente, y de repente, en ese duermevela, le coge la mano y susurra: No te vayas, mamá.
Carmen ni se atrevió a moverse. Le temblaba por dentro. Se quedó con él toda la noche.
En cuanto rayó el sol, llamó Estrella bebiéndose las uñas:
Mamá, perdona, ya vuelvo. No hace falta que os quedéis, que seguro todo va mejor.
No te preocupes, cielo. Está controlado, aquí estamos y todo bien le contestó, pero esta vez con una voz mucho más tierna.
*****
El día que nació su primer nieto, Carmen fue la primera en ofrecerse a ayudarles. Gonzalo, agradecido de verdad, le besó la mano y bromeó con Estrella:
¿Ves, Estrella? Decías que tu madre no querría ayudarnos.
Y Carmen, con el pequeño Mateo en brazos, paseaba por el piso orgullosísima:
Ay, Mateo, te ha tocado la lotería con estos padres y estos abuelos Eres un suertudo, hijo mío.
Así que ya ves, que lo del dicho es verdad: Cada persona es un mundo, y no se conoce a la primera.
Y, al final, solo el cariño de verdad pone las cosas en su sitio.







