Así es la vida. Quién lo diría, podría haber sido todo tan diferente. La vecina siempre se sorprende de la suerte que hemos tenido. Los hijos nos ayudan, los nietos no dejan de visitarnos.
Hoy viene el nieto mediano, Hugo. El abuelo siempre aprovecha para hacer matemáticas con él y enseñarle a hacer dominadas en la barra del parque que tenemos aquí, justo al lado del portal.
Ana Jiménez y Pablo Iglesias acaban de pasar de los setenta. ¡Jóvenes aún! Y tienen tres nietos maravillosos.
Ayer por la tarde, junto a las dos nietas, la pequeña Marta y la mayor, Lidia, Ana se puso a preparar unas pastas caseras. Así tendrán algo rico para la merienda con el té, y también podrán agasajar a Hugo cuando llegue.
Anita, creo que deberíamos comprar un globo terráqueo la voz de Pablo la sacó de sus pensamientos. Hugo y Martita se lían mucho con los mapas. ¡Hace falta uno grande!
Y además, hace falta un balón. Vimos en el parque cómo los chavales jugaban al baloncesto y Hugo quiere intentarlo también.
Llamaron al timbre. Hugo volvía del colegio:
¡Hola, abuela! ¡Hola, abuelo! Os traigo por el camino vuestras napolitanas favoritas de la panadería.
Dejando la mochila, se fue directo al baño a lavarse las manos. Siempre hace todo como le enseñó su abuela.
¿Qué tal en clase? ¿Cómo han sido las notas? preguntó Pablo.
Abuelo, un par de aprobados justos en mates ¿Me ayudas esta tarde?, los ojos de Hugo no podían ocultar el disgusto. Se me ha hecho un lío, abuelo.
¿Pero qué ha pasado? Si la última vez lo dejamos controlado. No pasa nada, vamos a ponernos y lo sacamos adelante.
Pablo, acaba de llegar, deja que coma antes, luego ya estudiáis.
Entonces, ponme un plato de cocido con un poco de buen aceite, que huele que alimenta dijo Pablo guiñándole el ojo al nieto.
Tras comer, Hugo se fue a estudiar con el abuelo. Ana, con una ternura infinita, los observaba de lejos.
Ya mismo empieza la temporada de la casa de campo. ¡Qué felicidad! El aire del pueblo es tan puro y tiene un sabor dulce. Los nietos pequeños, Marta y Hugo, pasarán allí el verano con nosotros, y Lidia suele venir los fines de semana con sus padres. Ya tiene casi diecisiete, toda una mujer.
Lidia estudia en la escuela de enfermería, ahora anda haciendo prácticas en el hospital. Le encanta, quiere seguir formándose y sueña con ser médica, ayudar a los demás. Es una chica magnífica, generosa y de carácter fuerte. Seguro que lo consigue.
Ana fue al aparador y cogió entre las manos un marco con una foto:
Ay, hijo mío, Álvaro, ¡si pudieras ver cómo vivimos! Perdónanos, cielo, quizá tuvimos la culpa tu padre y yo, algo debimos hacer mal. No supimos ayudarte, no pudiste con todo levantó algo la barbilla, aguantando el llanto. No, hijo, no lloro. Prefiero pensar que lo ves y te alegras, porque la vida es así, una mezcla de alegrías y penas. Apenas pudiste saborearla, hijo Ya no tiene sentido lamentarse, ya nada se puede cambiar.
Anita, ¿no oyes que han llegado Julia y Marcos? Y viene Marta con ellos.
¡Abuelita! la pequeña se le colgó al cuello con un grito y la abrazó con sus manos cálidas y menudas.
Mira, abuela Marta le cogió la cara, girándosela hacia ella, ¿has visto qué peinado llevo? Como tú, porque me parezco a ti. ¡Te quiero mucho, abuela! dijo, rodeándole el cuello de nuevo y, así, a Ana estuvo a punto de escapársele la lágrima.
Mira que estás pesada, deja respirar a la abuela sonreían Julia y Marcos, viéndolas. ¿No te acuerdas de tu regalo?
¡Ah, es verdad, abuela, suéltame! bajó Marta de sus brazos, buscó en el bolso de su madre y sacó un dibujo. Esto lo hice en la guardería: aquí estás tú, el abuelo, mamá, papá, Lidia, Hugo y yo. Os lo regalo a los dos. ¡Nuestra gran familia! ¿Te gusta, abuela?
Muchísimo, ¡y qué bien nos has pintado a todos! Pablo, ven, mira lo que nos trae nuestra nieta. Lo pondré en un marco, para que lo veamos siempre. Es un tesoro, toda nuestra familia unida.
Bueno, Ana, ya nos vamos. ¿Listo, Hugo? No te dejes la mochila. Ana, Pablo, venid a comer mañana, los niños han preparado un pequeño recital. Gracias por todo, hasta mañana.
Se cerró la puerta. Ana y Pablo se sentaron a tomar el té en silencio.
Qué bien, Pablo, tener una familia tan grande y bonita.
Sí, Anita.
¿Te acuerdas cuando Álvaro trajo a Julia por primera vez a casa? Yo me ilusioné tanto Pensé que quizá él cambiaría, que por fin se centraría. Un año entero estuvo bien, yo no cabía en mí de alegría. Pero luego volvió todo a lo de siempre esas compañías, esas chicas
No sigas, Ana, no llores Pablo la abrazó.
Después Julia se fue, y a Álvaro lo acuchillaron en aquella pelea y ya está, nunca volverá nuestro hijo.
No estés así hoy, Anita Pablo le secó las lágrimas.
Es que Marta me ha dado el dibujo, y he pensado en qué fortuna la nuestra de haber encontrado a Julia estando embarazada, después de que ya no estaba nuestro Álvaro. Y luego, con Marcos, vinieron también Hugo y Marta a nuestra vida, junto con Lidia. Son todos tan nuestros como cualquier nieto.
Y sabes, después de haber superado todo lo que nos tocó pasar, digo de corazón que somos los abuelos más felices del mundo.
Porque nuestra gran familia, de verdad, es lo más querido que tenemos.
Donde hay amor y comprensión, no cabe la tristeza.







