El tono del móvil de mi nuera cambió mis planes de ayudar a mi joven familia a encontrar piso: así rompí con la idea de cederles el apartamento heredado tras una celebración en Madrid

Life Lessons

Diario personal, jueves por la tarde

Hoy siento la necesidad de poner en palabras lo que me ronda por la cabeza desde hace una semana. Todo comenzó tras mi 60 cumpleaños, una fecha que decidí celebrar a lo grande, alquilando un salón en una típica taberna madrileña, rodeada de amigos y familiares. Hace ya cinco años que enviudé, y desde entonces vivo sola en mi acogedor piso de un dormitorio, cerca de la Gran Vía. Por parte de mi tía heredé otro apartamento, este de dos habitaciones, más sencillo y situado en un barrio tranquilo de Chamberí, pero igual de bien distribuido. Durante los últimos años, lo alquilé a una pareja joven y respetuosa; cada mes paso a recoger el alquiler en euros, claro y a comprobar que todo esté en orden, y hasta ahora nunca tuve motivo de queja.

Cuando mi hijo, Diego, se casó con Lucía, decidieron irse a vivir por su cuenta. Alquilaban un piso modesto cerca de Lavapiés, ahorrando poco a poco para la entrada de una hipoteca. Nunca me opuse a su independencia; de hecho, siempre pensé regalarles el piso de mi tía cuando consolidaran su situación que pudieran venderlo, reformarlo o decorarlo según su gusto pero quería esperar un poco más.

El nacimiento de mi nieto Javier el año pasado hizo que esa idea cobrara aún más sentido para mí. Ya me veía preparando la documentación para cederles el apartamento, pero una sola situación, hace apenas una semana, cambió completamente mi perspectiva.

Recuerdo bien esa tarde de celebración en la taberna. Entre risas, tapas y brindis con Rioja, notaba cómo Lucía se mostraba cortés, aunque siempre ha sido una joven muy expresiva, a veces algo temperamental conmigo, pero suelo achacarlo a su juventud y a la intensidad con la que vive todo.

Llegaron al restaurante con el pequeño Javier, y nada más llegar, Lucía me avisó que probablemente se marcharían pronto porque el bullicio no era lo mejor para un bebé. Lo comprendí y les agradecí que vinieran. Cuando ya se disponían a irse, Lucía no encontraba su móvil por ninguna parte. Quise ayudarle y la seguí por todo el local. Para agilizar la búsqueda, marqué su número desde mi teléfono.

En ese preciso momento, la sala quedó en un inesperado silencio. De repente, desde la repisa, brotó un ruido ensordecedor: un gruñido furioso, ladridos y aullidos de perro resonaron por toda la taberna. Todos los ojos se posaron en Lucía, que se puso roja como un tomate, corrió hacia la ventana, agarró el móvil y detuvo la alarma. El ambiente se quedó helado unos segundos, hasta que mi hermano Fernando tuvo el acierto de alzar su copa y continuar con el brindis, devolviendo la fiesta a su cauce, aunque la incomodidad ya era palpable.

Durante el resto de la velada, sentí las miradas curiosas y escuché los cuchicheos acerca del peculiar tono de llamada que Lucía tenía asignado a mi número. A la mañana siguiente, pedí a Diego que me aclarara el tema, pero él, quitándole importancia, me aseguró que no tenía mayor relevancia.

Desde entonces, he decidido mantener cierta distancia. He pospuesto la entrega del piso-homenaje hasta que nuestras relaciones mejoren. Lo mínimo que espero sería una disculpa sencilla por parte de ambos. Si, en el fondo, Lucía y Diego creen que para ellos represento algo semejante a un perro, lo acepto, aunque no deja de doler. Tal vez solo sea cuestión de tiempo y diálogo, pero por ahora, necesito este espacio para reflexionar.

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