La madre de mi mujer tiene una buena cartera, nunca vamos a tener que preocuparnos por trabajar, me decía mi amigo.
Mi amigo Francisco siempre soñó con vivir a cuerpo de rey, pero con el dinero ajeno, claro. Se empeñó en conquistar a una chica de familia pudiente. Yo veía clarísimo que eso no era amor, y que de ese matrimonio no saldría nada bueno. Pero el hombre estaba convencido de que una esposa con posibles era el billete directo a una vida sin preocupaciones. Y bueno, sería hasta creíble si esa chica al menos supiera cómo hacer dinero. La fortuna familiar venía, ni más ni menos, de la madre, doña Carmen, dueña de varios supermercados en Valladolid.
Intenté abrirle los ojos al buen Francisco:
Pero tío, ¿de verdad crees que te van a mantener sin pegar palo al agua? Va siendo hora de hacerse independiente y buscarse una ocupación.
Déjalo ya, hombre. Además, tenemos un niño en camino. Confían plenamente en mí, me soltó todo sonriente.
Yo no daba crédito. No me parecía justo con su chica, la verdad. Eso de dejarse mantener no es serio. Un hombre tiene que arrimar el hombro y currarse el pan de cada día.
Meses después, me picaba la curiosidad: ¿cómo se las estaría apañando? Le pregunté a qué se dedicaban. Resulta que ni Francisco ni su mujer hacían nada: en casa todo el día, enganchados a la Play, la tele o durmiendo la siesta. Y la madre, la señora Carmen, poniéndoles el cocido delante. Incluso llegué a sentir un poco de envidia, porque oye, lo había conseguido.
La madre de mi mujer está forrada, no pisaré una oficina jamás, presumía Francisco, feliz como unas castañuelas con su vida cómoda.
Pero claro, la suerte se tuerce más pronto que tarde: los negocios de doña Carmen empezaron a flojear, y los ingresos menguaron cosa mala. Así que la madre les ofreció, muy diplomática ella, algo de trabajo en los supermercados.
No pasó ni un mes desde que nos vimos cuando sonó mi móvil: Francisco al otro lado, con voz de cordero degollado, me pedía si podía prestarle cinco mil euros sólo por dos semanas.
Estoy buscando curro. Si paso la entrevista y me cogen, en cuanto me den la paga, te devuelvo el dinero. Estamos pelados, confesó con tono derrotado.
Y así se acabó su vida regalada. Desde entonces, tanto él como su mujer se levantan temprano, se les ve por allí, trabajando de verdad. Y oye, me devolvió el préstamo. En fin, eso es lo que pasa con las fortunas ajenas: que hoy las tienes y mañana ni rastro. Al final, lo mejor es no depender de nadie y buscarse uno mismo las habichuelas. Así sí que puedes dormir tranquilo y feliz, sin sustos ni sobresaltos.







