¡No quiero ser madre! ¡Quiero salir de casa! me gritó mi hija una tarde, hace ya tantos años.
Mi hija, Inés, se quedó embarazada con apenas quince años. Durante meses lo mantuvo en secreto, y mi marido, Rodrigo, y yo solo lo supimos cuando ya estaba en su quinto mes. Desde luego, en aquel tiempo ni se mencionaba la posibilidad de interrumpir el embarazo.
Jamás llegamos a saber quién era el padre del niño. Inés nos contó después que apenas estuvieron juntos unos tres meses y que luego rompieron. Ni siquiera sabía exactamente cuántos años tenía él.
Quizá diecisiete, o dieciocho… Puede que diecinueve nos respondía una y otra vez.
Rodrigo y yo nos quedamos helados al enterarnos de la noticia. Sabíamos que no iba a ser fácil para ninguno. Y para colmo, Inés insistía en que quería tener al bebé, que anhelaba ser madre. Yo sentía, madre al fin y al cabo, que mi hija aún no comprendía de verdad lo que significaba esa responsabilidad.
Cuatro meses más tarde trajo al mundo a un niño precioso: sano y fuerte, aunque el parto fue muy difícil. Tardó otros cuatro meses en recuperarse del todo. Sin ayuda no habría salido adelante, así que tuve que dejar mi empleo para cuidarla a ella y a mi nieto.
Cuando por fin se recuperó, no quería ni acercarse al niño. Dormía por las noches y durante el día huía de sus obligaciones. Yo hacía lo imposible: le rogaba, le explicaba, incluso discutía con ella para que se involucrara, pero nada daba resultado. Hasta que un día me dijo:
Veo que le quieres, abuela. ¡Adóptale tú! Yo seré su hermana. No quiero ser madre, quiero salir con mis amigas y bailar en las verbenas. ¡Quiero disfrutar de la vida!
Por un momento pensé que podría tratarse de una depresión postparto, pero pronto comprendí que mi hija, simplemente, no sentía amor por su propio hijo.
Tras mucho pensar y hablar con Rodrigo, iniciamos los trámites y conseguimos la tutela de nuestro nieto. Inés, por su parte, se volvió imposible: no oía razones y, tarde tras tarde, salía de casa y no volvía hasta el amanecer. No quería saber nada del niño.
Así pasaron los años. Llegué a pensar que nada cambiaría jamás. El pequeño, nuestro Samuel, creció lleno de vida. En apenas dos años aprendió a caminar, a hablar, y siempre tenía una sonrisa luminosa.
Se alegraba tanto cuando veía a Inés cruzar la puerta: corría a abrazarla y le contaba mil historias. Y así fue como el corazón de mi hija se ablandó al fin: se convirtió en una madre maravillosa. Ahora dedica todo su tiempo libre a Samuel, no deja de abrazarle y llenarle de besos. Muy a menudo la escucho susurrar:
¡Qué felicidad tener a mi hijo! ¡Es lo más valioso que tengo en la vida! ¡Jamás lo dejaré ir!
Hoy, mirando atrás, Rodrigo y yo sentimos una serenidad profunda. Por fin la paz reina en nuestra familia.







