El otro día fui con mi familia al pueblo, cerca de Salamanca, y allí escuchamos una historia de esas que enseguida se comentan en la plaza. Os la cuento. Se trata de Isabel, exmujer de Fernando. Estuvieron casados más de veinte años. No conozco todos los detalles de su vida, solo lo que nos contó la gente del lugar.
Al casarse, los padres de Isabel les regalaron un piso en Valladolid. En aquel entonces, Fernando trabajaba en una fábrica de muebles e Isabel era administrativa. Los sueldos no estaban nada mal, llegaban a fin de mes sin apuros. Fernando era muy manitas; arreglaba todo en la casa, no se le escapaba ni un grifo.
Solo tuvieron un hijo: Hugo. Dicen que nunca fue fácil de tratar, siempre se consideró el centro del universo. Isabel lo mimó en exceso, mientras que Fernando intentaba ponerle límites. Así que discutían por su educación casi a diario. Fernando insistía en que su hijo tenía que aprender a ser autosuficiente y hacerse responsable.
Cuando Hugo era pequeño, su padre trató de enseñarle algunos arreglos básicos; defenderse con lo que tuviera en casa. Al principio, el chaval mostraba algo de interés, pero pronto pasó de todo.
Por otro lado, Isabel prefería protegerlo de cualquier esfuerzo. Le decía constantemente que la vida manual no era para él y le regalaba cada capricho caro que pedía. Así acabó siendo un chico perezoso, acostumbrado a que todo le viniera dado.
Obviamente, esa situación fue envenenando la relación entre los padres. Las discusiones se fueron haciendo rutina. Cuando Hugo terminó el instituto, se fue a estudiar a la Universidad de Salamanca. Pagaban sus estudios entre los dos, pero su hijo parecía no valorar el esfuerzo: apenas aprobaba.
¿Y a quién tenemos aquí? Al señorito que no mueve un dedo. Encima querrás que le busque trabajo yo también le soltó Fernando a Isabel. Pues anda, que se quede bajo tu ala, así es más fácil
No es justo que solo me culpes a mí respondía Isabel. También es tu hijo.
Ya tiene casi dieciocho, Isabel. Es un hombre hecho y derecho. Déjale que aprenda a buscarse la vida, que se espabile. Ya te lo advertí muchas veces y nunca quisiste escucharme. Hubiera criado a un hombre, pero no me dejaste. Así que, ¿de qué te quejas ahora?
¿Y tú? ¿Tan listo eres? Llevas años viviendo en mi piso, y todavía no te has comprado uno propio. Buen trabajo tienes, sí, pero te pasas la vida quejándote. Así que ahora vienes tú a decirme cómo educar a nuestro hijo, ¡qué ironía!
Claro, eso es de lo que estamos hablando ahora mismo. Nunca pensé que llegarías a echarme en cara lo de la casa. Que sepas que nos la dieron como regalo de boda, para los dos. Y yo también me he dejado la vida aquí, poniendo todo de mi parte. Mira lo bien que estamos. ¡Ya tienes suerte de tener este sitio! Y vas y me sales con estas.
Isabel suspira y se va al salón. Desde aquel último encontronazo, la relación acabó por romperse del todo. Hugo siempre le daba la razón a su madre y ya ni escuchaba a su padre. Cada vez tenían menos contacto. Fernando comprendió que, para ellos, se había vuelto prescindible.
Un fin de semana, Fernando hace las maletas y se marcha. Resulta que, durante años, fue ahorrando pensando en comprarse una casa cerca del Duero y pasar allí una vejez tranquila junto a Isabel. Al final se instala en el pueblo, y tarda unos meses en dejar perfecta la casa que consiguió. Poco después conoce a una vecina, Elena, viuda de la zona. Ya llevan dos años viviendo juntos.
¿Y qué ha sido de Isabel y Hugo? No han vuelto a dar señales de vida, ni han llamado en todo este tiempo. Así son las vueltas de la vida…







