Herencia del exmarido o sorpresa de la suegra: Como regalo de su esposo alcohólico, Elena recibió la responsabilidad de cuidar a su suegra. Ya llevaban diez años divorciados, no solo por la adicción de él, sino también por su carácter violento. Hacía mucho que habían cortado toda relación, y su hijo en común, que se había casado y vivía en otra ciudad, tampoco mantenía ningún lazo con su padre. ¿Quién querría tener un padre alcohólico? El padre, desde luego, nunca mostró cariño por su hijo. Una mañana de domingo, Elena recibió una llamada con una noticia desagradable… su exmarido había fallecido. No había nadie que pudiera encargarse de su entierro, así que ella y su hijo se ocuparon de todos los preparativos y ofrecieron un digno funeral. Pero quedaba la suegra, una anciana enferma. ¿Qué hacer con ella? Si al menos fuera una persona fácil, pero no, ella siempre fue una caja de sorpresas. Durante toda su relación, lo único que supo hacer fue poner obstáculos. La suegra vivía en una casa a las afueras del pueblo. Tras el funeral, el hijo de Elena regresó con su familia y la responsabilidad de cuidar a la gruñona abuela recayó en Elena. ¿Qué podía hacer? La visitaba varias veces por semana, le llevaba la compra (con la que la abuela nunca quedaba satisfecha, aunque se la comía encantada), partía leña… Todo era complicado, pero no podía dejarla sola. No era capaz de abandonar a una persona desvalida. Así pasaron tres meses, hasta que la anciana falleció. Como resultó, en su testamento dejó a Elena la casa y una considerable suma de dinero ahorrada a lo largo de su vida. Así fue su manera de mostrar agradecimiento.

Life Lessons

Domingo, 13 de mayo

Jamás habría pensado que un regalo de mi exesposa me cambiaría la vida de esta manera. Hace ya diez años que Julia y yo nos divorciamos. No solo porque su adicción al alcohol lo hacía todo insoportable, sino también porque a menudo levantaba la mano contra mí. Perdí todo contacto con ella hace mucho, igual que nuestro hijo, que hace años se casó y ahora vive en Valencia. La relación con su padre era inexistente. Nadie quiere tener un padre así. Y él nunca mostró el más mínimo afecto por el chico.

Aquel domingo recibí una llamada poco después de desayunar. Era una voz sombría, dando la noticia: mi exmujer había fallecido. Nadie quería hacerse cargo del entierro. Al final, nuestro hijo y yo nos ocupamos de los preparativos y le dimos un sepelio digno, como corresponde.

Pero quedaba la suegra, Carmen, anciana y con salud frágil, con más años que paciencia. ¿Qué hacer con ella? De haber sido una mujer amable, otro gallo cantaría. Pero la verdad es que siempre fue una caja de sorpresas, y no precisamente agradables. Durante el tiempo que la conocí, casi lo único que hacía era poner trabas.

Vivía en una casita antigua a las afueras de Cuenca. Tras el funeral, mi hijo se volvió a Valencia con su familia. Así que la responsabilidad de cuidar a esa abuela cascarrabias recayó sobre mis hombros.

¿Y qué podía hacer? Iba un par de veces por semana a visitarla, llevaba la compra, aunque nunca estaba contenta con lo que le traía, pero bien que se lo comía. Me encargaba de cortar leña para la chimenea, y aunque era un trabajo duro, no tenía valor para dejarla sola. No es propio dejar a una persona indefensa así sin más.

Así pasaron tres meses, hasta que la señora Carmen también se fue de este mundo. Cuál fue mi sorpresa cuando, leyendo su testamento, descubrí que me había dejado la casa y una buena suma de euros ahorrados durante años. Así es la vida: la gratitud a veces llega de donde menos la esperas.

Hoy, al mirar las llaves de esa casa y pensar en todo lo vivido, he aprendido que cuidar a los demás, incluso cuando ni lo esperan ni lo agradecen, puede traerte recompensas que no guardan relación con el dinero. Lo importante, al final, es no perder nunca la humanidad.

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