La abuela echó a su nieto y a su esposa y, a los 80 años, decidió por fin vivir sola

Life Lessons

Nuestra abuela, ya con sus ochenta años bien cumplidos, decidió hace una semana echar a mi hermano mayor y a su esposa del piso. Desde entonces, casi no cruza palabra con nadie. Cuando le digo que vamos a pasar a visitarla, cuelga el teléfono con la misma agilidad con la que antaño sacaba churros del aceite. Ya ni siquiera abre la puerta a nadie, como si fuera la conserje cascarrabias del edificio.

Mi hermano, sobre los verdaderos motivos para mudarse a un piso de alquiler, sigue guardando silencio. Y la verdad, no me sorprendió que la abuela le diera la patada, porque el chico nunca ha destacado por su sentido de la responsabilidad y más bien parecía abonado al espíritu del “pan para hoy y hambre para mañana”.

En cuanto la abuela se quedó sola y con espacio de sobra en casa, la familia se reunió en auténtico “cónclave” familiar (sin la abuela, claro). Sólo había un tema, pero era de esos gordos: ¿cómo puede sobrevivir ella sola con ochenta años y sin la ayuda de nadie?

Mi tía Carmen se creyó que había tenido una idea brillante: su hija Lucía, treintañera y en paro, podía ir a cuidar a la abuela. Claro que todos sabíamos que la niña tenía una habilidad especial para no preocuparse absolutamente de nada.

La segunda tía, Pilar, fue más práctica y sacó la calculadora: buscó una mini vivienda para la abuela, diciendo que así se ahorraría dinero. Ahora que los jóvenes ocupan el piso, ¿cómo va a pagar mi madre un alquiler de piso tan grande?, murmuraba mientras revisaba anuncios en idealista.

El tío Benito se ofreció a llevarse a la abuela a su casa, dejando el piso libre para su hijo. Lógico: a los ochenta, vivir solo no es para amateurs, y ya va siendo hora de que los jóvenes se las apañen solos. Todas estas propuestas comerciales iban disfrazadas de preocupación genuina por nuestra querida matriarca.

Yo sólo me preocupo por mi madre, ¡que así estará en buenas y cariñosas manos! dijo el tío Benito, con su mejor pose de yerno ejemplar.

No es la primera vez: la abuela ya convivió con uno de sus nietos, y a Benito ahora le hacía ilusión meter el otro en la ecuación familiar. Mi padre, hombre cabal, propuso dejar que la abuela decidiera cómo quería vivir. Casi le arrancan la cabeza los demás.

Fue la tía Carmen quien más guerreó, así que aceptaron a regañadientes que su hija Lucía fuera la agraciada. Empezó a hacer el equipaje y la llamaron para informarle de que la Operación Abuela había comenzado. Nuestra protagonista, curtida en mil batallas, entendió de qué iba la cosa y colgó el teléfono.

Lucía, camino a casa de la abuela, se veía ya planificando reformas y pensando dónde poner la televisión pantalla plana. Pero nada salió como planeaba. La abuela se atrincheró, y en vez de abrir la puerta, le dejó a su nieta un tarro de tomate casero como recuerdo.

¿Pero cómo puede vivir así sola? protestaba Lucía, frustrada y sin asomar la cabeza de la bufanda. ¡Dice que en ochenta años nunca ha vivido de verdad, y ahora se le antoja empezar! ¿Y si se marea? ¿Y si se pone enferma? ¡La soledad es muy peligrosa!

La abuela, aparentemente, ni se plantea estas angustias. Ella, que ha pasado la vida rodeada de padres, marido, hijos, nietos y hasta sobrinos-nietos, decide que quiere saborear la paz… ¡y en un pisazo de tres habitaciones en pleno centro! ¡Vamos, que escandalazo! ¡Habría que desalojarla para que la juventud florezca!

Sólo mi padre mantuvo la sensatez y su alergia innata a las mudanzas. Ideó una solución moderna: instalarle a la abuela una cámara en el pasillo, con el visto bueno de mamá, para que todos los familiares pudieran comprobar que seguía vivita y coleando. Y la abuela, cada vez que pasaba por la cámara, ponía unas caras de lo más teatrales.

Pagaba sus recibos de la luz y el agua puntualmente -tampoco es que gastase demasiado y rechazó cualquier tipo de ayuda con tal de que no le molestaran más. El avance tecnológico, ese gran aliado de la abuelidad independiente, logró alejar a los parientes gorrones.

Todo ha terminado razonablemente bien… salvo que la abuela sigue sin abrir a nadie ni para tomar un café. Ayer pasé por allí y tuve que recoger un bote de mermelada en el rellano de la escalera. Se nota que aún teme perder ese trozo de libertad y autonomía. Pero me gustaría de corazón que se sintiera de nuevo tranquila y pudiera recibir visitas como antaño.

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