Compro para mí carne de pavo de la mejor calidad en el mercado de San Miguel y preparo albóndigas al vapor en la cocina con olor a limones, mientras que a él le toca carne de cerdo ya pasada, con el color del olvido.
Tengo cincuenta y siete años, aunque a veces me parece que siempre he tenido esa misma edad, siempre persiguiendo sombras en el corredor de nuestra casa antigua en Salamanca. Llevo más de treinta años casada y, durante todo ese tiempo, he sido yo quien ha lavado su ropa, cocinado sus comidas y velado por la comodidad de la familia. Juntos tuvimos dos hijos, a los que yo sola he criado y educado entre notas del conservatorio y el olor del guiso. Mi vida ha sido como la de un ratón corriendo bajo los azulejos, siempre saltando de aquí para allá, con varios trabajos a la vez, aceptando toda tarea posible para que a nuestros hijos nunca les faltara nada y pudieran ir al colegio vestidos como los demás, limpios y estrenando zapatos en septiembre.
Durante todo nuestro tiempo juntos, mi marido nunca trabajó de verdad, o si lo hizo fue como quien juega a las cartas una tarde de domingo. Al llegar a la edad de la jubilación, se sentó en el sofá mirando el techo, y ya no volvió a mover un dedo. Yo, en cambio, sigo yendo a trabajar, ayudo a nuestros hijos con los nietos y continúo, como siempre, atendiendo la casa, cortando el pan y barriendo las migas.
Muchas veces le he pedido que busque algún trabajo, aunque sea de portero en alguna comunidad de vecinos, pero siempre responde que no hace falta, que nos las arreglamos con mis sueldos y su pensión. Cuando se trata de comida, no es ningún ingenuo. Yo apenas tengo tiempo de cocinar. Hay días en que vuelvo a casa después de todo el día fuera y, cuando abro la nevera, ya se ha comido todo lo bueno; lo único que queda para mí es el caldo frío.
Le conté todo esto una tarde a mi amiga Carmen, sentadas en una terraza de la Plaza Mayor, y ella me aconsejó: Haz comida aparte. Para ti, productos de calidad; para él, lo más barato. Al volver a casa esa noche, dije a mi marido que mi médico de cabecera, don Julián, me había impuesto una dieta especial. Que mejor sería que no tocara mi comida, por si acaso te sienta mal, le dije, con una sonrisa maliciosa.
Ahora escondo mi comida como si fuera oro molido; cuando él baja al trastero, aprovecho y me como un trozo de turrón, riéndome bajito. Escondo el chorizo y el queso en la parte trasera de la nevera, justo detrás de los tarros de membrillo. Cuando nadie me ve, me deleito comiendo lo que más me gusta. Menos mal que tenemos dos frigoríficos: en uno están las cosas básicas, y en el otro guardo mis provisiones secretas, entre botes de aceitunas y latas de bonito.
Ya sabéis cómo son los hombres aquí: no ven nada, no se enteran de nada. Compro pavo bueno para mí y me hago albóndigas blandas, aromáticas, y para él, carne de cerdo ya rozando el final, con mucho pimentón para disimular el sabor. Para él, pasta barata del supermercado, que cuesta unos pocos céntimos; para mí, compro macarrones de sémola de trigo duro, de esos caros de la tienda italiana del barrio.
No veo nada malo en lo que hago, ni siento que sea injusto. Si él quiere comer bien, perfectamente podría buscarse un trabajillo aunque fuera vendiendo cupones en la calle. Creo que a nuestra edad sería una necedad divorciarse. Ya hemos vivido lo más importante, y la casa que compartimos guarda demasiados recuerdos para venderla y repartir lo poco que nos queda de la vida. ¿Para qué separar las monedas si, total, lo que tenemos es tiempo, y yo ya he aprendido a esconder lo que de verdad me importa?







