10 de marzo
¡No toques mis copas de cristal! gritó mi antigua amiga. ¡Ocúpate de tus propios ojos! ¿Te crees que no veo a quién miras?
¿Pero estás celosa, o qué? me sorprendí yo, Tomasa del Campo. ¡Mira a quién deseas tú! Ya sé qué regalarte estas Navidades: ¡una máquina para recoger babas!.
¿Y por qué no te la quedas tú?, me replicó Lidia sin quedarse atrás. ¿O es que ya ni la máquina puede con tu boca? ¿Te crees que no me entero?
Resoplé y me bajé de la cama, vieja pero digna, para encender una vela en mi pequeño altar y murmurar la oración matutina.
Nunca fui especialmente devoto, la verdad. Algo debe de haber ahí arriba, quienquiera que mueva los hilos. Llámalo destino, cosmos, Dios… o simplemente ese hombre bonachón con barba blanca y aureola, sentado en una nube y pensando en todos los que andamos por aquí.
Y a mi edad, ya con setenta en el horizonte, más valía no jugar con lo divino. Si al final Dios no existe, los creyentes no pierden nada; pero si existe, ¡los incrédulos lo pierden todo!
Acabada la oración, me sentí ligero, listo para enfrentar el día. Aunque en mi vida había dos tormentos principales, y no, no eran los atascos ni las obras: eran mi vecina Lidia y mis nietos.
Los nietos, la verdad, ya casi no son de mi responsabilidad; que se apañen sus padres. Pero lo de Lidia… eso ya era otro cantar. Una pesadilla castiza, de esas que se ven mejor en la pantalla grande que en la vida real.
Antes, éramos uña y carne con Pedro alias Perico Motillo, porque en su juventud se recorría medio pueblo en ciclomotor y sus respectivas esposas, que desgraciadamente ahora descansan en el cementerio de nuestro pueblo segoviano.
La amistad continuó solo conmigo y Perico porque éramos compañeros de la escuela. Con Lidia también fuimos grandes amigos los tres; juntos a todas partes, él en el centro y nosotras a cada lado, como si fuéramos una taza de dos asas: ¡pocas cosas se escapaban de nuestro control!
Pero, a la par que la vida nos trastocó, la relación con Lidia se agrió. Sobre todo desde que enviudó; todo fue cuesta abajo. El carácter se le torció: la avaricia se volvió codicia, la cháchara, verborrea, y la envidia… bueno, la devoraba de dentro a fuera.
Y motivos de envidia, la verdad, había. Yo, Tomasa, seguía siendo esbelta pese a los años, mientras ella parecía un tonel hinchado. Además, Perico, nuestro amigo común, últimamente compartía más risas y confidencias conmigo que con ella. Conmigo venía a menudo a tomar café sin invitación; a ella había que arrastrarle.
Ella lo sabía y la rabia le bullía por dentro. Sobre todo cuando empezaba a buscarle pegas a todo: ¡que si el baño del patio olía mal, que si las peras del árbol que colgaba sobre mi finca eran suyas y se las cogían mis nietos…!
Ese baño tuyo apesta, me soltó un día.
Pero, Lidia, si lleva ahí desde que Franco era corneta. ¡Solo ahora te molesta!, le contesté, devolviéndole la pulla: Ah, sí, tus lentes de cristal te costaron una pasta pero no te arreglan la vista.
Volaron dardos: ¡No hables de mis cristales! ¿Será que estás celosa? ¡Te hace falta una máquina para recogerte la boca! ¿No será mejor que te la quedes tú? Ya ni máquina ni nada puede contigo…
La cosa seguía. Perico me aconsejó que cerrase el baño de afuera y que hiciéramos uno dentro. Dicho y hecho: mis hijos y yo conseguimos poner un aseo en casa, y Perico, como buen amigo, se encargó de llenar la vieja fosa séptica. ¡Que respires tranquilo, Lidia!
Pero no, la guerra siguió. Que si los nietos rompen su árbol de peras (las peras seguían colgando, tan campantes), que si sus gallinas campaban a sus anchas en mi huerto…
Le propuse que vigilara a sus animales, pero se limitó a encogerse de hombros y reírse maliciosamente: ¡Venga hombre, haz lo que puedas!.
Perico, siempre ingenioso, ideó una venganza: una noche distribuyó huevos por el huerto. Por la mañana, mientras yo los recogía a la vista de todos, Lidia se quedó pasmada. Y mira por dónde, las gallinas nunca más pisaron mi jardín.
Quise hacer las paces, ¿pero cómo? Lidia encontró otra excusa: el humo de mi cocina de verano. Que si la molestaba el olor del guiso, que si igual me hago vegetariana… ¡hasta dijo que el Congreso iba a prohibir el uso de las parrillas al aire libre!
¡Pero, Lidia, si la cocina de verano lleva ahí toda la vida!, intenté explicarle sin éxito. Y reconozco que mi paciencia empezó a agotarse.
Perico, igual deberíamos ofrecer a Lidia para experimentos científicos: le vendría bien un poco de tranquilidad… Porque me tiene chupada la energía, bromeé una tarde mientras tomábamos té.
¡Ni hablar! me reconfortó Perico. Tengo un plan mejor.
Y así, una mañana primaveral, escuché cantar bajo mi ventana: ¡Toma, Toma, sal a la plaza! Era Perico, pletórico, con su motillo reparada y sus ganas de comerse la vida.
¿Sabes por qué estaba triste? dijo Porque no podía montar en mi montura, ¡pero ahora vámonos, guapa: vamos a rodar otra vez!.
Y me subí detrás sin dudarlo, pues, como dice ahora la ley, ¡la edad no es un límite! Cruzamos las calles del pueblo como dos adolescentes.
Poco después, Perico me propuso matrimonio, y me mudé a su casa. Ahora sí, la vida encajó como las piezas de un puzzle.
Mientras tanto, Lidia se quedó sola, enfurruñada y rellena de envidia. Sin a quién soltarle veneno, se lo guarda por dentro. ¡A ver cuánto aguanta!
Al final, la vida en el pueblo es como una copla: sorprendente, a veces amarga, pero con estribillos que lo curan todo. Aprendí que, en la vida, una pizca de humor y buenos amigos valen más que cualquier pelea absurda.
Tomasa del Campo, SegoviaY así, cada vez que paseo del brazo de Perico bajo el cielo segoviano, escucho el eco de las viejas disputas transformándose en anécdotas que provocan carcajadas en la plaza. Al llegar la tarde, cuando el sol dora los tejados y huele a pan horneado y a promesas cumplidas, me siento más ligera, como si los años fuesen hojas lanzadas al viento.
A veces, al cruzar la mirada con Lidia en la tienda o en la misa, me sale una sonrisa traviesa. Nunca sé si la suya es de nostalgia o resignación, pero en sus ojos hay un destello que me recuerda a la juventud compartida y todas las batallas tontas que, sin darnos cuenta, nos han hecho quienes somos.
Dicen que en los pueblos chicos el rencor dura siglos, pero yo prefiero pensar que, con la edad, las heridas se borran a fuerza de reírse de una misma. Porque al final, ninguna copa de cristal vale tanto como un brindis sincero; y ningún viejo enfado resiste una tarde de sol y buena compañía.
Quizá mañana Lidia pase a tomar café, quizá no. Lo que sí sé es que, en esta historia, yo escribo la última línea: la de la felicidad sencilla y las segundas oportunidades, esas que brillan como la luz del atardecer tras la tormenta.
Y así, la vida sigue rodando, entre motillos reparadas, recuerdos de juventud, y ese milagro cotidiano que es saber perdonar y sobre todo, reír.







