Eché a mi cuñado de la mesa en plena celebración por sus bromas groseras: una cena de aniversario, mucha paciencia y el día en que dijimos basta al típico faltón de la familia

Life Lessons

Luis, ¿has sacado la vajilla buena? La de la cenefa dorada, no la de diario. Y mira que las servilletas estén bien tiesas, que las he almidonado para que se mantengan como en un restaurante, Sofía se mueve nerviosa por la cocina, recogiendo un mechón de pelo suelto detrás de la oreja. Del horno sale el inconfundible aroma del pato asado con manzanas, las verduras cuecen esperando ser el acompañamiento, y la nevera está a rebosar de ensaladas que cortó a deshoras.

Luis, su marido, rebusca obediente en la parte alta del armario.

Sofi, ¿para qué tanto lío? Si van a venir los de siempre Mi hermano, mamá y tía Pilar. Les das de comer hasta en un tazón de plástico y con que haya vino, contentos, gruñe mientras baja la caja del juego de porcelana de Sargadelos.

No protestes. Hoy celebramos nuestro aniversario, quince años; bodas de cristal. Quiero que todo salga perfecto. Y ya sabes cómo es tu hermano. Si le pongo un plato sencillo, dirá que estamos en la ruina; si tiene una marca, comentará que somos unos descuidados. Al menos una vez, que no tenga excusa para sus bromas.

Luis suspira resignado, bajando de la silla. Sabe que su mujer tiene razón. Su hermano mayor, Gonzalo, siempre ha sido lo que, por no decir peor, llaman carácter difícil. O como repite Sofía entre amigas: un borde profesional, convencido de que su mala educación es signo de franqueza.

Solo te pido que hoy, por favor, le ignores, dice Luis, repasando platos con un paño. Está pasando una mala racha, le echaron del curro, su mujer se ha largado Está más arisco que nunca.

Luis, lleva en mala racha cuarenta años. Su mujer se fue porque tiene instinto de supervivencia responde Sofía mientras prueba la salsa. Seré educada hasta donde pueda. Pero que te quede claro: si vuelve a pasarse con mi físico o tu sueldo, salto.

El timbre suena puntual a las cinco. Primero llega la suegra, doña Carmen, devota de sus hijos, sobre todo del mayor. Le siguen tía Pilar y su marido. Gonzalo, como es habitual, cae cuarenta minutos después, cuando todos miran los aperitivos medio fríos.

Irrumpe en el recibidor hecho un vendaval, oliendo a tabaco barato y a frío de la calle.

¡Aquí estoy! ¿No me esperabais? Pues toma, que he venido suelta una carcajada atronadora, llenando el pequeño piso. ¿Apostabas a que no traía regalo, Luis? ¡Coge!

Le encasqueta a su hermano un paquete envuelto en papel de periódico.

¿Y esto? Luis se sorprende.

Mano de santo: un set de destornilladores del chino. Te van a venir de perlas, que siempre andas buscando el martillo y no das pie con bola.

Sofía, forzando una sonrisa, acude a recibirle.

Buenas tardes, Gonzalo. Pásate a lavar las manos. Llevamos tiempo esperándote.

Gonzalo la recorre de arriba abajo, echándole un vistazo que la hace tiritar.

¡Anda, Sofía! ¿Y ese modelito? ¿Es nuevo el vestido? ¡Brilla más que un caramelo! ¿O es para que no se te noten las arrugas? Es broma, mujer, ¡sigues estando de buen ver, con chicha!

Luis tose para romper el hielo.

Venga, siéntate que se enfría el pato.

Gonzalo toma el mando y se sirve una copa generosa de orujo, sin brindar, y engulle una gilda antes de empezar su show:

¡Felicidades, pareja! Quince años, ¡tela! ¿Cómo no os habéis matado aún? Yo con mi ex, Marta, aguanté cinco y casi me cuelgo. Las mujeres, unas chupasangres; pero tú, Luis, has tenido suerte: esta por lo menos cocina. Aunque masticando, tuerce la boca ¡Se ha pasado de sal! ¿Estás enamorada, Sofía, o es la edad?

Doña Carmen, apurada, sale al quite.

Anda, Gonzalito, prueba la ensalada de lengua, está deliciosa.

¿De lengua? grita Gonzalo, tronchándose. Eso le viene bien a Sofía, que la tiene bien larga. Pero bueno, mamá, no la defiendas, que una crítica a tiempo es sana. Yo siempre digo las cosas a la cara y por eso se me respeta.

Sofía, repartiendo el asado ardiente, nota cómo la rabia le bulle por dentro. Busca la mirada de Luis, pero él clava los ojos en la servilleta, temeroso de enfrentarse al conflicto.

Respira. Solo es una noche. Por Luis. Por la familia, se repite Sofía.

Gonzalo, ¿cómo te fue la entrevista? decide cambiar de tema a terreno neutral.

Gonzalo aparta la pregunta de un plumazo, rellenando su copa.

Nada, para qué preguntar. Está todo rodeado de idiotas. Un niñato me quería examinar de informática. Le he dicho: Muchacho, yo curraba cuando tú ni ibas solo al baño. Y me suelta: No nos sirve. Pero bueno, ya montaré mi propio chiringuito. Eso sí, cuando junte algo de pasta. Por cierto, Luis, ¿me podías prestar unos quinientos euros hasta el mes próximo? Que tengo las tuberías hechas polvo.

Sofía se queda petrificada, ensaladera en mano.

Gonzalo, aún no has devuelto los mil euros del arreglo del coche, responde serena.

Gonzalo se sulfura y cambia al ataque.

Vaya, aquí la contable. Luis, ¿has visto cómo te controla? Todo el día con el pie en el cuello. Si pido algo, es a mi hermano, no a ti. ¿O tampoco puedes ni ayudar a tu sangre?

Luis la mira apurado.

Es que vamos justos, Gonzalo. Pagamos la hipoteca y el convite este

¡Ya veo el convite! corta Gonzalo, espeteando la carne. ¡Vivís a cuerpo de rey! Salmón, vino del caro Y yo, tu hermano, pidiendo limosna. Así eres tú, Sofía: todo para dentro. Que los demás se apañen.

Gonzalito, come, no hables tanto, intenta intervenir doña Carmen, ofreciéndole otra empanadilla. Sofía lo ha hecho con cariño.

Sí, cariño masculla Gonzalo. Igual que con su jefe, ¿verdad? ¿No dicen que la han ascendido? ¿Por qué será? ¿Por quedarse haciendo horas o por esos ojazos?

Un silencio espeso cae sobre la mesa. Tía Pilar, parlanchina de costumbre, se para en seco. Luis enrojece.

¿Pero tú qué dices? susurra él.

Digo lo que nadie se atreve. Tú, Luis, eres un calzonazos: reventando en la fábrica por una miseria, mientras tu mujer sube como la espuma. ¿Crees que te quiere? ¡Si sigue contigo por compasión o por comodidad! Mírate, ¡eres un pelele!

Cállate, la voz de Sofía resuena firme como nunca. Sujeta la ensaladera con manos temblorosas y la deja despacio.

¡Caramba, saca la voz la jefa! ironiza Gonzalo. ¿Te molesta la verdad? Siempre me he preguntado qué te vio Luis. Ni cara, ni cuerpo. Carácter, taladro. Mi Marta, sí: una víbora, pero guapísima. Y tú, una gris que ha querido ser reina solo por llevar el mando.

Sofía busca de nuevo la reacción de Luis. Espera que salte, que defienda su lugar, que ponga a Gonzalo de patitas en la calle. Pero Luis se encoje, prieto. Vuelve a ceder ante el hermano dominante de toda la vida.

Si tú no, pues yo, piensa Sofía.

Se levanta despacio. Se alisa el vestido. Y su voz, dura como el granito de Salamanca, hiela el ambiente:

Te levantas y te vas. Ahora.

Gonzalo suelta una risotada, sin creérselo.

¿Qué? ¿Te has pasado con el horno?

He dicho: afuera. De mi casa, ahora mismo.

¡Pero esta casa también es de mi hermano! grita Gonzalo. Luis, ¡di algo! ¡Tu hermano!

Luis levanta la vista. Tiene el alma escocida. Y comprende: o la apoya, o esto se acaba.

Gonzalo, por favor vete, suelta, ronco.

Gonzalo se queda descompuesto. Esperaba todo menos esto.

¡Os habéis confabulado! ¡Mamá, mira lo que hacen! ¡Por una broma!

No era una broma, Gonzalo, Sofía le señala la puerta. Nos has vejado, te has burlado en nuestra mesa, has ofendido a quien te da cobijo. Llevo quince años tragando, por la paz. Pero se acabó. Aquí no caben más tus faltas de respeto. Fuera.

¡A la porra! Gonzalo se levanta a empujones, la copa vuelca y el vino tinto se extiende como un sangrado sobre el mantel blanco. No os preocupéis, no vuelvo más. Comed solos vuestra comida de finos. ¡Panda de culturetas! y, aferrando la botella abierta, cruza la casa a zancadas.

¡Luis, te arrepentirás! ¡Prefieres a tu mujer que a tu propio hermano! ¡Calzonazos! lanza ya casi en el descansillo.

La puerta se cierra de un golpe seco, el aparador resuena.

Silencio absoluto. Solo se oye el tic-tac del reloj y la respiración torpe de doña Carmen, que se enjuga las lágrimas.

Sofía solloza ¿hacía falta? No es malo, sólo impulsivo. Se ha pasado bebiendo.

Sofía se vuelve a la suegra. Su control empieza a resquebrajarse, palma tiembla, pero aguanta.

Doña Carmen, impulsivo es reírse alto. Lo que hace tu hijo es ser ruin. Eso aquí no se permite. Si le quieres disculpar, perfecto, pero no delante de mi mesa.

Doña Carmen llora en silencio. Tía Pilar, mujer de recursos, suelta de repente:

¡El pato está buenísimo, Sofía! Se deshace. Y has hecho bien, chica. Ya era hora de ponerle límites a ese jabalí. En tu boda me dejó el pie hecho polvo y ni perdón. Luis, sírveme vino que este susto lo merece.

Eso destensa el ambiente. Luis, como recobrando vida, toma la botella. Aún le tiemblan los dedos, pero mira a su esposa con un respeto y ternura que hace años no le veía.

Perdóname, le susurra mientras rellena su copa de mosto . He sido un cobarde. Tendría que haberlo hecho yo.

No importa, le acaricia la mano . Lo importante es que estamos juntos. Y que él, fuera.

El resto del encuentro resulta inesperadamente agradable. Sin Gonzalo, la atmósfera parece más limpia. Todos respiran, cuentan anécdotas, ríen con cariño. Doña Carmen al principio se repliega, pero después de dos tragos de licor y el bizcocho casero de Sofía, hasta canta con tía Pilar canciones de sobremesa.

Cuando los últimos invitados se marchan, Sofía y Luis se quedan en la cocina frente al mantel magullado.

Este mantel no sale, suspira Sofía . Me lo regaló mamá, qué rabia.

Luis se acerca y la rodea con los brazos.

Sofía, que se vaya el mantel. Compramos otro, los que quieras. Hoy fuiste increíble. Me he dado cuenta de qué idiota he sido permitiendo que arruinara nuestra vida tantos años. Me dijeron de pequeño: Deja pasar a Gonzalo, que es difícil. He dejado pasar demasiado.

Ya lo sé, Luis. Cambiar cuesta. Pero somos familia. De cristal, sí, pero bella. No dejaré que la rompa un patán con un estuche de destornilladores del chino.

Ríen. La tensión por fin se diluye.

Hablando del set coge el paquete del salón , ¿sabes lo gracioso? Que ya tengo uno igual. ¡Fue él quien me lo regaló hace tres años por Reyes! Seguro que lo recuperó de aquí y ahora me lo endosa como nuevo.

Como ves Sofía sonríe , la constancia es una virtud.

A la mañana siguiente, el móvil de Luis no para. Gonzalo insiste. Luis mira la pantalla, ve el Gonzalo parpadeando, luego mira a Sofía, tranquila leyendo y tomando café. Baja el volumen y pone el teléfono boca abajo.

¿No contestas? pregunta ella.

No. Que descanse la conciencia. O igual nunca le respondo. Me gustó demasiado el silencio de ayer.

Mamá sufrirá comenta Sofía.

Le hará bien entender que ya tengo voz. Que la tenemos. ¿Somos equipo?

Equipo asiente Sofía . Equipo de amantes de la paz y del pato con manzanas.

Una semana después, Sofía se entera de boca de su suegra de que Gonzalo va contando a los parientes la historia de cómo le echó la loca de su cuñada, con el pobrecito de Luis escondido debajo de la mesa. Los parientes escuchan, se apiadan, pero curiosamente empiezan a visitar más la casa de Luis y Sofía y todos con extrema cortesía. Parece que, al final, la fama de no tolerar faltas de respeto funciona mejor que cualquier alarma.

Por cierto, el mantel se limpió. Sofía pudo con la mancha usando el truco de la abuela: sal y agua hirviendo. Como con Gonzalo: un poco de escozor, un poco de esfuerzo, y ahora todo se ve limpio y reluciente.

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