Mi marido invitó a su exmujer con los niños a la cena de Nochevieja, así que hice la maleta y me fui a casa de mi amiga

Life Lessons

Dime que no vas en serio, Olegario. Dímelo, por favor, que esto es una de esas bromas tuyas de mal gusto. O quizá el ruido del grifo me ha hecho oír cosas.

Isabel cerró el agua y se secó las manos con el paño. Se giró despacio hacia su marido. La cocina olía a pisto recién hecho, al frescor del perejil y a mandarinas; el aroma inconfundible de una Nochevieja castiza. Faltaban seis horas para que el reloj de la Puerta del Sol diera las campanadas. Sobre la mesa se apilaban los ingredientes de la ensaladilla rusa, en el horno se asaba una pintada con manzanas, y en el frigorífico cuajaba una gelatina de ternera tras horas de hervor.

Olegario, clavado en el marco de la puerta, no paraba de jugar con el botón de la camisa claro síntoma de que ni a él mismo le convencía lo que iba a decir, pero las palabras ya pendían inminentes.

Isa, cariño, no hagas un drama su tono era suplicante y casi tembloroso. Mira, a Lucía se le ha inundado el piso. Bueno, no exactamente, pero han cortado el agua y la calefacción. Imagina a mis hijos pasando la Nochevieja tiritando. No podía negarme Son mis niños, después de todo.

Los niños, por supuesto que sí su voz resultaba calmada a pesar del temblor que recorría su interior. Pero, ¿Lucía también? ¿Acaso es tu hija? ¿Por qué no se va a casa de su madre, o de alguna amiga? ¡O a un hotel, vamos! Y con la pensión alimenticia que le das puede alquilar hasta una suite en la Gran Vía

Su madre está en Benidorm, y las amigas de viaje Olegario apartó la mirada. Además, es una fiesta familiar. A los niños les hará ilusión brindar contigo y conmigo. Solo cenaremos tranquilos, veremos los fuegos artificiales Nuestra casa es grande, ¿qué más da?

Isabel miró alrededor. Sí, la casa era amplia, pero aquel era su refugio, su rincón íntimo. Era el primer Fin de Año en tres desde que se casó con Olegario que estarían a solas: ni suegros, ni cuñados, ni vecinos. Solo ellos dos, su laceado mantel de lino, la luz de las velas, la música suave. Una noche mágica, la suya. Y ahora toda esa ilusión se había caído como un castillo de naipes.

Lo pactamos, ¿te acuerdas? le susurró, apenas audible. Dijimos que sería una noche solo nuestra. Los niños siempre son bienvenidos, Olegario, lo sabes. Forman parte de ti y de tu vida. Pero invitar a tu ex mujer a nuestra mesa… ¿Sabes lo que significa eso para mí?

Isa, no exageres intentó sonar seguro, incluso alzó la voz. Somos gente civilizada. Lucía es la madre de mis hijos. No seas egoísta, hombre. No se puede ser así de dura en Nochevieja Llegarán en una hora.

Salió apurado, antes de que Isabel encontrara algo contundente a mano. Ella quedó inmóvil, apoyada en la encimera. La pintura dorada del asado crepitaba, y el aroma a manzana llenaba la casa, pero el apetito y la alegría ya se habían esfumado. No seas egoísta: esas palabras dolían más que cualquier otra cosa. Toda su vida peleando por ser la esposa perfecta, por aceptar a los hijos de otro, por aguantar llamadas intempestivas de la ex pidiendo favores. ¿Y así es como le pagaba Olegario?

Empezó a pelar patatas con energía maquinal, intentando sofocar la rabia en cada corte. ¿Tal vez ella era demasiado dura? ¿Quizá Lucía sabría comportarse? Al fin y al cabo, la Nochevieja es de reconciliaciones y milagros…

El milagro no llegó. A los cincuenta minutos exactos, el interfono sonó. Isabel apenas tuvo tiempo de cambiar el delantal por un vestido sencillo, y dar unos retoques a su maquillaje. Olegario fue a la puerta corriendo, radiante como un niño estrenando zapatos.

La procesión entró como un vendaval. Primero, Daniel y Mateo, de diez y siete años. Ni se molestaron en quitarse los zapatos, cruzando el parquet impecable con las suelas mojadas. Después, Lucía, avanzando como una fragata: vestida de rojo vivo, escote pronunciado y dos bolsas enormes. Un perfume dulzón y pesado invadió el recibidor, desplazando el olor a mandarinas.

¡Por fin! declamó Lucía, sacudiendo el abrigo y dejando nieve sobre el suelo. ¡Un tráfico horrible! El taxista casi me manda a paseo por pedirle que corriera. Olegario, coge las bolsas, allí van los regalos de los niños y un buen cava. No ese barato que compras

Isabel salió, la sonrisa convertida en máscara.

Buenas noches, Lucía. Hola, chicos.

Lucía la recorrió de arriba abajo, deteniéndose en la sencillez de su vestido.

Hola, Isa respondió sin entusiasmo. Vaya, qué calor aquí dentro. ¿Por qué no abres la ventana? Olegario, ¿dónde están mis zapatillas? Las rosas de la última vez, ¿no las guardaste cuando vine por la manutención?

Ahora las busco, Luci, ahora mismo se apresuró Olegario, rebuscando en el armario.

¿Luci? Isabel sintió cómo se le encogía el corazón. ¿Desde cuándo la ex tiene zapatillas personales en su casa? ¿Desde cuándo Olegario sabía exactamente dónde estaban?

Todos pasaron al salón. Los niños ya habían puesto la tele a todo volumen y saltaban sobre el sofá blanco. Isabel torció el gesto: era nuevo, lo había comprado con tanta ilusión.

Daniel, Mateo, cuidado con el sofá, por favor dijo con suavidad.

Déjales saltar, son críos saltó Lucía, dejándose caer en el sillón. Olegario, pásame agua, tengo la garganta seca.

Durante una hora, Lucía fue el centro de todo. Revisó las luces del árbol (¡Menos soso, en nuestros tiempos poníamos más colorines!), despreció la mesa puesta (¿Para qué tantas copas?, esto parece Buckingham Palace), regañó a los niños y luego los mimó. Olegario corría a servirla, buscándole almohadas, bajando o subiendo el volumen, cargadores, lo que hiciera falta. Isabel apenas cruzaba miradas con él: parecía evitarla.

Isabel continuó poniendo la mesa, llevando platos y copas, sintiéndose más como camarera que anfitriona.

Isa, ¿la rusa la hiciste con mortadela? ¡Hija, eso ya no se lleva! Olegario la prefiere con bonito. Siempre la hacíamos así.

Lleva tres años comiendo mi ensaladilla tan contento replicó ella desde la cocina, dejando el bol con más fuerza de la debida.

Será por cortesía rió Lucía. El pobre, se la come por educación.

Olegario esbozó una sonrisa torcida desde la puerta, sin atreverse a defenderla.

Luego fue el turno del asado. Isabel lo depositó en el centro con cierto orgullo.

Pintada asada con manzana reineta y ciruelas.

Los niños torcieron el gesto.

¡Puaj, está quemada! Mateo apartó el plato. Papá, queremos pizza.

No está quemada, es el dorado… intentó explicar Isabel.

Bah, a los niños eso no les va, mujer Lucía pinchó el ave con desdén. Y ese relleno ¿quién pone ciruelas en la carne? Olegario, pide pizza para los críos. Y para mí también, que tengo el estómago delicado.

Olegario miró a Isabel con pena.

Isa, ¿y si pido pizza? Es una noche especial para ellos. Tardo un segundo en llamar.

¿De verdad? la voz de Isabel casi se quebró. Llevo cuatro horas preparando este plato. Marinando desde ayer. Es lo mejor que sé cocinar.

No te pongas así intentó consolarla, pero Isabel lo apartó. Habrá de todo en la mesa, mujer.

Mientras marcaba el número de la pizzería y preguntaba a Lucía si la quería de champiñones o de jamón, Isabel observaba la escena desde su banqueta, como si todo pasara en otra vida. Su casa, su cocina, y su marido tuteando sonriente a la ex.

De pronto, Lucía, copa de cava en mano, se encendió:

¿Te acuerdas, Olegario? El fin de año de 2015 en la casa rural. ¡Tú de Papá Noel, y se te cayó la barba! ¡Cómo reímos!

¡Ya te digo! rió Olegario con ganas. Y tú de Reina Maga y el tacón en plena nieve ¡Vaya aventuras!

Uno tras otro, repasaron recuerdos: el primer coche, la semana en la playa, los primeros pasos de Daniel. Sus cuentos y risas crearon una burbuja a la que Isabel no podía acceder. Era su pasado, su universo, ella solo un mueble de fondo.

Mateo, trotando alrededor, volcó una copa de vino tinto sobre el mantel níveo que Isabel había planchado al milímetro. La mancha se extendía como una herida.

Ay, ya estamos Olegario, haz algo ordenó Lucía. Y, Isa, ¿tienes sal?, así se va la mancha. Aunque este mantel es sencillo, ni de lejos me dolería.

Isabel se levantó. El zumbido en los oídos nublaba risas y voces. Buscó la mirada de Olegario, que andaba ya con el salero, atento solo a su familia pasada.

En ese instante, Isabel se convirtió en una sombra. Estaba ahí, físicamente, pero para Olegario no existía. Solo Lucía, los niños y su remordimiento. Ella apenas era un adorno funcional encargado de servir y no molestar.

Salió de puntillas del salón. Nadie la notó. Lucía hablaba de viajes, Olegario reía.

En el dormitorio, apenas iluminado por el farol de la calle, Isabel sacó del armario una mochila pequeña. De repente, la serenidad invadió su cuerpo. Colocó unos vaqueros, jersey de lana, ropa interior, neceser, el cargador del móvil, y el DNI. Se quitó el vestido con resignación, eligió unas botas cómodas. Se vio reflejada en el espejo: el rostro cansado pero digno.

Al salir, oyó el timbre: había llegado la pizza.

¡Bien, pizza! gritaron los niños.

Olegario, paga tú, yo solo tengo billetes grandes gritaba Lucía.

Isabel cruzó el pasillo sin mirar atrás. Olegario, ocupadísimo con las cajas de pizza, ni la vio. Cuando se giró, ya no estaba. Cerró la puerta tras de sí, bajó en el ascensor, y solo entonces se permitió respirar.

Fuera, Madrid brillaba en la nieve, los petardos estallando en la distancia, la gente de celebración. Marcó el número de su amiga.

Sofía, ¿te he despertado? preguntó en cuanto oyó su voz.

¡Por Dios, Isa! Son las diez y estamos abriendo el cava. ¿Qué pasa? ¿Tienes voz de funeral?

He dejado a Olegario. ¿Puedo ir a tu casa?

¡Madre mía! Ven por supuesto. Juan, saca un plato más, Isa viene. ¿Dónde estás? Te pido un taxi ya.

Cuarenta minutos después, Isabel cenaba en la cocina cálida de Sofía. El olor a canela la recibió como un abrazo. Juan, el marido de su amiga, se hizo el desentendido y dejó a las dos a solas.

Cuenta, Isa. ¿Qué ha hecho el idiota?

Lo contó todo: el grifo roto, la ensaladilla, los relatos de Lucía, el desprecio a su comida.

No es solo que vinieran, Sofía decía Isabel, aferrada a la taza de té. Es que yo ya no le importo. Era la criada de su cuento de hadas, la insignificante. Si me quedo, se convence de que puede pisotearme siempre.

Ya, síndrome de buenazo asintió su amiga. Querer tener contentos a todos menos a la persona más leal. Hiciste bien en marcharte. Más vale sola que decorado de fondo.

El móvil de Isabel no sonó hasta una hora después. Parecía que solo la buscaban cuando llegó la pizza a la mesa… Llamaba Olegario. Isabel rechazó la llamada. Lo intentó otra vez, y luego otra.

Llegaron los mensajes:

Isa, ¿dónde estás? No te encontramos.

¿Has salido a la compra? La pizza se enfría.

Venga, responde. Lucía pregunta por ti.

¿Te has enfadado y te has ido? ¡Isa, esto es de críos! Vuelve ya, que me muero de vergüenza delante de Lucía.

Isabel leyó el último mensaje y sonrió con amargura. Qué vergüenza, sí, ¡pero no por su mujer legítima!

No le contestes aconsejó Sofía. Que se las arregle él solito con Lucía y la prole.

Isabel apagó el móvil.

Esa Nochevieja no pidió deseos al caer las uvas. Solo brindó con Sofía y Juan, viendo La gran familia y sintiendo, por primera vez en años, ligereza en cuerpo y alma. Como si el peso de tres años de resignación cayera por fin al suelo.

La mañana de año nuevo amaneció clara y gélida. Isabel se despertó en el sofá cama con el aroma a café de Sofía. Encendió el móvil: cincuenta llamadas perdidas, una veintena de mensajes. El tono pasaba del enfado a la pena.

Los niños han roto tu jarrón favorito. Perdona.

Lucía montó un numerito porque el sofá es duro.

Se han marchado. Isa, en casa es un caos. No sé ni por dónde empezar.

Isa, cariño, lo siento. Soy un idiota. Llámame, por favor.

Cerca del mediodía, alguien tocó el timbre en casa de Sofía. Al abrir, allí estaba Olegario. La chaqueta arrugada, mancha de Rioja en la camisa, cara de recién llegado del frente. Un ramo de rosas en las manos, seguro comprado a precio de oro en la única floristería abierta.

Sofía le recibió con los brazos cruzados.

Hombre, si ha venido el galán. ¿Se te ha perdido algo?

Sofía, dile a Isabel que salga, por favor. Tengo que hablar con ella.

Isabel salió al recibidor. Al verlo tan descompuesto sintió piedad, pero también una calma nueva.

¡Isa! quiso abrazarla, pero su fría mirada lo frenó. Perdóname, Isa. De verdad. Cuando te fuiste, todo fue un infierno. Lucía mandando, los niños descontrolados, tiraron el árbol Quise calmarlos y ella me llamó mal padre. Los eché en taxi a las tres de la mañana.

Se detuvo, buscando sus ojos.

He sido un simple, Isa. Creí que si era bueno con todos todo iría mejor, y solo te he hecho daño a ti. Eres mi familia, solo tú. Por favor, vuelve a casa. La he recogido casi toda.

Isabel miró las rosas. Gotas de agua caían al suelo.

Olegario, no solo me has herido. Me has enseñado dónde estaba mi sitio: entre la cocina y la sala, apenas más que el aparador. Permitiste que otra mujer manejara mi hogar y criticara lo mío.

Te juro que jamás volverá a repetirse exclamó él. Voy a bloquear a Lucía, solo hablaré con ella de los niños y, si hace falta, en la calle. Nada de visitas, ni llamadas nocturnas. Todo va a cambiar, te lo prometo.

Isabel callaba. Veía que sus palabras, por primera vez, no eran excusas. El miedo era real. Pero, ¿cómo borrar la soledad sentada en su propia mesa?

Hoy no voy a volver dijo, firme. Me quedaré con Sofía un par de días. Y tú, piensa bien, Olegario. No en cómo recuperarme, sino en por qué llegaste a esto. Por qué para ti era más importante la opinión de tu ex que el dolor de quien tienes hoy a tu lado.

Te esperaré. El tiempo que haga falta. Te quiero, Isa. De verdad.

Dejó el ramo y, cabizbajo, salió por la puerta.

Isabel volvió a la cocina, donde Sofía ya servía té.

¿Le perdonarás? preguntó la amiga.

No lo sé, Sofía. Quizá, algún día. Es buena persona pero si vuelvo, será con condiciones. Nunca más, nunca, dejaré que me releguen a un segundo plano.

Se acercó al ventanal. Madrid resplandecía bajo la nieve, limpio y nuevo como un folio en blanco. Y por fin Isabel entendió: a partir de ahora, el bolígrafo de su vida lo sujetaría ella. Lo demás, solo sombras.

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