Creo que el amor se ha acabado — Eres la chica más guapa de toda la facultad —le dijo él entonces, ofreciéndole un ramo de margaritas compradas en el mercadillo del metro. Ana se echó a reír mientras aceptaba las flores. Las margaritas olían a verano y a algo indefiniblemente correcto. Dmitri se plantó delante de ella con la mirada de alguien que sabe exactamente lo que quiere. Y él la quería a ella. Su primera cita fue en El Retiro. Dmitri llevó una manta, un termo de té y bocadillos caseros hechos por su madre. Se sentaron en el césped hasta que anocheció. Ana recordaba su risa a carcajadas, cómo rozaba su mano “sin querer”, cómo la miraba, como si ella fuera la única persona de todo Madrid. A los tres meses la llevó al cine a ver una comedia francesa que no entendió, pero con la que se rió tanto como él. A los seis meses, conoció a sus padres. Al año le pidió mudarse juntos. — Si ya pasamos todas las noches juntos —dijo Dmitri, jugueteando con su pelo—, ¿para qué pagar dos pisos? Ana aceptó. No por el dinero. Simplemente, a su lado, el mundo tenía sentido. Su piso de alquiler olía a cocido madrileño los domingos y a sábanas recién planchadas. Ana aprendió a cocinar sus filetes rusos preferidos, con ajo y eneldo, tal y como los hacía su madre. Dmitri por las noches le leía en voz alta artículos de revistas sobre negocios y finanzas. Soñaba con montar su empresa. Ana le escuchaba, la mejilla apoyada en la mano, y creía cada palabra. Hicieron planes. Primero, ahorrar para la entrada del piso. Luego, tener su propia casa. Después, un coche. Y, por supuesto, hijos. Dos, niño y niña. — Nos dará tiempo a todo —decía Dmitri, besándola en la coronilla. Ana asentía. Cerca de él, se sentía indestructible. …Quince años de vida en común se llenaron de objetos, hábitos, rituales. Un piso en Salamanca con vistas a un parque. Hipoteca a veinte años que iban cancelando antes de tiempo, renunciando a vacaciones y cenas fuera. Un Toyota gris en la calle: Dmitri lo eligió, regateó con el vendedor, y cada sábado fregaba el capó hasta que brillaba. El orgullo subía en oleadas cálidas. Lo habían conseguido todo por sí mismos. Sin dinero de los padres, sin enchufes, sin suerte. Solo trabajando, ahorrando, resistiendo. Ana nunca se quejó. Ni cuando acababa tan agotada que se quedaba dormida en el metro y se despertaba en la última parada. Ni cuando quería dejarlo todo y escaparse al mar. Eran un equipo. Así lo decía Dmitri, y Ana lo creía. El bienestar de él siempre estaba primero. Ana se aprendió esa norma de memoria, la tejió en su propio ADN. ¿Un mal día en el curro? Ella preparaba la cena, servía el té, escuchaba. ¿Bronca con el jefe? Le acariciaba la cabeza, susurraba que todo pasaría. ¿Dudas? Encontraba las palabras que necesitaba, lo sacaba del pozo. — Eres mi ancla, mi refugio, mi fortaleza —decía Dmitri en esos momentos. Ana sonreía. ¿Ser el ancla de alguien —no es eso la felicidad? Hubo épocas duras. La primera vez, tras cinco años viviendo juntos. La empresa de Dmitri quebró. Estuvo tres meses en casa, buscando curro y cada vez más apagado. La segunda, fue peor. Unos compañeros lo metieron en un lío con unos papeles y perdió el trabajo y una buena suma. Tuvieron que vender el coche para saldar la deuda. Ana no reprochó nada. Ni una palabra, ni una mirada. Cogió proyectos extra, trabajó de noche, ahorró todo lo posible. Solo le importaba una cosa: cómo estaba él. Que no se rompiera, que no perdiera la fe en sí mismo. …Dmitri salió adelante. Encontró trabajo nuevo, mejor que el anterior. Compraron otro Toyota plateado. La vida volvió a la normalidad. Hace un año estaban sentados en la cocina, y Ana por fin se atrevió a decir en voz alta lo que llevaba tiempo pensando: — ¿No crees que ya toca? Ya no tengo veinte. Si seguimos esperando… Dmitri asintió, serio, meditado. — Venga, vamos preparándonos. Ana casi contenía el aliento. Años soñado, postergado, esperando el momento ideal. Y por fin, había llegado. Lo imaginó un millar de veces. Una pequeña mano aferrando la suya. Olor a nenuco y talco. Primeros pasos en el salón. Dmitri leyendo un cuento antes de dormir. Un hijo. Su hijo. Por fin. Todo cambió enseguida. Ana revisó su dieta, sus hábitos, su rutina. Pidió cita con los médicos, hizo analíticas, empezó a tomar vitaminas. La carrera quedó atrás, justo cuando iban a ascenderla. — ¿Estás segura? —le preguntó la jefa, mirándola por encima de las gafas—. Esto solo pasa una vez en la vida. Ana estaba segura. El ascenso significaba viajes, horarios imposibles, estrés. No era el mejor ambiente para quedarse embarazada. — Prefiero ir al otro centro —dijo. La jefa encogió los hombros. La sucursal estaba a quince minutos de casa. El trabajo: aburrido, rutinario, sin futuro. Pero podía salir a las seis y olvidar el trabajo los fines de semana. Ana se adaptó enseguida. Los compañeros, agradables pero no ambiciosos. Ella se llevaba la comida hecha, paseaba en el descanso, se acostaba antes de medianoche. Todo por el futuro hijo. Todo por su familia. El frío llegó sin aviso. Al principio, Ana no le dio importancia. Dmitri trabajaba mucho, estaba cansado. Se entiende. Pero dejó de preguntarle qué tal el día. Dejó de abrazarla antes de dormir. De mirarla como antes, cuando la llamaba la chica más guapa de la facultad. En casa se instaló un silencio raro. Antes charlaban horas: del curro, de planes y tonterías. Ahora Dmitri no despegaba los ojos del móvil. Contestaba en monosílabos. Se acostaba dándole la espalda. Ana se quedaba mirando el techo. Entre ellos, una zanja de medio metro de colchón. La intimidad desapareció. Dos semanas, tres, un mes. Ana perdió la cuenta. Y él siempre tenía excusas: — Estoy destrozado. Mañana, ¿vale? El mañana nunca llegaba. Ella preguntó sin rodeos. Una noche, le cortó el paso hacia el baño. — ¿Qué pasa? Pero de verdad. Dmitri la miraba de refilón, hacia el marco de la puerta. — Nada. Todo bien. — No es cierto. — Te lo imaginas. Es solo una racha. Pasará. Él la rodeó y cerró la puerta. El agua empezó a sonar. Ana se quedó en el pasillo, la mano en el pecho. Dolía. Sordo, constante, insoportable. Aguantó un mes más. Luego, no pudo más y preguntó de frente: — ¿Tú me quieres? Pausa. Larga, terrible. — Yo… no sé lo que siento por ti. Ana se sentó en el sofá. — ¿No sabes? Dmitri por fin le sostuvo la mirada. Y allí, solo vacío. Confusión. Nada de aquel fuego que ardía quince años atrás. — Creo que el amor se ha acabado. Hace tiempo. No decía nada para no hacerte daño. Ana pasó meses en ese infierno, sin saber la verdad. Analizaba cada gesto, miraba en busca de explicaciones. Que si problemas en el trabajo. Que si crisis de los cuarenta. Que si mala racha interminable. Pero él, sencillamente, dejó de quererla. Y callaba mientras ella planeaba su futuro, renunciaba a la carrera y se preparaba para ser madre. La decisión llegó de golpe. Se acabaron los “quizá”, “a lo mejor cambia”, “hay que dar tiempo”. Basta. — Voy a pedir el divorcio. Dmitri palideció. Ana vio marcha su nuez. — Espera. No hace falta correr. Podemos intentarlo… — ¿Intentarlo? — ¿Y si tenemos un hijo? Puede que cambie todo. Dicen que los niños unen. Ana soltó una carcajada amarga, fea. — Un niño solo lo estropearía. No me quieres. ¿Para qué tener hijos? ¿Para acabar divorciados con un bebé? Dmitri enmudeció. No tenía respuesta. Ana se fue ese mismo día. Metió lo imprescindible en una maleta y alquiló una habitación a una amiga. Las gestiones del divorcio las inició cuando dejó de temblarle la mano. El reparto iba para largo. Un piso, un coche, quince años de compras y decisiones en común. El abogado hablaba de tasaciones, de partes, de negociaciones. Ana escuchaba, anotaba, intentando no pensar en que su vida ahora se reduce a metros y caballos de potencia. Enseguida encontró otro piso de alquiler. Ana aprendía a estar sola. Cocinar para uno. Ver series sin comentarios al lado. Dormir usando toda la cama. Por las noches el dolor regresaba. Se abrazaba a la almohada y recordaba. Margaritas del mercado. Mantas en El Retiro. Su risa, sus manos, su voz susurrándole “eres mi ancla”. Dolía con rabia. Quince años no se tiran al contenedor como ropa vieja. Pero entre el dolor asomó otra cosa. Alivio. Certeza. Había llegado a tiempo. Se detuvo antes de atarse a él con un hijo. Antes de quedarse atrapada años en un matrimonio vacío para “mantener la familia”. Treinta y dos años. Toda una vida por delante. ¿Miedo? Un horror. Pero saldrá adelante. No hay alternativa.

Life Lessons

Me parecía que el amor se había marchitado

Eres la chica más guapa de toda la facultad le dijo entonces, ofreciéndole un ramo de margaritas frescas del puesto junto a la estación de Metro Bilbao.

Isabel se echó a reír al recibir las flores. Olían a verano y a algo indefiniblemente claro y correcto. Javier la miraba fijamente, con esa mirada de quien tiene muy claro lo que desea. Y lo que deseaba era a ella.

Su primera cita fue en el Parque del Retiro. Javier llegó con una manta, un termo de té caliente y bocadillos que había preparado su madre. Pasaron la tarde sentados en la hierba hasta que la noche se tragó todo el parque. Isabel recordaba cómo él reía echando la cabeza hacia atrás. Cómo rozaba su mano, como sin querer, cómo la miraba: como si fuera la única persona de todo Madrid.

Tres meses después la llevó al cine a ver una comedia francesa que ella no entendió pero en la que terminó riendo a carcajadas con él. A los seis meses, la presentó a sus padres. Al año, le pidió que se mudara a su piso.

Si de todas maneras no pasamos una sola noche separados argumentaba Javier, enredando los dedos en su melena, ¿para qué pagar dos alquileres?

Isabel aceptó. No era por el dinero, claro; era que la vida junto a él se sentía lógica, tenía un sentido.

El pequeño piso de alquiler tenía aroma a cocido los domingos y a ropa recién planchada. Isabel aprendió a cocinarle las albóndigas que más le gustaban, con ajo y perejil, justo como las hacía su madre. Por las noches, Javier le leía en voz alta artículos de El País sobre economía y finanzas. Soñaba con montar su propio negocio. Isabel lo escuchaba apoyada en la palma de la mano y confiaba en cada una de sus palabras.

Hacían planes juntos. Primero, ahorrar para la entrada. Después, comprar un piso. Luego, el coche. Después, hijos, por supuesto: dos, un niño y una niña.

Tenemos tiempo para todo susurraba Javier, besándole la coronilla.

Isabel asentía; a su lado, sentía que nada podía dañarla.

…Quince años compartidos se tradujeron en rutinas, pequeños detalles y manías. Un piso en Chamberí, con vistas a los árboles de la plaza. Hipoteca a veinte años que liquidaban adelantando pagos, renunciando a vacaciones y a cenas de restaurante. Un Seat León plateado en la calle de abajo Javier lo eligió, regateó con el vendedor, y lo abrillantaba con esmero cada sábado.

Sentía el orgullo subirle cálido por el pecho. Habían conseguido todo con su propio esfuerzo. Sin el dinero de sus padres, sin enchufes, sin suerte. Solo trabajo, paciencia y ahorro.

Ella nunca se quejaba. Ni cuando llegaba agotada, cabeceando en el Cercanías hasta la última parada. Ni cuando quería abandonarlo todo para volar al mar. Eran un equipo, lo decía Javier, y ella le creía.
El bienestar de él siempre, sin excepción, era lo primero. Isabel aprendió esa regla de memoria, la tejió en su ADN. Un mal día en la oficina: ella preparaba la cena, servía una taza de té, escuchaba. Una bronca con el jefe: lo peinaba con la mano, le susurraba que todo se arreglaría. Dudas sobre sí mismo: encontraba las palabras justas, lo sacaba de su pozo.

Eres mi ancla, mi refugio, mi fuerza le decía Javier entonces.

Isabel sonreía. Ser el ancla de alguien, ¿no era acaso ser feliz?

Hubo épocas difíciles. La primera, a los cinco años. La empresa de Javier quebró. Pasó tres meses en casa, revisando ofertas, cada día más sombrío.

La segunda, fue peor: unos compañeros le montaron una trampa con papeles, y no solo perdió el trabajo, sino que tuvieron que vender el coche para pagar la deuda.

Isabel nunca lo reprochó. Ni con gestos, ni con miradas. Buscó proyectos extra, trabajó de noche, ahorró aún más. Solo le importaba una cosa: cómo estaba Javier, si resistiría, si perdería la fe en sí mismo.

…Javier logró resurgir. Encontró un empleo incluso mejor. Volvieron a comprarse el mismo coche plateado. La vida retomó su cauce.
Un año atrás, sentados en la cocina, Isabel se atrevió, por fin, a decir en voz alta lo que llevaba tanto tiempo pensando:

¿Quizá ha llegado ya el momento? Hace mucho que no tengo veinte años dijo.

Javier asintió. Serio. Pensativo.

Vamos a prepararnos.

Isabel contuvo la respiración. Tantos años soñando, retrasando, esperando el momento justo. Y al fin había llegado.

Lo imaginó mil veces: deditos agarrando su mano. Olor a polvos de talco. Primeros pasos en el salón. Javier contando cuentos antes de dormir.

Un hijo. Su hijo. Al fin.

Los cambios fueron inmediatos. Isabel lo revisó todo: la dieta, los horarios, las rutinas. Consultó médicos, se hizo análisis, empezó a tomar vitaminas. La carrera profesional quedó atrás justo cuando planeaban ascenderla.

¿Estás segura? le preguntó la jefa, por encima de las gafas. Esta oportunidad solo pasa una vez en la vida.

Isabel estaba segura. Un ascenso traía viajes, horarios locos, estrés. No era lo que necesitaba para quedarse embarazada.

Mejor pido el traslado a la sucursal respondió.

La jefa se encogió de hombros.

La sucursal quedaba a quince minutos andando de casa. El trabajo era insulso, repetitivo, sin expectativas. Pero podía irse justo a las seis y olvidarse de todo el resto del día o el fin de semana.

Isabel se adaptó enseguida. Los nuevos compañeros eran agradables, aunque poco ambiciosos. Preparaba la comida en casa, paseaba en su hora del almuerzo, dormía antes de medianoche. Todo por el futuro hijo. Todo por la familia.

El frío llegó sin que ella lo notara. Al principio no le dio importancia; Javier trabajaba mucho, apenas descansaba. Normal.

Pero él dejó de preguntar cómo fue su día. Dejó de abrazarla antes de dormir. Dejó de mirarla como cuando la conoció, como cuando la llamaba la más guapa de la facultad.
La casa se llenó de un silencio antinatural. Antes, podían hablar horas de cualquier tontería: trabajo, planes, sueños, chistes malos. Ahora Javier se pasaba la noche en el móvil, contestando con monosílabos, dándole la espalda en la cama.

Isabel miraba al techo tumbada a su lado. Entre ellos quedaba solo medio metro de colchón; parecía un abismo.

El deseo desapareció sin despedirse. Dos semanas, tres, un mes. Isabel dejó de contar. Las excusas eran siempre las mismas:

Estoy agotado. Mañana, ¿vale?

Pero el mañana no llegaba.

Ella se atrevió a preguntar. Una noche, llena de valor, se interpuso entre Javier y la puerta del baño.

¿Qué te pasa? Dímelo de verdad.

Javier miró a cualquier sitio menos a sus ojos. Al marco de la puerta, quizá.

No pasa nada.
Mentira.
Te lo juro, es la racha. Se irá.

La esquivó y se encerró en el baño. El agua corría al otro lado.

Isabel se quedó de pie en el pasillo, con la mano apretada contra el pecho. Dolía. Un dolor sordo, constante.

Aguantó un mes más. Y luego, la pregunta, a bocajarro:

¿Aún me quieres?

Pausa. Larga, imposible.

Yo… no sé lo que siento por ti.

Isabel se dejó caer en el sofá.

¿No lo sabes?

Javier al fin la miró. Tenía los ojos despoblados y asustados, sin rastro de la chispa que los iluminaba quince años antes.

Creo que el amor se ha ido. Hace tiempo. No decía nada para no hacerte daño.

Meses se le habían escurrido como agua hirviendo por la piel, sin saber la verdad. Analizando cada gesto, cada palabra suya, buscando explicación: quizá el trabajo, la crisis de los cuarenta, quizá solo una mala racha.
Pero en realidad, él solo la había dejado de querer. Y callaba, mientras ella hacía planes, renunciaba a su carrera, preparaba su cuerpo para un bebé.

La decisión llegó de pronto, como un portazo:
Nada de quizás, a lo mejor, ya pasará: basta.

Voy a pedir el divorcio.

El rostro de Javier se despintó. Isabel vio moverse su nuez nerviosa.

Espera, no te precipites. Podemos intentarlo…
¿Intentarlo?
Si tenemos un hijo, a lo mejor… Dicen que un hijo une mucho.

Isabel rió, amarga y feamente.

Tan solo lo estropearía más. No me quieres. ¿Para qué tener un hijo entonces? ¿Para separarnos con un bebé de por medio?

Javier no respondió. No tenía palabras.

Isabel se marchó ese mismo día. Metió lo justo en una bolsa, alquiló una habitación a una amiga. Pidió el divorcio una semana después, cuando ya no le temblaban las manos.

El reparto de bienes prometía ser lento: el piso, el coche, quince años de compras y decisiones conjuntas. El abogado decía cosas de tasaciones, porcentajes, acuerdos. Isabel asentía, tomaba notas e intentaba no pensar que ahora su vida era metros cuadrados y caballos fiscales.

Poco después encontró un estudio humilde para ella sola. Aprendía a existir sola. Cocinar para una. Ver series sin que nadie comentara en su oído. Dormir atravesada en toda la cama.

A veces, en la noche, todo la golpeaba con violencia. Se quedaba aferrada a la almohada, recordando. Las margaritas del mercado, las mantas del Retiro. Su risa, sus manos, la voz que un día susurró eres mi ancla.

Dolía con una intensidad insoportable. Quince años no se tiran a la basura como se tira ropa usada.
Pero, dentro del dolor, surgía algo nuevo. Un alivio. Saber que hizo lo correcto. Que tuvo tiempo de frenar antes de atarse a ese hombre con un hijo, antes de quedarse enquistada en un matrimonio vacío durante años por salvar la familia.

Treinta y dos años. Todo por delante.

¿Da miedo? Muchísimo.

Pero ella podrá. No le queda otra opción.

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