Las reglas del verano Cuando el tren de cercanías se detuvo en el andén del apeadero, doña Pilar ya aguardaba al borde, abrazada a una bolsa de tela. Dentro rodaban manzanas, un tarro de mermelada de cereza y un táper con empanadillas. Todo aquello, en el fondo, no hacía falta: los nietos llegaban bien comidos, desde la ciudad, con las mochilas y las bolsas repletas. Pero aun así, las manos se le iban detrás de la cocina. El convoy se sacudió, las puertas se abrieron y de golpe bajaron tres: el larguirucho Daniel, su hermana pequeña, Leonor, y otra mochila que más bien parecía tener vida propia. —¡Abu! —Leonor la localizó la primera y le agitó la mano, tintineando pulseras. Doña Pilar notó que algo cálido subía hasta la garganta. Dejó la bolsa en el suelo con cuidado de no volcarla y abrió los brazos. —Ay, cuánto habéis… —Iba a decir “crecido”, pero se mordió la lengua. Ya lo sabían ellos. Dani se acercó más despacio, la abrazó con un brazo y sujetó la mochila con el otro. —Hola, abuela. Ya casi le sacaba una cabeza. Barbilla con sombra, muñecas huesudas, los auriculares asomando por debajo de la camiseta. Pilar se descubrió buscando en él al niño que un día correteaba por la huerta en botas de agua, pero solo veía detalles adultos y desconocidos. —El abuelo os espera abajo —anunció—. Vamos, que se me enfrían las croquetas. —Un momento, que hago una foto —Leonor ya tenía el móvil, disparó al andén, al tren y a la abuela—. Para las stories. La palabra “stories” le pasó por el oído como un gorrión. Creía recordar que ya lo había preguntado en invierno, a su hija, pero la explicación se le había esfumado. Lo importante era la sonrisa de la nieta. Bajaron por los escalones de hormigón. Junto al viejo Suzuki, don Vicente les aguardaba. Se levantó, le dio una palmada en el hombro a Dani, abrazó a Leonor, asintió a su mujer. Era más sobrio, pero Pilar sabía que se alegraba tanto como ella. —¿Vacaciones ya? —preguntó. —Vacaciones —contestó Dani arrastrando la palabra, lanzando la mochila al maletero. Durante el viaje hacia casa los chicos iban callados. Por la ventanilla pasaban casitas de campo, huertos, alguna cabra fugaz. Leonor hojeó el móvil un par de veces, Dani soltó una carcajada frente a la pantalla y Pilar se descubrió observando sus manos, esos dedos que nunca soltaban el rectángulo negro. No pasa nada, pensó. Lo importante es que en casa sigamos a nuestra manera. Lo de fuera, ya… que siga el ahora. La casa les recibió con olor a croquetas y eneldo. En la galería, una mesa de madera cubierta con hule de limones. En la cocina, la sartén chisporroteaba y en el horno subía la tarta de repollo. —Menudo banquete —asomó Dani en la cocina. —Banquete no, comida —corrigió Pilar en automático y enseguida se contuvo—. Andando, a lavaros las manos. Allí, en el lavamanos. Leonor ya tenía el móvil otra vez. Mientras Pilar servía la ensalada, el pan y las croquetas, de reojo la veía fotografiar platos, ventana y a Minina, la gata, asomada bajo la silla. —En la mesa no tocamos móviles —soltó al sentarse, fingiendo naturalidad. Dani alzó la cabeza. —¿Cómo? —Como suena —intervino don Vicente—. Se come y luego móvil lo que quieras. Leonor dudó, pero dejó el teléfono boca abajo junto al plato. —Solo era para la foto… —La foto ya está hecha —intervino Pilar, suave—. Ahora comemos y después ya… lo cuelgas. El verbo “colgar” le salió inseguro. No acertaba el término actual, pero ya estaba dicho. Dani, remoloneando, también apartó el móvil. Se le notaba como si le pidieran quitarse el casco en una nave espacial. —Aquí tenemos nuestro horario —continuó Pilar mientras llenaba los vasos de zumo—: comida a la una, cena a las siete. Por la mañana nadie duerme más allá de las nueve. El resto, haced lo que queráis. —¿No más tarde de las nueve…? —Dani dudó—. ¿Y si quiero ver pelis de noche? —Por la noche se duerme —sentenció don Vicente sin levantar la vista. Pilar notó que el aire se tensaba, una hebra fina entre las generaciones. Añadió rápido: —No somos un cuartel, claro. Pero si dormís hasta mediodía, el día se va y ni os enteráis. Aquí hay río, bosque, bicis. —Yo quiero al río —saltó Leonor—. Y montar en bici. Y sesión de fotos en el jardín. “Sesión de fotos” le sonaba ya menos extraño. —Eso es, pero primero, un poco de ayuda. Hay que quitar malas hierbas de las patatas y regar fresas. No venís a un hotel… —Abu, que estamos de vacaciones… —protestó Dani, pero Vicente le cortó: —De vacaciones, no en un balneario. Dani suspiró. Debajo de la mesa, Leonor le tocó con el zapato y asomó una media risa. Después de comer, los chicos subieron a deshacer maletas. Pilar entró media hora después. Leonor colgaba camisetas en la silla, colocaba neceser y cargador; junto a la ventana, una hilera de botes de colores. Dani, sentado en la cama, pasaba el dedo por la pantalla del móvil. —He cambiado la ropa de cama. Si algo no os gusta, avisadme. —Todo guay, abu —respondió Dani sin apartar la vista del teléfono. Aquel “guay” le pinchó, pero solo asintió. —Esta noche barbacoa —anunció—. Y cuando descanséis, nos vemos en el huerto, un rato de trabajo. —Va —musitó Dani. Salió, cerró la puerta y se quedó un segundo en el pasillo. De la habitación le llegaba la risa remota de Leonor, hablando por videollamada. Pilar se sintió anciana, no por la espalda, sino como una distancia: la vida de los jóvenes discurría en otro plano invisible. No pasa nada, pensó. Ya aprenderemos. Lo importante, no ser pesada. Esa tarde, cuando el sol ya bajaba, los tres estaban juntos en el huerto. La tierra tibiaba, la hierba seca crujía bajo los pies. Vicente iba señalando dónde tirar la mala hierba y dónde dejar la zanahoria. —Esto fuera, esto se queda —explicaba a Leonor. —¿Y si me equivoco? —Leonor se agachó, haciendo muecas. —No pasa nada —intervino Pilar—. Aquí no somos profesionales. Si nos confundimos, no es grave. Dani estaba de pie, apoyado en la azada, mirando la casa. En su ventana parpadeaba la luz azul del monitor. —¿No te olvidas el móvil? —preguntó Vicente. —Lo he dejado en la habitación —gruñó Dani. Por algún motivo, aquella confesión alegró a Pilar más de lo razonable. Los primeros días se mantuvo el equilibrio. Por la mañana, Pilar golpeaba la puerta, protestaban, se giraban, pero a las nueve y media aparecían en la cocina. Desayunaban, echaban una mano en tareas ligeras y cada quien a lo suyo: Leonor hacía sesiones con Minina y las fresas para Instagram, Dani leía, escuchaba música o se iba en bici. Las reglas se sostenían en los pequeños detalles. Los móviles fuera de la mesa. Silencio nocturno. Solo una noche, a la tercera, Pilar despertó por una risa baja tras la pared. Miró el reloj: la una y media. ¿Aguanto, o me levanto?, pensó en la oscuridad. La risa volvió, luego el sonido de un audio de WhatsApp. Resignada, se levantó y llamó suave. —Dani, ¿no duermes? La risa cesó. —Un segundo —susurró. Abrió la puerta. Ojos rojos, pelo revuelto, el móvil en la mano. —¿No duermes? —Estoy viendo una peli. —¿A la una de la mañana? —Quedé con los colegas a verla juntos y comentar… La abuela se imaginó a otros chavales, repartidos por la ciudad, detrás de sus móviles, chateando de madrugada sobre una película. —Mira, hagamos un trato —propuso—. No me molesta que veas pelis. Pero si te desvelas, por la mañana no hay quien te saque al campo. Hasta las doce, vale. Pasada la medianoche, a dormir. Dani puso mala cara. —Pero ellos… —Ellos están en su casa, tú aquí. Aquí, esto. No te pido acostarte a las nueve. Dudó él, se rascó la cabeza. —Vale —aceptó al fin—. Hasta las doce. —Y la puerta cerrada, que entra la luz. Y el volumen bajo. Volviendo a la cama, Pilar pensó que quizá fue demasiado blanda. Con su hija, hace años, era más dura. Pero los tiempos cambian. Los roces brotaban de pequeños gestos. Un día caluroso, Pilar pidió a Dani ayudar a Vicente a mover unas tablas al gallinero. —Ahora voy —dijo sin mirar del móvil. Diez minutos después, seguía en la galería y las tablas igual. —Dani, el abuelo ya está llevándolas solo —advirtió ella, con tono firme. —Estoy terminando —respondió él, irritado. —¿Siempre “terminando”? —le salió a Pilar—. ¿Que se acaba el mundo si dejas el móvil un momento? Él se defendió airado. —Es importante. Estamos en torneo. —¿Torneo de qué? —En el juego. Por equipos. Si me voy, perdemos. A punto estuvo Pilar de comentar que había cosas más relevantes, pero se fijó en su gesto tenso, el labio apretado. —¿Cuánto te falta? —Veinte minutos. —Vale. Veinte minutos y ayudas. ¿Trato? Dani asintió y volvió al móvil. Veinte minutos después, ella salió y ya se estaba poniendo las zapatillas. —Que sí, que ya voy —le atajó el chico. Aquellos pequeños pactos le daban esperanza: quizá aún tenían margen de maniobra. Hasta que un día todo estalló. A mitad de julio, tenían previsto ir al mercado a por plantas y comida. Vicente pedía ayuda: las bolsas pesaban y el coche no debía quedarse solo. —Dani, mañana vas con el abuelo —dijo Pilar durante la cena—. Leonor y yo haremos la mermelada. —No puedo —saltó él. —¿Cómo que no? —He quedado en ir al festival con los amigos. Hay música, puestos de comida… Ya os lo dije. Ella no recordaba que lo hubiera dicho. O quizá se le pasó; últimamente hablaban de mil cosas. —¿A qué ciudad? —frunció Vicente. —La nuestra, en tren. Está al lado de la estación. Ese “al lado” no le gustó un pelo al abuelo. —¿Sabes ir y volver? —Sí, van todos. Y ya tengo dieciséis. Ese “dieciséis” sonó como argumento apabullante. —Tu padre y yo dijimos que solo no ibas a ningún lado —sentenció Vicente. —No voy solo. Voy con amigos. —Aun así. El ambiente se cargaba, como si el aire espesara. Leonor apuró el plato y lo apartó de manera tímida. —Propongo algo —trató de mediar Pilar—. ¿Vais hoy al mercado y mañana él con los amigos? —Solo hay mercado mañana —cortó Vicente—. Y necesito ayuda. No puedo solo. —Yo puedo —saltó Leonor. —Tú te quedas con Pilar —le nació la respuesta. —Puedo ir sola —dijo Pilar—. La mermelada espera. Que Leonor vaya contigo. Vicente la miró, sorprendido y agradecido a la vez, con algo de orgullo terco. —¿Y el otro, siempre libre? —miró a Dani. —Que yo… —¿No entiendes que esto no es la ciudad? —alzó el tono Vicente—. Aquí la cosa es otra. Somos responsables de ti. —¡Siempre alguien es responsable de mí! ¿Puedo decidir por mí mismo alguna vez? Silencio. Pilar sintió un nudo. Quiso decirle que le comprende, que ella también quiso “ser autónoma” de joven, pero solo se oyó a sí misma, seca y distante: —Mientras estés aquí, se siguen nuestras normas. Dani empujó la silla bruscamente. —Pues entonces, no voy. Salió y cerró la puerta de golpe. Un minuto después, arriba, se oyó un golpe sordo: mochila al suelo o salto a la cama. El resto de la tarde, todo fue tenso. Leonor intentó bromear, hablando de una influencer, pero la risa era forzada. Vicente mascullaba, centrado en su plato. Pilar fregaba y no dejaba de darle vueltas a lo dicho. Las palabras “nuestras normas” resonaban como cucharas en el cristal. De madrugada, un silencio extraño en la casa. Normalmente, el crujido de las tablas, algún ratón, pasaba un coche. Ahora, nada. Pilar escuchó bien. Ninguna luz bajo la puerta de Dani. Quizá al menos dormirá, se dijo, dándose la vuelta. A la mañana siguiente, al bajar a la cocina, vio a Leonor bostezando. Vicente leía el diario. —¿Y Dani? —Dormirá —respondió Leonor. Pilar subió, llamó. —Dani, arriba. Nada. Abrió la puerta. La cama medio hecha, la sudadera sobre la silla, el cargador en la mesa. Pero Dani no. Supo al instante que algo iba mal. —No está —bajó. —¿Cómo que no? —La cama vacía, sin móvil. —Igual está fuera —sugirió Leonor. Dieron una vuelta: ni en el corral, ni en el huerto, la bici en su sitio. —El tren sale a las ocho cuarenta —murmuró Vicente mirando hacia el camino. A Pilar se le helaron las manos. —Igual está en el parque… —¿Con qué amigos? Aquí no conoce a nadie. Leonor sacó el móvil. —Le escribo. Tecleó rápido. A los minutos, negó con la cabeza. —Nada, solo una marca. “Una marca”, sin significado para Pilar, pero la cara de su nieta no prometía nada bueno. —¿Qué hacemos? —preguntó ella a Vicente. Él dudó, luego decidió: —Voy a la estación, por si alguien lo ha visto. —¿Y si no hace falta? —Pilar intentó—. Quizá vuelve… —Se ha marchado sin decir palabra —la cortó él—. Esto ya no es un juego. Se vistió, cogió las llaves. —Tú quédate —Pilar—. Por si aparece. Leonor, si te escribe, avísanos. En cuanto el coche cruzó la verja, Pilar se sentó en la galería, apretando la bayeta en la mano. Le venían mil imágenes: Dani en el andén, subiendo al tren, empujado entre la gente, perdiendo el móvil… Se obligó al sosiego. Tranquila. No es pequeño. No es tonto. Pasó una hora, luego otra. Leonor revisaba el móvil, negaba. —Nada, ni en línea. A las once, regresó Vicente. Cara cansada. —Nadie lo ha visto. Ni en la estación. No terminó. Pilar entendió lo que eso significaba. —Igual ha ido a su festival ese —susurró. —¿Sin dinero ni nada? —En la tarjeta sí tiene —Leonor—. Y también en el móvil. Se miraron. Para los adultos, el dinero iba en la billetera; para los jóvenes estaba en el aire digital. —¿Avisamos a su padre? —propuso Pilar. —Llama —asintió Vicente—. Mejor enterarse ya. La llamada fue dura. El hijo respondió callado, luego soltó un taco y preguntó por qué no vigilaban. Pilar sintió agotamiento. Terminada la llamada, se sentó apesadumbrada. —Abu —Leonor, suave—, no es que esté perdido. Está enfadado. —Enfadado y se va, como si fuésemos enemigos. El día se hizo eterno. Intentaron ocuparse: Leonor ayudó con la mermelada, Vicente trajinaba en el cobertizo, pero todo les salía a medias. El móvil seguía mudo. Al caer el sol, crujió la galería. Pilar, con la taza de té, dio un respingo. La verja se abrió rechinando. Y allí, Dani. Misma camiseta, vaqueros polvorientos, mochila al hombro, cara cansada pero entero. —Hola —dijo bajito. Pilar se levantó. Estuvo por abalanzarse y abrazarlo, pero se contuvo. Solo preguntó: —¿Dónde estabas? —En el festival, en la ciudad. —¿Solo? —Con unos amigos del pueblo al lado. Les escribí yo. Vicente salió, secándose las manos. —¿Sabes cómo lo hemos pasado…? —empezó, pero se le quebró la voz. —He mandado mensajes —se apresuró Dani—. Pero me quedé sin cobertura, y luego sin batería. Me olvidé la de repuesto. Leonor ya estaba a su lado, el móvil en la mano. —Te escribí —le dijo—. Siempre solo una marca. —No era aposta —miró a todos—. Solo… Pensé que si lo pedía no me dejaríais ir, y ya había quedado. Así que… Se calló. —Decidiste no preguntar —completó Vicente. De nuevo, silencio. Esta vez, mezcla de cansancio y alivio. —Pasa, come algo —ordenó Pilar. Siguió a la cocina, se sentó. Ella le sirvió sopa, pan, zumo. Comió con hambre atrasada. —Allí todo carísimo. Esos “foodtrucks” vuestros… —murmuró. Ese “vuestros” sonó raro, pero Pilar no le jugó nada. Al terminar, salieron a la galería, ya fresca. —Vamos a ver —inició Vicente—. Tú quieres libertad. Pero nosotros respondemos por ti. Aquí, no podemos ignorar dónde andas. Dani agachó la cabeza. —Si quieres ir a algún sitio, avísas con tiempo. Planificamos juntos: cómo, cuándo, con quién. Si se puede, vas. Si no, no. Pero desaparecer, no. —¿Y si decís que no? —Entonces te fastidias y te vienes al mercado —intervino Pilar. Él la miró. Tenía de todo la mirada: ofensa, cansancio, confusión. —No era para preocuparos —susurró—. Solo quería decidir yo. —Decidir, sí. Pero también implica pensar en los que se quedan preocupados. Le sorprendieron sus palabras, más constata que sermón. Dani asintió, resignado. —Otra cosa —añadió Vicente—. Si te quedas sin batería, busca cómo cargar. En bar, estación, donde sea. Y avisa lo primero, aunque pensemos regañarte. —De acuerdo. Se quedaron tranquilos un rato. Ladró un perro lejos, Minina maulló en la huerta. —¿Y el festival, qué tal? —preguntó Leonor. —Bien, la música floja, pero había cosas ricas. —¿Fotos tienes? —Sin batería. —Pues vaya, ni prueba ni contenido. Sonrió él, cansado pero genuino. Tras aquel día la casa pareció reajustarse. Las normas seguían, pero más suaves, más flexibles. Pilar y Vicente, tras la cena, pasaron a limpio en un papel lo importante: levantarse antes de las diez, ayudar al menos dos horas, avisar si se iba uno, fuera móviles en la mesa. Colgaron la hoja en la nevera. —Esto parece colonias —rió Dani. —Colonia familiar —respondió Pilar. Leonor aportó sus reglas: —Vosotros no llaméis cada cinco minutos si estoy en el río y llamad antes de entrar en mi habitación. —Pero si no entramos… —se sorprendió Pilar. —Igual, ponedlo —insistió Dani. Añadieron dos líneas más. Vicente refunfuñó, pero firmó. Surgieron tareas comunes que ya no eran imposiciones. Una noche, Leonor rescató un viejo juego de mesa. —Jugamos todos después de cenar. —Jugaba de niño —se animó Dani. Vicente fingía que tenía faena, pero acabó uniéndose. Resultó que recordaba mejor las reglas que nadie. Hubo risas, piques, y los móviles olvidados a un lado. La cocina también fue terreno de conciliación. Una tarde, Pilar se hartó del “¿qué hay de cena?”: —El sábado, cocináis vosotros. Yo solo os indico dónde se guardan las cosas. —¿Nosotros? —dijeron Dani y Leonor al unísono. —Vosotros. Lo que sea, pero comestible. Ellos lo tomaron en serio. Leonor buscó una receta moderna en el móvil, Dani peló verduras, discutían el mejor método. Olía a cebolla frita y especias, la pila llena de platos, pero flotaba alegría. —Si luego hay cola en el baño no os quejéis —bufó Vicente, pero se lo zampó todo. En el huerto pactaron: Pilar asignó “parcelas personales”. —Esta línea de fresas, tuya —a Leonor—. Esta otra de zanahorias, de Dani. Os hacéis cargo. Si no, no habrá cosecha. —Experimento científico —dijo Dani. —Grupo de control y experimental —rió Leonor. Leonor cuidaba y fotografiaba sus fresas. Dani regó dos veces y lo olvidó. Al final del verano, ella llena la cesta, él solo un par de zanahorias tristes. —¿Aprendido algo? —Sí. Lo mío no es lo rural. Se rieron juntos, sin tensión. Cuando el verano acabó, la casa tenía su ritmo. Desayunaban juntos, cada cual a lo suyo y a la tarde otra vez la mesa. Dani alguna noche se retrasaba al móvil, pero a las doce apagaba la luz, y Pilar, al pasar, solo oía su respiración. Leonor iba al río con amigas, pero siempre avisaba. A veces aún discutían: por la música, la sal de la sopa, si fregar al momento o luego. Pero ya no era guerra generacional. Solo convivencia bajo el mismo techo. La última noche antes de marcharse, Pilar horneó una tarta de manzana. La casa olía dulce, la galería fresca. Sobre la mesa, mochilas preparadas y ropa doblada. —Vamos a hacernos una foto —propuso Leonor cuando se repartió la tarta. —¿Otra vez para…? —empezó Vicente, luego calló. —Solo para nosotros —aclaró ella. Bajaron al jardín. El sol se ponía entre los manzanos. Leonor puso el móvil sobre un cubo, activó el temporizador y corrió. —Abuela al centro, abuelo a la derecha, Dani a la izquierda. Se ordenaron torpemente, hombro con hombro. Dani le tocó un poco el codo a Pilar. Vicente se acercó. Leonor rodeó sus cinturas. —Todos una sonrisa. El obturador sonó. Dos veces. —Listo —Leonor revisó y sonrió—. Genial. —Enséñame —pidió Pilar. En la pantalla se veían graciosos: ella con el delantal aún puesto, Vicente en su camisa vieja, Dani despeinado, Leonor en camiseta llamativa. Pero había algo cálido, de familia. —¿Me la podrías imprimir? —Claro, te la envío. —¿Y cómo la imprimo si está en el móvil? —Yo te ayudo —intervino Dani—. Vente a vernos y la sacamos. O la traigo en otoño. Pilar asintió. Sintió calma, no porque ahora se entendieran con una mirada, sino porque intuía que entre sus normas y su libertad se había abierto un sendero de ida y vuelta. Esa noche, ya acostados los nietos, Pilar salió a la galería. El cielo negro, alguna estrella. En casa, silencio. Vicente se sentó a su lado. —Mañana se van. —Se van. Guardaron silencio. —Mira que al final… se superó. —Se superó —asintió Pilar—. Incluso, puede ser que hasta hayamos aprendido algo. —¿Quién a quién? Ella sonrió. En la ventana de Dani, oscuridad. En la de Leonor también. Quizá el móvil, por fin, cargando en silencio para el día siguiente. Pilar cerró la puerta, y antes de subir, miró el papel de las normas en la nevera, la tinta un poco corrida y el boli al lado. Pasó el dedo por las firmas, y pensó que el verano próximo quizá reescriban la hoja. Añadirán algo, quitarán otra cosa. Pero lo esencial ya está. Apagó la luz de la cocina. Sintió que la casa respiraba tranquila, recogiendo todo lo que fue el verano y dejando hueco a lo nuevo. Las reglas del verano.

Life Lessons

Reglas para el verano

Cuando el tren de cercanías se detiene en el andén diminuto, Carmen Fernández ya aguarda junto al borde, apretando contra el pecho su bolsa de tela. Dentro ruedan unas manzanas, un tarro de mermelada de guindas y un táper de empanadillas. Todo eso, en realidad, no hace falta los niños llegan bien alimentados, desde Madrid, con mochilas y bolsas llenas, pero las manos, inevitablemente, buscan qué cocinar.

El convoy da un tirón, las puertas se abren de golpe, y del vagón saltan los tres a la vez: Lucas, alto y larguirucho, su hermana pequeña, Inés, y otra mochila que parece moverse por su cuenta.

¡Abuela! Inés es la primera en verla y saluda con la mano, las pulseras tintineando en su muñeca.

Carmen siente un nudo cálido trepando hacia la garganta. Con cuidado deja la bolsa sobre el suelo para no tirar nada y abre los brazos.

Pero ¿cómo habéis? Quiere decir crecido, pero se muerde la lengua a tiempo. Ellos ya lo saben.

Lucas llega más lento, la abraza con un brazo y con el otro sujeta la mochila.

Hola, yaya.

Es casi una cabeza más alto. Le asoma la barba, las muñecas flacas, y unos auriculares sobresalen de la camiseta. Carmen se pilla observándole, buscando al niño que corría por su patio con botas de agua, pero solo encuentra rasgos ajenos, de adulto.

El abuelo os espera abajo dice ella. Vamos, que las croquetas se van a quedar frías.

Espera que hago foto Inés ya saca el móvil, dispara imágenes al andén, al tren, y a Carmen. Para stories.

La palabra stories le vuela cerca de la oreja como un gorrión. Recuerda haber preguntado por eso en navidades, pero le suena ya difuso. Lo importante es que su nieta sonríe.

Bajan los escalones de cemento. Junto al viejo Renault 4L, espera don Vicente, el abuelo. Se acerca, da una palmada en el hombro a Lucas, abraza a Inés, asiente escuetamente a su mujer. Todo en él es más contenido, pero Carmen sabe que está tan feliz como ella.

Bueno, ¿vacaciones? pregunta él.

Vacaciones repite Lucas, tirando la mochila al maletero.

En el trayecto a casa los niños callan. Por la ventanilla desfilan casitas, huertos, jardines; se intuyen cabras a lo lejos. Inés consulta el móvil un par de veces, Lucas se ríe mirando la pantalla, y Carmen, casi sin querer, observa sus manos, sus dedos acariciando constantemente rectángulos negros.

No pasa nada, se repite ella. Lo importante es que en casa se esté a nuestro aire. Fuera de eso que hagan como les dé la gana.

La casa huele a croquetas recién hechas y a perejil fresco. La mesa de la terraza, una vieja de madera, luce un hule estampado de limones. En la cocina chisporrotea una sartén, en el horno termina de hacerse una empanada de acelgas.

¡Vaya banquete! dice Lucas al asomarse.

No es banquete, es la comida replica Carmen automáticamente y luego se corrige. Venga, lavad las manos en el lavabo.

Inés ya tiene el móvil fuera. Mientras Carmen coloca la ensalada, el pan, las croquetas, ve de reojo cómo su nieta fotografía los platos, la ventana, y a la gata Mora que asoma temerosa bajo una silla.

Nada de móviles en la mesa comenta Carmen, casi en broma, cuando todos se sientan.

Lucas levanta la cabeza.

¿En serio?

En serio interviene don Vicente. Comed primero y luego, todo el móvil que queráis.

Inés duda, pero deja el móvil boca abajo al lado del plato.

Solo quería sacar una foto

Ya la sacaste dice Carmen, suave. Venga, ahora a comer y luego ya subes lo que quieras.

No está segura de si se llama así, pero le parece parecido.

Lucas, algo resignado, deja también el móvil al borde de la mesa. Tiene cara de astronauta al que le piden quitarse el casco en plena misión.

Aquí, explica Carmen mientras sirve limonada tenemos horarios. Comida a la una, cena a las ocho. Por la mañana, nada de dormir más allá de las nueve y media. Después, cada cual a lo suyo.

¿Antes de las nueve y media? protesta Lucas. ¿Y si veo una peli por la noche?

Por la noche se duerme dice don Vicente sin levantar la vista.

Carmen siente una tensión fina, casi visible. Añade rápido:

Si esto no es cuartel. Es que si dormís toda la mañana, ni veis el día. Tenemos el río, bosque, bicis

¡Yo quiero ir al río! salta Inés. Y montar en bici. Y hacer sesión de fotos en el jardín.

La palabra sesión de fotos ya empieza a sonarle normal.

Perfecto asiente Carmen . Pero primero un poco de ayuda. Hay que quitar hierbas de las patatas, regar las fresas. No habéis venido a un hotel.

Yaya, estamos de vacaciones empieza Lucas, pero don Vicente le corta con la mirada.

Vacaciones, sí. Spa, no.

Lucas resopla, pero calla. Inés mueve el pie bajo la mesa, toca la zapatilla de su hermano y él sonríe apenas.

Después de comer, los críos se dispersan a sus cuartos a deshacer maletas. Carmen asoma media hora después. Inés ya ha colgado las camisetas en el respaldo de la silla, colocado el neceser, los cargadores, y alineado botes en la ventana. Lucas está en la cama, recostado contra la pared, deslizando el dedo por la pantalla del móvil.

Os puse sábanas limpias comenta ella. Si no os gusta cómo están, avisadme.

Todo bien, yaya responde Lucas sin despegar la vista.

Ese todo bien le duele, pero lo deja pasar.

Por la tarde preparamos barbacoa dice. Cuando descanséis, al jardín: un ratito solo.

Vale responde él.

Sale y se detiene en el pasillo. Desde la habitación llega una risa baja, la voz de Inés hablando por videollamada con alguien. De pronto Carmen se siente mayor. No por el dolor de espalda, sino por otra cosa: como si la vida de los niños fuese otra capa, inaccesible, paralela a la suya.

No pasa nada, se dice. Todo es aprender. Lo importante es no ahogarles.

Por la tarde, cuando el sol se inclina, están los tres en el jardín. La tierra está templada, cruje la hierba seca bajo los pies. Don Vicente señala qué es mala hierba y qué es zanahoria.

Esto lo arrancas, esto lo dejas le explica a Inés.

¿Y si me confundo? pregunta ella, en cuclillas y cara de asco.

No pasa nada salta Carmen . No estamos en un colectivo de agricultura. Sobreviviremos.

Lucas, en un extremo, apoya el azadón mientras observa la casa. En la ventana de su cuarto parpadea la luz azul del monitor encendido.

¿No pierdes el móvil? bromea el abuelo.

Lo dejé en la habitación gruñe Lucas.

A Carmen, esa confesión le da una alegría extraña, desproporcionada.

Los primeros días pasan con sorprendente equilibrio. Carmen despierta a los niños con golpecitos en la puerta, y aunque refunfuñan, a las diez menos cuarto ya aparecen en la cocina. Desayunan, echan una mano en casa, y luego desaparecen: Inés monta sesiones de fotos con Mora y las fresas, publicando cosas en el móvil; Lucas lee, escucha música con los auriculares, o se va en bici.

Las normas sobreviven en pequeños detalles. Móviles apartados en la mesa. De noche, silencio en el pasillo. Solo una vez, la tercera noche, Carmen se despierta por una risa ahogada al otro lado de la pared. Mira el reloj la una menos cuarto.

¿Espero o entro?, duda tumbada en la oscuridad.

La risa se repite, y luego se oye un audio de WhatsApp. Suspira, se pone la bata y llama a la puerta suavemente.

¿Lucas? ¿Duermes?

La risa cesa.

Ya se oye un susurro.

Él abre, guiñando los ojos ante la luz. Los ojos rojos, el pelo revuelto, el móvil en la mano.

¿Qué haces despierto? le pregunta ella, aplacando su tono.

Es que estaba viendo una serie.

¿A la una?

Es que hemos quedado para verla a la vez y comentarla en el grupo

Carmen imagina a chavales en Madrid, en otras casas, a oscuras, escribiéndose sobre una peli.

Mira, dice me da igual lo que veas. Pero si trasnochas, mañana no hay manera de sacarte al huerto. Hacemos trato. Hasta las doce, vale. Pasadas, a dormir.

Lucas gruñe.

Pero ellos

Ellos están en Madrid, tú aquí. Aquí las normas son otras. No te pido que te metas en la cama a las nueve.

Él se rasca la cabeza, pensativo.

Vale. Hasta las doce.

Y cierra la puerta que la luz molesta. Bájale el volumen también.

De vuelta a la cama, Carmen piensa que quizá es demasiado blanda. Antes era más estricta con su hija. Pero algo por dentro se rebela. Son otros tiempos.

Los choques surgen de detalles nimios. Un día de bochorno, Carmen pide a Lucas que ayude a su abuelo a trasladar unas tablas al cobertizo.

Ahora voy responde, sin apartar la mirada del móvil.

Diez minutos después, sigue sentado en la terraza con el móvil.

Lucas, el abuelo ya está con las tablas solo dice Carmen en tono más serio.

Termino esto y voy contesta él, molesto.

¿Qué es tan urgente? Parece que sin ti se acaba el mundo.

Levanta la cabeza:

Es importante suelta tenso . Estamos en un torneo.

¿Qué torneo?

De un juego. Por equipos. Si lo dejo, pierden por mi culpa.

Carmen está a punto de soltarle que hay cosas más importantes, pero ve cómo se le tensan los hombros.

¿Cuánto te queda?

Veinte minutos.

Vale. En veinte minutos, ayudas. ¿Trato?

Él asiente y vuelve al móvil. Al cabo de ese rato, cuando Carmen sale, él ya se está calzando.

Que sí, que ya voy dice antes de que ella hable.

Esos pactos mínimos la reconfortan. Pero un día todo se tuerce.

Ocurre a mediados de julio. De mañana planean ir al mercado del pueblo a por plantas y comida. Don Vicente lleva días pidiendo ayuda: el peso de las bolsas y no aparcar demasiado lejos.

Lucas, mañana vas con el abuelo dice Carmen en la cena. Inés y yo nos quedamos haciendo mermelada.

No puedo responde él al momento.

¿Por qué?

He quedado para ir a Salamanca con amigos. Hay un festival, música, food trucks busca apoyo en Inés, que solo encoge los hombros . Os lo dije antes.

Carmen no recuerda que lo dijera. Quizá sí, entre conversaciones varias.

¿A Salamanca? don Vicente se frunce el ceño.

Sí, tomando el Cercanías. Es cerca de la estación.

Eso de cerca no le convence.

¿Sabes cómo llegar? pregunta el abuelo.

Sí. Iremos todos juntos. Ya tengo dieciséis años.

Ese dieciséis suena a argumento definitivo.

Tu padre dijo que aquí solo salías acompañado dice el abuelo.

Voy con amigos.

Y menos mal.

Carmen nota crecer la tensión como si el aire quedara tupido. Inés apura la pasta en silencio.

Hagamos una cosa intenta ella. ¿Y si vais al mercado esta tarde, y mañana Lucas con sus amigos?

Solo hay mercado mañana corta don Vicente . Y necesito ayuda. Solo no puedo.

Yo puedo dice Inés de pronto.

Tú te quedas con Carmen responde el abuelo.

Puedo apañarme sola dice Carmen . Esperamos por la mermelada. Inés te va contigo.

Vicente la mira sorprendido y agradecido. Pero también un pelín terco.

¿Y él qué, el libre? señala a Lucas.

Yo empieza Lucas.

¿No ves que esto no es Madrid? la voz del abuelo se vuelve dura . Aquí no es tan fácil. Somos responsables de ti.

Siempre sois responsables de algo salta Lucas . ¿Ni una vez puedo decidir yo, solo?

El silencio cae denso tras las palabras. Carmen siente un pellizco. Quiere decir que lo entiende, que ella también deseó libertad de joven, pero lo que sale es su voz, seca y extraña:

Mientras vivas aquí, se hace según nuestras reglas.

Lucas aparta la silla de golpe.

Vale. Pues no voy.

Se va y da un portazo. Arriba, suena un golpe sordo: o tira la mochila al suelo, o se tira él sobre la cama.

La cena avanza tirante. Inés intenta bromear contando algo de una tiktoker, pero la risa es forzada. Don Vicente calla, la mirada en su plato. Carmen friega platos y repite en su mente lo que ha dicho. Las palabras nuestras reglas suenan a cuchillada contra el plato.

De noche, el silencio es raro. Siempre hay algún crujido, el maullido de una gata, un motor en la calle. Ahora reina una quietud tensa. Carmen escucha, pero no hay luz bajo la puerta de Lucas.

A lo mejor duerme bien, piensa, girándose.

Por la mañana, cuando Carmen baja a la cocina, el reloj marca las nueve menos cuarto. Inés ya está sentada, bostezando. Don Vicente hojea el periódico y toma café.

¿Y Lucas? pregunta ella.

Dormirá aún Inés se encoge de hombros.

Carmen sube, llama a la puerta.

Venga, arriba.

Silencio. Abre. La cama está hecha como a regañadientes, la sudadera de siempre en la silla, el cargador en la mesa. El móvil, desaparecido.

Siente un abismo.

No está baja diciendo.

¿Cómo que no? Don Vicente se levanta.

Habrá salido fuera sugiere Inés.

Echan un vistazo al jardín. No está en el cobertizo, ni en la huerta. La bici sigue aparcada.

El Cercanías sale a las ocho y cuarenta murmura don Vicente hacia la carretera.

A Carmen se le hielan las palmas.

A lo mejor fue al parque, con algún chaval

¿Qué chaval? Aquí no conoce a nadie.

Inés saca el móvil.

Le escribo.

Dedos veloces. Pasado un minuto, alza la vista.

Ni lee. Solo sale un tic.

Carmen no entiende lo del tic, pero ve en la cara de Inés que va mal la cosa.

¿Qué hacemos? pregunta a don Vicente.

Él duda.

Iré a la estación, a preguntar dice. Por si alguien lo vio.

¿Hace falta? titubea Carmen . Igual aparece

Se ha ido sin avisar le corta el abuelo . Eso no es cualquier cosa.

Se viste rápido, coge las llaves.

Tú quédate aquí, por si vuelve. Inés, si te escribe o llama, nos avisas al momento.

Carmen se queda en la terraza con el trapo en la mano. Se le agolpan imágenes: Lucas en el andén, en el tren, empujones, el móvil perdido, cosas peores Se frena.

Calma. No es un crío. No es tonto.

Pasa una hora, luego otra. Inés mira el móvil y niega con la cabeza.

Nada. Ni aparece en línea.

A las once, don Vicente regresa, la cara agotada.

Nadie lo ha visto. Fui hasta la estación, pregunté

Pero no termina. Carmen sabe que allí no había rastro.

Igual se fue a Salamanca dice en voz baja . A ese festival de música.

¿Sin dinero ni nada? el abuelo frunce el ceño.

Lleva tarjeta dice Inés . Y en el móvil.

Se miran: el dinero para ellos está en la cartera, para los niños en la nube.

¿Llamamos a su padre? se tienta Carmen.

Hazlo asiente don Vicente . Mejor enterarse por nosotros.

Esa llamada resulta una losa. Su hijo primero calla, luego suelta un taco, luego pregunta por qué no vigilan. Carmen escucha, y por dentro se le agota la fuerza. Tras colgar, se sienta en el taburete, la cara entre las manos.

Yaya murmura Inés , no ha desaparecido. Está enfadado, nada más.

Pues se va, como si fuésemos enemigos.

El día se arrastra eterno. Hacen mermelada, arreglos en el cobertizo, pero la casa se siente a medio gas. El móvil de Inés, mudo.

Al atardecer, con el sol fundiéndose tras los cerezos, un ruido hace saltar a Carmen del sillón. Las verjas chirrían. Y aparece Lucas.

Lleva la misma camiseta, vaqueros polvorientos, mochila al hombro, cara cansada pero entera.

Hola saluda bajito.

Carmen se incorpora. Por un instante quiere abrazarle, pero se contiene. Sólo pregunta:

¿Dónde estabas?

En Salamanca baja la mirada . Al festival.

¿Solo?

Con amigos del pueblo de al lado. Hablé con ellos por mensaje.

Don Vicente sale, secándose las manos.

¿Sabes cómo lo hemos pasado? empieza, pero la voz le tiembla.

Os mandé mensajes se apresura Lucas . No tenía cobertura. Luego se apagó el móvil. Me olvidé el cargador.

Inés ya está junto a ellos, móvil en la mano.

Yo también te escribí dice . Solo salía un tic.

No era queriendo recorre a todos con la mirada . Pensé que si pedía permiso, no dejaríais. Ya lo tenía planeado y

Se traba.

Mejor no decir nada termina el abuelo.

El silencio pesa. Pero hay cansancio, no sólo rabia.

Venga, entra y come algo dice Carmen.

Sin rechistar, obedece. Le sirve sopa, pan, limonada. Come con ansia de día entero sin probar bocado.

Allí es todo carísimo murmura . Vuestros dichosos food trucks.

Ese vuestros suena raro, pero lo deja correr.

Al terminar, vuelven a la terraza. El sol ya apenas se ve. El aire refresca.

Mira dice serio el abuelo mientras se sienta . Quieres libertad, cualquiera lo entiende. Pero somos responsables de ti. Si pasa algo, respondemos nosotros. Así que si vas a algún sitio, avisas. No media hora antes: un día, al menos. Juntos miramos cómo ir, dónde, quién te recoge. Si hay acuerdo, vas. Si no, no. Pero largarse así, no.

¿Y si decís que no? pregunta Lucas.

Pues te fastidias y te vienes al mercado tercia Carmen. Nos fastidiamos todos, pero juntos.

Lucas la mira. En sus ojos hay enfado, cansancio, un punto de derrota.

No quería preocuparos responde bajito . Solo quería decidir algo sin pedir permiso.

Decidir está bien dice Carmen . Pero ser responsable también es pensar en los que te esperan.

Se sorprende oyéndose así, como si no estuviese regañando, sino constatando una verdad.

Él suspira.

Lo he entendido.

Una cosa más añade el abuelo . Si se te acaba la batería, buscas cómo cargarlo. Bar, estación, lo que sea. Y lo primero, nos escribes o llamas. Aunque creas que te vamos a reñir.

Vale.

Se quedan un rato en silencio. De algún jardín ladra un perro. En la huerta, la gata Mora maúlla perezosa.

¿Y el festival? pregunta Inés.

Bien. La música regulera, pero la comida buena.

¿Fotos?

Se me apagó el móvil.

¡Pues mira! Inés se encoge de hombros . Sin pruebas, sin contenido.

Lucas sonríe, y su sonrisa es sincera, tranquila.

Desde ese día la casa cambia de ritmo. Las normas siguen, pero suavizadas. Esa noche, Carmen y don Vicente se sientan y anotan en una hoja lo esencial: levantarse antes de las diez, dos horas de ayuda cada día, avisar si sales, fuera móviles en la mesa. Cuelgan la hoja en la nevera.

Parece horario de campamento murmura Lucas.

Campamento familiar responde Carmen.

Inés quiere incluir sus normas.

Vosotros tampoco me llamáis cada cinco minutos si voy al río exige . Y sin entrar a la habitación sin tocar.

Nunca entramos se extraña Carmen.

Por si acaso, ponedlo interviene Lucas. Así es justo.

Añaden las últimas líneas. El abuelo protesta, pero firma.

Poco a poco surgen tareas en común, que no parecen castigo. Un día Inés aparece con un juego de mesa que les regalaron hace años.

Juguemos esta noche propone.

Yo jugaba de pequeño se anima Lucas.

Don Vicente se resiste, pretextando que tiene cosas en el trastero, pero pronto se sienta, y resulta que recuerda las reglas mejor que nadie. Se ríen, discuten, se hacen trampas. Los móviles quedan olvidados en un rincón.

La cocina también se convierte en campo de pruebas. Harta de oír qué hay para cenar, Carmen les dice:

El sábado cocináis vosotros. Yo solo digo dónde está cada cosa.

¿Nosotros?

Sí. Lo que queráis, pero comestible.

Para sorpresa de todos, se lo toman en serio. Inés busca una receta moderna, Lucas filetea verduras, debatiendo con ella. La cocina huele a cebolla, especias, la pila desborda; pero el ambiente es festivo.

Si luego acabamos todos con el estómago fatal, no os enfadéis bromea don Vicente, pero no deja nada en el plato.

También llegan a un acuerdo en la huerta. En vez de obligarles a arrancar hierbas cada día, Carmen asigna parcela personal.

Este bancal para ti le dice a Inés, señalando las fresas. Y este para ti a Lucas, con las zanahorias. Haced lo que os parezca. Si no sale nada luego, no protestéis.

Experimento dice Lucas.

Grupo control y experimental remata Inés.

Al final, Inés va cada tarde a vigilar las fresas, las fotografía y sube mi jardín a redes. Lucas riega sus zanahorias un par de días y se olvida. En septiembre, la cosecha de Inés es para hacer mermelada; la de Lucas, unas zanahorias raquíticas.

¿Lección aprendida? pregunta Carmen.

Sí responde serio Lucas. La agricultura no es lo mío.

Las carcajadas ahora suenan sin tensión.

Al final del verano, la casa vive a su propio compás. Por la mañana desayunan juntos, luego cada cual a sus asuntos; al anochecer, de vuelta a la mesa común. Lucas sigue trasnochando a veces, pero a las doce apaga la luz sin que Carmen diga nada; Inés sale con una vecina al río, pero siempre escribe dónde está y cuándo vuelve.

Las discusiones existen por música, por la sal de la sopa, por fregar la vajilla, pero ya no son guerras. Son parte de convivir bajo el mismo techo.

La última noche, Carmen hornea una tarta de manzanas. La casa rebosa aroma dulce; la terraza, fresca por el aire de la sierra. Sobre la mesa, las mochilas preparadas, la ropa doblada.

¡Foto! propone Inés cuando reparten la tarta.

Otra vez con vuestros empieza don Vicente, pero cede.

Solo para nosotros, no para colgarla aclara ella.

Salen al jardín. El sol desciende entre los manzanos. Inés apoya el móvil en un cubo, pone el temporizador y corre a reunirse.

La abuela en el centro, el abuelo a la derecha, Lucas a la izquierda.

Se agrupan, un poco incómodos, hombro con hombro. Carmen nota que Lucas apenas le roza el codo. Don Vicente también se arrima. Inés los abraza por la cintura.

¡Sonreíd! ordena.

Suena el clic. Otra vez.

Ya está Inés revisa la pantalla y sonríe. Genial.

Enséñame pide Carmen.

En la pantalla aparecen desenfadados: ella con el delantal puesto, don Vicente en su camisa vieja, Lucas con pelos en punta, Inés en una camiseta chillona. Pero en la postura hay cercanía, familia.

¿Me la imprimes? pregunta Carmen.

Claro asiente Inés . Te la mando.

¿Y cómo la saco del móvil? se extraña Carmen.

Yo te ayudo se mete Lucas. Vente a casa este otoño y lo hacemos juntos. O te la traigo la próxima vez.

Carmen asiente. Por dentro, la paz. No porque todo esté entendido, ni mucho menos. Seguirán discutiendo muchas veces. Pero sabe que, entre sus normas y la libertad de ellos, se ha abierto una senda donde poder cruzarse.

Por la noche, cuando los niños ya están acostados, Carmen sale a la terraza. El cielo está negro, algunas estrellas titilan sobre el tejado. La casa late tranquila. Se sienta en el escalón, abrazándose las piernas.

Don Vicente sale tras ella, se sienta a su lado.

Mañana ya se van dice.

Ya se van repite ella.

Guardan silencio.

Al final, mira murmura él , todo bien.

Todo bien. Y hasta hemos aprendido.

Ellos o nosotros

Carmen sonríe. En la ventana de Lucas todo está oscuro. En la de Inés, también. Sobre la mesilla, seguro, el móvil deja que se le llene la batería para el día siguiente.

Carmen se levanta, cierra la puerta, y al pasar por la cocina, echa una mirada al papel de las normas. Los bordes ya algo doblados, el bolígrafo al lado. Repasa con el dedo las firmas y piensa que el verano próximo, quizá, reescriban ese papel. Añadan algo, quiten otra cosa. Pero lo importante no cambiará.

Apaga la luz y se acuesta, sintiendo cómo la casa respira tranquila, acogiendo todo lo vivido en este verano y dejando dentro sitio para lo que venga.

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