Cuando subí al avión rumbo a Roma con mi mujer, descubrí que nuestros asientos estaban ocupados por una madre española y su hijo: así resolvimos el conflicto sin perder la calma gracias a la ayuda del auxiliar de vuelo

Life Lessons

Diario,
Hoy ha sido un día curioso, digno de ser contado. Nada más subirme al avión rumbo a Madrid, donde mi esposa y yo queríamos visitar a la familia, me llevé una sorpresa desagradable: nuestros asientos ya estaban ocupados. Habíamos comprado los billetes con antelación, fijándonos muy bien para tener ventanilla y sentarnos juntos, algo especialmente importante en estos vuelos de tres filas.

Al acercarme, vi que una mujer se había acomodado en mi asiento y su hijo, un niño de no más de cinco años, ocupaba el de mi esposa. No le di demasiada importancia al principio; pensé que se habría confundido de fila o de número, algo que puede pasar.

Perdone, estos son nuestros asientos le dije amablemente, mostrando mis tarjetas de embarque.

La mujer ni me miró. Solo cuando mi esposa, bastante perpleja, insistió, se dignó a contestar:

Mi hijo quería estar en la ventanilla. El que primero llega, mejor se acomoda. No vamos a movernos. Ahí, en el centro, hay sitios vacíos; quedaos allí.

Me quedé de piedra. Lo siento, pero hemos comprado estos sitios precisamente para estar cómodos. Por favor, ¿puede sentarse en los suyos y así no armamos ningún lío?

Ella suspiró y me miró con cara de superioridad: ¿No ve que el niño está ilusionado? Si lo cambio ahora, se pondrá insoportable. ¿No tienen hijos ustedes? Que sois adultos.

En ese instante, mi esposa y yo nos miramos, sopesando si merecía la pena entrar en discusión. Decidimos buscar ayuda y avisamos al azafato. Por suerte, intervino de inmediato y, sin mayores dramas, la señora terminó por levantarse y buscó sus verdaderos asientos.

No dejo de preguntarme: si tanto le importaba el ventanal para su hijo, ¿por qué no lo reservó al comprar los billetes? De verdad, no entiendo esa actitud tan egoísta.

Lo mejor fue la rapidez y profesionalidad del azafato. Gracias a él, la situación no se fue de las manos y el vuelo transcurrió sin más contratiempos. Incluso recibimos miradas y apoyo de otros pasajeros, que vieron que en ningún momento quise armar escándalo, sino dejar las cosas claras y de buen modo.

Sigo sin comprender por qué ciertos viajeros con niños piensan que tienen más derechos que los demás. Nosotros también somos padres, pero eso no justifica arrebatar el sitio a nadie ni buscar privilegios injustos.

Al menos, la tranquilidad llegó pronto y pudimos disfrutar del trayecto. Ojalá esta mujer aprenda que reservar asientos por anticipado le ahorrará disgustos y no pondrá en aprietos a otras personas. La convivencia, sobre todo en espacios tan limitados como un avión, depende mucho de la empatía.

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