Mi pareja se niega a cederle un piso heredado por su tía a nuestra hija mayor y prefiere venderlo para repartir el dinero entre los hijos, mientras yo insisto en que sería mejor que nuestra hija, ya universitaria, pudiera independizarse en el centro de la ciudad—¿quién tiene razón en este dilema familiar tan español?

Life Lessons

Diario de Ignacio, Madrid, 16 de abril

Hoy he vuelto a darle vueltas a una discusión que llevo semanas arrastrando con Clara, mi mujer. Todo comenzó cuando falleció la tía Lucía y me dejó en herencia un pequeño piso en pleno centro de Madrid, en la calle Atocha. Es un apartamento antiguo, modesto y necesita una reforma a fondo, pero está muy bien ubicado. Entre Clara y yo tenemos tres hijos: la mayor, Carmen, tiene ya diecinueve años y está en la universidad; nuestro hijo mediano, Jorge, tiene doce, y el pequeño, Luis, apenas cinco. Vivimos todos juntos en un piso amplio de tres dormitorios en Chamberí, y nunca hemos tenido problemas de espacio.

La cuestión de la herencia ha abierto una grieta en nuestra forma de pensar. Clara sostiene que deberíamos dejarle la casa a Carmen. Según ella, ya es una mujer hecha y derecha, quién sabe si pronto se querrá independizar o incluso casarse, y tener un lugar donde comenzar su vida adulta podría ayudarle mucho. Yo, por el contrario, pienso que no sería justo para sus hermanos. ¿Por qué iba Carmen a recibir un piso y los chicos, nada? Pienso que lo adecuado sería vender el apartamento y repartir los euros obtenidos a partes iguales entre los tres. Pero Clara insiste en que es absurdo, porque ese dinero no les servirá para mucho cuando crezcan. Según ella, mejor pájaro en mano que ciento volando, aunque a mí me parece una forma demasiado simple de ver el asunto.

Si hiciéramos lo que yo planteo, el dinero estaría parado en las cuentas de los niños hasta que fuesen adultos. A Carmen le daría para comprarse un coche de segunda mano, o poco más. Clara defiende que con la vivienda al menos le aseguramos algo concreto a uno, y que ya veremos cómo apañarnos para los chicos cuando llegue el momento. Tendría sentido, pero me preocupa que los hermanos lo vean injusto, que mine su relación para siempre, y que ellos nunca lleguen a entender los motivos. Clara sostiene que aún son pequeños para entenderlo, que tenemos tiempo de encontrar una solución para los chicos, y que no debo preocuparme en exceso.

Por ahora no le hemos dicho nada a Carmen. Preferimos meditarlo antes, sobre todo porque el piso de la tía Lucía necesita tantísimo arreglo que ahora mismo ni siquiera podríamos permitirnos empezar las obras. Está totalmente destartalado, inhabitable.

Me siento atrapado: ¿hago bien en mantenerme firme en mi postura, o debería apoyar a Clara en la suya? ¿O quizá existe una tercera vía en la que no hemos reparado? Voy notando la presión del futuro, la responsabilidad de elegir bien para mis hijos; no quiero que ellos arrastren heridas por culpa de una mala decisión tomada por nosotros.

Hoy por hoy, la vida me enseña que las cosas no siempre se pueden repartir de forma exacta y perfecta. Pero también sé que en toda familia, lo más valioso es la armonía y el afecto mutuo. Hablar con sinceridad, escucharnos y buscar juntos la mejor solución posible será, quizás, mi mejor legado para mis hijos.

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