Desde hace alrededor de un año, mi hijo vivía con Clara, pero no conocíamos a sus padres. Eso me llamaba la atención y decidí averiguar un poco más.
Siempre he intentado educar a mi hijo en el respeto hacia las mujeres: su abuela, su madre, su esposa, su hija. Para mí, esa es la mayor virtud que puede tener un hombre: el respeto profundo hacia las mujeres. Tanto mi marido como yo le dimos la mejor educación posible, proporcionándole todas las herramientas necesarias para desenvolverse en la vida con soltura. Queríamos que saliera adelante por sí mismo, pero aun así le compramos un piso de dos habitaciones. Aunque trabajaba para mantenerse, todavía no tenía el dinero suficiente para una vivienda propia.
No le entregamos el piso de inmediato, ni siquiera le hablamos de la compra. ¿Por qué? Mi hijo estaba viviendo con su novia, y quería asegurarme de que era la mejor decisión. Mi hijo llevaba en torno a un año conviviendo con Clara, una muchacha a cuyos padres nunca habíamos conocido, algo que me resultaba sospechoso.
Con el tiempo, descubrí que la madre de Clara había sido vecina de una vieja amiga mía. Un día, esta amiga me contó detalles de su vida que me dejaron inquieta. Al parecer, la madre de Clara echó a su marido de casa en cuanto él empezó a ganar menos dinero, pero lo más insólito vino después. Luego, esa mujer inició una relación con un hombre casado aunque con buena posición económica. Y la abuela de Clara, al igual que su hija, también había mantenido relaciones con hombres casados. Ambas obligaban a Clara y a su madre a ir al cortijo del amante para trabajar en el campo.
Por todo esto, mi hijo ya había tenido varios desencuentros con la que sería su futura suegra. Pero lo que más me preocupa es que tanto la madre como la abuela estaban poniendo a Clara en contra de su propio padre.
A la chica se le notaba el cariño por su padre, pero con la influencia de esas dos mujeres, su relación estaba en peligro. Y para colmo, Clara había decidido dejar la universidad. Cree que es el hombre quien debe hacerse cargo de la familia. Esa es una idea que en parte comparto; he preparado a mi hijo para ello. Pero, que Dios no lo quiera, si atraviesan una mala racha en la vida, ¿dónde queda el respaldo? ¿Cómo podrá ella sacar adelante a su esposo si surge algún problema? Por cierto, decidí poner el piso a mi nombre, porque sé el tipo de hijo que he criado, como solemos decir aquí, más bueno que el pan. Y aunque todo lo adquirido antes de la boda no se reparte tras un divorcio, Clara es una muchacha tan lista que sería capaz de dejar a mi caballero sin más que con sus zapatillas puestas.
He aprendido que las personas con las que nos rodeamos, y especialmente quienes forman parte de nuestra familia, influyen no solo en nuestras decisiones, sino también en nuestro carácter y en nuestro futuro. Por eso, antes de entregar lo más valioso de nuestra vida, hay que observar, escuchar y, sobre todo, confiar en el juicio propio. La confianza se construye, no se regala, y hay que ser sabios al elegir a quién se la otorgamos.







