Boda con un discapacitado: Un relato cautivador

Life Lessons

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Leocadia llegó tarde del turno en la clínica donde trabajaba como enfermera de traumatología. Se duchó largo rato, se vistió con su bata y entró a la cocina.

Hay albóndigas y macarrones en la sartén propuso Carmen, mirando a su hija y tratando de adivinar su estado. ¿Estás cansada, Leocadia? ¿Y el ánimo?

No comeré, ya soy fea; si intento arreglarme, nadie me mirará respondió Leocadia con tono sombrío mientras se servía un té.

¿De dónde sacas eso? se alarmó la madre. Todo está bien: tus ojos, tu nariz y tus labios son normales. No te menosprecies, hija.

Todas mis amigas ya están casadas y yo sigo sola. Solo me gustan chicos que no valen nada, y los que me atraen ni siquiera me miran. ¿Qué será lo que me falta? preguntó Leocadia, cruzando los brazos.

Simplemente no has encontrado aún a tu destino; el momento no ha llegado intentó calmarla Carmen, pero Leocadia se irritó más.

Exacto, mis ojitos son pequeños, mis labios finos y mi nariz Mira qué fea soy. Si tuviéramos dinero me haría una cirugía, pero somos pobres. Por eso pienso casarme con alguien discapacitado: en el hospital hay chicos que, tras un accidente, fueron abandonados por sus parejas. Ya tengo treinta y tres, no tengo tiempo para esperar.

Vamos, hija, no digas eso. Tu padre también tiene problemas de movilidad. Pensé que un yerno que ayude en el huerto sería útil dijo Carmen, precipitándose a justificarse. No te estoy diciendo que busques a cualquiera, pero no todos los que viven bien son perfectos. Mira a Santiago, el vecino; lleva tiempo observándote, es fuerte, tendría hijos sanos

Mamá, basta. Santiago nunca llega a tiempo a trabajar, le gusta la birra y, ¿de qué hablaríamos con él? replicó Leocadia.

Si te parece, le diré que vaya a arar la tierra o que haga la compra; es un buen chico, trabajador, quizá os sirva propuso Carmen con una sonrisa melosa. Leocadia dejó el té a medio beber, se levantó y salió de la habitación.

Me voy a dormir, mamá. Pensaba que al menos me considerarías una persona, pero como todos, piensas que soy una monstruosidad

Leocadia, hija, ¿qué dices? intentó alcanzarla, pero ella hizo un gesto y cerró la puerta de su cuarto.

Esa noche no durmió. Rememoró al chico que habían traído recientemente, al que le habían amputado la pierna por debajo del tobillo tras el colapso de un edificio en ruinas. Nadie lo había visitado; apenas tenía veintisiete años.

Al principio, después de la operación, él la miraba con compasión, le tomaba de la mano y buscaba sus ojos. Luego se encerró en sí mismo, mirando al techo. Leocadia sintió más lástima por él que por cualquiera, quizá porque nadie lo había acompañado.

¿Crees que podré volver a caminar? preguntó él sin voltear.

Claro que sí, todo sanará; eres joven le contestó Leocadia con firmeza.

Todos lo dicen. Yo probaría a estar sin pierna; ¿qué clase de vida sería? exclamó él, enfadado, y se giró contra la pared como si ella fuera la culpable.

¿Por qué te metiste allí? replicó Leocadia, irritada. ¡Tú mismo eres el responsable!

Me pareció murmuró él, evitando mirarla cuando ella entraba en la sala.

Leocadia observó sus ojos, claros y fríos como cristales de hielo, y su rostro, aun lamentable por lo ocurrido.

¿Te lamentas? le preguntó él una vez, notando su mirada. Veo que sí; ahora solo queda quejarme de lo que soy, nadie me quiere.

Yo tampoco soy querida, aunque tenga manos y pies; soy diferente, nadie me apoya, mejor sin piernas, al menos me tendrían lástima respondió Leocadia, y las lágrimas brotaron.

De pronto, Miquel, otro paciente, sonrió al verla.

Qué tonta eres, ¿no te das cuenta de que no eres fea? Envidio en silencio a quien elijas, ¿lo crees?

Leocadia lo miró fijamente y, sorprendentemente, le creyó. Entonces le soltó lo que llevaba rondando la lengua:

Si te elijo, ¿te casarías conmigo? dijo. Él quedó mudo, como admitiendo la verdad.

Leocadia se levantó, con el rostro herido, y se dirigió a la puerta. Miquel, apoyado en los codos, se arrastró hasta la cama como si fuera a perseguirla, pero recordó que no podía y gritó:

¡Cásate conmigo, Leocadia! Te juro que pronto nadie notará mi pierna. Me recuperaré rápido, no te vayas

Leocadia se detuvo en el pasillo, a punto de llorar, pero sintió que él era él.

No importaba su nariz, sus ojos o su nariz; él tenía una dificultad con la pierna, pero se habían encontrado y eso bastaba. El tiempo había llegado, como decía su madre.

Miquel se comprometió con la rehabilitación con entusiasmo. Ahora tenía un objetivo: casarse con la chica que amaba y estar en pie por su futuro juntos. Quería que Leocadia dejara de tristecerse, que supiera que ella le importaba, que él quería vivir a su lado.

¿Te has enamorado, hija? preguntó Carmen, al ver a Leocadia florecer. Antes decías que eras fea y ahora luces radiante.

Leocadia no negó nada; se sentía ligera, como volando. Su mayor deseo era que Miquel volviera a caminar con su prótesis. Salían cada vez más lejos, primero por el patio del hospital y luego por las calles nevadas que brillaban con luces de Navidad.

Ese edificio ya está demolido, el sitio donde me aplastaron le mostró Miquel un día.

¿Y por qué entraste allí? le preguntó Leocadia. Nunca me lo contaste.

Vi un cachorro abandonado, negro con manchas blancas, temblaba de frío y quise llevarlo a casa para que no estuviera solo explicó Miquel.

Mira, allí está otro perro flaco, mirándonos con pena, temeroso de acercarse.

Eso es él exclamó Miquel, y el perro corrió hacia ellos, acercándose hasta la puerta.

En la boda, las amigas de Leocadia bromeaban:

¡Vaya suerte la de Leocadia, ha encontrado un marido guapo, más joven, con piso y sin suegra!

La madre, emocionada, habló del Miquel mamá que ahora la llamaba. Miquel había sido huérfano, sin familia, pero era buen hombre y lleno de cariño; sobre todo, se amaban.

Los huertos de la casa quedaron atrás; Miquel se encargaba de todo y siempre lo lograba. Vivían Leocadia, Miquel y su perro Coco. Pronto serían cuatro, pues la pareja esperaba una niña.

Nunca hay que perder la esperanza, pues de lo inesperado nace la felicidad. La vida, con su imprevisibilidad, nos enseña que el amor verdadero supera cualquier defecto y que, al aceptar nuestras imperfecciones, descubrimos la verdadera plenitud.

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