Domando al Esposo: Una Narración

Life Lessons

Oye, amiga, gracias por seguirme, por los “likes”, los comentarios y, sobre todo, por esas donaciones en euros que me ha hecho llegar mi quinteto de mininos y el perrito. Si te gusta alguno de mis relatos, compártelo en tus redes, que también me alegra mucho.

Después de salir del hospital, Candelaria se sentía mucho mejor y quería retomar sus cosas de siempre desde el primer día. Pero al levantarse se topó con una protesta interna que no se esperaba. Su marido, Alejandro, ya estaba estirando las articulaciones como de costumbre.

Alejandro, que siempre ha sido deportista, no ha dejado sus rutinas ni en la jubilación. Cada mañana empieza con una serie de ejercicios para aliviar sus articulaciones. Candelaria, en cambio, suele correr a casa a limpiar la caja de arena de su gata Mona. Después alimenta a Mona y al perro Ras, y se encarga de recoger los rastros de sus “aventuras nocturnas” por el salón y la cocina. Luego, trata de sacarle el máximo provecho al paseo de Ras.

Durante el día y la tarde, los tres (Candelaria, Alejandro y su hijo Luis) suelen dar largas caminatas por el parque, disfrutando del silencio de los almendros. Pero esa mañana, mientras Alejandro se enfocaba en su salud, Candelaria tenía mil cosas por hacer.

Corrió a preparar el desayuno típico: queso fresco con miel y frutos secos, o tortitas de queso, alternando con tortilla, huevos estrellados o pasados por agua. Ella consideraba ese ajetreo matutino como su propio “carguín”, pero los médicos del hospital, al enterarse de su rutina, le insistían en que necesitaba ejercicios reales, algo que la tarea doméstica no podía sustituir.

Alejandro, tras terminar su sesión de gimnasia articular, se quejaba de tener que hacer la cama, diciendo que “eso no es cosa de hombres” y que todo el peso del hogar recaía sobre él. Llevaba la ropa a la lavadora dos veces por semana, pasaba la aspiradora y, a veces, se quejaba de que Candelaria nunca hacía nada bien. Al final, lavaba los platos del desayuno como si fuera su mayor ayuda.

Después del desayuno, Candelaria se ponía a cocinar el almuerzo y luego se sentaba frente al ordenador. En su pensión hacía pequeños trabajos para no contar cada céntimo. Alejandro encontraba sus “trabajos” divertidos y la compra de cosas nuevas, una “gasto innecesario”. Después de todo, ya tenían armarios repletos.

Candelaria, como siempre, cedía al marido y no le respondía. Ella no se preocupaba por la ropa; Alejandro siempre la halagaba diciendo que se veía mejor que sus compañeros de edad. No le molestaba que él comprara otro taladro o cualquier otra cosa con el dinero de sus “pequeños” ingresos.

Todo cambió cuando una repentina enfermedad la tumbó de bruces. Un día, mientras iba al supermercado, se desmayó en la calle y la ambulancia la llevó al Hospital Universitario de Madrid. Los médicos dudaban que pudiera moverse por sí misma al ver sus análisis: los valores estaban por debajo de lo normal, casi una anemia grave.

Hasta Alejandro se asustó al verla pálida bajo la drip. En casa, apenas podía hacerse cargo de las tareas, y se dio cuenta de cuántas cosas había bajo su techo. Pero él, con el corazón en la mano, esperaba con ansias el alta de su mujer, porque la ama de verdad.

Los primeros días, Candelaria estuvo en cama como les indicaron. Alejandro la visitaba y le preguntaba:

¿Cómo te sientes, Cande? ¿Mejor? ¿Te ves menos pálida?

Y le decía en broma:

No te acuestes tanto, que luego no aprendes a caminar. Ya es hora de volver al ritmo de siempre…

Candelaria asentía con la cabeza, pero no a todo. Cuando se despertó esa mañana, no sintió ganas de lanzarse al torbellino de quehaceres. Miró a Alejandro, que hacía sus ejercicios de articulaciones con cara de concentración, esperando que ella también se pusiera a “trabajar”. Por primera vez, no vio al marido cariñoso, sino a un hombre que, sin darse cuenta, quería cargarle una carga imposible otra vez. Sintió una protesta interna.

Recordó las palabras del doctor, dichas con esa voz tan preocupada que ahora le resonaba en la cabeza como una campanilla:

No piensan en ustedes mismos, y al marido le han enseñado eso. Creen que todo les sale fácil y que nunca se cansan. Pero sus análisis mostraron anemia, sus valores están tres veces bajo la norma. ¿Quieren seguir viviendo?

Le pusieron la drip y le transfundieron sangre cinco veces, hasta que los números volvieron a la normalidad. Ver el tubo transparente que llevaba sangre de cinco desconocidos le hizo pensar:

¡Vaya! Me han puesto sangre de cinco personas que nunca he visto. Me han salvado la vida y ahora hay algo ajeno dentro de mí… ¿Cambiará eso algo en mí?

Al llegar a casa, Candelaria sintió, con sorpresa, que ya no quería complacer a Alejandro a capa y espada. Sí, quiere a Luis y él la quiere, y Alejandro, aunque se queje, hace cosas que muchos hombres no harían. Pero él siempre se cree el protagonista y minimiza sus esfuerzos. Antes lo aceptaba con paciencia, pero ahora algo dentro de ella había despertado.

Le entró la gana de retomar sus viejas aficiones: tocar el piano que lleva años acumulando polvo, o cualquier otra cosa que aún no había descubierto. Se puso en pie, y junto a Luis empezó a hacer ejercicios. Alejandro no aguantó la sorpresa y le soltó:

¿Te han operado el corazón o qué? ¿Te crees que a tus años ya vas a ponerte a cuidarte? Tú ya estás perfecta, ve a alimentar a la gata y al perro, y haz el desayuno, que eso es lo que importa.

El médico me lo ha ordenado contestó Candelaria, con una firmeza que Luis nunca había escuchado de ella. Dijo que si no lo hago, no duraré mucho. ¿Quieres que me muera?

Alejandro se quedó boquiabierto ante su sinceridad. Luis, por su parte, se quedó callado, como si aceptara que esa “locura” de su madre era solo una fase del hospital. Entonces Candelaria, después de su “carguín”, mandó:

Mona y Ras, ustedes a pasear, y tú, Alejandro, lleva al perro. Yo preparo el desayuno, así será más rápido

Le sorprendió lo rápido que Alejandro accedió. Dentro de ella se gestaba una especie de energía nueva, cinco fuerzas que la empujaban a tirar la ropa vieja, comprar ropa nueva con el dinero que ella misma había ganado, hacer ejercicio, ser más atlética y volver a tocar el piano.

Contó en su cabeza cinco decisiones claras y, con una sonrisa, pensó:

Sí, me han transfundido sangre de cinco personas. Esa energía y valentía vienen de ellos. Se dice que al recibir un órgano también se heredan gustos, recuerdos o talentos. No es casual que la gente que sobrevive a operaciones graves descubra habilidades que antes no tenía.

Al mirar a Alejandro, ya no había sumisión, sino una confianza nacida de la medicina y de ese impulso que sentía. Vio cómo él intentaba comprender el cambio, cómo su mundo en el que ella siempre había sido tranquila y servicial se tambaleaba.

¿Sabes, Alejandro? dijo sin miedo. Creo que ahora vas a ver todo lo que hago, lo que me cansa, lo que sacrifico por ti. Ya no voy a ocultarlo más. Voy a desechar los vestidos viejos, comprar otros nuevos, y volveré a tocar el piano. ¿Te acuerdas de cuando dije que estudié música y solo sabía tocar el “Vals del perrito” y la “Zambra”? Pues ahora escucha.

Abrió la tapa del piano, puso los dedos sobre las teclas y, para su propia sorpresa, salió una melodía bonita, una que le traía recuerdos y le hacía latir el corazón.

Alejandro la miró maravillado y susurró:

Cande, ¿cómo lo haces? No sabía que podías ¿Eres otra persona?

Su rostro mostraba asombro y, quizá, un poco de miedo. Se había acostumbrado a una Candelaria, y ahora tenía delante a otra, más fuerte y decidida. Esa transformación le resultaba desconcertante.

Candelaria sonrió, pero ya no era la tímida disculpa de antes, sino una sonrisa sincera, llena de expectativa. Sentía que dentro suyo se encendía una llama alimentada por esas cinco chispas de vida, una llama que le prometía no solo sobrevivir, sino vivir de verdad.

Quería vivir una vida plena, con espacio para sus propios deseos, y, tal vez, una nueva forma de amor con su marido, basada en respeto mutuo y no en su propia autonegación.

No sabía quiénes eran esos cinco donantes, pero parecía que eran personas fuertes y talentosas. No solo le salvaron la vida, sino que ahora le devolvieron la ilusión y la felicidad.

Alejandro la miraba con admiración, como si no pudiera creer lo que veía.

Dicen que no tiene sentido preguntar por qué pasa una enfermedad o una dificultad; lo importante es entender para qué sirve y qué nos enseña. Tal vez esos retos vienen para recordarnos lo preciosa que es la vida.

Como dice el refrán castellano, “A mal tiempo, buena cara”. Cada día es una fiesta, el sol brilla, la familia nos apoya y, aunque el marido a veces gruñe, hay que agarrarle los talones y recordarle que sigue siendo un hombre.

Mientras podamos, vivamos a tope, valoremos lo que tenemos y sigamos adelante.

Rate article
Add a comment

11 − four =