Mi madre siempre estuvo del lado de mi padrastro. Un día, no pude soportarlo más y decidí poner fin a todo.

Life Lessons

Mi madre, Doña María Gómez, siempre apoyó a mi padrastro, Antonio Ruiz. Un día, la tensión se volvió insoportable y decidí poner fin a todo aquel tormento.

Durante años viví bajo el mismo techo que mi madre y mi hermana menor, Almudena Torres. Nuestra abuela, Doña Carmen Ortega, que habitaba a escasos pasos, nos visitaba con frecuencia. El recuerdo de mi padre biológico se había desvanecido por completo, mientras que el del padre de Almudena todavía me perseguía en los sueños.

Al principio Antonio me trataba con cierta amabilidad, pero pronto, como quien se cree dueño del mundo, ambos olvidaron mi existencia. No dudó en alzar la mano contra mí; la sangre corría por mis mejillas mientras lloraba en silencio, sin atreverse a decirle nada a mi madre. Todo cambió cuando ella, con los ojos bien abiertos, presenció una de sus agresiones.

Se desató una fuerte riña entre mi madre y aquel hombre, y Antonio desapareció de nuestras vidas para siempre. Desde entonces, las tres nos quedamos solas y la felicidad volvió a entrar en casa. Doña Carmen se encargaba de cuidar a Almudena mientras yo terminaba el instituto. Cuando llegó el momento de decidir mi futuro, quería ir a estudiar a Londres, pero el deber a la familia pesó más y opté por matricularme en la Universidad de Sevilla.

Un día, mi madre propuso vender los dos pisos que poseíamos el nuestro y el de la abuela para comprar un piso de tres habitaciones en el centro de Madrid, con una vista al Parque del Retiro, por 150.000 euros. Así podríamos vivir todas bajo el mismo techo con espacio de sobra. Aceptamos la idea y, con la emoción a flor de piel, nos mudamos a la nueva vivienda. Yo tuve mi propio cuarto, Almudena se instaló con Doña Carmen y mi madre ocupó la tercera habitación. La alegría parecía infinita.

En aquel edificio conocimos al vecino del piso de al lado, Don José Martínez, un viudo de la misma edad que mi madre. Desde el instante en que cruzó la puerta, empezó a prestar una atención inesperada a Doña María, y ella, como quien encuentra una luz al final del túnel, comenzó a florecer de nuevo.

Más tarde, mi madre invitó a su hermano, Roberto Sánchez, a vivir con nosotros. Él había decidido alquilar su piso y, al principio, todo parecía ir bien. Sin embargo, pronto empezó a lanzar insultos, sobre todo hacia mí, y su aversión se volvió una espina clavada en el pecho. Las discusiones se sucedían una tras otra, pero mi madre siempre se ponía del lado de su hermano.

Ese clima me ahogaba. Decidí entonces mudar mis estudios a Barcelona, buscando distancia y refugio. A mi madre no le importó; al contrario, la expresión de alivio que cruzó su rostro al saber que ya no tendría que elegir entre yo y su hermano fue evidente. Pero la paz no llegó a mi interior. ¿Cómo se puede entregar a su propio hijo al capricho de otro hombre? La culpa y la rabia se mezclaban en mi pecho mientras cerraba la puerta de la casa que una vez fue mi refugio.

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