Tenemos dos hijos, pero solo amamos a uno.

Life Lessons

Recuerdo, con la melancolía que sólo el paso del tiempo puede dar, que éramos dos hijos, pero el afecto de mis padres siempre estuvo puesto en una sola pieza del puzzle familiar.

Yo, José Martínez, supe desde pequeño que mi madre, Dolores, y mi padre, Antonio, miraban a mi hermana Carmen con una devoción que yo jamás obtuve. Lo confirmaron cuando, tras terminar sus estudios en la Universidad Complutense, les ofrecieron su propio piso en el centro de Madrid y, sin más, me empujaron a desalojar la vivienda familiar diciendo: «Con tu teletrabajo puedes permitirte un piso propio».

Mientras Carmen se graduaba, sus progenitores la seguían como a una niña pequeña, haciéndose cargo de los recados en la secretaría del decano, acompañándola a las reuniones y ahora velando por sus hijos, Lucía y Diego. A mí nunca me echaron una mano; ahora, sin embargo, me hacen la vida imposible y me invitan a abandonar el hogar que una vez compartimos.

Mi padre, con su voz grave, me recordaba que, siendo hombre, debía saber valernos por nosotros mismos. Sin embargo, el marido de mi hermana, un hombre mayor que yo, parece no cumplir con esa misma regla y depende de la ayuda de los padres de Carmen.

En medio de la discusión sobre la mudanza, cometí el error de decir que también tenía derecho a la vivienda, que me correspondía una parte del techo bajo el mismo nombre. Mi madre, al oírme, soltó: «¡Eres un cerdo por hablar de repartir la herencia!», y mi hermana, con la cara roja de la ira, replicó que intentaba echarla a ella y a sus niños del piso.

Legalmente, la solución parece inalcanzable: sé que pronto mis padres redactarán un nuevo testamento y me desheredarán, tal como ha ocurrido en tantas familias donde el bien más preciado es la propiedad.

¿Puede una familia romperse por un apartamento? Yo también soy hijo de esos padres, y me tratan como a un extraño. Ahora me pregunto: ¿para qué tuvieron dos hijos, si al final uno queda relegado a la sombra? La vida, como dice el refrán, «no hay mal que por bien no venga», pero el recuerdo de aquel día, bajo la sombra de la calle Gran Vía, sigue pesando como una losa en mi corazón.

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