Tengo 37 años y llevo diez años con el sello de divorciada. Mi exmarido, Antonio, me dejó cuando descubrió que le era infiel y nunca le concedí el perdón. Ahora vive con su nueva mujer, Carmen, en un chalet de la sierra de Guadarrama.
Carmen quedó embarazada, dio a luz a Luis y, como quien no quiere la cosa, Antonio se casó con ella. Yo, que siempre he preferido evitarle la mirada, me quedé fuera del panorama y no tengo ni idea de lo que ocurre en su vida.
Yo cobro bien, tengo un puesto estable y mi sueldo supera los 3.000 al mes. Hace una semana, cuando menos lo esperaba, Antonio apareció en mi despacho en el centro de Madrid con una cara de drama que ni en una telenovela. «Mi hijo le han diagnosticado cáncer», soltó, y añadió que el tratamiento costará un dineral. «Nos falta pasta», murmuró, y se plantó frente a mí como si yo fuera su alcancía.
Resulta que acabo de vender la casa que heredé de mi abuela en Toledo, y el dinero está recién en mi cuenta. Antonio se enteró y vino a suplicarme el pellizco. ¡Qué puntualidad! Justo cuando estaba pensando en comprarme un coche nuevo (aunque todavía no sepa aparcar sin hacer una obra de arte), él se lanza con su petición.
Yo no había decidido aún para qué quería el dinero. Me hacía ilusión pillarlo para darme un capricho, pero claro, también podría ayudar a Luis si me apeteciera. «¿Sabes cuánto nos desespera esta situación?», me dijo, como si mis sentimientos fueran una cartilla de quejas que él jamás ha leído. Recuerdo que en el divorcio dividimos todo a la mitad y él se llevó la mitad de los bienes, alegando que los usaría para su nueva familia. Incluso quiso que le devolviera la vivienda que había comprado antes de casarnos, pero yo ya la había vendido y con ella mi independencia.
Le propuse que se pusiera en un banco y pidiera un préstamo. Antonio se ofendió, empezó a gritar y a ofrecerme arrodillarme para suplicarme el dinero. Yo, con la ironía a flor de piel, le respondí que no necesitaba humillarme ni perder el buen humor. «Si no me crees, te paso los papeles», dijo, como si yo fuera una oficina de registro. Yo le dije que no necesitaba más documentos, que no iba a pensar en devolverte nada y que, sinceramente, dudo que me devuelvas ni un céntimo.
Al final, le dije que me buscara otro sitio para pedir ayuda, que yo no tenía intención de compartir mis euros con quien me había traicionado. Salí de la conversación con una ligera sensación de culpa, pero también con la certeza de que le estoy dando una lección a Antonio y a Carmen: mi dinero, mi regla. Y que, al menos, Luis tendrá que buscar otra manera de costear su rehabilitación.







